“Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis” (Romanos 12:14).
Lectura: Romanos 12: 10-16.


La persecución es un factor que se da por sentado. Nuestro texto cuenta con ella. “Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Tim. 3:12). El Señor Jesús nos dijo: “Acordaos de la palabra que yo os he dicho: el siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (Juan 15:20). Aquí el apóstol nos está enseñando cómo hemos de tratar a nuestros perseguidores: “No seáis vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal” (v. 21). Él mismo sufrió persecución sistemáticamente en todos los lugares a donde llevaba el evangelio. En Filipos, por ejemplo, un lugar donde fue perseguido, bendijo al carcelero quien le maltrató: primero, por rogarle que no se matase, salvándole así la vida; segundo, por darle el evangelio y salvarle el alma; y tercero, por discipularle y prepararle para la vida cristiana (Hechos 16). Bendecir a alguien que nos maltrata no es simplemente decirle: “Qué Dios te bendiga”. Va más lejos. Es ofrecerle el evangelio y darle la posibilidad de ser salvo. Claro, esto no es natural. Nuestra carne busca venganza. No nos importa que nuestros maltratadores vayan al infierno; pensamos que lo merecen; pero esta no es la actitud que un creyente debe tener, sino la de bendecir a la persona con la posibilidad de salvación, o bien por lo que decimos, o bien por nuestras oraciones a favor de su bien eterno.
Aquí en este contexto hay una serie de instrucciones que tienen que ver con los que nos tratan mal por nuestra fe en Cristo: “No paguéis a nadie mal por mal” (v. 17); “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagare, dice el Señor” (19). “No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal” (v. 21). El cristiano va a sufrir persecución y va a ser maltratado por su fe. La tentación es pagar con la misma moneda, devolver mal por mal, vengarnos. Si lo hacemos estamos permitiendo que el mal nos venza, quedamos llevados por su influencia, perdemos nuestra libertad de actuar, damos mal testimonio, y mostramos que no somos mejores que nuestros maltratadores. En cambio, si reaccionamos bien, sorprendemos, damos a conocer a Cristo, y abrimos la puerta y la posibilidad de salvación para la otra persona.
El Señor Jesús es el primer ejemplo de uno que devolvió bien por mal. Nosotros le insultamos, le calumniamos, le acusamos falsamente, le rechazamos como criminal, escupimos en su cara, le azotamos, pedimos su crucifixión, y mientras moría, nos burlamos de él y nos reíamos de él, diciéndole lo que más podía dolerle. Él, en cambio, perdonó y ofreció su vida para salvar a sus perseguidores y sus maltratadores. Como dice el viejo himno: “¿Alguna vez ha habido una travestía de justicia tan acusada que cuando Cristo sufrió injustamente por todo nuestro pecado?” Para el peor mal Él devolvió el mejor bien. Y somos sus seguidores. Qué Dios nos dé la necesaria gracia para seguir en sus pisadas.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

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