Mes: septiembre 2020

Una oportunidad para arrepentirse

“Y llamó Jeremías a Baruc hijo de Nerías, y escribió Baruc de boca de Jeremías, en un rollo de libro, todas las palabras que Jehová le había hablado. Después mandó Jeremías a Baruc, diciendo: A mí se me ha prohibido entrar en la casa de Jehová. Entra tú, pues, y lee de este rollo… Quizá llegue la oración de ellos a la presencia de Jehová, y se vuelve cada uno de su mal camino” (Jer. 36:4-7).

El nombre de Baruc significa “Bendito”. Ponerse en el templo y leer públicamente todas las profecías de Jeremías a un pueblo hostil le ponía a Baruc en gran peligro. El capítulo 45 corresponde a este momento. Dios es consciente de lo que le está pidiendo y de la reacción del escriba frente a esta tarea tan difícil: “Así ha dicho Jehová Dios de Israel a Baruc: Tú dijiste: ¡Ay de mí ahora! Porque ha añadido Jehová tristeza a mi dolor; fatigado estoy de gemir, y no he hallado descanso” (v. 3). Dios ha oído queja y responde por medio de Jeremías: “Así le dirás: Ha dicho Jehová: He aquí que yo destruyo a los que edifiqué, y arranco a los que planté, y toda esta tierra. ¿Y tú buscas para ti grandezas? No las busques; porque he aquí que yo traigo mal sobre toda carne, ha dicho Jehová; pero a ti te daré tu vida por botín en todos los lugares adonde fueres” (Jer. 45:4-5).

El Señor oye nuestros suspiros y quejas cuando nos pide que hagamos algo muy difícil que podía traernos mucho sufrimiento. A Baruc le contesta con una leve reprimenda y una promesa. Dios le dice que está a punto de destruir la ciudad que Él mismo edificó. Con todo el pesar de su ama tiene que traer muerte y destrucción sobre el proyecto de sus sueños, el pueblo que Él ama. Son días negros para todos. ¿Desea Baruc no sufrir nada en medio de tanto desastre? ¿Busca grandes cosas para sí mismo? ¿Prestigio? ¿Reconocimiento? ¿Popularidad? No es momento para estar preocupado por uno mismo, sino por Dios y su pueblo. No obstante, Dios le promete que no morirá en el desastre que vendrá. Dios le conservará la vida.

La aplicación para nosotros es evidente. Dios nos ha pedido cosas difíciles en un ambiente hostil al evangelio. ¿Vamos a suspirar y quejarnos? ¿Vamos a pensar: “Pobre de mí; cuánto sufro”? ¿O vamos a pedir su gracia para estar a la altura de lo que espera de nosotros? ¿Vamos a cambiar de centrar nuestra atención en nosotros mismos y nuestra reputación a enfocarnos en la pena de Dios frente al estado del mundo y de su pueblo? Lo que Dios tiene que hacer es muy fuerte y le pesa. Tiene que arrancar iglesias que él mismo ha plantado con ternura e ilusión, porque su pueblo se ha desviado de Él. Dios aquí revela sus sentimientos y quiere que los comprendamos.

Hasta ahora hemos escapado con nuestra vida. Todavía la persecución no ha llegado a nuestra puerta. La apostasía no ha llegado a nuestra iglesia. Estamos siendo guardados por el Señor en medio de granes trastornos políticos y religiosos mundiales. El conservará nuestra alma. La vida la tenemos “como botín”, lo que se aprovecha después de una derrota. Esto quiere decir que somos como las víctimas de guerra que hemos escapado con nuestras vidas. Vamos a contentarnos con esto. Vivamos, pues, como los que Dios está preservando en medio de grandes males, y pongamos nuestra atención en Él, no en nosotros mismos. Somos “tizones arrebatados del incendio”.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

 

Tener significado

“No que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios” (2 Cor. 3:5).

Es vital tener la sensación de que somos alguien. Es decir, que tenemos entidad, que somos de importancia, que somos significativos, que tenemos valía. Si no lo tenemos, mal. No podemos vivir si pensamos que somos insignificantes. ¿De dónde conseguimos esta identidad que tanto nos hace falta? La respuesta de esta pregunta es muy importante. No es necesario ser famoso, tener reconocimiento, ser un éxito, destacar, estar por encima de los demás, o conseguir un nombre para ti mismo, para tener la sensación de ser.

