Mes: mayo 2021

El ministerio de Cristo profetizado

“Pasad, pasad por las puertas; barred el camino al pueblo; allanad, allanad la calzada, quitad las piedras, alzad pendón a los pueblos. Decid a la hija de Sion: He aquí viene tu Salvador” (Is. 62:10, 11).

               Sale la proclamación. Todos los pueblos de Judá están convocados a hacer peregrinaje a Jerusalén para conocer a su Salvador. Nos recuerda las fiestas anuales cuando la gente formaba una procesión kilométrica para subir a Jerusalén. Salían multitudes de cada pueblo por donde pasaba el camino y estas gentes se incorporaban a la larga fila de peregrinos, cantando los cánticos graduales por el camino (los salmos 120-134) al ir subiendo a la santa ciudad. El profeta manda que se prepare el camino, que se quiten los obstáculos, que lo hagan fácil la subida para toda la gente. El ambiente es uno de fiesta, de expectación, porque ha llegado por fin él que tanto tiempo esperaban y se tiene que apresurarse para conocer al que trae salvación.

               “He aquí su recompensa con él, y delante de él su obra” (v. 11). La recompensa es él mismo, es conocer su salvación, es vida eterna y perdón de pecados, y la obra que le queda por delante es la Cruz, el medio por el cual lo va a efectuar.

               La salvación trae la santidad, la redención del pecado, y el favor y apoyo de Dios: “Y les llamarán Pueblo Santo, Redimidos de Jehová; a ti te llamarán Ciudad Deseada, no desamparada” (v. 12). Este versículo hace eco de la promesa del versículo 4: “Nunca más te llamarán Desamparada, ni tu tierra se dirá más Desolada; sino que será llamada: “Mi deleite está en ella, y tu tierra, Desposada”. Esta es Jerusalén, la ciudad enjuiciada y destruida bajo la ira de Dios por sus atrocidades, por abandonar a su Dios y sacrificar a sus hijos a los ídolos. Ahora está adornada con la salvación de Dios para nunca más ser abandonada por Él. Si tú has conocido la salvación de Dios, ya sabes que su deleite está en ti y que eres su prometida, desposada, que formas parte de su Iglesia, la novia de Cristo, para pasar la eternidad a su lado. Esta es la suerte de los salvos y su ciudad es la Santa Ciudad, Jerusalén la hermosa, la capital del Gran Rey.

               “¿Quién es éste que viene de Edom, de Bosra, con vestidos rojos?, ¿éste hermoso en su vestido, que marcha en la grandeza de su poder? Yo, el que hablo en justicia, grande para salvar. ¿Por qué es rojo tu vestido, y tus ropas como del que ha pisado en lagar?” (63:1, 2). El mismo que trae salvación es el que trae juicio. Tiene que ser así. No hay salvación sin juicio, porque esto sería una injusticia. La salvación consiste en ejecutar juicio sobre el culpable y librar de sus garras. El culpable es el pecador, el pecado y el diablo. Todo es reprensible y merece juicio. El pecado del pecador es enjuiciado y él es librado de su poder opresor. ¿Pero, qué pasa con el que reúsa? Tiene que sufrir las consecuencias él mismo de lo que su pecado merece. Aquí el Salvador es contemplado en el día de venganza, cuando ejecute la ira de Dios sobre toda clase de injusticia. “Los pisé con mi ira, y los hollé con mi furor; y su sangre salpicó mis vestidos, y manché todas mis ropas.” (v. 3). Ya estamos viendo el retorno de Cristo para llevar a cabo el día de venganza sobre los que no han respondido a la invitación inicial a subir por el camino preparado para conocer a su Salvador. Ya le conocerán como su Juez.      

Enviado por el Hno. Mario Caballero

No contristar al Espíritu Santo

“Yo haré recordar la gran misericordia de Jehová y las alabanzas de Jehová” (Is. 63:7).

