Mes: abril 2022

Salmos 50

1 El Dios de dioses, Jehová, ha hablado, y convocado la tierra,

Desde el nacimiento del sol hasta donde se pone.

2 De Sion, perfección de hermosura,

Dios ha resplandecido.

3 Vendrá nuestro Dios, y no callará;

Fuego consumirá delante de él,

Y tempestad poderosa le rodeará.

4 Convocará a los cielos de arriba,

Y a la tierra, para juzgar a su pueblo.

5 Juntadme mis santos,

Los que hicieron conmigo pacto con sacrificio.

6 Y los cielos declararán su justicia,

Porque Dios es el juez. Selah

7 Oye, pueblo mío, y hablaré;

Escucha, Israel, y testificaré contra ti:

Yo soy Dios, el Dios tuyo.

8 No te reprenderé por tus sacrificios,

Ni por tus holocaustos, que están continuamente delante de mí.

9 No tomaré de tu casa becerros,

Ni machos cabríos de tus apriscos.

10 Porque mía es toda bestia del bosque,

Y los millares de animales en los collados.

11 Conozco a todas las aves de los montes,

Y todo lo que se mueve en los campos me pertenece.

12 Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti;

Porque mío es el mundo y su plenitud.

13 ¿He de comer yo carne de toros,

O de beber sangre de machos cabríos?

14 Sacrifica a Dios alabanza,

Y paga tus votos al Altísimo;

15 E invócame en el día de la angustia;

Te libraré, y tú me honrarás.

16 Pero al malo dijo Dios:

¿Qué tienes tú que hablar de mis leyes,

Y que tomar mi pacto en tu boca?

17 Pues tú aborreces la corrección,

Y echas a tu espalda mis palabras.

18 Si veías al ladrón, tú corrías con él,

Y con los adúlteros era tu parte.

19 Tu boca metías en mal,

Y tu lengua componía engaño.

20 Tomabas asiento, y hablabas contra tu hermano;

Contra el hijo de tu madre ponías infamia.

21 Estas cosas hiciste, y yo he callado;

Pensabas que de cierto sería yo como tú;

Pero te reprenderé, y las pondré delante de tus ojos.

22 Entended ahora esto, los que os olvidáis de Dios,

No sea que os despedace, y no haya quien os libre.

23 El que sacrifica alabanza me honrará;

Y al que ordenare su camino,

Le mostraré la salvación de Dios.

Salmos 49

1 Oíd esto, pueblos todos;

Escuchad, habitantes todos del mundo,

2 Así los plebeyos como los nobles,

El rico y el pobre juntamente.

3 Mi boca hablará sabiduría,

Y el pensamiento de mi corazón inteligencia.

4 Inclinaré al proverbio mi oído;

Declararé con el arpa mi enigma.

5 ¿Por qué he de temer en los días de adversidad,

Cuando la iniquidad de mis opresores me rodeare?

6 Los que confían en sus bienes,

Y de la muchedumbre de sus riquezas se jactan,

7 Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano,

Ni dar a Dios su rescate

8 (Porque la redención de su vida es de gran precio,

Y no se logrará jamás),

9 Para que viva en adelante para siempre,

Y nunca vea corrupción.

10 Pues verá que aun los sabios mueren;

Que perecen del mismo modo que el insensato y el necio,

Y dejan a otros sus riquezas.

11 Su íntimo pensamiento es que sus casas serán eternas,

Y sus habitaciones para generación y generación;

Dan sus nombres a sus tierras.

12 Mas el hombre no permanecerá en honra;

Es semejante a las bestias que perecen.

13 Este su camino es locura;

Con todo, sus descendientes se complacen en el dicho de ellos. Selah

14 Como a rebaños que son conducidos al Seol,

La muerte los pastoreará,

Y los rectos se enseñorearán de ellos por la mañana;

Se consumirá su buen parecer, y el Seol será su morada.

15 Pero Dios redimirá mi vida del poder del Seol,

Porque él me tomará consigo. Selah

16 No temas cuando se enriquece alguno,

Cuando aumenta la gloria de su casa;

17 Porque cuando muera no llevará nada,

Ni descenderá tras él su gloria.

18 Aunque mientras viva, llame dichosa a su alma,

Y sea loado cuando prospere,

19 Entrará en la generación de sus padres,

Y nunca más verá la luz.

20 El hombre que está en honra y no entiende,

Semejante es a las bestias que perecen.

Cuando sufrimos

Leer | Juan 16.33

La Biblia nos enseña varias lecciones prácticas sobre el sufrimiento:

Primero, está bien pedir una alternativa al sufrimiento, como lo hizo Jesús, pero debemos elegir la voluntad de Dios por encima de todo. Nuestra mejor respuesta a la adversidad es “Señor, ¿qué quieres que aprenda por medio de esto?”

Segundo, en la noche que fue traicionado, el Señor Jesús pidió a sus amigos más cercanos que se mantuvieran despiertos para orar. Necesitamos contar con el apoyo de amistades cristianas, especialmente durante las pruebas. Los amigos verdaderos nos dirán la verdad con afabilidad, animarán y orarán por nosotros.

Tercero, es natural que tengamos dificultades para orar cuando el dolor es intenso. En esos momentos, un simple “Ayúdame” es suficiente. Dios quiere que reconozcamos su señorío, pero no espera que tengamos las palabras perfectas. Él sabe lo que necesitamos antes de pedir, y tiene el poder de dárnoslo.

Cuarto, debemos resistir la tentación de culpar a otros. Jesús fue traicionado y rechazado, pero le pidió a Dios que perdonara a quienes lo crucificaron. Del mismo modo, no debemos culpar a los demás por nuestro dolor. Al acudir a Dios en tiempos difíciles, elegimos confiar en su autoridad final. Es posible que nuestro Padre celestial no haya causado la dificultad, pero sí la permitió, y la usará para su gloria y para nuestro bien.