Un chico nació en una familia normal; su padre tuvo un trabajo humilde. Sin motivo él sintió vergüenza de su padre, aunque su padre fue creyente, y una persona amada y respetada por cuantos que le conocían. Juró que no iba ser cómo su padre, sino importante, que iba a hacer un nombre para sí mismo. Y lo logró. Pero esto no sanó la deficiencia de su niñez. Sigue con un ego muy frágil. Siente la necesidad de defenderse capa y espada cuando alguien cuestiona su valía, o le hace sombra, o no le rinde homenaje. Cualquier persona que arroja una luz oscura sobre algo suyo debe prepararse para ser calumniada y rechazada. Siempre que alguien no le apoya a él o sus posturas o preceptos, esta persona es objeto de marginación, y difamación.

¿Esto es normal? Es normal en el mundo, pero no debe ser normal en la iglesia. Esta persona debe rebobinar y llegar a la raíz de su problema, que es el no honrar a su padre. Debe pedir perdón a Dios por dónde este pecado le ha llevado. Y luego debe buscar su identidad y suficiencia en Cristo.

Si somos algo es porque el Señor Jesús ha pagado el precio de nuestro rescate y nos ha justificado. El valor que tenemos es incalculable, porque Dios nos ha comprado con la sangre de su Hijo, y esto no tiene precio posible de medir. Siendo justificados, Dios nos ve perfectos en Cristo. “Con una solo ofenda hizo perfectos a los santificados” (Heb. 10:14). Nuestra perfección no es de nosotros mismos. Nuestro valor no es lo que valemos en nosotros mismos, sino en lo que Dios pagó para comprarnos. No somos importantes por nuestros logros, sino por los logros de Jesús. No tenemos que destacar sobre los demás para ser importantes, porque cada uno es único y tiene un papel único y no se puede comparar con nadie. La vida no es una competición a ver quién gana. No tenemos que superar a otros. Tenemos que cumplir correctamente lo que Dios espera de cada uno de nosotros, y para cada uno es diferente. No tenemos que compararnos, sino obedecer al Señor.

Los demás no deben juzgarnos y nosotros mismos tampoco. No importa lo que piensan los demás. Importa lo que piensa Dios, y él está impresionado con valores como humildad, fidelidad, honestidad, servicio para otros, sacrificio, compasión y amor para con los demás.

Hay sanidad en la cruz de Cristo para este hermano y para todos lo que andan buscando significado. Bendito sea Dios quien perdona todas nuestra iniquidades y sana todas nuestras dolencias (Salmo 103:3), en este orden. El perdón fluye de sus venas y la sanidad de sus heridas. En Él somos enteros.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

 

Lealtad familiar

“Ciertamente los hijos de Jonadab hijo de Recab tuvieron por firme el mandamiento que les dio su padre; pero este pueblo no me ha obedecido” (Jer. 35:16).

Es un gran orgullo para los padres cuando sus hijos guardan las tradiciones familiares y las enseñanzas sagradas de los padres y abuelos generación tras generación. Algunas familias pueden jactarse de 3, 4 o 5 generaciones de creyentes, y no solo de creyentes, sino de creyentes comprometidos, activamente sirviendo al Señor. Esta es la gloria de una familia. Es parte de su identidad. Cada generación que sube sabe en qué familia ha nacido y qué es lo que se espera de ellos. Así fue con la familia de Recab, los recabitas.

Los recabitas eran un clan en Israel conocido por su devoción a Dios expresada en su lealtad a un voto familiar de abstenerse de vino y mantener una forma nómada de vida. No edificaban casas, ni sembraban huertos, ni plantaban viñas, sino que moraban en tiendas en todas sus generaciones. Cuando Nabucodonosor subió contra Israel, ellos buscaron refugio en Jerusalén. Dios quiso usarles como ejemplo de fidelidad para Israel poniendo a prueba la lealtad de esta familia a sus promesas. Le dijo a Jeremías que les invitase a tomar vino en el templo. Fue una tentación muy fuerte: ¡la palabra de Dios les vino por medio de un hombre de Dios a tomar vino en la casa de Dios! Ellos sabían que esto no podía ser la voluntad de Dios debido al mandato de su antepasado de parte de Dios. Dios no se contradice. Si dijo que “no”, no importa quien dice que “sí”, la respuesta todavía es que “no”. Esta tentación fue una prueba de su conocimiento de Dios mismo. Sabían que Dios no cambia.

