Leer | Efesios 1.5-9

Todos queremos que nuestros amigos y seres queridos nos den su aprobación para sentirnos aceptados. Aunque entendemos que las emociones son indicadores poco confiables de la verdad, los creyentes también buscamos aceptación.

En verdad, una de las cosas más preciosas que tenemos es que Dios nos ha aceptado tal y como somos. Gracias a Jesucristo, tenemos la plenitud de la gracia de Dios. El Padre celestial no dice: “Cuando pongas en orden tu vida, te aceptaré”. Gracia más obras no es una fórmula aceptable en el plan de Dios. Si estar lleno del Espíritu Santo significara lograr un elevado estándar de conducta por nosotros mismos, todos nos agotaríamos en el intento.

La fe basada en obras es una idea mundana. Las personas cambian de ropa, de costumbres, de posición económica y de empleos para lograr la aceptación de sus amigos y sus colegas. El único problema es que a quienes les gusta su aspecto actual, no les gustará mañana. Es cierto que no se puede complacer a todo el mundo, pero se puede agradar al Señor reconociendo que Él nos acepta incondicionalmente. Tenemos todo lo que necesitamos: ¡Somos hijos de Dios y embajadores de Jesucristo!

Si no le damos importancia a la aceptación que ya tenemos en Dios, entonces terminaremos tratando de ganar el reconocimiento del Señor por medio de acciones. La libertad y la comunión tienen su base en la aceptación gratuita que hemos recibido de Él. En vez de buscar ponernos a salvo de su juicio, podemos gozarnos en el indulgente amor del Padre celestial.

Por Min. En Contacto

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