Por amor, Dios permite el dolor, pero también le pone un límite a su duración e intensidad. Usted no sufre sin que esté presente Aquel que le sostendrá, ayudará y, al final, le sacará adelante en su angustia.

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Para mantener un espíritu tranquilo

Leer | Proverbios 26.4

Cuando surge el conflicto, con frecuencia queremos defender nuestra posición. Tal vez, incluso, nos sintamos con el derecho de culpar a otros. Sin embargo, Santiago 1.19 da un consejo diferente para manejar la tensión y las controversias: “Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse”. En otras palabras, se puede lograr más con una actitud calmada. Además, la Biblia nos dice que debemos…

• Orar. Primero, debemos pedir al Señor que guarde nuestra boca, y nos dé las palabras adecuadas al hablar (Lc 12.12). También, debemos pedir discernimiento en cuanto a la raíz del problema, incluyendo la posibilidad de que la falta puede haber sido nuestra.

• Tratar de ver con la perspectiva divina. Nuestro soberano Dios hace que todas las situaciones obren a favor del creyente (Ro 8.28). Él no solo utiliza las dificultades para enseñarnos, sino que también nos permite demostrar la vida de Cristo en nosotros por la manera como respondemos.

• Perdonar. Aunque otra persona nos haya herido, debemos perdonar. Jesús murió para perdonar todos nuestros pecados, y nosotros, por nuestra parte, debemos perdonar a los demás. De hecho, si no lo hacemos, nuestra vida se verá agobiada por el resentimiento.

• Responder. Si hemos hecho algo que no está bien, debemos pedir perdón. Pero si la culpa no es nuestra, podemos aun así manifestar aprecio a la otra persona y decirle que daremos atención cuidadosa a sus comentarios.

¿Cómo responde usted a los conflictos? Pídale a Dios que le dé la entereza para mantener la calma y hacer lo correcto.

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La respuesta a la oración, nuestra garantía

Juan 16.23-27

¿Está seguro de que el Señor escuchará y responderá sus oraciones? Uno de los motivos por el que podemos llegar a luchar con la duda es el desconocimiento de lo que Dios ha hecho para que podamos venir delante de Él con nuestras peticiones.

Asociación. Nuestro pecado nos separó de Dios, pero Cristo entregó su vida en la cruz como pago por la condena que merecíamos por el pecado. En el momento que fuimos salvos, entramos en una asociación íntima con Dios-Padre por medio de su Hijo.

Acceso. Junto con nuestra nueva relación viene el acceso al trono de la gracia, donde podemos llevar con valor y confianza nuestras preocupaciones a Dios.

Autoridad. En los Evangelios, las oraciones del Señor Jesucristo iban acompañadas del poder de su condición divina. Ahora, por nuestra asociación con Él por medio de la salvación, Jesucristo nos ha dado el privilegio de orar en su nombre conforme a su poder y autoridad.

Acuerdo. Pero la oración ofrecida en el nombre de Jesús siempre debe estar de acuerdo con lo que Él pediría. En otras palabras, nuestras peticiones deben alinearse con el carácter de Dios y el contenido de su Palabra.

Garantía. Cuando el Señor dijo a sus discípulos que respondería a las peticiones ofrecidas en su nombre, estaba afirmando que podemos orar con seguridad gracias a nuestra asociación y acuerdo con Él.

Cuando no estemos seguros de si nuestras peticiones están de acuerdo con lo que Jesús pediría, podemos sentirnos reconfortados al saber que Cristo está sentado a la diestra del Padre, intercediendo siempre por nosotros conforme a la voluntad del Padre celestial.

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Herederos de la eternidad

«Para que al ser justificados por su gracia viniéramos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna.»

Tito 3:7

advent15cover_spLa mejor forma de vivir es teniendo el futuro asegurado, pues un futuro asegurado significa un presente relajado. Por el contrario, un futuro incierto causa angustia e inseguridad. Entonces es lógico que nos preguntemos cómo hacer para tener un futuro seguro y estar tranquilos. A través de los siglos, el ser humano ha ideado e intentado varios caminos para tratar de obtener esa seguridad. Algunos piensan que las riquezas aseguran un buen pasar, por lo que sólo viven para acumular bienes. Otros piensan que una buena conducta y pensamientos positivos les ayudan a lograr el bienestar. Y otros niegan toda preocupación por el futuro y se dedican a vivir sólo el presente, argumentando que la vida es demasiado corta.

Pero ninguna de esas opciones llega a darnos la certeza que promete con respecto al futuro. Entonces, ¿qué nos queda? Una vez más, la seguridad viene de nuestro Señor Jesús, quien nos muestra el amor y compasión que necesitamos, o sea la gracia divina, para que ya no estemos angustiados, o inquietos. En la Navidad celebramos el nacimiento del Hijo de Dios, y recordamos que su nacimiento significa que nosotros también nacemos, por medio de él, a una nueva vida. El milagro de Belén es también nuestro milagro, porque desde el pesebre recibimos la vida de Cristo a través de los medios de gracia. Así como él es Hijo de Dios, nosotros ahora somos sus hijos. Como hijos del Padre, adoptados y unidos en la familia de la iglesia, tenemos una promesa que nos asegura el futuro: somos herederos de la vida eterna. Todo hijo tiene derecho a los bienes de su padre, tanto más los cristianos esperamos la herencia eterna en la presencia de nuestro Padre amoroso, y estamos seguros y tranquilos frente al futuro.

Por CPTLN

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