Dios fue encantado con su respuesta: “No beberemos vino; porque Jonadab hijo de Recab nuestro padre nos ordenó diciendo: No beberéis jamás vino vosotros ni vuestros hijos… Y nosotros hemos obedecido a la voz de nuestro padre Jonadab hijo de Recab en todas las cosas que nos mandó” (v. 6, 8). Dios usó su ejemplo pare hablar a la gente de Jerusalén: “¿No aprenderéis a obedecer mis palabras?, dice Jehová. Fue firme la palabra de Jonadab hijo de Recab, a sus hijos que no bebiesen vino, y no lo han bebido hasta hoy, por obedecer al mandamiento de su padre; y yo os he hablado a vosotros desde temprano y sin cesar y no habéis oído” (v. 13, 14). Dios sigue hablando: No me habéis hecho caso ni me habéis escuchado, pero éstos han llevado a cabo los mandamientos de sus antepasados. Dios dice que va a traer mal sobre Jerusalén “porque les hablé y no oyeron; los llamé, y no han respondido” (v. 17).

En cambio Dios promete bendecir la familia de los recabitas: “Por tanto, así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: No faltará de Jonadab hijo de Recab un varón que esté en mi presencia todos los días” (v. 19). ¡Qué lección para nuestros, padres cristianos, y qué lección para nuestros hijos!

La promesa de Dios fue confirmada. La inscripción sobre el Salmo 71 en la LXX (Septuaginta) refiere a los descendentes de Jonadab. Y Neh. 3:14 registra un tal Malquías, hijo de Recab, como uno de los que regresaron de la cautividad. Él desempeñó un papel importe en la reconstrucción de Jerusalén. ¡Cómo Dios bendice la obediencia de los hijos a sus padres piadosos!

Enviado por el Hno. Mario Caballero

 

Las Escrituras y el mundo

 En el Nuevo Testamento se habla con frecuencia para el cristiano acerca del «mundo» y de su actitud con respecto al mundo. La santa Palabra de Dios es una luz del cielo, brillando «en un lugar oscuro» Les prometen libertad, y son ellos mismos esclavos de corrupción. Porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció. (2ª Pedro 1:19). Sus divinos rayos hacen ver las cosas en sus verdaderos colores, penetrando y exponiendo el brillo de mentirijillas que cubre muchos objetos. Este mundo, sobre el cual se gastan tanto dinero, y que es tan exaltado y admirado por las víctimas que tiene embaucadas, es declarado «enemigo de Dios»; y por tanto se prohíbe a sus hijos que «se conformen» a él y que pongan sobre él su afecto.

La fase presente de nuestro tema no es, ni con mucho, la menos importante de todas las que nos hemos dispuesto a considerar, y el lector serio hará bien buscando la divina gracia para medirse con respecto a ella. Una de las exhortaciones que Dios dirige a sus hijos dice: «Desead como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación» (1ª Pedro 2:2), y corresponde a cada uno de sus hijos el examinarse con diligencia y sinceridad, para descubrir si éste es su caso o no. Ni tampoco nos hemos de contentar con un aumento de conocimiento intelectual de la Escritura: lo que necesitarnos es crecimiento práctico, conformidad experimental a la imagen de Cristo: esto es lo más importante. Y un punto en el cual podemos someternos a la prueba es: ¿Me hace menos mundano la lectura y el estudio de la Palabra de Dios?

