Mes: agosto 2020

Estos tiempos son los nuestros

“También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligros. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella” (2 Tim. 3:1-5).

            ¡Éstos pretenden ser creyentes! “Tendrán la apariencia de piedad”. Si unos pretenden ser creyente, pero tienen un carácter así, “a éstos evita” (v. 5). No tengas nada que ver con ellos. No importa cómo hablan, no son del Señor. Son falsos. Estamos viviendo en tiempos de las tres cosas nombrados por el apóstol: gente rebelde, maestros falsos, y la persecución de verdaderos creyentes.

¡Las cosas que el apóstol Pablo dice de estos hombres son tremendas! “De éstos son los que se meten en las casas y llevan cautivas a la mujercillas cargadas de pecados”. Engañan a mujeres que siempre quieren aprender más de Dios, “pero nunca llegan al conocimiento de la verdad” (v. 7). A ellas les atrae lo sobrenatural. Están abiertas a toda clase de aprendizaje. Buscan a hombres como Janes y Jambres (3:8). Éstos últimos eran los sacerdotes/magos egipcios que hicieron los mismos milagros que hizo Moisés, hasta que ya no podían, porque les salió la plaga de las úlceras de la piel (ver Éx. 7:11, 12, 22; 8:7; 9:11). Parece que las mujeres que están engañadas por estos falsos profetas buscan poderes especiales. Están impresionados por los milagros que ven. ¡Qué combinación! ¡Hombres que impresionan con poderes sobrenaturales y mujeres que buscan secretos de Dios! Hay dos clases de milagros: los que proceden de Dios y los que no. Los falsos impresionan a gente simple que buscan algo espectacular.

De esto sacamos la enseñanza de que en los últimos tiempos habrá milagros de las dos clases, gente engañada, y gente que engaña, que resisten a los verdaderos hombres de Dios, que los imiten, pero al final no pueden hacerlo, y la verdad queda patente. Los que son engañados son gente depravada, estos “amadores de sí mismos”, etc. La persona que es engañada no es un pobre inocente, sino una persona mala, como lo es el que engaña, ¡y los dos se atraen el uno al otro!

La última cosa que leemos de los últimos tiempos es la persecución de los verdaderos creyentes: “Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (3:12). Esto es lo que estamos viendo en la verdadera iglesia por toda Asia. La iglesia de Europa ha hecho componendas con el mundo y vive tranquila.

Frente a este panorama, ¿qué tenemos que hacer nosotros? “Los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados, pero persiste tú en los que has aprendido y te persuadiste… las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio”. ¿Y qué tenemos que hacer con ellas? “Enseñar, redargüir, corregir, instruir en justicia, para que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (3:13-17). El conocimiento de las Escrituras no es un fin en sí mismo, sino un medio para prepararnos para hacer “toda buena obra”. En estos malos tiempos que corren tenemos que estar involucrados en ellas.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

 

El hermoso cuerpo de Cristo

“Porque Dios ordenó el cuerpo… para que los miembros todos se preocupen los unos por los otros… Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular.” (1 Cor. 12:24, 25, 27).

A lo largo de nuestra vida hemos tenido muchas ocasiones de experimentar el amor que hay en el cuerpo de Cristo. Es una cosa sobrenatural que procede de Dios, y le honra. Es una evidencia innegable del reino de Dios en este mundo y testifica de la realidad de la nueva sociedad que Cristo encabeza basada en el amor. Este mundo no tiene equivalente.

Al igual que en el cuerpo humano, cuando un miembro se enferma, los otros suplen, así en la iglesia, cuando uno está debilitado, el resto del cuerpo suple. En estos días lo hemos vivido de forma muy práctica y patente. En seguida que tuve el accidente estaba organizado el equipo. Una hermana me llevó al hospital, otra estaba conmigo durante los días y otra por las noches. Al volver al campamento nueve días más tarde, mi marido asumió la vigilia de la noche, otros me acompañaban al médico del pueblo, lavaban la ropa, traían mi comida, me compraban y me administraban medicamentos, me regalaban cosas que necesitaba, me acompañaban al andar y llevaban mis cosas a las reuniones.

