Mes: noviembre 2021

La prueba de nuestra fe

Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido” (1 P. 4:12).

            La primera carta del apóstol Pedro versa sobre la persecución del creyente. Cristo nos enseñó que la persecución nos vendrá a nosotros tan seguramente como le vino a Él. Demuestra que realmente estamos siguiendo al Señor. Viene para probar nuestra fe. Cuando nos convertimos, profesamos fe en Cristo, pero no entendíamos todas las implicaciones. Más bien, deberíamos de haber dicho: “Creo que creo en ti”. Somos inconstantes. ¿Realmente creemos? Nuestra fe necesita ser probada para confirmar que es real y no una emoción pasajera o una convicción intelectual. La persecución es una manera de probar la fe. Hoy, cuando no hay persecución en España, tenemos sufrimiento en lugar de persecución para poner a prueba nuestra fe para ver si es auténtica.  
            La salvación consiste en transformar a personas estropeadas hasta llegar a la perfecta humanidad de Cristo, hasta que Cristo sea formado en nosotros. ¿Cómo puede un ser egocéntrico aprender a pensar en otros, a amar verdaderamente. “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Cor. 3:18). Dios nos está transformando para ser como su amado Hijo.
Dios dosifica el sufrimiento para trabajar en nosotros en medio de situaciones difíciles, enjuicia el pecado ahora, y cambiamos, para no tener que enfrentar el juicio divino en el Día Final: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Jan 5:24). Dios nos perdona por la cruz, somos libres de culpa, pero la salvación es más que la justificación y el perdón, es también la transformación. Desde el día que creemos somos justificados, peros seguimos pecando. Hemos de ser bautizados en sangre en el altar y bautizados en el Espíritu Santo en el lavacro para ser piedras vivas en el Templo de Dios. Cuando creemos en Cristo entramos en el camino de la santidad que conduce a Sion, pero solo el que persevera hasta el fin es salvo. El juicio final para el cristiano es ahora, en esta vida. Los “juicios” o castigos de Dios nos limpian, nos cambian y nos transforman. Es en este sentido que el juicio ha empezado en la casa de Dios (v. 17).
            Los apóstoles tuvieron gozo en medio de la prueba: “Gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo” (1 Pedro 4:13), pero hemos de asegurarnos de que nuestro sufrimiento no viene por nuestra propia culpa: “Que ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhecho, o por entremeterse en lo ajeno, pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello” (v. 15, 16). ¡Se cierran emisores de radio porque no han pagado los permisos y luego piensan que están sufriendo por Cristo! ¿Nos metemos donde no debemos y luego pensamos que estamos sufriendo por causa de Cristo? Hace falta perseverancia para glorificar a Dios por nuestra vida. Que suframos con gozo para glorificar a Dios. “El justo con dificultad se salva” (v. 18), así que, “que los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel Creador” (v. 19). Dios nos creó, somos únicos, obras de artesanía del Creador, obras de arte en progreso. Él nos conoce mejor que nosotros mismos. Conoce nuestros fallos, y allí está trabajando para cambiarnos. Es fiel: nos está salvando y perfeccionando hasta el día de Cristo.      

Enviado por el Hno. Mario Caballero

      

Cuida tu alma

“Y por ellos yo me santifico a mí mismo” (Juan 17:19).

