He hablado continuamente acerca del Cristo crucificado, quien es la gran esperanza del
culpable; pero es sabio que nos acordemos de que nuestro Señor resucitó de entre los muertos y
vive eternamente.

No se te pide que creas en un Cristo muerto, sino en un Redentor que murió por nuestros
pecados y resucitó para nuestra justificación. Así es que puedes acudir a Jesús en seguida como a
un amigo vivo y presente. No se trata de un simple recuerdo, sino de una persona continuamente
existente quién desea oír tus oraciones y contestarlas. Él vive a propósito para continuar la obra,
por la cual sacrificó su vida. Está intercediendo por los pecadores a la diestra del Padre, y por lo
mismo es poderoso «para salvar eternamente a los que por él se acercan a Dios» (Heb. 9:25).
Acude a él y entrégate a este Salvador vivo, si antes no lo has hecho.

Este Jesús vivo está ensalzado hasta la eminencia de gloria y poder. Hoy no sufre como
«el humillado ante sus enemigos,» no sufre trabajos como «el hijo del carpintero,» sino que está
elevado muy por encima de los principados y las potencias y todo nombre. El Padre le ha dado
todo poder en el cielo y en la tierra y está ejecutando este encargo glorioso, llevando a cabo su
obra de gracia. Escucha bien lo que Pedro y los otros apóstoles testifican acerca de él ante el
sumo sacerdote y todo el concilio: El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole en un madero. A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados (Hech. 5:30,31).

La gloria que rodea al Señor ascendido debiera inspirar esperanza en todo corazón
creyente. Jesús no es persona de categoría oscura; es un Salvador grande y glorioso. Es el
Redentor ensalzado por Príncipe coronado como tal. La gracia soberana sobre la vida y la muerte
se le ha confiado; el Padre ha puesto a todos los hombres bajo el gobierno mediador de su Hijo,
así que puede dar vida a quien quiera. El abre y nadie cierra. El alma sujeta por las cuerdas del
pecado y de la condenación puede quedar libre inmediatamente por el poder de su palabra.
Extiende su cetro real, y cualquiera que lo toque, vivirá.

Providencia para nosotros que como vive el pecado, y vive la carne y vive el diablo, vive
también Jesús; y por esta misma también cualquiera que fuese el poder de esos para arruinarnos,
infinitamente mayor es el poder de Jesús para salvarnos. Toda su glorificación y habilidad están actuando a nuestro favor. Se le ha «ensalzado para ser» y ensalzado «para dar». Ha sido ensalzado para ser Príncipe y Salvador y para dar todo lo necesario para llevar a cabo la salvación de todos cuantos entren bajo su gobierno. Nada tiene Jesús que no esté dispuesto a usar para la salvación de los pecadores y nada es que no esté dispuesto a desplegar en la dispensación abundante de su gracia. Cooperan a una su función de Príncipe y su función de Salvador, como si no quisiera ejercer la una sin la otra; y manifiesta su glorificación como teniendo por objeto producir bendiciones para la humanidad como si esto fuera la flor y corona de su gloria. ¿Puede haber algo mejor combinado para infundir Esperanza en los pecadores arrepentidos que empiezan a dirigir su mirada hacia Cristo Jesús?

Muy grande fue la humillación que sufrió Jesús, y por lo mismo hubo lugar para su
ensalzamiento. Por esa humillación cumplió toda la voluntad del Padre, y por tanto recibió la
recompensa de ser elevado a la gloria. Esta glorificación la usa para bien de su pueblo. Levante
el lector su mirada hacia esas elevaciones de gloria, de donde debe esperar ayuda. Contempla las
glorias celestes de tu Príncipe y Salvador. ¿No es esta la mayor esperanza para los hombres que
«el Hijo del hombre» ocupa el trono del universo? ¿No es glorioso de verdad, que el Señor de
todo es el Salvador de los pecadores? Tenemos un amigo en el tribunal, sí, un amigo sobre el
trono. Pondrá este toda su influencia a favor de los que entreguen sus asuntos en sus manos. Bien
dice uno de nuestros himnos:

Para siempre vive ensalzado
Ante el trono Príncipe y Salvador,
Cristo, quien es hoy mi abogado,
¿Cómo puede para mí haber temor?

Ven, amigo, y entrega tu causa en esas manos, una vez con llagas, pero hoy adornadas
con las insignias del poder real y soberano. Jamás se perdió causa alguna confiada a tan poderoso
Abogado.


Por C. Purgeon
Enviado por el Hno. Mario Caballero

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