El primer día que volví, abrí el ordenador para escribir el devocional siguiente, contenta de ya poder hacerlo, pero, he aquí, el cable no funcionaba. No tenía ordenador. En este mismísimo momento la amiga que me ayuda con cosas de informática en Barcelona entró por la puerta de la habitación. Intentó ponerlo en marcha por todos los medios, pero no funcionó. Pensamos en jóvenes informáticos que estaban en el campamento que quizá pondrían descubrir la causa del problema, pero antes de ir a buscar a ninguno, ella dijo: “Vamos a orar”. Orando pensó en una chica. No sabía nada de ella, pero tuvo la impresión que debería hablar con ella por si acaso tuviese un cable de Mac. Las probabilidades eran casi nulas, pero obedeció el impulso. Dio la “casualidad” de que sí, y que no necesitaba el cable aquella semana. Dios quería que el ministerio siguiese adelante. No hay otra explicación. Al acabar el campamento, se fue y el cable con ella. ¿Ahora qué? Dos amigas se pusieron a busca cables por todas las tiendas alrededor y me compraron una. Así continuó el ministerio.

Todos juntos formamos un equipo. Somos el cuerpo. ¿Y qué podemos decir de los que oraban, los que llamaban, los que escribían correos, y los que visitaban? El Señor ha llovido amor sobre nosotros. Cada gota ha sido de gracia sobrenatural. Su cuerpo es hermoso. Y estamos muy agradecidos de formar parte de él. La gloria sea para Él.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

 

Bendición y maldición

“Me mostró Jehová dos cestas de higos puestas delante del templo de Jehová. Una cesta tenía higos muy buenos, como brevas; y la otra cesta tenía higos muy malos, que de malos no se podían comer” (Jer. 24: 1, 2).

Dios le dio a Jeremías una visión y su interpretación. Se trata de lo que va a pasar a los habitantes de Jerusalén y a los que ya han sido llevados cautivos a Babilonia. “Así ha dicho Jehová Dios de Israel: Como a esto higos buenos, así miraré a los transportados de Judá, a los cuales eché de este lugar a la tierra de los caldeos, para bien. Porque pondré mis ojos sobre ellos para bien, y los volveré a esta tierra, y los edificaré y no los destruiré; los plantaré y no los arrancaré. Y les daré corazón para que me conozcan que yo soy Jehová; y me serán por pueblo, y yo les seré a ellos por Dios, Porque se volverán a mí de todo su corazón” (v. 5-7). ¡Qué palabras más hermosas! Si tienes un hijo apartado de Dios es para echarte a llorar. Dios mismo va a hacer que éstos vuelvan a Él de corazón. Les dará un corazón para que le conozcan. Si Dios no cambia el corazón, la fe es imposible. No se trata de una convicción humana, sino de una operación de Dios. Pero no anula a la persona: “Se volverán a mí de todo su corazón”. Ellos vuelven. Dios transforma el corazón y ellos vuelven. Dios por fin, después del castigo tan duro de la guerra y la deportación, va a conseguir lo que siempre ha deseado, un pueblo que sea suyo. Y todo es obra de su gracia.

¿Y quiénes son los deportados? Los que han obedecido a Jeremías y han capitulado a las fuerzas Babilónicas, tal como Dios mandó: (21:8). A primera vista parecía que los que realmente tenían fe eran los otros, los que se quedaban en la ciudad creyendo que Dios obraría una liberación milagrosa. Nuestra fe en milagros no hace que ocurran, especialmente cuando Dios ha dicho claramente que no van a ocurrir, como lo dijo en este caso.

Te acordarás que el rey Sedequías envió a preguntar a Jeremías si este milagro iba a ocurrir y que Dios había respondido: “He aquí pongo delante de vosotros camino de vida y camino de muerte. El que quedare en esta ciudad morirá a espada, de hambre o de pestilencia; mas el que saliere y pasare a los caldeos” vivirá (21:8, 9). Pues, ahora Dios reafirma esta palabra. Los que se quedaron en la ciudad son los malos higos: “Pondré a Sedequías rey de Judá, a sus príncipes y al resto de Jerusalén que quedó en esta tierra… por escarnio y por mal a todos los reinos de la tierra; por infamia, por ejemplo, por refrán y por maldición a todos los lugares adonde yo los arroje. Y enviaré sobre ellos espada, hambre, y pestilencia, hasta que sean exterminados de la tierra que les a ellos y sus padres” (24:8-10).