1. Nos beneficiamos de la Palabra de Dios, cuando se nos abren los ojos para discernir el verdadero carácter del mundo. Uno de nuestros poetas escribió: «Dios está en el cielo todo está bien en el mundo.» Desde un punto de vista esto es verdad, pero desde otro está realmente equivocado, porque «el mundo entero yace en poder del maligno» (1ª Juan 5: 19). Pero es sólo a medida que el corazón es iluminado de modo sobrenatural por el Espíritu Sano que podemos percibir que lo que es altamente estimado entre los hombre es realmente «abominación a los ojos de Dios» Entonces les dijo: Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación. (Lucas 16:15). Hemos de estar agradecidos cuando el alma puede ver que el «mundo» es un fraude gigantesco; una burbuja vacía, algo, vil, que un día va a desaparecer en una conflagración de fuego.

Antes de seguir adelante, definamos este «mundo» que se le. prohíbe amar al cristiano. Hay pocas palabras en las Sagradas Escrituras que sean usadas con una mayor variedad de significados que ésta. Con todo, una atención cuidadosa al contexto nos ayudará a determinar el sentido de cada caso. El «mundo» es un sistema u orden de cosas, completo en sí mismo. No hay ningún elemento extraño al inundo al que se permita entrar, y si esto ocurre, rápidamente se asimila 0 acomoda. El «mundo» es la naturaleza caída del hombre actuando en la familia humana, modelando el marco de la sociedad de acuerdo con sus propias tendencias. Es el reino organizado de la «mente carnal» que está en «enemistad contra Dios» y que «no está sujeta a la ley de Dios, ni en realidad puede estarlo» Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; (Romanos 8:7). Dondequiera que haya una «mente carnal», allí está el «mundo»; de modo que la mundanalidad es el mundo sin Dios.

2. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando aprendemos que el mundo es un enemigo que hay que resistir y al que hay que vencer. Al cristiano se le manda que luche «la buena batalla de la fe» Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos. (1ª Timoteo 6:12), lo cual implica que hay enemigos con los que hay que medir las armas y vencen, Del mismo modo que hay la Trinidad Santísima: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, hay también una trinidad del mal: el mundo, el demonio y la carne. El hijo de Dios es llamado a un combate mortal con ellos; «mortal», decimos, porque o será destruido por ellos o conseguirá la victoria sobre ellos. Deja claro, pues, en tu mente, lector, que el mundo es un enemigo mortal, y si tú no le vences en tu corazón, no eres hijo de Dios, porque está escrito: «Todo aquel que es hijo. de Dios, vence al mundo» Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y ésta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. (1ª Juan 5:4).

Pueden darse las siguientes razones, entre otras, de por qué es necesario vencer al mundo. Primero: todos sus seductores objetos tienden a desviar nuestra atención y enajenar nuestro afecto de Dios. Es necesario que sea así, porque la tendencia de las cosas que se ven es la de desviar al corazón de las cosas que no se ven. Segundo: el espíritu del mundo es diametralmente opuesto al Espíritu de Cristo; por ello escribió el apóstol: «Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios» (1ª Corintios 2:12). El Hijo de Dios vino al mundo, pero «el mundo no le conoció» (Juan 1:10); por ello los príncipes y gobernadores de este mundo le crucificaron la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria. (1ª Corintios 2:8). Tercero: sus cuidados y preocupaciones son hostiles a una vida devota. y piadosa. Los cristianos, como el resto de la humanidad, tienen la orden de Dios de trabajar seis días a la semana, pero, mientras están así ocupados necesitan estar constantemente en guardia, para que la ambición no les gobierne en vez de la ejecución y cumplimiento de su deber.

«Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe» (1ª Juan 5:4). Sólo una fe dada por Dios puede vencer al mundo. Pero, cuando el corazón está ocupado con realidades invisibles, aunque eternas, es librado de la influencia corruptora de los objetos mundanales. Los ojos de la fe disciernen las cosas de los sentidos en sus colores verdaderos, y ven que son vacías y vanas, y no son dignas de ser comparadas con los objetos grandes y gloriosos de la eternidad. Un sentido Profundo de las perfecciones y presencia de Dios hace que el mundo aparezca como menos que nada. Cuando el cristiano ve que el Divino Redentor, muere por sus pecados, vive para interceder por su perseverancia, reina y rige las cosas con miras a su salvación final, el cristiano exclama: «No hay para mí ningún bien en la tierra aparte de Ti.»

