Mes: noviembre 2020

La prueba de nuestra fe

“Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido” (1 P. 4:12).

La primera carta del apóstol Pedro versa sobre la persecución del creyente. Cristo nos enseñó que la persecución nos vendrá a nosotros tan seguramente como le vino a Él. Demuestra que realmente estamos siguiendo al Señor. Viene para probar nuestra fe. Cuando nos convertimos, profesamos fe en Cristo, pero no entendíamos todas las implicaciones. Más bien, deberíamos de haber dicho: “Creo que creo en ti”. Somos inconstantes. ¿Realmente creemos? Nuestra fe necesita ser probada para confirmar que es real y no una emoción pasajera o una convicción intelectual. La persecución es una manera de probar la fe. Hoy, cuando no hay persecución en España, tenemos sufrimiento en lugar de persecución para poner a prueba nuestra fe para ver si es auténtica. La salvación consiste en transformar a personas estropeadas hasta llegar a la perfecta humanidad de Cristo, hasta que Cristo sea formado en nosotros. ¿Cómo puede un ser egocéntrico aprender a pensar en otros, a amar verdaderamente. “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”  (2 Cor. 3:18). Dios nos está transformando para ser como su amado Hijo.

Dios dosifica el sufrimiento para trabajar en nosotros en medio de situaciones difíciles, enjuicia el pecado ahora, y cambiamos, para no tener que enfrentar el juicio divino en el Día Final: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Jan 5:24). Dios nos perdona por la cruz, somos libres de culpa, pero la salvación es más que la justificación y el perdón, es también la transformación. Desde el día que creemos somos justificados, peros seguimos pecando. Hemos de ser bautizados en sangre en el altar y bautizados en el Espíritu Santo en el lavacro para ser piedras vivas en el Templo de Dios. Cuando creemos en Cristo entramos en el camino de la santidad que conduce a Sion, pero solo el que persevera hasta el fin es salvo. El juicio final para el cristiano es ahora, en esta vida. Los “juicios” o castigos de Dios nos limpian, nos cambian y nos transforman. Es en este sentido que el juicio ha empezado en la casa de Dios (v. 17).

Los apóstoles tuvieron gozo en medio de la prueba: “Gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo” (1 Pedro 4:13), pero hemos de asegurarnos de que nuestro sufrimiento no viene por nuestra propia culpa: “Que ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhecho, o por entremeterse en lo ajeno, pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello” (v. 15, 16). ¡Se cierran emisores de radio porque no han pagado los permisos y luego piensan que están sufriendo por Cristo! ¿Nos metemos donde no debemos y luego pensamos que estamos sufriendo por causa de Cristo? Hace falta perseverancia para glorificar a Dios por nuestra vida. Que suframos con gozo para glorificar a Dios. “El justo con dificultad se salva” (v. 18), así que, “que los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel Creador” (v. 19). Dios nos creó, somos únicos, obras de artesanía del Creador, obras de arte en progreso. Él nos conoce mejor que nosotros mismos. Conoce nuestros fallos, y allí está trabajando para cambiarnos. Es fiel: nos está salvando y perfeccionando hasta el día de Cristo.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

 

Perdón diario

“Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros” (1 Juan 1:10).

Nuestro estudio de Ezequiel nos ha enseñado que para mantener lleno del Señor su santo templo, que somos nosotros, hemos de recurrir frecuentemente al altar. Empezamos con el templo lleno: “He aquí que la gloria de Jehová llenó la casa” (Ez. 43:5), pero se tiene que mantener en santidad para que permanezca así, porque: “Esta es la ley de la casa: Sobre la cumbre del monte, el recinto entero, todo en derredor, será santísimo” (Ez. 43:12). Cuando entra el pecado, hemos de volver al altar: “Estas son las medidas del altar” (Ez. 43:13). Habiendo confesado nuestro pecado y pedido perdón en base al Sacrificio perfecto ofrecido por nuestro Sacerdote, tenemos paz y aceptación con Dios: “Los sacerdotes sacrificarán sobre el altar vuestros holocaustos y vuestras ofrendas de paz; y me seréis aceptos, dice Jehová el Señor” (Ez. 43:27). Entonces la gloria del Señor volverá a llenar su casa: “Y he aquí la gloria de Jehová había llenado la casa de Jehová” (Ez. 44:4).
Este precioso himno de siglos atrás nos recuerda de nuestra necesidad de mantenernos llenos del Señor por medio de la confesión del nuestros pecados, al pie de la cruz:
Padre, aunque tu hijo pecaminoso ha sido reconciliado con la Ley y vivo por tu gracia perdonadora, no obstante, cada día necesito clamar: “Perdóname”.
Él pagó el precio de mi rescate, llevó mi culpa sobre sí; humillado delante de tu Trono de Gracia, te suplico remisión total.
Señor, perdóname, día tras día, las deudas que no puedo pagar: obligaciones no cumplidas, cosas indebidas, poco dignas, en que yo he caído.
Transgresiones de palabra o pensamiento, hechos realizados por motivaciones impuros, ingratitud, sospechas, desconfianza, pensamientos innobles o injustos.
Perdón te ruego, mi Señor y Dios. ¿Tengo deudores o enemigos? Yo, que vivo por medio de tu perdón, perdono sus ofensas.
Que pueda sentir, aun mientras sufro, que la venganza es de Dios. No me atrevo a vengarme, salvo por la venganza dulce de orar por los que me hacen el mal.
Que yo, que he sido perdonado de mucho, aprenda a devolver amor por odio, bien por mal. Entonces gozaré de la seguridad total de que tú, mi Dios, me has perdonado a mí.
“Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestros Padre celestial; más si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mateo 6:14, 15).
Habiendo recibido perdón por nuestros pecados, y habiendo perdonado a otros, tenemos paz con Dios, somos limpios, y su gloria puede llenar nuestro templo.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