Aquí vemos la gracia y la severidad de Dios, gracia para los que le obedecen y destrucción para los que no. Dios ha puesto el mismo camino de vida y de muerte delante de todo el mundo hoy. Los que acuden a Cristo y se rinden a Él se salvarán. Él les dará un corazón para que le conozcan y ellos volverán a Él de todo corazón, pero los que desobedecen el evangelio perecerán.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

 

La ira de Dios contra el Rey de Judá, los pastores y los falsos profetas

“Oye palabra de Jehová, oh rey de Judá que estás sentado sobre el trono de David, tú, y tus siervos, y tu pueblo:… Haced juicio y justicia, y librad al oprimido de mano del opresor, y no engañéis ni robéis al extranjero, ni al huérfano ni a la viuda, ni derraméis sangre inocente en este lugar” (Jer. 22:2, 3).

Del rey Dios esperaba justicia y no la hubo. Por eso. la ira de Dios se colmó contra él. No fue juzgado por pecados religiosos, sino socio-políticos. No cumplió con su responsabilidad como rey. Dios le había encargado hacer justicia, ser recto, atender a las necesidades de los indefensos y proteger a los inocentes, pero no lo hizo. No fue como su padre quien “juzgó la causa del afligido y del menesteroso, y entonces estuvo bien. ¿No es esto conocerme a mí? Dice Jehová” (v. 16). Del él dice:“mas tus ojos y tu corazón no son sino para tu avaricia” (v. 17). Cae el juicio de Dios sobre él: será llevado al cautiverio y allí morirá.

De los pastores Dios esperaba que cuidasen de su rebaño: “¡Ay de los pastores que destruyen y dispersan las ovejas de mi rebano! Dice Jehová” (23:1). “He aquí que yo castigo la maldad de vuestras obras, dice Jehová” (v. 2). En este contexto. llega una profecía acerca de lo que Dios mismo hará a favor de sus ovejas: “Yo mismo recogeré el remanente de mis ovejas de todas las tierra adonde leas eché… y pondré sobre ellas pastores que las apacienten” (v. 3, 4). Entonces Dios anticipa el día cuando mandará “Él Gran Pastor de la ovejas”: “He aquí vienen días , dice Jehová, en que levantaré a David renuevo justo, reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra. En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y este será su nombre con el cual le llamará: Jehová, justicia nuestra” (v. 5, 6). En los días negras cuando el rey es injusto y los pastores irresponsables, Dios da la promesa que un día Él mandará al Rey perfecto y al Pastor que salvará a las ovejas.

De los profetas Dios esperaba que transmitiesen su palabra, pero engañaron al pueblo. “Y en los profetas de Jerusalén he visto torpezas; cometían adulterios, y andaban en mentiras, y fortalecían las manos de los malos, para que ninguno se convirtiese de su maldad… de los profetas de Jerusalén salió la hipocresía sobre toda la tierra” (v. 14, 15). ¡Están profetizando paz y liberación! Dan falsas esperanzas al pueblo. Confunden. Profetizan mentiras en nombre de Dios. Su problema es que nunca han oído la voz de Dios: “Si ellos hubieran estado en mi secreto, habrían hecho oír mis palabras a mi pueblo, y lo habrán hecho volver de su mal camino, y de la maldad de sus obras” (v. 22). No han avisado al pueblo y como consecuencia el pueblo morirá.

Tanto el rey como los sacerdotes como los profetas han fallado, cada uno en lo suyo; son culpables, y el pueblo irá a la cautividad. El juicio de Dios consiste en descubrir si cada uno ha desempeñado fielmente la responsabilidad que Dios le ha encomendado. Aquí cado uno de nosotros tenemos que parar y reflexionar.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

 

¿Dios a cambiado de parecer?

“Mas Jehová está conmigo como poderoso gigante; por tanto los que me persiguen tropezarán… Cantad a Jehová, load a Jehová, porque ha librado el alma del pobre de mano de los malignos. Maldito el día en que nací” (Jer. 20:11-14).

Jeremías es auténtico. Vuelca todas sus emociones contradictorias sobre Dios con toda la honestidad de su alma. Llegó al mismo punto a donde llegó Job. No desea la muerte, sino nunca haber nacido. Dios no le recrimina nada. La fe cristiana no es aguante y resignación pasiva, sino el entrar en diálogo real con Dios.