            En cuanto al cultivo de la santidad, el Señor Jesús es nuestro ejemplo. Él no se santificaba por amor a sí mismo, para sentir el gozo y la paz de Dios para su propio disfrute, sino por amor a sus hermanos, para ser de bendición para otros. Si yo me decaigo espiritualmente, no solamente no edifico a mis hermanos, les hago daño por mi mal ejemplo. La espiritualidad se ha de cuidar, hasta en mis actitudes, mis humores, mi estado emocional.  
            Había tantas cosas en la vida de Jesús que le podrían haber puesto en un estado de nervios, pero no lo permitió nunca. Podría haberse molestando con los escribas y fariseos de manera que habría ido a por ellos en la carne para ponerlos en su lugar, podría haberlos criticado y dejado en ridículo para su satisfacción personal, pero no lo hizo. Nunca permitió que nada, ni la dureza del corazón de la gente, ni el estado de la religión en Israel, ni la injusticia política y social, ni el sufrimiento de la gente, interrumpiese su comunión con el Padre. Nosotros, sí, a veces dejamos que cosas externas interfieran con nuestra relación con Dios. Descuidamos nuestra salvación y santificación (Heb. 2:3), no hasta el punto de apartarnos del Señor, pero sí hasta el punto de ir por nuestra bola y perder la comunión íntima con Dios. Cuando nos damos cuenta de que hay una grieta y “un escape espiritual”, lo tenemos que reparar enseguida. Debemos mantenernos en forma espiritual por amor a nuestros hermanos.
            Hay algunas indicaciones para alertarnos de que tenemos una grieta. Cuando notamos que estamos funcionando mecánicamente, por inercia, sin el gozo del Señor, es hora de dejar lo que estamos haciendo y buscar a Dios. Si veo que funciono con mi poder en lugar del poder de Dios, he de volver a la Fuente. Si estamos demasiado ocupados, tenemos que eliminar algo. ¿Voy por la vida alabando a Dios, o criticando a otros? ¿Noto en mí dureza de corazón, o amor y compasión para los demás? Si estoy molesta con la gente, y no brota un cántico de alabanza a Dios en mi corazón, necesito apartar tiempo para buscar a Dios. Escribiendo a un compañero en el ministerio, R. M. McCheyne decía: “Sobre todas las cosas cultiva tu propio espíritu. Tu propia vida debería ser el principal motivo de todos tus cuidados y desvelos. Más que los grandes talentos, Dios bendice a aquellos que reflejan la semejanza de Jesús en sus vidas. Un ministro santo es una arma terrible en las manos de Dios”.
            Jesús dijo: “Separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5). Esto es cierto y lo sabemos. Pero significa que sin la plenitud del Espíritu Santo en nuestras vidas, toda nuestra actividad espiritual, nuestras prisas y nuestros numerosos compromisos, no van a producir ningún fruto duradero. Es absolutamente esencial que detectemos las grietas en nuestro “depósito del Espíritu Santo” y que las reparemos cuanto antes para que nos podamos ir llenando de la vida de Dios sin que haya ningún escape, y esto por amor a nuestros hermanos, para que ellos puedan beneficiarse de todo lo que vamos recibiendo de parte del Señor.
Oremos los unos por los otros en este sentido. Amén.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Jesús y la pesca milagrosa

Lucas 5.1-11

1Aconteció que estando Jesús junto al lago de Genesaret, el gentío se agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios.1

Y vio dos barcas que estaban cerca de la orilla del lago; y los pescadores, habiendo descendido de ellas, lavaban sus redes.

Y entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón, le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose, enseñaba desde la barca a la multitud.

Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar.

Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red.

Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces, y su red se rompía.

Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que viniesen a ayudarles; y vinieron, y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían.

Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.

Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había apoderado de él, y de todos los que estaban con él,

10 y asimismo de Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serás pescador de hombres.

11 Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron.

Nuestro acompañante incomparable

Leer | Juan 14.16-18

La soledad se hará presente en la vida de toda persona en algún momento. Sin embargo, los creyentes nunca estamos solos, porque Dios nos ha dado un acompañante permanente —el Espíritu Santo. Él es el Consolador o Ayudador que está con nosotros para siempre.

Nadie puede prometer estar siempre disponible para otra persona; el tiempo, la distancia, e incluso la muerte, pueden separar a dos personas que habrían preferido enfrentar las dificultades juntas. Afortunadamente, por haber enviado al Espíritu Santo a habitar dentro de nosotros, Jesucristo mantiene su promesa de nunca dejarnos ni desampararnos (He 13.5). Esto significa que la relación con nuestro Acompañante es más grande que cualquier relación humana que tengamos. Puesto que el Espíritu de Dios es una persona de la Trinidad, Él es capaz de dar respuesta a todas nuestras necesidades.

Dios nos diseñó para estar completos solamente cuando habita en nosotros su Espíritu, lo cual se produce en el momento de la salvación. Sin embargo, tenemos la opción de ignorar al Espíritu Santo. Por ejemplo, algunas personas intentan tercamente saltarse lecturas de la Biblia cuando encuentran inconveniente la Palabra de Dios. Esta clase de vida se caracteriza por descontento, paz fugaz y soledad permanente en el corazón.

El Espíritu Santo es nuestro parakletos, o acompañante que “camina a nuestro lado”. Si nos mantenemos alejados de Él, nos distanciamos del Padre, también. Pero si le pedimos al Espíritu que guíe nuestros pasos y abra nuestra mente a los caminos de Dios, Él estará disponible para hacerlo.

Por Min. En Contacto