Mes: octubre 2020

Dios mueve los cielos y la tierra

Leer | Hebreos 12.25-29

Dios quiere que estemos conscientes de su presencia, y de que sacudirá nuestro mundo —literal y metafóricamente— para que eso suceda.

El Antiguo Testamento registra que, para captar la atención de la gente, el Señor movió cielo y tierra. El monte Sinaí tembló antes de que Moisés recibiera los Diez Mandamientos (Éx 19.18, 19). Dios también le dijo a Judá que estremecería cielo y tierra, volcando reinos, ejércitos y naciones (Hag 2.20-22).

Dios hizo lo mismo en los tiempos del Nuevo Testamento. En la crucifixión, un terremoto indicó la destrucción de la antigua manera de vivir, y el establecimiento de un nuevo pacto (Mt 27.51). Poco después, un grupo de creyentes fue lleno del Espíritu Santo, y la tierra tembló de nuevo (Hch 4.31).

Pero la agitación geológica y de la sociedad no es simplemente un procedimiento del pasado. Dios sigue haciendo temblar al mundo hoy. Todas las naciones de la tierra “tiemblan” por su preocupación por el medio ambiente, la salud, el hambre y los conflictos políticos. Sin embargo, los problemas actuales parecerán leves en comparación con los desastres y las epidemias que tendrán lugar durante la tribulación (Ap 6). En ese tiempo, se desatará todo tipo de juicios sobre la Tierra para llamar la atención de la gente.

Dios está enviando un mensaje al mundo: La humanidad no es quien lleva las riendas. Porque nos ama, nuestro Padre eliminará todo aquello en que hayamos puesto nuestra confianza fuera de Él, hasta que finalmente solo busquemos la seguridad en nuestro Señor.

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Condiciones de una influencia piadosa

Leer | Daniel 1.1-17

Todo creyente tiene la responsabilidad de ser de influencia positiva para el mundo. Por medio de nuestro ejemplo y testimonio tenemos que ayudar a las personas a entender mejor a Jesucristo, y la manera de seguirle. Por lo que nos dice la Biblia sobre el profeta Daniel, él fue un hombre que utilizaba su influencia sabiamente. Su testimonio influenció no solamente a sus amigos, sino también a cuatro reyes y sus reinos.

Daniel tenía la fuerte convicción de que todas las palabras de las Sagradas Escrituras eran verdaderas. En consecuencia, se negó a comer la comida de la mesa del rey, porque Éxodo 34.15 prohibía consumir cualquier alimento ofrecido a ídolos (práctica común en Babilonia). La fidelidad de Daniel a Dios pesaba más que cualquier temor a represalias por haber rechazado la comida del rey.

El Señor honró la convicción de Daniel, asegurándose de que gozara de la simpatía de hombres poderosos. Dios también le dio la sabiduría y el conocimiento que le permitiría ser de influencia piadosa en todo el reino.

Probablemente, ninguno de nosotros tendrá la oportunidad de influenciar a reyes; sin embargo, nuestro ejemplo puede ser de bendición en nuestro trabajo o en nuestra comunidad. Como fue el caso de Daniel, una influencia piadosa tiene sus raíces en la creencia de que la Biblia es la palabra infalible de Dios. Si nuestras convicciones no están basadas en los preceptos bíblicos, nuestro estilo de vida no puede ser el correcto. Por tanto, el compromiso de descansar en el fundamento de la Palabra de Dios no es negociable.

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Cuando aceptamos la invitación de Dios

Leer | Lucas 5.1-11

Las peticiones sencillas de Dios son, a menudo, peldaños que conducen a mayores bendiciones en la vida. Cuando Simón Pedro aceptó la invitación de Jesús, cambió de ser un pescador de peces a ser un pescador de hombres.

Una noche improductiva de trabajo había dejado agotado a Pedro, sin duda alguna. Sin embargo, le permitió al Señor Jesús subir a su embarcación para que le hablara a la multitud. Cuando el Señor terminó de hablar, le pidió al veterano pescador que se dirigiera a aguas más profundas. Pedro sabía que la hora no era buena para pescar, pero obedeció y fue bendecido, no con una, sino con dos barcadas de peces.

A menudo, las bendiciones de Dios son resultado de obedecer peticiones que parecen ilógicas. Aunque preferimos que nos pida realizar algo grande para impactar multitudes, la obediencia en lo pequeño es nuestro mayor logro. Si desobedecemos el llamado a cumplir con alguna acción menor, ¿qué razón tendrá para confiarnos mayores responsabilidades?