Después fue a visitar al profeta el sacerdote Pasur con un mensaje del rey:“Consulta ahora acerca de nosotros a Jehová, porque… quizá Jehová hará con nosotros según todas sus maravillas y aquel (Nabucodonosor) se irá de sobre nosotros” (21:2). De entrada parecen palabras fe. A pesar de tener el ejército enemigo sitiando la ciudad, creen que todavía Dios puede salvarles. ¿Pero no ha dicho Jeremías ya hasta la saciedad que esto no va a ocurrir? ¡Qué obstinados! Jeremías ya había dicho a Pasur que iba a morir en Babilonia. ¿Piensan que Dios ha cambiado de parecer, que va a contestar: “Lo he pensado mejor y mi nueva palabra es que seréis librados”? Si tú ya has dicho mil veces lo que la Palabra de Dios enseña y viene alguien y vuelve a preguntar, y ver si le das una respuesta diferente, ¿qué le vas a decir: que Dios tiene una palabra diferente para esta generación? ¿Que lo que antes estaba mal ya está bien? ¿Que Dios cambia de parecer cada dos por tres según la moda de pensar de la gente?

Jeremías contesta con palabras muy fuertes, ¡que Dios mismo luchará contra ellos! Así ha dicho el Señor: “Pelearé contra vosotros con mano alzada y con brazo fuerte, con furor y enojo e ira grande” (v. 5). La respuesta es contundente. Pero hay esperanza. Los que se quedan en Jerusalén serán destruidos, “mas el que saliere y se pasare a los caldeos que os tienen sitiados, vivirá, y su vida le será por despojo” (v. 9). Cada uno tenia que decidir: ¿Quién es el profeta que habla palabra de Dios, Jeremías o los otros? Y luego tenía que salir de Jerusalén y rendirse al ejército babilónico creyendo que no le iban a matar, solo porque Dios lo había dicho: “Y a este pueblo dirás: Así ha dicho Jehová: He aquí pongo delante de vosotros camino de vida y camino de muerte” (v. 8). Cada uno tenía que escoger.

Hoy día es lo mismo. Hay evangelios falsos que no exigen ningún compromiso, solo prometen, y no tienes que pagar ningún precio para seguir a Cristo. Los hay que dicen que la ética ha cambiado. Tú tienes que discernir: ¿Quiénes son los que hablan de parte de Dios? ¿Qué dice su Palabra? ¿Voy a creer esta nueva Palabra de Dios que me lo pinta todo muy fácil, o voy a atenerme a lo que Dios ya ha dicho y edificar mi vida sobre aquello? “Así ha dicho Jehová: He aquí pongo delante de vosotros camino de vida y camino de muerte”. Qué cada uno elija.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

 

El precio que tuvo que pagar Jeremías

“El sacerdote Pasur hijo de Imer, que presidía como príncipe en la casa de Jehová, oyó a Jeremías que profetizaba estas palabras. Y azotó Pasur al profeta Jeremías y lo puso en el cepo que estaba en la puerta superior de Benjamín, la cual conducía a la casa de Jehová” (Jer. 20:1, 2).

Jeremías tuvo que pagar un precio muy alto por su fidelidad al Señor. Su mensaje no gustaba, pero era mensaje de salvación para los que hicieron caso. Profetizó sobre la destrucción de Jerusalén por sus abominaciones y por su horrendo pecado contra Dios y contra la humanidad. Dijo que los que se rendían al ejército babilónico se salvarían, pero los que se quedaban en la ciudad, confiados en que Dios les salvaría, como habían profetizados los falsos profetas, éstos morirían de hambre, pestilencia y espada.

Lo que decían los falsos profetas era muy atractiva: “No os preocupéis, Dios en su gran poder os librará de la mano del rey de Babilonia”. Sonaba bien, pero esta palabra no venía de parte de Dios. Procedía de una falsa espiritualidad basada en sus deseos humanos. Los líderes religiosos estaban de parte de este “evangelio falso”. Jeremías estaba solo frente a esta falsa espiritualidad. Sus enemigos no eran paganos, sino que profesaban fe en Dios. El sacerdote Pasur “que presidía como príncipe en la casa de Dios” echó mano al profeta Jeremías y le azotó y le puso en el cepo.

