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Justificando el pecado

“Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: ¿Qué pensáis vosotros, los que usáis este refrán sobre la tierra de Israel, que dice: Los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera?” (Jer. 18:1, 2).

El profeta está contestando las preguntas que los exiliados en Babilonia tienen sobre su situación. Es muy importante que entiendan lo que les ha sucedido para que puedan afrontar su realidad delante de Dios y hacer las paces con Él. Si uno siempre culpa a otros por su sufrimiento, nunca aprenderá, y nunca cambiará. No puede confesar pecados que no reconoce o que justifica culpando a otros. Este fue el caso de Israel. Estaban diciendo: “Los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen dentera”. Este refrán se puede entender de dos maneras,o bien que los hijos generalmente sufren las consecuencias de los fallos de los padres, como cosa que normalmente ocurre, pero que no arroja ninguna luz sobre la situación de los cautivos en Babilonia. La segunda interpretación es que Dios es el que ha ordenado estos principios y que son injustos en su caso porque ellos, los cautivos, están pagando por los pecados de sus padres y sus antepasados. O sea, que ellos son inocentes y que están pagando los platos rotos de la generación anterior. 

Esto es una autojustificación y habla en contra de la justicia de Dios. Este proverbio genera resentimiento, queja contra Dios y un espíritu fatalista, que no hay nada que hacer puesto que las cosas son así. Les deja sin esperanza en Dios, puesto que Él es “el malo de la película”, y sin necesidad de arrepentirse, puesto que todo es culpa de otros. De esta forma han cerrado su única puerta de salvación.

Cuando uno que no conoce a Dios mira la situación actual del mundo, en lugar de pensar en el pecado y las consecuencias, piensa que la solución tiene que venir por cambios de política. Piensan que ellos son las víctimas inocentes del mal de otros. Lo mismo pasa con el creyente que no reconoce que su sufrimiento puede ser por culpa suya. Culpa a otras personas, a sus padres por sus pecados, por su trato de él, por su herencia, culpa a sus compañeros de trabajo, culpa a cualquier persona menos a sí mismo. ¿Cómo lo sabes si es por tu culpa? Te lo dicen los demás. Pero si no escuchas, no lo oirás.  

La respuesta a este argumento de parte del Dios por boca del profeta empieza con el versículo cuatro: “He aquí todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía”. Dios está diciendo que toda vida pertenece a Él, tanto las vidas de los cristianos como las vidas de los de otras religiones. Él es Dios y sus vidas le pertenecen, que ellos lo reconozcan o no. Cada uno es un mundo aparte, el padre pertenece a Dios por sí solo, y el hijo también. El trato de Dios con cada uno es individual. Nadie está pagando por el pecado de nadie; cada uno paga lo suyo. Cada uno es responsable delante de Dios por su propia situación. Esto nos lleva al salmo clásico sobre estos principios: “Examíname, oh Dios y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos, y ve si hay en mí camino de perversidad” Salmo 139:23, 24). Amén.  

Enviado por el Hno. Mario Caballero

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