Y ¿qué dices con respecto a ti cuando lees estas líneas? Puedes asentir cordialmente a lo que se dice en el párrafo anterior, pero ¿cuál es la realidad de tu situación, no ya tu opinión? ¿Tienen las cosas que el hombre regenerado estima, encanto y atractivo para ti? Quita de la persona mundana las cosas en que se deleita y se siente perdido: ¿te ocurre lo mismo a ti? O por lo contrario, ¿se halla tu gozo y satisfacción en objetos que no te pueden ser quitados? No consideres estas cosas a la ligera, te ruego, sino considéralas seriamente en la presencia de Dios. La respuesta sincera a las mismas será el índice o marcador del estado real de tu alma, e indicarán si eres de veras «una nueva criatura en Cristo Jesús» o te haces la ilusión de serlo.

3. Estamos beneficiándonos de la Palabra de Dios cuando aprendemos que Cristo murió para librarnos del «presente siglo malo» (Gálatas 1A). El Hijo de Dios vino, no sólo para cumplir los requisitos de la ley No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. (Mateo 5:17), sino para «destruir las obras del maligno» (1ª Juan 3:18), para librárnos de la «ira que ha de venir» (La Tesalonicenses 1:10), para salvarnos de nuestros pecados (Mateo 1:2), pero también para liberarnos del yugo de la esclavitud de este mundo, y para liberar al alma de su nefasta influencia. Esto se prefiguré en los tratos que Dios tuvo con Israel. Los israelitas eran esclavos en Egipto, y «Egipto» es una figura o símbolo del mundo. Estaban bajo una cruel esclavitud, pasando la vida haciendo ladrillos para Faraón. Les era imposible alcanzar la libertad por su cuenta. Pero, Jehová, con su gran poder, los emancipó, y los sacó de un «horno ardiendo». Esto mismo hace Cristo con los suyos. Quebranta el poder del mundo en sus corazones. Los hace independientes de él, para que no procuren sus favores ni le teman si frunce el cejo.

Cristo se dio a sí mismo como sacrificio por los pecados de su pueblo, para que, a consecuencia de ello, pudieran ser librados del poder e influencia de todo lo que es malo en este presente siglo: de Satán, que es su príncipe; de los deseos y apetitos de la carne que predomina en el mundo; de la vana conducta de los hombres que pertenecen al mismo. Y el Santo Espíritu que mora en los santos, coopera con Cristo en esta bendita obra. El Espíritu vuelve sus pensamientos y afectos de las cosas terrenas a las celestiales. Por la obra de su poder, los libra de la influencia desmoralizadora que los rodea, y los conforma a los Standard celestiales. Y a medida que el cristiano crece en la gracia, lo reconoce, y obra en consecuencia. Busca todavía una liberación más plena de este «presente siglo malo» y pide a Dios que le libre de él completamente. Lo que antes le encantaba ahora le desagrada y produce asco. Anhela el momento en que será quitado de este teatro de acción en que el nombre de su bendito Señor es deshonrado tan tristemente.

4. Nos beneficiamos de la Palabra cuando nuestros corazones son corroborados en ella. «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo» (1ª Juan 2:15). «Lo que es para el viajero una piedra de tropiezo en el camino, un peso para el que corre, la liga para el pájaro, es el amor al mundo para el cristiano en el curso de su vida: le distrae completamente en el camino o le desvía totalmente del mismo» – (Nathaniel Hardy, 1660). La verdad es que hasta que el corazón es purgado de la corrupción, el oído es sordo a la instrucción divina. Hasta que somos librados de las cosas del siglo y de los sentidos no podemos ser sometidos a la obediencia a Dios. La verdad celestial resbala de una mente carnal, como el agua por la superficie de un cuerpo esférico. El mundo ha vuelto su espalda a Cristo, aunque su nombre es profesado en muchos sitios; sin embargo, no quiere saber nada de El. Todos los deseos y designios de la persona mundana son la gratificación del yo. Por más que sus objetivos e intentos sean tan varios como se quiera, todo está subordinado a satisfacer al yo. Ahora bien, los cristianos se hallan en el mundo, y no pueden salir de él; tienen que vivir en él, el tiempo que el Señor les ha indicado. Mientras están en él tienen que ganarse la vida, mantener a sus familias y atender a los negocios del mundo. Pero se les prohibe que amen al mundo, en el sentido de que pueda hacerles felices. Su «tesoro» y «porción» se halla en otro sitio.