Hoy día, los falsos profetas del evangelio de la prosperidad, por un lado, y los súper espirituales que profetizan avivamientos por otro, son los que se levantan contra los verdaderos mensajeros de Dios que denuncian el pecado y predican quebrantamiento, arrepentimiento y santidad de vida. Estos hablan de la justicia de Dios y del juicio venidero. Este mensaje se encuentra con burla, crítica y rechazo. ¿Qué precio estás tú dispuesto a pagar por ser fiel a las Escrituras? En algunos países, te pagarán con la muerte, en otros con abuso, prisión, odio, o rechazo. Puede ser que tengas que pagar el precio de no casarte, como Jeremías. El lema de mi sobrino quien es evangelista en África y Asia es : “Tomar tú cruz para salvar a los perdidos”. Esto es lo que él ha hecho.

El día siguiente Pasur sacó a Jeremías del cepo. El profeta se encaró con él y le dio una palabra de profecía personal: “Tú, Pasur, y todos los moradores de tu casa iréis cautivos; entrarás en Babilona, y allí morirás, y allí serás enterrado tú, y todos los que bien te quieren, a los cuales has profetizado con mentira” (v. 6).

En su soledad Jeremías se echó sobre Dios y soltó todo su dolor: “Me sedujiste, oh Jehová, y fue seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste; cada día he sido escarnecido, cada cual se burla de mí” (v. 7). Cuando intentó retener la palabra de Dios para no transmitirla, dice: “Había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude” (v. 9). Aun sus amigos se conspiraron contra él (v. 10). El sufrimiento de Jeremías le hizo pedazos, hasta el punto de desear nunca haber nacido, pero no dejó de predicar la palabra de Dios.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

 

Vida eterna ¿Quieres tenerla?

Leer | 1 JUAN 5.3-12

Parece ser que el tema de la buena salud está en la mente de todo el mundo en estos tiempos. Los libros sobre las últimas y mejores dietas encabezan la lista de los más vendidos. Tiendas de productos nutritivos y gimnasios se abren en todas partes. Y los comerciales de TV están constantemente presentando máquinas diseñadas para que usted tenga “la mejor figura de su vida” (y con la promesa de un mínimo esfuerzo y dedicación).

¿Por qué razón es la industria de la salud un buen negocio? Porque la larga vida es una gran preocupación: la mayoría de las personas tienen el deseo innato de vivir lo más que puedan. Pero además de querer más años, las personas quieren la mejor calidad de vida posible. Sin embargo, esta necesidad de tener una vida larga y vigorosa, se centra con más frecuencia en el mundo físico. ¿Qué de la vida después de la muerte?

La Biblia enseña claramente que la vida eterna está disponible para toda persona (Ro 10.13). La enfermedad, los padecimientos y la muerte, están todos ligados a la vida; pero todos los que están en Cristo han vencido ya lo peor que este mundo ofrece —es decir, la muerte (1 Jn 5.4, 5). A pesar de su atractivo, los comerciales no pueden ofrecer nada comparable con la promesa de la vida eterna.

Como creyentes, debemos estar gritando este mensaje a los cuatro vientos. Las personas que nos rodean están anhelando tener una palabra de vida, pero muchos cristianos han permanecido en silencio. ¿Por qué? ¿Cómo podemos mantener en secreto aquello para lo que Dios no escatimó esfuerzos en revelar? ¡Podemos vivir para siempre!

Por: Min. En Contacto

 

La condición de Dios para su bendición

Leer | ROMANOS 12.1, 2

Si las personas fueran sinceras, muchas dirían que su cristianismo apenas se parece a la experiencia de fe que Dios ha prometido. Luchan una y otra vez con los mismos pecados, se quejan de que Dios rara vez responde las oraciones, y se preguntan por qué no les ha concedido los deseos de su corazón. De cualquier forma, la mayoría de los creyentes nunca dejan de preguntar: ¿Por qué Dios no me bendice?

La respuesta a esa pregunta puede revolucionar nuestra vida si estamos dispuestos a cumplir con la condición de Dios para bendecirnos. Hemos sido creados con la capacidad de experimentar lo mejor del Señor en todos los aspectos de la vida, pero para que eso suceda, debemos ofrecernos en sacrificio vivo. En otras palabras, debemos separarnos del mundo y darnos a Dios para sus propósitos.

