“La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; El testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo. Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; el precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos… Los juicios de Jehová son verdad, todos justo. Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; y dulces más que miel, y que la que destila del panal” (Salmo 19:7-10).

Puesto que ya no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia, algunos piensan en la ley como algo negativo: anticuada, desfasada, legalista, que no tiene nada que ver con nosotros; pero nada podría estar más lejos de la verdad. La ley moral del Antiguo Testamento todavía es vigente y más necesaria que nunca en nuestros días. La actitud de los escritores bíblicos es admiración hacía la ley, por su perfección y su justicia. Escribieron: “¡Cuánto amo tu ley!” (Salmo 119:97). “La ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno… La ley es espiritual… Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios” (Romanos 7:12, 14, 22). “La ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo” (3:24). Y sigue siendo la revelación de Dios de lo que es una vida justa. Ahora que somos del Señor tenemos la ley de Dios escrita en nuestro corazón (Jer. 31:33) y el poder del Espíritu Santo para cumplir con el espíritu de la ley, que es amar al prójimo como a nosotros mismos (Lev. 19:18).
Se puede dividir la ley en tres partes: la ley ceremonial con las instrucciones en cuando el tabernáculo, el sacerdocio, y los sacrificios para el pecado; la ley cotidiana que gobernaba el país de Israel; y la ley moral, los Diez Mandamientos, etc. El día 8 de Marzo se celebró el día nacional de la mujer, y lo que vimos en la televisión fue un total abandono de la ley de Dios, de la santidad, el pudor, la prudencia, la discreción, la modestia, la femineidad, el respeto para el hombre y el lugar que Dios ha asignado a la mujer. La ley estipula las normas de la sexualidad (Lev. 18), de las sanas relaciones familiares, normas justas de la convivencia en la sociedad, el trato de gente marginada, y el buen trato al prójimo (Lev. 19). No hay ningún problema con la ley. El problema es con el hombre que necesita un nuevo corazón para poder cumplirla.
El Salmo 119 alaba la ley de Dios. Su ley nos da gozo, esperanza, sabiduría, confianza, dirección, paz, seguridad, conocimiento y entendimiento. Nos enseña la voluntad de Dios, cómo vivir justamente. Oramos: “Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley” (Salmo 119:18). “Dame entendimiento, y guardaré tu ley” (v. 34). “Guardaré tu ley siempre, para siempre y eternamente” (v. 44). “Me acordé en la noche de tu nombre, oh Jehová, y guardaré tu ley” (v. 55). “Mejor es la ley de tu boca que millares de oro y plata” (v. 72). “Vengan a mí tus misericordias, para que viva, porque tu ley es mi delicia” (v 77). Nuestro testimonio es: “Si tu ley no hubiese sido mi delicia, ya en mi aflicción hubiera perecido” (v. 92). “¡Oh cuánto amo yo tu ley! ¡Todo el día es ella mi meditación!” (v. 97).
En cuanto a los que la aborrecen, el salmista dice: “Los soberbios se burlaron mucho de mí, mas no me he apartado de tu ley” (v. 51). “Horror se apoderó de mi a causa de los inicuos que dejan tu ley” (v. 53). Esto ha sido nuestra experiencia, no obstante podemos decir con el salmista: “Se engrosó el corazón de ellos como sebo, mas yo en tu ley me he regocijado” (v. 70). Vemos como nuestra sociedad se aparta a marcha forzada de la ley de Dios, pero seguimos adelante con ella como nuestro norte, deleitando y regocijándonos en ella.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

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