“Si anduviereis en mis decretos y guardareis mis mandamientos, y los pusieres por obra…” (Lev. 26:3).


Como esperaríamos, este libro de la ley termina con las bendiciones de la obediencia a la misma y las consecuencias de la desobediencia, muy parecidas a Deuteronomio 27 y 28 que concluyen el Pentateuco, los cinco libros de la ley de Moisés. Los caminos de Dios traen bendición. Esto no es arbitrario, sino lógico, porque Dios es sensato y su ley trae orden, justicia y bienestar a la sociedad; Él es nuestro Hacedor y sabe lo que nos conviene, porque es bueno, y busca nuestro bien y desea que la vida humana funcione correctamente de acuerdo con las leyes de la naturaleza que Él mismo estableció, y la condición del hombre que Él entiende: en armonía los unos con los otros y en correcta, satisfactoria y profunda relación con Él, quien es nuestro sumo bien. Dios es el Creador y Diseñador de la vida y la vida va bien cuando nosotros vivimos según su sabio Consejo, en su voluntad, de acuerdo con su ley. Así es. El incrédulo no lo reconoce, sin embargo vive las consecuencias. Su conversión consiste en comprenderlo; la obra del Espíritu Santo es hacer que lo vea; y el arrepentimiento consiste en dejar de vivir a su manera y ponerse bajo el régimen de Dios.
Las bendiciones de la obediencia no son merecidas, sino que son “bendiciones”, es decir, vienen por la gracia de Dios en cumplimiento de sus promesas. Son cinco:


La bendición de la abundancia: (vs. 4, 5). “Yo daré vuestra lluvia en su tiempo, y la tierra rendirá sus productos, y el árbol del campo dará su fruto” (v. 4).


La bendición de la paz: “Y yo daré paz en la tierra, y dormiréis, y no habrá quien os espante; y haré quitar de vuestra tierra las malas bestias, y la espada no pasará por vuestro país” (v. 6). Esta paz es el “shalom” de Dios, la profunda paz y bienestar que te deja dormir en paz porque te sientes seguro, protegido y tranquilo.


La bendición de la victoria (v. 7, 8). “Y perseguiréis a vuestros enemigos, y caerán a espada delante de vosotros” (v. 7). El enemigo no triunfará, ni dominará sobre nosotros.


La bendición de la prosperidad (v. 9, 10). “Porque yo me volveré a vosotros, y os haré crecer, y os multiplicaré, y afirmaré mi pacto con vosotros” (v. 9).


La bendición de la presencia de Dios (v. 11-13). “Y pondré mi morada en medio de vosotros, y mi alma no os abominará; y andaré entre vosotros, y yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo” (v. 11, 12). Esto fue el deseo de Dios desde el principio, de tener un pueblo y ser su Dios, no una estatua en un edificio, sino la maravillosa Persona que es, para que pudiese mostrar a una nación todo lo que encierra conocerle a Él y experimentar su bondad y su amistad. Por eso nos salvó, y nos sacó de la tierra de servidumbre (v. 13), para ser nuestro Dios y mostrar al mundo lo que es ser amado por un Dios como Él.


Enviado por el Hno. Mario Caballero

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