Si Pedro se hubiera negado a prestar su embarcación al Señor o a salir a pescar, habría perdido la bendición inmediata de tener una gran pesca, y quizás también la oportunidad de ser un discípulo de Jesús. Al caminar con el Señor durante tres años, Pedro fue testigo de milagros más espectaculares que aquella gran pesca: Un ciego recuperó la vista; Lázaro fue resucitado; y ante la petición del Señor Jesús, el mismo Pedro caminó sobre las aguas. Es decir, todo eso fue resultado de aceptar el llamado del Señor cada vez que Él le pidió que hiciera algo aparentemente pequeño.

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Las obras y la oración

Leer | JUAN 16.23, 24

Cada día suceden milagros, como cuando las mentes se abren, los ciegos espiritualmente ven la verdad del evangelio, y los rebeldes se convierten en hijos de Dios.

Nuestro Padre celestial espera que nos acerquemos con peticiones grandes. Él ve si lo que pedimos está basado en los méritos y la obra de reconciliación de Cristo; si hemos confesado todo pecado conocido; y si creemos firmemente en que Él hará lo que ha dicho. Por tanto, no debemos dudar; nuestro Padre quiere que estemos seguros de que Él cumplirá sus promesas, y que responderá para nuestro bien. Él se deleita en dar regalos a sus hijos (Mt 7.11).

Dios responde nuestras peticiones cuando están en armonía con su plan. Y sabemos que Él no actuará de una manera que no sea acorde con su carácter. Así que, al escudriñar la Biblia podemos descubrir si nuestros deseos están de acuerdo con la naturaleza y los propósitos de Dios. También podemos aprender de quienes tuvieron un dilema similar: de Eliseo, quien llegó al agotamiento y cayó en la desesperación; de Rut y Noemí, unas viudas pobres que necesitaron la ayuda del Señor; o de David, cuya vida estuvo en peligro. Sus interacciones con Dios —y las maneras como Él respondió— nos dirán cómo podemos hablar con nuestro Padre celestial de nuestras dificultades. Y podemos estar seguros de que el Espíritu Santo nos ayudará (Ro 8.26).

Dios es el único que conoce las acciones ideales que habremos de tomar, y el momento adecuado para hacerlo. Pero Él nos invita a pedir con fe, y a seguir pidiendo (Mt 7.7).

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Una fe en aumento

Leer | Génesis 22.1-14

Si estamos decididos a avanzar espiritualmente, no podemos conformarnos con una fe pequeña. Quitamos la mirada de nosotros mismos y la ponemos en el Señor, porque anhelamos tener más fe.

Comenzamos convirtiéndonos en estudiantes de la Biblia, con el deseo irresistible de experimentar la presencia del Señor, pasar más tiempo con Él, y ser conformados a la semejanza de Cristo.

La segunda característica de una fe más profunda, es la fuerte confianza en el Espíritu Santo, evidenciada por la costumbre de acudir a Dios antes de tomar decisiones. Tercero, demostramos la disposición de esperar en Dios y confiar en lo que Él dice. El Señor alabó al centurión por su gran fe. Por confiar en la persona y en el carácter de Jesús, el soldado creyó que la palabra de Cristo era todo lo que se necesitaba (Mt 8.5-10).

Pero hay un nivel de fe aun mayor, en el que la incredulidad es desterrada y solo la confianza en Dios permanece. Abraham mostró esa confianza cuando el Señor le ordenó que sacrificara a Isaac. La poca fe nunca habría cortado la madera o ensillado los asnos para hacer el viaje. La fe que él tenía lo impulsó a hacer el viaje, tal como Dios le había ordenado, creyendo que el Señor resolvería las cosas. La fe total actuará como hizo Abraham: él creyó lo que el Señor le había prometido; cumplió con la orden divina, aunque eso parecía contradecir la promesa que Dios le había hecho.

Que la fe total sea la oración y la aspiración de su corazón. El Espíritu Santo está siempre listo para ayudarle a alcanzar el siguiente nivel de fe.

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Los sentimientos de culpa

Leer | Santiago 2.10

Piense en cómo se siente usted cuando hace algo incorrecto. Lo más probable es que el aguijón de su conciencia le haga sentirse culpable.