               Ha salido el anuncio: el Ungido viene. Acudid para conocerle. Y viene con tres finalidades: para consolar, para salvar, y para juzgar (61:1; 62:11; 63:1). Pensar en esto nos conduce naturalmente a la alabanza: “Yo haré recordar la gran misericordia de Jehová y las alabanzas de Jehová, según todos los beneficios que Jehová hizo por nosotros, y su gran bondad para con la casa de Israel que Él ha hecho conforme a su amor entrañable, y conforme a la multitud de sus misericordias:” (Is. 63:7). Israel estuvo muy contento con su Salvador, y Él estuvo ilusionado con tenerles a ellos por pueblo y entró en íntima relación con ellos: “Pues que dijo: ¡Ciertamente ellos son mi pueblo, hijos que no se portarán falsamente! Y así, Él se convirtió en el Salvador de ellos” (v. 8)La relación fue de identificación total por su parte: “Y fue afligido con todas sus aflicciones. El Ángel de su presencia los salvó, y en su amor y en su ternura, Él mismo los redimió, y cargó con ellos, y los llevó todos los días, desde la antigüedad” (v. 9). Si tú eres creyente en esta mañana, todo esto es lo que tienes en tu Salvador: el Ángel de tu presencia te salvó, te redimió para ser suyo, está presente y sufre contigo en todos tus sufrimientos, y en su amor y ternura carga contigo todos los días y te lleva. ¡Cómo no responder con gratitud y amor por un Salvador tan bueno!

               Deberían de estar encantados con Él, pero le fueron infieles y le devolvieron mal por bien: “Pero ellos se rebelaron y contristaron su Espíritu Santo, por lo que se tornó su enemigo y guerreó contra ellos” (v. 10). No sigas su ejemplo. El pecado es deslealtad, contrista su Espíritu Santo y produce consecuencias terribles, diseñadas para hacernos reflejar y volver. La disciplina surtió efecto con ellos. Se pusieron a pensar: “Entonces se acordaron de los días antiguos, de Moisés y su pueblo: ¿Dónde está el que los sacó del mar con el pastor de su rebaño? ¿Dónde está el que puso en medio de ellos su Santo Espíritu? El Espíritu de Jehová los hizo descansar; así pastoreaste a tu pueblo para hacerte un Nombre glorioso” (v. 11, 14). ¿Dónde se ha ido? Horrible realización. Ya no está como antes. Qué acusación de terrible soledad. Este es el clamor del creyente que se ha apartado y sufrido las consecuencias: “¡Lo que he perdido!” Hizo tanto para mí, y le he sido desleal, después de todas sus misericordias.

               Los demás reflexionamos: Me salvó de mis miserias, me condujo por muchas dificultades, estuvo conmigo, pasando lo que yo pasé, ayudándome dándome su gracia, puso su Espíritu Santo en mí, y su Espíritu me dio descanso. Dios se glorificó en mi salvación y mostró su gracia y ternura por medio de mi vida a mucha gente. ¿Cómo puedo serle desleal? ¿Cómo puedo abandonar al Dios de mi salvación y contristar a su Espíritu Santo? ¡Qué incalculable pérdida sería la mía! Oh Dios, no dejes que me aparte de ti. No quiero dar pena a tu Espíritu, al que me desea y me añora, sino contentarle y hacerle feliz de que vive en mí, y quiero que siempre pueda, desde el fondo de mi alma, alzarte un cántico de alabanza por tan grande salvación que ha ganado mi corazón. 

Enviado por el Hno. Mario Caballero

María y Marta

“Aconteció que, yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa” (Lu. 10:38).

            Hoy toca hacer una pequeña visita a estas dos hermanas, Marta, la hospitalaria y la hacendosa, y María, la que decidió dejar que su hermana sirviese sola para poder sentarse a los pies de Jesús y escucharle a él. En eso, María parece egoísta, y si no fuese por el comentario del Señor Jesús, pensaríamos que la que estuvo en el lugar correcto era Marta. A veces es violento optar por Jesús. Se presta a malentendidos. Siempre hay cosas urgentes para hacer. Quedamos mal si dejamos que otros se encarguen de nuestras responsabilidades para “descansar”, o así lo podrían pensar ellos. ¿No es cierto que “primera la obligación y después la devoción”? Hay que atender a las cosas espirituales cuando hemos cumplido con todo lo demás, ¿no es así? Si lo fuera, el Señor casi no tendría ningún lugar en nuestro ocupado horario. Siempre hemos de sacrificar algo para atender a las cosas espirituales. Y otros pueden molestarse.

