“Así que, sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación” (Romanos 14:19).

Lectura: Romanos 14:19-23.

Tenemos libertad en Cristo, no para hacer lo que nos apetezca, ni para complacer nuestros deseos carnales, sino para tomar nuestras decisiones delante de Dios y vivir de acuerdo con lo que hemos decidido. Hay muchas cosas que no están mandadas por escrito. Son de elección personal. Oramos y decidimos, y estamos convencidos de que actuamos con conciencia limpia. Lo importante no es lo que decidimos, sino que tomemos nuestras decisiones de acuerdo con lo que hemos comprendido de la Palabra de Dios y de acuerdo con los dictados de nuestra consciencia.

        Si uno decide que no va a ir al cine, porque no cree que Dios quiera que vaya, bien, pero que no juzgue al que sí va. Puede ser que la otra persona lo ha puesto delante de Dios en oración y ha decidido ir; bien también. Que vaya, que vea cosas constructivas y que no desprecie al hermano que no va. Pero si uno cree que no debe ir, y va de todas formas, en contra de su propia consciencia, entonces peca: “Bienaventurado el que no se condena a sí mismo en lo que aprueba” (v. 22). Que hagamos lo que hacemos con fe en que esto es lo que Dios quiere que hagamos. Si tenemos dudas acerca de una cosa y no sabemos si está bien o si está mal, que no lo hagamos: “Pero el que duda sobre lo que come, es condenado, porque no lo hace con fe; y todo lo que no proviene de fe, es pecado” (v. 23).

        ¡Es más fácil vivir en base a un libro de normas que aprender a vivir siguiendo las directrices del Espíritu Santo! A la hora de tomar decisiones en cuanto a lo que debemos hacer o no hacer, tememos tres ayudantes: nuestra conciencia, la Palabra de Dios, y el Espíritu Santo. Primero, tenemos una conciencia; ¡que la respetemos! Necesitamos formarla bien, para que sea una fiel ayudante. Tenemos la Palabra; ¡que la obedezcamos! Que meditemos en ella para comprender los principios generales de la conducta, y luego que los apliquemos a nuestro caso. Tenemos al Espíritu Santo; ¡que seamos sensibles a su suave voz! Habla en susurros. Si no estamos atentos, no le oiremos. El Espíritu habla conforme a la Palabra. Nunca nos llevará a hacer algo que contradice la plena enseñanza de la Palabra de Dios. Pero en casos donde la Palabra no dice nada en concreto al respeto, el Espíritu nos da paz, o nos quita la paz. Si no tenemos paz para hacer una cosa, ¡que no lo hagamos! La falta de paz es una luz roja que nos frena y nos protege.

Y por último, cuando tomamos una decisión, “sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación”. No hagamos nada que vaya a causar conflictos. Que haya paz entre los hermanos. Evitemos toda causa de divisiones. Que hagamos todo lo que está a nuestro alcance para la edificación de nuestros hermanos, y que permitamos que ellos nos edifiquen a nosotros. Hemos de poner el bienestar del hermano y su crecimiento en la fe por encima de nuestras libertades. Lo importante es el hermano. Esto es lo que el apóstol está enseñando en este capítulo.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

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