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Conversión y elección

“¡Convertíos, y apartaos de todas vuestras transgresiones para que la iniquidad no os sea causa de ruina! Porque Yo no quiero la muerte del que muere, dice Adonay Yahvé. Por tanto, ¡convertíos y viviréis!” (Ez. 18:30, 32).

            Al final, Ezequiel logró su propósito y los exiliados reconocieron que estaban sufriendo por su propia culpa, no por la de sus padres, que ellos eran responsables por el estado en que se encontraban: en pecado, lejos de Dios, y lejos de su tierra. Por fin dijeron: “Nuestras rebeliones y nuestros pecados están sobre nosotros, y a causa de ellos somos consumidos; ¿cómo, pues, viviremos?” (Ez. 33:10). Ya no dicen: “las rebeliones de nuestros padres”, sino las nuestras propias. Saber que yo tengo la responsabilidad delante de Dios por mis decisiones y mi comportamiento, que no han sido adecuadas, y que estoy condenado a muerte por mi propia culpa, este es el primer paso en una conversión real. Tantas veces en la predicación moderna se va corriendo a la solución antes de que la persona haya llegado a este punto, y el resultado no es una conversión real. Solo es posible ofrecer palabras de arrepentimiento y vida a una persona que está dispuesta a hacer una declaración como está, a saber: que es culpable y que merece la muerte. Sin ello no hay perdón. Y sin perdón no hay salvación.

            Arrepentirse y cambiar: la conversión implica un cambio radical. La elección y el cambio son posibles. Esta es una afirmación tremenda acerca de la libertad humana y la seriedad de la elección que Dios ha puesto en nuestras manos. El impío puede elegir apartarse de todas sus iniquidades y vivir otra vida. Pero el justo también puede elegir dejar sus caminos de justicia y apartarse de Dios y condenarse. La elección de seguir en los caminos de Dios es continua. Siempre podemos volver a escoger el mal y siempre tenemos la oportunidad de escoger el bien. El Nuevo Testamento dice lo mismo: “Con una sola ofrenda hizo perfecto para siempre a los santificados” (Heb. 10:14), es decir, a los que van siendo santificados, puesto que la santificación es un proceso. Los justificados son los que están siendo santificados.

            La elección es entre la vida y la muerte. Moisés lo puso así: “Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal; porque yo te mando hoy que ames a Jehová tu Dios, que andes en sus caminos , y que guardes sus mandamientos, sus estatutos y sus decretos, para que vivas… Mas si tu corazón se apartarse y no oyeres, y dejares extraviar, yo os protesto hoy que de cierto pereceréis… Escoge, pues, la vida, para que vivas; amando a Jehová tu Dios, atendiendo a su voz, y siguiéndole a él; porque él es vida para ti… a fin de que habites sobre la tierra que juró Jehová a tus padres, Abraham, Isaac y Jacob” (Deut 30:15-20). Se refiere a la tierra que nosotros ahora identificamos como “tierra nueva y cielos nuevos”, la Santa Cuidad, la Jerusalem de arriba que desciende a la tierra.

Ellos no entendían todo lo que a nosotros nos ha sido revelado en Cristo, pero sí entendían que “vida” significa la restauración de una relación plena con Dios a nivel personal que de alguna manera trasciende la muerte física como habían leído en los Salmos: “Mi carne reposará también confiadamente, porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción. Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre” (Salmo 16:10, 11). Amén. 

Enviado por el Hno. Mario Caballero

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