            Para ti, ¿qué es prioritario? Para la mayoría de los creyentes, es el trabajo. Encajan su vida espiritual alrededor del trabajo. La mayoría no pasan horas escuchando la Palabra, estudiándola y orando. Y en tu caso, ¿qué es más importante, el trabajo o tiempo con Jesús? Otra pregunta: ¿Qué es más importante: pasar tiempo con Jesús a solas, o servirle? ¿Tu iglesia es una María o una Marta? ¿Te enseña a servir o a pasar tiempo con Jesús? ¿Cuánto tiempo pasas en la Palabra y la oración cada día? Cualquier prioridad en la vida que no es Jesús mismo es un ídolo, ¡aunque sea el servicio cristiano! La gente que pone el servicio primero, se molesta con “los espirituales”.

            Marta pensaba que tenía razón y que Jesús estaría de su parte. Después de todo, le estaba sirviendo a él, ¿no es cierto? Para su sorpresa, la reprende, suavemente. Parece que no lo valora cuando anteponemos el servicio a estar con él a sus pies, escuchándole. Le dice: “Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas, pero solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada”. El trabajo que hemos hecho para Jesús a expensas de la relación con él nos será quitado en Aquel Día. Será quemada como “madera, heno y hojarasca”. No tendremos ninguna recompensa eterna para él.  Pero cuando pasamos tiempo sentados a los pies de Jesús, estamos invirtiendo en la eternidad.

            “Solo una cosa es necesaria”. La única cosa necesaria en la vida es conocer a Jesús. ¡Qué pena gastar la vida en cosas que nos serán quitadas: el dinero, los bienes  materiales, placeres pasajeros, tiempo malgastado, hasta el servicio cristiano realizado en la carne, sin la plenitud del Espíritu Santo, todo esto será quemado. En cambio, el tiempo que hemos pasado con Jesús es una inversión en la eternidad que rinde tesoro eterno. Esto nunca nos será quitado.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Salvador sí, Señor no

“Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo. Al oír esto, se compungieron de corazón y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo, para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2: 36-28).

¿Es salva la persona que recibe a Cristo como su Salvador, pero no tiene ninguna intención de dejar la vieja vida para vivir para Dios en el poder del Espíritu Santo y bajo el señorío de Jesús?  Hay un evangelio falso que va circulando por allí que enseña que uno pude creer en Cristo como su Salvador, pero no obedecerle como su Señor y todavía ser salvo.

            En su predicación del evangelio Pedro hace constar que Dios ha hecho a Jesús de Nazaret Señor y Cristo. El Salvador es Dios y Rey. Fue crucificado por nuestros pecados y resucitado por nuestra justificación. Cuando nos arrepentimos, recibimos el perdón de nuestros pecados y al Espíritu Santo.  No recibimos el perdón de nuestros pecados para seguir pecando, ni el don del Espíritu Santo para vivir en la carne, en desobediencia a su dirección. El arrepentimiento significa muerte a la vieja vida, y el don del Espíritu Santo significa nueva vida en Cristo. “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Rom. 8:9). Toda esta sección sigue hablando de la vida en el Espíritu. Termina diciendo: “Si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Rom. 8:13, 14). Los hijos de Dios son los que han crucificado la carne y viven en el Espíritu.

            ¿Qué quieres? ¿Vivir esta vida conforme a los deseos de tu carne y todavía ir al Cielo?  ¿Amas la carne? ¿Amas este mundo y su forma de vivir? ¿Qué dicen los apóstoles al respeto? “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo . Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1 Juan 2:15, 15). El mundo está en enemistad con Dios y nuestra carne está en rebeldía contra Él: “La mente carnal es enemistad contra Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede” (Rom. 8:7). El mismo Señor Jesús nos dijo que no podemos servir a dos señores, a Dios y a las riquezas (Mat. 6:24). 

            No podemos vivir con un pie dentro de la iglesia y otro dentro del mundo, de acuerdo con los valores de ambos. No es posible. ¿Dónde está tu corazón? ¿En la discoteca, con la música popular, en el mundo de televisión y cine, con las fiestas y conciertos, o con las cosas de Dios? Si somos de Cristo, Él es nuestro Señor, y hemos crucificado la carne con sus pasiones y deseos (Gal. 5:24). No te engañes con un evangelio que te permite vivir en el mundo: la doble vida es evidencia de que uno no es salvo. O bien Jesús es nuestro Salvador y nos sometemos a Él con gratitud por su maravillosa salvación, o bien seguimos en nuestros pecados. Estas son las dos opciones. 

Enviado por el Hno. Mario Caballero

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