El mundo tiene atractivo para cada uno de los instintos del hombre caído. Contiene miles de objetos que le encantan: atraen su atención, la atención crea deseo y el deseo amor, e insensiblemente, pero de modo seguro, hacen una impresión más y más profunda en su corazón. Tiene la misma fatal influencia en todas las clases. Pero a pesar de ser atractivos los diversos objetos, y todas las ocupaciones y placeres del mundo, están diseñadas y adaptadas para fomentar la felicidad en esta vida, solamente, por tanto: «¿De qué le aprovechará al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma?» El cristiano recibe su enseñanza del Espíritu, y al presentarle éste a Cristo en el alma, sus pensamientos son desviados del mundo. De la misma manera que un niño deja caer un objeto sucio o peligroso cuando se le ofrece algo que tiene más interés para él, lo mismo el corazón que está en comunión con Dios dice: «Estimo todas las cosas como perdidas por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo y lo tengo por basura, para ganar a Cristo»(Filipenses 3:8).

5. Nos beneficiamos de la Palabra cuando andamos separados del mundo. «¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios» (Santiago 4:4). Este versículo y otros semejantes deberían escudriñar la mente de todos y hacernos temblar. ¿Cómo puedo buscar amistad y placer en aquello que ha sido condenado por el Hijo de Dios? Si lo hago, al instante esto me identifica con sus enemigos. Oh, lector, no te equivoques en este punto. Está escrito: «Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él» (1ª Juan 2:15).

Se dijo en tiempo antiguo del pueblo de Dios que: «He aquí un pueblo que habitará confiado y no será contado entre las naciones» (Números 23:9). Sin duda la disparidad de la conducta y carácter, los deseos y pesquisas que distinguen al hombre regenerado del no regenerado, deben separarlos. Los que profesamos tener nuestra ciudadanía en otro mundo, ser guiados por otro espíritu, dirigidos por otra. regla, estar viajando a otro país, ¡no podemos ir del brazo con aquellos que desprecian estas cosas! Por tanto que todo alrededor nuestro y en nosotros exhiban nuestro carácter de peregrinos. Es posible que el mundo se extrañe de nosotros (Zacarías 3:8), porque no nos adaptamos a las formas de este mundo (Romanos 12:2).

6. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando provocamos el aborrecimiento. ¡Qué trabajo se da el mundo para salvar las apariencias y dar a los otros una buena impresión! Las cosas convencionales y sociales, las cortesías y el altruismo, todo son fórmulas para dar un aire de respetabilidad. Y para dar más peso, se añade el «Cristianismo», y el santo nombre de Cristo está en los labios de miles que nunca han tomado su «yugo sobre sí». De ellos dice Dios: «Este pueblo de labios me honra, pero su corazón está lejos de mí» (Mateo 15:8).

Y ¿cuál ha de ser la actitud de los verdaderos cristianos respecto a esto? La respuesta de la Escritura es clara: «De los tales, apártate» (2ª Timoteo 3:5). «Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor» (2ª Corintios 6:17). Y ¿qué ocurre cuando obedecemos sus mandamientos? Entonces se demuestra la verdad de estas palabras de Cristo: «Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, porque no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece» (Juan 15:19). ¿Qué significa «mundo» aquí, de un modo específico? Dejemos que el versículo anterior nos dé la respuesta: Si, el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. ¿Qué mundo aborreció a Cristo y le hostigó hasta la muerte? El mundo religioso, aquellos que se decían ser más celosos de la gloria de Dios. Lo mismo ocurre ahora. ¡Que el cristiano vuelva la espalda a la Cristiandad que deshonra a Cristo, y sus enemigos peores y más implacables y sin escrúpulos serán aquellos que dicen ellos mismos ser cristianos! Pero, «bienaventurados seréis cuando por mi causa os vituperen y os persigan y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozáos y alegráos, porque vuestro galardón es grande en los cielos» (Mateo 5:11,12

7. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando nos elevamos por encima del mundo. Primero: respecto a sus costumbres y modas. El hombre mundano es un esclavo de las costumbres. y estilos del día. No es así respecto a los que andan con, Dios; la preocupación principal es «conformarse a la imagen del Hijo». Segundo: por encima de sus cuidados y tribulaciones: en otro tiempo se dijo de los santos que aceptaban ultrajes y aflicciones y el despojo de los bienes, «sabiendo que tenían una mejor y perdurable posesión en los cielos» (Hebreos 10:34). Tercero: por encima de sus tentaciones: ¿qué atractivo tiene el brillo del mundo para aquellos que se deleitan en el Señor? ¡Ninguno en absoluto! Cuarto: por encima de las opiniones y aprobación. ¿Has aprendido a ser independiente y plantar cara al mundo? Si todo tu corazón está dispuesto a complacer a Dios, dejarás de preocuparte de la impiedad, que te mira con ceño.

Ahora, lector, ¿quieres medirte con el contenido de este capítulo? Si es así, busca respuestas sinceras a las siguientes preguntas. Primero: ¿cuáles son los objetos en los que tu mente encuentra recreo? ¿Cuáles son los pensamientos que circulan más por ella? Segundo: ¿cuáles son los objetos que escoges? Cuando has de decidir la forma en que has de pasar una velada o un domingo por la tarde, ¿qué es lo que escoges? Tercero: ¿qué es lo que te causa mayor pena: la pérdida de los bienes terrenos o la falta de comunión con Dios? ¿Qué te causa más pesar, el, que se echen a perder tus planes o la frialdad de tu corazón a Cristo? Cuarto: ¿cuál es el tema favorito de tu conversación? ¿Pasas el tiempo en conversación sobre cosas insustanciales como noticias del día y otras semejantes o hablando «de Aquel que procura nuestra amistad»? Quinto: ¿se vuelven realidad tus «buenas intenciones» o bien no son nada más que sueños vanos? ¿Pasas más tiempo que antes de rodillas? ¿Es su Palabra más dulce a tu paladar, o tu alma ha perdido ya el sabor de ella?

Enviado por: Hno. Mario Caballero

Dios reafirma su promesa

“Vino palabra de Jehová a Jeremías, diciendo: Así ha dicho Jehová: Si pudiereis invalidar mi pacto con el día y mi pacto con la noche, de tal manera que no haya día ni noche a su tiempo, podrá también invalidarse mi pacto con mi siervo David, para que deje de tener hijo que reine sobre su trono y mi pacto con los levitas y sacerdotes, mis ministros” (Jer. 33:19-21).

Dios ha hecho una promesa tan importante y tan enorme que decide repetirla. Claro, nosotros sabemos que es la promesa más importante de la Biblia, la de enviar al Salvador, y que esta misma Persona también será Rey y Sacerdote eternamente. Este es el tema del libro de Hebreos. El perfecto cumplimiento de estas promesas se encuentra en una misma Persona, el Señor Jesús, no en una sucesión de reyes de la dinastía de David, ni en la continuación del orden levítico. Como se ha cumplido en Cristo, estás dos cosas han cesado: ya no hay reyes en Israel y no hay sacerdotes que ofrecen sacrificios en el patio del templo de Jerusalén. Jesús se ha sentado a la diestra del Padre en las alturas y se presenta delante de Él como nuestro Sumo Sacerdote con la ofrenda de su propia sangre que ha procurado la eterna remisión de nuestros pecados. Reyes y sacerdotes son algo del pasado ya que tenemos a Jesús.

Dice Dios que esta promesa es tan segura como que el día sigue la noche.

No obstante, los había que dudaban. Pensaban que Dios les había abandonado. El Señor lo comenta con su siervo Jeremías: “¿No oyes lo que dice este pueblo: Las dos familias que Yahweh había escogido las ha desechado? Así desprecian a mi pueblo, y no lo tienen por nación” (v. 24, BTX). La evidencia del abandono está delante de sus ojos. Israel está en ruinas. Dios también ve la ruina, pero ve más allá de la ruina al re-establecimiento de la nación de Israel, a la venida del Mesías, y su segunda venida y reino eterno.

