La Gloria Es De Dios Min Int

El anhelo del Espíritu Santo

“Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo hará saber” (Juan 16:13, 14).

Jesús glorifica al Padre y el Espíritu Santo glorifica a Jesús. Vamos a tocar por encima esta última idea. El Espíritu Santo da a entender las palabras de Jesús. Les inspira vida. Ilumina nuestro entendimiento para que tengan sentido, para que empecemos a comprender su profundidad, y para que adoremos al Ser capaz de plasmar las verdades eternas por medio de estas palabras. El resultado es que amemos más a Jesús y deseamos obedecerle y mantenernos en perpetua comunión con Él. Esto es lo que da contentamiento al Espíritu Santo.

Me desperté esta mañana cantando por dentro: “Que Jesucristo sea alabado”. Es el refrán de un himno que empieza: “Cuando la mañana tiñe de oro los cielos, mi corazón, al despertar aclama: “Que Jesucristo sea alabado”. Las palabras y la melodía persistieron conmigo hasta tal punto que cuando me puse a comenzar mi tiempo devocional un poco más tarde decidí empezarlo con este himno. Lo busqué en el índice y cuando lo encontré, allí estaba el marcador, ¡porque era el próximo himno que me tocaba según el orden que voy siguiendo! El Espíritu Santo tenía tantas ganas de empezar el tiempo devocional que había comenzado con el primer himno nada más despertarme! ¡Todo su afán es glorificar a Jesús, y cuánto antes, mejor!

Aquí viene un mensaje para todos: El Espíritu de Dios tiene muchas ganas de que empiece nuestro tiempo de alabanza personal, ¡tantas que no puede esperar! Ya empieza la canción antes de llegar al lugar de encuentro. Pero no termina allí, sino que continúa todo el día, si nos mantenemos en comunión con Él. Si cesa la canción, algo pasa. Para el Espíritu de Dios toda una vida es corta para alabar a Jesús. Su modus vivendi en nosotros es mantener un culto en progreso continuamente en nuestro corazón (Col. 3:16) de la manera que se hacía en el tabernáculo: “Y mandarás a los hijos de Israel que te traigan aceite puro de olivas machacadas, para el alumbrado, para hacer arder continuamente las lámparas. En el tabernáculo de reunión, afuera del velo que está delante del testimonio, las pondrán en orden Aarón y sus hijos para que ardan delante de Jehová desde la tarde hasta la mañana, como estatuto perpetuo de los hijos de Israel por sus generaciones” (Éxodo 27:20, 21). Del altar del incienso dice: “Lo pondrás delante del velo… donde me encontrará contigo. Y Aarón quemará incienso aromático sobre él; cada mañana cuando aliste las lámparas lo quemará. Y cuando Aarón encienda las lámparas al anochecer, quemará el incienso; rito perpetuo delante de Jehová por vuestras generaciones” (Éxodo 30:6-8).

Nuestro cántico de alabanza sube a Dios como el incienso del altar; nuestra adoración del Salvador, como el aceite que arde en las lámparas, alumbra nuestro ser, y el Espíritu Santo en nosotros se regocija porque Jesús está siendo glorificado.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

 

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