¿Qué es el sentimiento de culpa? Quizás piense que es una molesta sensación de que el Señor le va castigar, o un sentimiento de aislamiento por una oscura nube de remordimiento. Obviamente, hay diferentes maneras de enfrentar la culpa; determinar exactamente lo que es, nos permitirá avanzar en el camino hacia la madurez espiritual.

Cuando nuestra conducta contradice la guía del Espíritu de Dios que habita en nosotros, sentimos culpa. Dicho de otra manera, esta respuesta emocional revela que nos hacemos responsables por haber hecho algo malo, ya sea con un pensamiento, una acción, una palabra imprudente, o algo más.

Aunque es bueno tener esta alarma interior, tenemos que evitar la tendencia a sumergirnos en la vergüenza.

A veces, nos portamos tan mal que somos vencidos del todo por el remordimiento, y nos negamos a dejar que las olas del pesar pasen de largo. Podemos autocastigarnos caminando en esas agitadas aguas durante un tiempo.

Cuando lleguen esos momentos, debemos recordar que Jesucristo pagó la deuda por todos nuestros pecados. Esto significa que Él ya pagó el precio de nuestras faltas, y que hemos sido declarados “inocentes”. Nuestro pecado yace muerto en la cruz, lo mismo que nuestra culpa. Aunque debemos siempre asumir la responsabilidad de nuestras acciones, tenemos la libertad de hacerlo sin la carga de sentimientos de culpa.

Por: Min. En Contacto

 

Mensaje a las Iglesias Parte I

Dios te bendiga, te comparto el enlace al inicio de este interesante tema ofrecido en la Escuela Bíblica Dominical anterior a recibir el expositor de nueva temporada. Que lo disfrutes. Para escuchar haz clic sobre el enlace provisto a continuación. Te esperamos.

https://www.ministeriotv.com/video/mensaje-a-las-iglesias-parte-i-21323

Lo que Sedequías elegió

“En el noveno año de Sedequías rey de Judá, en el mes décimo, vino Nabucodonosor rey de Babilonia con todo su ejército contra Jerusalén, y la sitiaron” (Jer. 39:1).

El sitio de Jerusalén fue horroroso. Duró dos años. Jeremías lo describe llorando en su libro de Lamentaciones: “Aun los chacales dan la teta, y amamantan a sus cachorros; la hija de mi pueblo es cruel como los avestruces en el desierto. La lengua del niño de pecho se pegó a su paladar por la sed: lo pequeñuelos pidieron pan, y no hubo quien se lo repartiese… Las manos de mujeres piadosas cocieron a sus hijos; sus propios hijos les sirvieron de comida en el día del quebrantamiento de la hija de mi pueblo. Cumplió Jehová su enojo, derramó el ardor de su ira; y encendió en Sion fuego que consumió hasta sus cimientos” (Lam. 4:3-11).

Finalmente los babilonios abrieron brecha en la muralla de la ciudad. La aprovechó el ejército de Sedequías y se escapó. Cuando el rey se vio abandonado, él mismo huyó con su familia para salvarse la vida, pero el ejército de los caldeos los siguió, y le alcanzaron en los llanos de Jericó “y degolló el rey de Babilonia a los hijos de Sedequías en presencia de éste en Ríbla, haciendo asimismo degollar el rey de Babilonia a todos los nobles de Judá. Y sacó los ojos del rey Sedequías, y le aprisionó con grillos para llevarle a Babilonia. Y los caldeos pusieron a fuego la casa del rey y las casas del pueblo y derribaron los muros de Jerusalén” (Jer. 39:6-8).

Pasó justo lo que Jeremías le dijo que iba a pasar. El rey podía haber salvado muchas vidas de su pueblo y las de su familia y pudo haberse salvado de la tortura si hubiese hecho caso, pero era estúpido, incrédulo, cobarde, inconsecuente, egoísta, y débil. Conociendo la verdad, la rechazó. Quiso salvarse y se perdió. Eligió la ceguera, porque no quiso ver. Había visto que los falsos profetas habían mentido. Había visto cumplirse cosa tras cosa que Jeremías había profetizado. Sabía que Jeremías era fiel profeta de Dios, sin embargo consintió a que le torturasen, a que le encarcelasen, y que le echasen en el pozo para morir de hambre. Decidió forjar su propia salvación, ¡y mira el resultado! La ciudad por la cual él era responsable delante de Dios se perdió.

