“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Rom. 12:1, 2).

El joven canta: “Oh Jesús, yo he prometido servirte hasta el final” con toda la ilusión y vigor de la juventud. Va a comerse el mundo. Piensa en todo lo que puede hacer para el Señor con la vida por delante, en sus dones y talentos, en su formación, y en lo que el Señor puede lograr por medio de su vida, y está muy ilusionado. No hay límite a lo que Dios puede hacer por medio de una persona totalmente consagrada a Él. El poder de Dios es infinito y esto, juntamente con la disponibilidad del hombre, es dinamita. Está como el atleta posicionado a comenzar la carrera esperando el disparo de la pistola para correr con toda la fuerza de su cuerpo.

El viejo siervo de Dios canta la misma estrofa con otro ritmo. Esto es su deseo, poder llegar al final todavía sirviendo al Señor, pero el final lo tiene mucho más cerca. Ya ha superado las tentaciones de la juventud, las pasiones de la carne. El mundo ya no le dice nada; aborrece su engaño, sus falsas promesas, su hueca oferta de felicidad, sus diversiones. Lo que tiene por delante es otra clase de desafíos: un mundo cambiado, la tecnología moderna, la pérdida de fuerzas, enfermedades, el cambio de residencia, la posibilidad de terminar en un hogar de ancianos. ¿Podrá seguir sirviendo al Señor hasta el final como prometió en días de la juventud? Ya no puede contar con la fuerza que antes tenía, sino solo con la gracia y el poder de Dios. Ha aprendido a no depender de su carne. Ha tenido años conociendo al Señor y ha visto su sabiduría en cómo monta la vida. Ha experimentado su capacitación. Se ha dejado corregir baja su vara de amor y la carne está en su sitio. No, ya no depende de la carne, ni puede, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil, y ahora, literalmente.

Así que, con todo lo que ha vivido durando décadas de servicio al Señor, canta la última estrofa del himno: “Señor yo he prometido servirte hasta el final, oh concédeme la gracia para seguir a mi Maestro y mi Amigo”. Ya no está ofreciendo al Señor la fuerza de su juventud, sino está pidiéndole la gracia para poder llegar al final de la carrera todavía sirviéndole. En el fondo de su corazón sabe que un viejo guerrero puede más que un joven ambicioso, porque la obra es de Dios, no de la fuerza del hombre: “No con ejercito, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zac. 4: 6). Tiene la profunda convicción que Dios le contestará, que será como el árbol que produce su mejor fruto en la vejez, el resultado exclusivo de la gracia de Dios.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

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