Día: 4 noviembre, 2020

La mejor elección

“El día que ustedes elijan su rey, lo van a lamentar; pero el Señor no les responderá.” 1 Samuel 8:18

A pesar de que en estas devociones diarias no es mi intención hablar de política, varias personas me han pedido que escriba sobre las próximas elecciones aquí en los Estados Unidos. Mejor dicho, no sobre las elecciones en sí, sino sobre el proceso que las precede.

A través de todos los medios de comunicación somos bombardeados en todo momento por propagandas políticas de los distintos candidatos que tratan de convencernos para que votemos por ellos.

Hasta ahí todo está bien, pero es lamentable ver todos los correos electrónicos y blogs que andan circulando, en los cuales se dicen cosas humillantes y denigrantes acerca de los candidatos y de sus familias.

Es cierto que no podemos esperar que quienes están metidos en la política actúen siempre honestamente; sería un milagro si nadie torciera un poco la verdad. Pero eso no significa que nosotros, que somos siervos del Salvador, debamos escuchar, apoyar, o divulgar dichas mentiras.

La advertencia del Señor comunicada por Samuel e ignorada por el pueblo de Israel, muestra que de nada sirve que una nación elija a un gobernante que la aleje del Señor.

Razón por la cual, sabiendo que uno de estos candidatos va a ser elegido, que su autoridad viene de Dios (Juan 19:11), y que el Señor me va a pedir que honre y respete a ese hombre, voy a dejar de escuchar y leer toda la basura que anda dando vueltas, y voy a dedicarme a orar “hágase tu voluntad”.

Por: CPTLN

 

Sin motivos para dudar

“Esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado.” Romanos 5:5

La duda carcome la mente de las personas. La duda va de la mano con la ansiedad; juntas hacen amistad con el temor y la desesperación para quebrar la voluntad, y lograr que el ser humano llegue a concebir los pensamientos más oscuros, incluso hasta decidir quitarse la vida. Las causas de la duda son diversas. Primero, la falsedad en la comunicación. O sea, dudamos de lo que otros nos dicen. Segundo, las experiencias pasadas en las que recibimos promesas que nunca se cumplieron, lo que nos hace dudar de las promesas que otros nos hacen ahora. Por último, nuestra propia inconsistencia: hablamos y no somos fieles a la verdad, prometemos algo y luego ponemos excusas para librarnos del compromiso. Nuestra propia conciencia nos recuerda que hicimos dudar a otros, por lo que dudamos también de ellos.

Así es como Dios una vez más pega con toda fuerza en el clavo de nuestra debilidad, viniendo a nuestro auxilio con una buena noticia: todo lo que él nos diga no podrá ser empañado nunca por la sombra de la duda, pues él no defrauda jamás. Él nos asegura que su palabra, al prometernos el perdón de pecados, produce esperanza cierta en nuestra vida. En él tenemos un compañero que siempre nos ayuda para que sigamos confiando. El Espíritu Santo infunde en nosotros la certeza del amor divino en acción para producir los frutos que de tal amor proceden, llevándonos a Cristo para recibir sus palabras de vida eterna. El Espíritu Santo disipa nuestras dudas, nos afirma en medio de la ansiedad y echa fuera el temor y la desesperación, porque nuestra conciencia está en paz por el regalo del perdón que Jesús nos da.

Por: CPTLN

 

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