Y cómo él, muchos. ¿Qué pasa con nosotros? ¿Somos seres irracionales? Buscamos a pulso nuestra condenación. ¿Cómo podemos ser tan tontos? No se pierde alguien por falta de verdad. La misma naturaleza testifica a la existencia de Dios. Tenemos su palabra. Nuestros familiares la han escuchado hasta a saciedad. Han visto nuestras vidas. Saben que el evangelio es cierto. Sin embargo eligen el camino de la muerte. ¿Cómo es posible? Jeremías mismo nos explica el por qué: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer. 17:9). Da con la clave. No es el cerebro, es el corazón. El mundo está lleno de “Sedequías” que buscan su propia perdición, y su condenación es más que justa. Dios ha sido misericordioso y más que misericordioso con el rey. Le ha dado oportunidad tras oportunidad, pero eligió la incredulidad y pagó el precio por ello en sus propias carnes.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

 

¿Qué pasó después de la caída de Jerusalén?

“Los caldeos pusieron a fuego la casa del rey y las casas del pueblo y derribaron los muros de Jerusalén. Y al resto del pueblo que había quedado en la cuidad, y los que se habían adherido a él, con todo el resto del pueblo que había quedado, Nabuzaradán capitán de la guardia los transportó a Babilonia” (Jer. 39:8, 9).

Nabuzaradán dejó en Jerusalén solo a los más pobres: “Hizo quedar en tierra de Judá a los pobres del pueblo que no tenían nada, y les dio viñas y heredades” (v. 10). También hizo venir a vivir en Judá a gentes de otros pueblos conquistados. Éstos se mezclaron con los pobres de Judá para dar origen a lo que después se llamarían “los samaritanos”. Ya sabemos cómo fueron considerados en tiempos de Jesús. Practicaban una mezcla de culto a sus dioses y culto al Dios de Israel.

Jeremías fue llevado hacia Babilonia en cadenas con los demás cautivos de Jerusalén, pero el capitán de la guardia lo buscó y lo dejó libre para elegir entre ir a Babilonia, donde estaría protegido por el rey, o volver a Israel: “Ve a donde mejor y más cómodo te parezca ir” (40:4). Este trato diferencial fue debido a sus profecías que aconsejaban que Judá se rindiese a Babilonia. ¡Los babilonios le valoraban, cosa que no hizo su propio pueblo! ¡Reconocieron que Judá había caído tal como Jeremías había dicho, porque los judíos habían pecado contra el Señor! (40:3). Jeremías eligió volver a Judá: “Se fue entonces Jeremías a Gadalías, el gobernador que los caldeos pusieron sobre Judá, y habitó con él en medio del pueblo que había quedado en la tierra” (40:6).

Volvieron a Judá muchos judíos que estaban en otros lugares esparcidos para vivir bajo su gobierno (40:12). Parecía que iba a haber paz, pues Gadalías era un hombre pacífico y honorable, pero no gozaba de la aceptación de los guerrilleros que todavía iban luchando por el campo. Se sublevaron. Uno de sus líderes, un tal Ismael, le asesinó a él, a sus oficiales y a los soldados babilonios que estaban con él (41:3). También mató a 80 hombres que llegaron para adorar en el templo, echó sus cuerpos en un pozo y capturó a mucha gente (41:7-15). Cuando lo supieron los demás líderes guerrilleros, salieron en su contra y libraron a sus cautivos, pero este Ismael se escapó.

Ahora toda esta gente temía represalias de los caldeos por la muerte del gobernador y decidieron huir. Pidieron a Jeremías que consultara a Dios para saber qué hacer. Prometieron que harían lo que Dios dijese (42:1-3). Diez días más tarde llegó la respuesta de parte del Señor: quedaros en Judá bajo los babilonios y os irá bien (42:11), pero no lo creyeron. Decían que Jeremías mentía. Jeremías les avisó que si fuesen a Egipto morirían de hambre, de la espada, y de pestilencia, pero no lo creyeron (42: 20-22). Jeremías les dijo: “¿Por qué os engañáis a vosotros mismos? Porque vosotros me enviasteis a Jehová vuestro Dios, diciendo: Ora por nosotros a Jehová nuestro Dios, y haznos saber todas las cosas que Jehová nuestro Dios diga, y lo haremos. Y os lo he declarado hoy, y no habéis obedecido a la voz de Jehová vuestro Dios” (v. 20). Se empeñaron en huir a Egipto, ¡y obligaron a Jeremías y a Baruc a ir con ellos!, y se llevaron a todo el remanente que había vuelto para vivir en Judá. Así que llegaron a Egipto los guerrilleros con esta gran multitud, a la cuidad de Tafanes, en explícita desobediencia al Señor (43:7). ¿Qué podemos decir? De verdad, ¡uno se desespera con su tozudez! ¿Por qué insisten en buscar su propia destrucción?