 

¿Para qué estamos aquí?

“…y den siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.” Efesios 5:20

Recibí una carta enviada por un lector de estas devociones acerca de una conversación que había tenido con su hijo.

El padre creía que su hijo se estaba poniendo engreído y delicado. La gota que colmó el vaso fue cuando el hijo le pidió el automóvil para ir a la escuela, a lo cual le respondió: “Hijo, la escuela está muy cerca. No es necesario que vayas en auto. Si no, ¿para qué te dio el Señor dos pies?” Rápidamente, el hijo respondió: “Un pie para el freno y el otro para el acelerador”.

Al leer esta carta no pude menos que preguntarme para qué nos ha dado el Señor las cosas que tenemos.

Por ejemplo, ¿para qué nos ha dado nuestras mentes, nuestras familias, nuestros trabajos, nuestra salud, nuestros amigos? Como dijo Lutero: “Todo lo que mi cuerpo y mi vida necesitan”.

La única respuesta que se me ocurre es que Dios nos ha dado tanto porque nos ama y confía en nosotros.

Ese mismo amor es lo que lo motivó a enviar a su Hijo a buscar y salvar al perdido. Gracia, misericordia, amor, compasión, piedad. Todas esas cosas motivaron al Señor a permitir que su Hijo muriera por nuestra redención.

Por lo que hoy le invito a que me acompañe en dar gracias al Señor por todas sus bendiciones. Démosle gracias aunque no esté de moda, y aunque nos sea difícil al principio.

Es para ello que estamos aquí: para dar gracias a Dios por esta maravillosa vida.

ORACIÓN: Padre de misericordia, te damos gracias y te alabamos por proveer todas nuestras necesidades. Ayúdanos a reconocer que incluso la más simple de las cosas que poseemos viene de ti. Especialmente te damos gracias por el perdón que nos has dado a través de la muerte y resurrección de tu Hijo Jesús. Es en su nombre que oramos y en su nombre damos gracias. Amén.

Enviado por: CPTLN

La gran sorpresa: Restauración

“Pero tampoco se realizarán los planes que estáis pensando, cuando decís: Seamos como otras naciones,… ¡Vivo Yo! dice Adonay Yahvé…reinaré sobre vosotros”

(Ez. 20:32, 33).

Israel quería ser como las otras naciones y tener rey (1 Sam. 8:5), pero la dinastía de David se había acabado hasta que viniera el Mesías. Dios dice que ahora Él será su Rey. No tendrán rey humano. Los va a sacar de los países donde están esparcidos “con brazo extendido y ira incontenible” y los llevará al desierto, y allí los juzgará uno por uno. Dios hará una criba: “y apartaré de entre vosotros a los rebeldes, y los sacaré de la tierra de su peregrinación, pero no entrarán a la tierra de Israel, y sabréis que Yo soy Yahvé” (ver vs. 34-38). Dios limpiará a su pueblo de los rebeldes y llevará a los demás de nuevo a su tierra. Que elijan. Si quieren seguir en la idolatría, que lo hagan, pero quedarán fuera: “A vosotros, casa de Israel, esto os dice Adonay Yahvé: Si a Mí no me escucháis, ¡vaya cada uno tras sus ídolos y sírvalos!, pero no profanéis más mi santo Nombre con vuestras ofrendas y con vuestros ídolos” (v. 39). Los que vuelvan servirán a Dios: “Y sabréis que Yo soy Yahvé, cuando os haya traído a la tierra de Israel; tierra por la cual alcé mi mano jurando que la daría a vuestros padres” (v. 42). Así Dios limpiará su pueblo y guardará su Pacto. Aquí vemos la santidad de Dios, su juicio, y su fidelidad. Y así Dios se revelará a las naciones: “Y mi santidad será reflejada en vosotros ante los ojos de las naciones” (v. 41).

Así hace con nosotros, con los que profesamos ser su pueblo: a los que persisten en el pecado, los entregará a su idolatría, pero quedarán fuera. A los demás los limpiará por su fuerte disciplina, y al final entrarán en la eterna Tierra Prometida. Dios es fiel, y así es cómo funciona su fidelidad.