No se deje engañar por la creencia común en cuanto a lo que debe ser un siervo. Dios no llama a los débiles a estar sometidos a los poderosos. En realidad, los creyentes somos las personas más libres del mundo, porque tenemos la confianza de que nuestro Padre celestial nos dará lo mejor a cambio de nuestra entrega a Él. Es posible que lo mejor de Dios no siempre parezca interesante al comienzo, pero la experiencia nos enseña que Él dirige todas las cosas para nuestro provecho (Ro 8.28).

Nunca podemos estar satisfechos con menos de lo mejor del Señor. Evitar nuestro sometimiento a Él dará como resultado años malgastados buscando sus bendiciones. En cambio, nuestros corazones se llenan de paz y gozo cuando nos acercamos a Él.

Por: Min. En Contacto

 

El peligro de la amargura

Leer | 1 SAMUEL 18.1-30

El rey Saúl lo tenía todo: la unción de Dios; al profeta Samuel para guiarlo; el poder y la riqueza del reino de Israel; la aprobación del pueblo. Sin embargo, murió amargado. ¿Qué pasos lo llevaron a su caída?

• La ira. Cuando Goliat fue derrotado, la multitud alabó a Saúl como quien había matado a miles, pero a David como quien había acabado con diez miles. Pero en vez de alegrarse de que Dios había levantado a alguien para matar al gigante, Saúl se enojó con David por recibir más alabanza que él.

• La forma equivocada de pensar. El violento temperamento de Saúl afectó su mente, y empezó a sospechar de los motivos de David. Comenzó a pensar que, ya que el Señor estaba con David, el joven quería apoderarse del reino.

• El temor. Este sentimiento llevó a Saúl a tratar de destruir a David.

• El rechazo. El rey echó a David de su presencia.

• El pánico. El temor de Saúl creció con los éxitos militares de David, y con el creciente amor del pueblo por el joven.

• El proceder engañoso. En dos ocasiones, el rey trató de manipular a David ofreciéndole una de sus hijas en matrimonio. Inclusive maquinó para que los filisteos mataran a David, pero falló. La reacción de Saúl fue convertirse en enemigo de David por el resto de su vida. De allí en adelante, la amargura lo controló.

Aunque los detalles de nuestras vidas son diferentes a los de Saúl, los pasos que llevan a la amargura son los mismos. Si usted está batallando con este sentimiento, acuda al Señor, arrepiéntase de su pecado y sea libre.

Por: Min. En Contacto

 

El costo de la condescendencia

Leer | 1 REYES 11.1-8

Nuestra sociedad apoya la idea de que la tolerancia es la única manera de vivir. Pero cuando se trata de la ley de Dios, la vida del rey Salomón demuestra que la transigencia o condescendencia es una opción destructiva.

En los primeros años de su reinado, Salomón se esmeró en actuar bien. Pero más tarde, cuando vio la oportunidad de engrandecerse políticamente, ignoró el mandamiento que prohibía el matrimonio con paganos (Dt 7.1-3; 1 R 3.1). Aunque es posible que haya visto esos matrimonios como un extravío sin importancia, la estrategia de Satanás es convencernos de que está bien desobedecer algunos mandatos de Dios.

Salomón admiraba a las mujeres hermosas de otras nacionalidades, pero en vez de encontrar maneras de evitar la tentación, hizo todo lo contrario. Por estar rodeado de extranjeras, se involucró con ellas y sus religiones. Finalmente, fue atrapado por el pecado, y su corazón se apartó de Dios.

La debilidad de Salomón pueden ser distinta a la nuestra, pero la condescendencia también puede atraparnos. La admiración desbordada por algo distinto a la voluntad de Dios, puede convencernos de que lo busquemos. Aunque sabemos que esa decisión está mal, es fácil endurecer nuestro corazón contra las advertencias del Espíritu. La obsesión puede aumentar hasta que el objeto, la persona o la actividad que desea, ocupe un lugar más importante que el de nuestro Señor. Si dejamos que eso suceda, perderemos nuestra libertad en Jesucristo, y quedaremos atrapados en una cárcel de pecado.

Por: Min. En Contacto

 

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