Enviado por el Hno. Mario Caballero

 

Promesas para un pueblo destrozado

“Vino palabra de Jehová a Jeremías la segunda vez, estando él aún preso en el patio de la cárcel, diciendo:…” (Jer. 33:1).

Los hay que dicen que el Dios del Antiguo Testamento es muy severo mientras que el Dios del Nuevo que Cristo revela es un Dios de amor. Tales no conocen ni el Antiguo Testamento ni el Nuevo, ni mucho menos al Dios que se revela como el idéntico Ser en ambos testamentos. El capítulo que tenemos por delante es un botón de muestra. En él tenemos una revelación del corazón amante y compasivo de este Dios que califican como duro. El Antiguo Testamento tiene una revelación del amor de Dios Padre en aun más profundidad que la que tenemos de Él en el Nuevo, porque no hace falta repetir en el Nuevo lo que ya consta en el Antiguo. El Nuevo Testamento edifica sobre el fundamento del Antiguo, y el Antiguo enseña abiertamente su corazón.

La profecía de hoy empieza: “Así ha dicho Jehová acerca de las casas de esta ciudad: “Vinieron para pelear contra los caldeos, (solo) para (luego) llenar las casas de cuerpos de hombres muertos, a los cual herí yo con mi furor y con mi ira, pues escondí mi rostro de esta ciudad a causa de toda su maldad” (v. 5). Dios dice que es Él quien ha matado a los caídos en guerra de la ciudad de Jerusalén debido a su horrendo pecado. Si uno lee este versículo fuera de su contexto podría decir: “Ves, aquí tenemos un Dios de ira, implacable, desalmado, vengativo, un Dios de castigo, juicio, y muerte”. Pero si conoces la historia que desembocó en esta matanza, comprendes que ha sido totalmente justificado el castigo de Israel por las atrocidades que han cometido. Su pecado ha clamado al Cielo y el Cielo ha esperado siglos para que se arrepintiesen, y no lo han hecho. Al final Dios ha tenido que actuar para hacer posible su futura salvación, porque los ama entrañablemente. Lejos de ser justiciero y sanguinario, nada más pronunciar el juicio, ¡corre para prometer restauración!

¡Mira lo que les promete!: “He aquí que yo traeré sanidad y medicina; y los curaré, y les revelaré abundancia de paz y verdad. Y haré volver los cautivos de Judá y cautivos de Israel, y los restableceré como al principio. Y los limpiaré de toda su maldad con que pecaron contra mí; y perdonaré todos sus pecados con que contra mí pecaron, y con que contra mí se rebelaron. Y me será a mí por nombre de gozo, de alabanza y de gloria, entre todas las naciones de la tierra, que habrán oído todo el bien que yo les hago; y temerán y temblarán de todo el bien y de toda la paz que yo les haré” (v. 6-9). Estos versículos por sí solos son bonitos, pero ¡dentro de su contexto, son una revelación del corazón de misericordia de Dios a un pueblo que no merece nada!

Y hay más. En este mismo contexto Dios les promete el Salvador. ¿Qué padre promete regalos a su hijo rebelde justo antes de castigarlo? ¡Pero Dios sí! “En aquellos días… haré brotar a David un Renuevo de justicia, y haré juicio y justicia en la tierra. En aquellos día Judá será salvo, y Jerusalén habitará segura, y se le llamará (¡a Jesús!) “Jehová, justicia nuestra”… No faltará a David varón que se siente sobre el trono de la casa de Israel. Ni a los sacerdotes y levitas faltará varón que delante de mí ofrezca holocausto” (ver vs. 14-18). ¡Dios está prometiendo que el Mesías vendrá y que Él será Rey y Sacerdote para siempre!

¿Qué tal te parece este Dios?

Enviado por el Hno. Mario Caballero

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