Dios responde a estos que viven por vista y no por fe: “Así dice Yahweh: Como es cierto que he creado el día y la noche, y he establecido los cielos y las tierra, también es cierto que no desecharé el linaje de Jacob y de David mi siervo, dejando de tomar de su descendencia quien sea señor sobre el linaje de Abraham, de Isaac y de Jacob. Porque cambio su suerte y les tengo compasión” (v. 25, 26, BTX). La Reina Valera reza: “Porque haré volver a sus cautivos, y tendré de ellos misericordia” (v. 26). Otra vez Dios repite que esta promesa es tan segura como que el día sigue la noche. ¿Hay cosa más segura que esta? Cada nuevo amanecer es un recordatorio de la fidelidad de nuestro Dios; tan seguro como él es la promesa del reino eterno de Cristo.

Dios escucha nuestras conversaciones. Está al corriente de nuestras dudas. Y se da prisa para comentar el dolor que siente ante nuestra incredulidad con los que tienen su oído, como Jeremías lo tuvo. Pero luego, en su amor y misericordia, vuelve a asegurarnos que su promesa es cierta, que este mundo arruinado que ven nuestros ojos no es la última realidad, que esto pasará, y vendrá el nuevo día del cumplimiento de todas sus promesas en Cristo: “Ha de oírse aún voz de gozo y de alegría, voz de desposado y voz de desposada, voz de los que digan: Alabad a Jehová de los ejércitos, porque Jehová es bueno, porque para siempre es su misericordia” (v. 11). Esto también tendrá su pleno cumplimiento.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

 

Leal hasta la muerte

“Se fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Ap. 2:10).

A la hora de la verdad, cuando Pedro tuvo que decidir entre su propia vida y su relación con Cristo, negó a su Señor. Juró que no le conocía: “Se le acercó una criada, diciendo: Tú también estabas con Jesús el galileo… Pero él negó otra vez con juramento: No conozco al hombre” (Mat. 26:69-72). Con una mirada de Jesús fue llevado al arrepentimiento, y Pedro salió y lloró amargamente. Si no hubiese rectificado, no habría podido seguir como discípulo, como seguidor de Cristo; se habría perdido. Dios le dio una segunda oportunidad de serle fiel hasta la muerte y esta vez Pedro fue valiente. Según la tradición de la iglesia dijo que no era digno de morir como su Maestro, y fue crucificado con la cabeza por abajo.

No vale creer en Cristo en el corazón y negarle con la boca: “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Rom. 10:9). Las dos cosas van juntas, el creer en el corazón y el confesar con la boca. Jesús dijo: “A cualquiera, pues que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielo. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mat. 10:32, 33). Y: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí” (Mat. 10:37). “Os digo que todo aquel que me confesare delante de los hombres, también el Hijo del Hombre le confesará delante de los ángeles de Dios; mas el que me negare delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de de Dios” (Lu. 12:29). “Si le negáremos, él también nos negará” (2 Tim. 2:12). “Los cobardes… tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Ap. 21:8).

Una mujer anciana, enferma, necesitada de ser cuidada, tiene que tomar una decisión muy difícil. Si se queda en casa de familiares, no le permitirán tener una Biblia o recibir visitas de parte de creyentes. Tendrá que cortar la comunión con la iglesia. La alternativa es decir que no va a renunciar a la Biblia, ni a su relación con sus hermanos en Cristo, y ver lo que pasa. Si su familia le niega la posibilidad de practicar su fe, ella tendrá que tomar su lugar como creyente, confesar su fe en Cristo y sufrir las consecuencias. ¿Qué pueden hacer? Queda por ver. Puede ser que cambien de parecer al ver su resolución. Puede ser que la hagan la vida imposible. Puede ser que rehúsen tenerla en su casa. Puede ser que corten la relación con ella. Es un precio muy alto para una anciana dependiente y frágil. En tal caso, esto le llevaría a tomar un paso de fe y creer que el Señor proveerá cuidados alternativos para ella. La iglesia tendrá que serle familia de verdad. Si ella niega al Señor, las consecuencias son terribles. Habrá negado la fe. Jesús le negará delante del Padre. Le dirá: “Apártate de mí, nunca te conocí”. Pero si ella es fiel hasta la muerte, el Señor le dará la corona de la vida que ha prometido para los que le aman.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

 

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