Ahora, los de Israel que vuelven no serán los mismos. Volverán con el corazón contrito y humillado: “Y allí (en la tierra de nuevo) os acordaréis de vuestros caminos, y de todos vuestros hechos en que os contaminasteis, y os aborreceréis a vosotros mismos a causa de todos vuestros pecados que cometisteis” (v. 43). Dios los llevará a un verdadero arrepentimiento. Y este es el proceso doloroso por el cual lo va a conseguir: invasión babilónica, deportación, y retorno de los exiliados, habiendo eliminado a los rebeldes de en medio de ellos y purificado a los demás. Una persona realmente perdonada es consciente de cómo era su vida anterior, de cómo era cuando andaba lejos de Dios. Se repugna. “Os aborreceréis a vosotros mismos a causa de todos vuestros pecados que cometisteis”.

El arrepentimiento es en don de Dios, el mayor que hay, porque sin él no hay salvación. La persona que se cree salva, y piensa que antes de conocer la gracia de Dios en Cristo era buena persona, ¡no lo es! Así de contundente. La gracia de Dios nos humilla. Su perdón nos hace sentirnos limpios, pero tremendamente endeudados con Dios. Todo orgullo y todo engaño acerca de nuestra propia bondad están fuera. El apóstol Pablo que había sido un fariseo orgulloso, convencido de su propia justicia, llegó a verse como el peor de los pecadores. Si Jesús no te ha salvado de un corazón horriblemente perverso y engañoso y un orgullo espantoso, no te ha salvado de nada. Si tú estás sentado a los pies de Jesús en tu juicio cabal, habiendo visto la degradación de tu propio corazón, su dureza y rebeldía, ¡eres salvo! ¡Aleluya! Este es un milagro de la gracia de Dios. Alabado sea su Nombre. ¡Dios lo ha conseguido!

Enviado por el Hno. Mario Caballero

 

Evidencias de verdadera salvación

“Si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne… De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Cor. 5:14-17).

La conversión significa cambio. Antes vivíamos de una manera, ahora de otra. Han cambiado nuestros valores, actitudes, modales, metas, nuestro uso del tiempo, nuestro concepto de lo que está bien y lo que está mal, nuestra forma de enfocar la vida, la manera en que nos relacionamos con otros, además de nuestra relación con Dios. Somos nuevas personas. Hemos empezado la vida de nuevo. Hemos vuelto a nacer. Los demás ven las evidencias en nuestro comportamiento, pero los cambios interiores son los que han dado lugar a los exteriores, y aquellos solo Dios los ve.

Los cambios interiores tienen que ver con nuestro carácter. Seguimos con la misma personalidad, pero el carácter cambia. Si antes éramos líderes, seguimos siendo líderes, pero lideramos de otra manera, con más humildad, con más servicio hacia los demás. Si antes éramos extrovertidos, seguimos siéndolo, pero no para ocupar el centro de atención, sino para llegar a los demás para ayudarles. Si antes éramos divertidos, mantenemos nuestro sentido de humor y amor a la aventura y optimismo, pero ¡menuda diferencia! Ahora nuestro optimismo se basa en la experiencia cristiana, y nuestra fe en Dios, y nuestro sentido de humor adquiere otro tono.

Si no hemos cambiado nada, si seguimos con los mismos problemas de carácter, tenemos que plantearnos si realmente hemos muerto con Cristo, según estos textos que hemos leído. Jesús vino para salvarnos de nuestros pecados (Mateo 1:21), y éstos están muy arraigados en nuestro carácter. Si somos nuevas criaturas, tiene que haber cambios. Si sigo siendo la misma persona: iracunda, impaciente, negativa, quejica o pesimista, ¿dónde está la nueva criatura? Si sigo siendo violenta, mentirosa, rebelde, vil, inmoral, cobarde, distante, o controladora, manipuladora y conflictiva, la que siempre tiene razón, hay que preocuparse mucho y mucho.

Si los demás no comentan que han visto cambios enormes en mí, algo anda mal y debo buscar la ayuda de un pastor o amigo que vale para aconsejarme dónde estoy espiritualmente. ¿He venido a la Cruz? ¿He renunciado mi vieja forma de ser? ¿Lo he reconocido? ¿Lo he visto? ¿Me he quebrantado por mi pecado delante de Dios? La persona que ha sido convencida de pecado ha visto su corazón y se ha horrorizada. Ha pensado que es imposible que se salve. Cree que si Dios no le manda al infierno, que sería injusto. Ha venido a la cruz destrozado por lo que ha visto de sí misma y ha clamado a Dios pidiendo misericordia. Si Cristo no me salvado de mí misma, ¿de qué que me ha salvado? El Hijo de Dios vino para salvarme de mis pecados para que ande en novedad de vida. El resultado es que los demás vean cambios que evidencian que soy otra.

Pablo cambió. Antes mataba a cristianos; ahora pone su vida por ellos. Pedro cambió. Antes tenía que ser el que figuraba, el bocazas de grupo; ahora tiene corazón de pastor y mira por los demás, no por él mismo. Y si tú también has cambiado radicalmente, ¡gloria a Dios! ¡Esto es porque Cristo está en ti!

Enviado por el Hno. Mario Caballero

 

A %d blogueros les gusta esto: