Mes: julio 2020

Cristo: Sus ministerios después de su ascensión

Hoy finaliza la serie evangelística sobre la persona de Cristo. Esperando recibieras conocimiento, edificación y bendición. Gracias por acompañarnos. Haz clic en el vínculo para escuchar el tema de hoy

https://www.ministeriotv.com/video/cristo-sus-ministerios-despus-de-su-ascensin-20518

Lo que significa temer a Dios

Leer | SALMO 112.1-9

Como vimos ayer, el temor del Señor no tiene nada que ver con el terror o la inquietud, sino con el debido temor reverente por lo que Él es. Es una cualidad que nosotros, como creyentes, debemos querer y cultivar. Aunque la expresión no se escucha muy a menudo hoy en día, debe ser recibido como un gran elogio el ser conocido como un creyente temeroso de Dios.

El debido temor del Señor produce toda clase de fruto en la vida del cristiano. Nos lleva a aborrecer el mal, así como Dios lo aborrece, y es también el principio de la sabiduría (Sal 111.10). Cuanto más entendimiento divino tengamos, mayor será nuestro amor a las Sagradas Escrituras y a los mandamientos del Señor. Además, si queremos tener una familia sólida con hijos valerosos y que crezcan en la verdad, es importante que tengamos la debida reverencia al Señor (Sal 112.2).

Las personas que tienen el temor de Dios descubren que “[resplandece] en las tinieblas luz a los rectos” (v. 4). Esto no significa que no tendremos situaciones dolorosas o períodos de angustia en el valle —tendremos pruebas, dificultades y lágrimas como el resto de la humanidad. Pero en nuestras tribulaciones tenemos la promesa de la luz de la salvación.

La Biblia dice que “el ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende (Sal 34.7). Los creyentes estamos rodeados por todos lados, para que nada pueda sucedernos sin que el Señor lo permita. Pídale a Dios que le ayude a tener el debido temor reverente a Él. Es una petición que el Señor se complacerá en conceder.

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El temor del Señor

Leer | PROVERBIOS 8.13

Las personas se sienten comúnmente confundidas cuando se habla de temer a Dios. La Biblia nos exhorta a temer al Señor (2 Ti 1.7), pero al mismo tiempo se nos dice que Dios no nos ha dado un espíritu de temor. Entonces, ¿cómo debemos entender esta frase?

Temer a Dios no significa estar mirando de reojo ansiosamente para saber lo que Él estará por hacer. El temor del Señor es algo positivo y saludable que está definido claramente en varios pasajes de la Biblia. El versículo de hoy es particularmente útil: “El temor de Jehová es aborrecer el mal”.

A muchas personas les incomoda la idea de aborrecer algo. Pero Dios dice que tenemos que aborrecer el mal porque Él lo aborrece en todas sus formas por una sencilla razón: el Señor ve la influencia destructiva que ejerce el mal sobre nosotros. A menudo, no somos capaces de ver ninguna corrupción en absoluto. De hecho, a veces vemos el mal y pensamos que, en realidad, no es tan malo.

El trabajo de Satanás es disfrazar lo malo para hacerlo aparecer totalmente inocente o incluso atractivo. En realidad, el enemigo tiene tanto éxito en su engaño, que muchas veces caemos en sus trampas sin ningún remordimiento. Es por eso que tenemos que aprender a ver las cosas del modo en que las ve el Señor.

Necesitamos cultivar un odio santo contra el mal, para que lo esquivemos y rechacemos siempre. Cuando vemos el pecado como lo ve el Señor, el diablo se ve obstaculizado en sus esfuerzos por seducirnos. Aunque puede que no sea una postura popular, podemos elegir amar al Señor y aborrecer el mal.

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La prioridad número uno

Leer | LUCAS 10.38-42

Cuando se dirigía a Jerusalén, Jesús se detuvo en Betania para pasar un tiempo con unos amigos a los que amaba —Lázaro y sus dos hermanas. Mientras Marta corría de un sitio para otro ocupándose de la comida, María estaba sentada escuchando al Señor.

En aquella época, la cultura dictaba que una mujer sirviera a los hombres en la casa. Al descansar a los pies de Jesús, María estaba desafiando las normas de su sociedad. Pero ésta era una mujer a la que le interesaba más su Señor, que hacer lo que era culturalmente apropiado. Cuando Marta se quejó, Jesús le dijo gentilmente que su hermana había tomado la decisión correcta. La prioridad número uno era pasar tiempo con Él.

Lo que era cierto para María y Marta, también lo es para nosotros hoy. Todo creyente necesita apartar tiempo para pasarlo diariamente con Dios. Hacerlo demuestra lo mucho que valoramos nuestra relación con Él, ya que las personas con las que pasamos más tiempo son las que más amamos.

Muchas veces, los creyentes se disculpan diciendo que están demasiado ocupados. Nos decimos a nosotros mismos: Solo necesito terminar unas pocas cosas, y después oraré y leeré la Biblia, pero siempre parece haber una nueva tarea que reemplaza a la ya terminada. Tenemos que decidir apartar tiempo para el Señor.

Puede ser difícil alterar nuestra agenda para dar a Dios el lugar que le corresponde. Pero ninguna otra relación en la vida se iguala a lo que tenemos en el Señor cuando hacemos de Él nuestra prioridad absoluta.

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La senda dela paz

Leer | FILIPENSES 4.6,7

Todos tenemos responsabilidades, ya sean con el trabajo, la familia, la comunidad o la iglesia, y con razón podemos sentir algo de preocupación acerca de cómo cumplir con estos compromisos. Pero cuando a nuestra preocupación natural le falta equilibrio, el resultado es la ansiedad.

Aunque Pablo enfrentó pruebas extremas (2 Co 11.23-28), podía decir: “Por nada estéis afanosos”. Entendía que la ansiedad revela falta de fe —no es posible estar ansioso y al mismo tiempo confiar en Dios. El desasosiego también agota las energías, divide la mente y entorpece el servicio efectivo al Señor, porque mantenemos nuestro enfoque en nosotros mismos, en vez de en Dios.

Para mantener el equilibrio en cuanto a las preocupaciones, debemos presentar nuestras peticiones a Dios (Fil 4.6), quien está listo y dispuesto para encargarse de cualquier preocupación que le traigamos. Hacemos esto por medio de…

• La oración. La palabra griega implica adoración a Dios y el reconocimiento de sus atributos, no expresión de pensamientos llenos de pánico.

• El ruego. Nuestro clamor humilde comunica nuestra total dependencia del Dios todopoderoso.

• La acción de gracias. Debemos acercarnos a Dios, no con reproches o quejas, sino con gratitud porque Él usará finalmente la dificultad para nuestro bien, como lo ha prometido (Ro 8.28).

Filipenses 4.7 dice que si traemos nuestras peticiones a Dios, el resultado será su paz maravillosa e inefable. Siendo así, debemos aprender a ir a Él primero, y no dejarlo como el último recurso.

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Campaña Evangelística

Hemos comenzando una serie de enseñanzas relacionadas a la persona de Cristo, durante esta semana. El tema del mensaje dominical ¿Dónde estas tú? Puedes escucharlo haciendo clic aquí

https://www.ministeriotv.com/video/dnde-ests-t-20510

El tema de hoy es Cristo: Sacerdote y Rey, escuchar siguiendo el enlace

https://www.ministeriotv.com/video/cristo-sacerdote-y-rey-20511

La defensa de nuestros principios

Leer | APOCALIPSIS 2.12-17

Todos admiramos a hombres y mujeres dispuestos a pagar un alto precio por lo que creen. Al mismo tiempo, hacemos bien en no confiar en todas las personas de convicciones firmes, pues como vemos muy a menudo en las noticias, es posible tener creencias erróneas sin base en la Palabra de Dios.

Aun como cristianos debemos ser cuidadosos, o podemos fácilmente confundir las preferencias personales con las convicciones. No debemos construir el fundamento de nuestra vida con creencias que no sean totalmente bíblicas. El apóstol Pablo nos dice que la calidad del trabajo de cada persona será probada por el fuego (1 Co 3.13), y eso incluye lo que creemos.

Tal prueba la experimentó una iglesia de una pequeña ciudad llamada Pérgamo, en Asia Menor. Era un lugar al que el Señor Jesús llegó a decir que el trono de Satanás estaba allí. Hombres impíos estaban difundiendo las enseñanzas de Balaam y de los nicolaítas en la iglesia local. Pero, un hombre llamado Antipas, estaba firmemente convencido de que esos hombres debían ser confrontados. Por tanto, dio un paso al frente para enfrentarlos, pagando con su vida.

Sí, Antipas fue asesinado, pero escuchemos el honor que el Señor mismo le hizo: Se refirió a este santo como “mi testigo fiel”. Y elogió a la iglesia en Pérgamo con estas palabras: “Retienes mi nombre, no has negado mi fe, ni aun en los días [de] Antipas” (Ap 2.13).

Gracias a Dios que la prueba de nuestra fe, aunque probada por fuego, “[será] hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 P 1.7).

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Visión y llamado

“El espíritu entró en mí y me afirmó sobre mis pies. Y escuché al que me hablaba, que me decía: Hijo de hombre, yo te envío…” (Ez. 2:2, 3).

 

Ezequiel se cayó de cara al ver la indescriptible visión de la gloria del Señor Jesús en su trono (1:26). No quedó fuerza alguna en él. Cuando vino la voz mandándole a ponerse en pie, fue incapaz de obedecer, pero con la palabra vino la fuerza para obedecerla: “Y después que me habló, el espíritu entró en mí y me afirmó sobre mis pies” (2:2). El Espíritu que acompaña la Palabra, le levantó. Cuando Dios manda, Dios capacita, no solo para estar de pie, sino también para el ministerio.

 

El capítulo 1 de Ezequiel es la visión que tuvo el profeta del trono de Dios. El capítulo 2 es su llamada. La visión de Dios, de su gloria, poder, autoridad y majestad antecede la llamada a servirle. Lo mismo pasó con Isaías. Tuvo la gloriosa visión de la gloria de Dios (Is. 6:1-3; Jn. 12:41, 42), y, acto seguido, la llamada a servir a este glorioso Ser quien es Dios y Rey universal (Is. 6:7-9). ¿Qué es lo que le iba a mantener fiel a su vocación a pesar de la incredulidad de la gente a la cual ha sido llamado? La visión que “toda potestad le ha sido dado en el cielo y en la tierra. Id, pues,…” (Mt. 28:18, 19).

 

Con la visión no viene un éxtasis, sino temor. Isaías dijo: “Ay de mí”, porque la visión le hizo consciente de su pecaminosidad delante de la santidad de Dios. En Ezequiel el contraste es entre la santidad de Dios y la pecaminosidad de Israel: “Hijo de hombre, Yo te envío a los hijos de Israel, a esos paganos rebeldes que se rebelaron contra Mí. Tanto ellos como sus padre se han rebelado contra Mí hasta este mismo día” (2:3). Dios lo repite una y otra vez: son rebeldes, como si le costara digerir tanta rebeldía: “son casa rebelde” (2:5); “son casa rebelde” (2:6); “son muy rebeldes” (2:7); “la casa rebelde” (2:8). Podría ser muy desalentador ser enviado a gente tan rebelde. El profeta tendría la tentación de abandonar su llamado. La rebeldía de su pueblo podría provocarle a pecar. Por eso Dios le dice: “No seas rebelde como la casa rebelde” (2:8). Lo que le ayudará mantenerse fiel a la visión es este santo temor a Dios.

 

La visión del trono representaba el gobierno de Dios. Israel estaba bajo Babilonia, pero no reinaba el emperador, sino el Dios de Israel, y no desde su templo en Jerusalén, sino desde su trono en el cielo. Dios gobierna el mundo, no el gobierno de nuestro país, y gobierna también a sus siervos. Sométete a su gobierno. A nosotros nos dice: “No seas rebelde” como la gente que nos rodea que no conoce a Dios, o como otros que dicen que le conocen, pero no viven de acuerdo con su gobierno, sino que seamos santos como Él es santo, y obedientes, como Él que está sentado en el trono,  fue obediente hasta la muerte.  ¿Tú has sido llamado a una gente rebelde? ¿Lo son los de tu familia, tu iglesia, tu país? El Señor te dice: “Y tú, hijo de hombre, no temas a ellos ni a sus palabras, aunque te hallas entre cardos y espinas, y moras con escorpiones, no tengas temor de sus palabras ni te espantes ante ellos, porque son casa rebelde” (2: 6). No vaciles delante de su rebeldía. No abandones tu puesto. Es Dios quien te ha llamado, no ellos. No dejes que su rebeldía te haga rebelarte contra tu llamado, sé fiel hasta la muerte, y Él que también lo fue, te dará la corona de la vida.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Gozo en el sufrimiento

“En lo cual (la salvación) os alegráis de manera inefable, aunque ahora, si es necesario por un poco de tiempo, seáis afligidos por diversas pruebas… a quien (Cristo) amáis sin haberlo visto, en quien aun no viéndolo, pero creyente, os alegráis con gozo inefable y glorioso” (1 Pedro 1:6, 8).

            ¡Qué cambio hizo Dios en Pedro! Le recordamos aconsejando a Jesús que no fuese a la cruz, resistiendo a los soldados con la espada, cortando la oreja de uno, muy fuerte en su propia fuerza. Este es el viejo Pedro. ¡En esta carta le vemos hablando de la humildad y la sumisión frente al sufrimiento, de soportarlo siguiendo el ejemplo de Cristo! Su punto de referencia en el sufrimiento es Cristo mismo: “Porque esto merece aprobación, si alguno por causa de la consciencia ante Dios, soporta aflicciones padeciendo injustamente. Porque ¿qué merito es si por pecado sois abofeteados y lo soportáis? Pero si lo soportáis haciendo el bien y padeciendo, esto ciertamente es aprobado delante de Dios” (2:19, 20). ¡El viejo Pedro nunca habría dicho esto! ¡Habría luchado! Cita el ejemplo de Cristo: “Porque para esto fuisteis llamado, pues también el Mesías padeció por vosotros, dejando ejemplo, para que sigáis sus pisadas… Cuando era maldecido, no replicaba con una maldición; padeciendo, no amenazaba, sino se encomendaba al que juzga justamente” (2: 23).

En nuestro sufrimiento no debemos devolver mal por mal: “No devolviendo mal por mal, ni maldición, por maldición, sino bendiciendo, pues para esto fuisteis llamados, para que heredarais bendición” (3:9). Nuestra tendencia natural es a defendernos, atacar al otro, insultarle, pero Pedro dice que no, que dejemos nuestra causa en manos de Dios. “Y aun si sufrís a causa de la justicia, sois bienaventurados, porque mejor es que padezcáis obrando bien, si lo quiere la voluntad de Dios, que obrando mal” (3:14, 17). Otra vez vuelve al ejemplo de Cristo: “Puesto que Cristo padeció en carne, vosotros también armaos con el mismo pensamiento: El que padeció en la carne termino con el pecado” (4:1).

Sufrimos la burla de los que no creen: “Se extrañan de que no corráis con ellos al mismo exceso de disolución, insultándoos” (4:4). No hay que preocuparnos, porque “ellos darán cuenta al que está preparado para juzgar a los vivos y a los muertos” (4:5). No debemos padecer por haber hecho lo malo, sino el bien, ¡injustamente! “Si padece como Cristiano, no se avergüence, al contrario, glorifique a  Dios por este nombre. Por tanto, también los que padecen según la voluntad de Dios haciendo el bien, encomienden sus almas al fiel Creador” (4:16, 19). Vemos al diablo en nuestro sufrimiento y le resistimos a él, pero no a los hombres (5:9). Contra ellos, Dios es nuestro defensor, como lo fue por su Hijo, el Señor Jesucristo.

“Amados, no os sorprendáis por el fuego que os ha sobrevenido, que os sucede para prueba, como si algo extraño os aconteciera. Más bien regocijaos por cuando sois participantes de los padecimiento de Mesías, para que también en la revelación de su gloria os regocijéis con gozo inefable (4:12, 13). Otra vez Pedro está con el gozo en el sufrimiento. Está escribiendo a creyentes que están siendo perseguidos injustamente por su fe. Los mismos principios se aplican a nosotros en nuestros sufrimientos como hijos de Dios. El apóstol termina con esta gran nota de consuelo: “Y el Dios de toda gracia, que os llamó a su gloria eterna en Cristo, después que padezcáis un poco de tiempo, Él mismo os perfeccionará, afirmará, fortalecerá, establecerá. A Él sea la soberanía por lo siglos, amén” (5:10, 11).

Enviado por: Hno. Mario Caballero

Lo que ha sido para tí

“Pues que dijo: ¡Ciertamente ellos son mi pueblo, hijos que no se portarán falsamente! Y así, él se convirtió en el Salvador de ellos, y fue afligido con todas sus aflicciones. El Ángel de su presencia los salvó, en su amor y en su ternura, Él mismo los redimió, y cargó con ellos, y los llevó todos los días, desde la antigüedad” 

(Is. 63:8, 9).

 

Has leído el texto, estudiado la estructura, visto el desarrollo del argumento, cómo llegó a su conclusión, y has disfrutado. Pero siempre hay más. Siempre puedes volver a un texto y  estar quieto, absorberlo y ser conmovido en lo más profundo. No hay prisa. Solo estar aquí con Dios y Su Palabra y con Su corazón abierto, y le ves, y Él es real, y sientes sus sentimientos y llegan a ser tuyos.

 

El texto es Is. 63:8, 9. Dios dijo: “Ciertamente ellos son mi pueblo, hijos que no se portarán falsamente”. ¿Cómo se podría haber equivocado tanto Dios? ¿Cómo puso tanta confianza en nosotros? Dios estuvo ilusionado, como un joven enamorado. Tuvo un sueño acerca de hijos quienes le serían fieles: le amarían, obedecerían, honrarían, le serían leales, y le harían orgulloso de ellos. Dijo: “No me serán falsos. No me van a fallar. Creo en ellos”; así que se comprometió con ellos y se convirtió en su Salvador. Es lo que hizo para ti y para mí. ¡Estaba tan ilusionado cuando te encontró! Dijo: “Éste es mío. Sé que no me negará. Será un hijo verdadero y me hará orgulloso de él”. Y así llegó a ser tu Salvador. ¡Ciertamente es una palabra profética: Dios llegó a ser nuestro Salvador!

 

Y como nuestro Salvador, ¿qué hizo? ¿Cómo era? Identificó con nosotros en todo nuestro sufrimiento. En todo lo que has pasado, Él lo ha pasado contigo. ¿Qué ha sido la historia de tu vida? ¿El marido te abandonó? ¿La iglesia te expulsó? ¿Tu hijo te dejó para vivir una vida que niega todo lo que le enseñaste? ¿Amigos te traicionaron? ¿Frustración por cada lado? En toda tu angustia, Él fue angustiado. Fue un Amigo verdadero, sufriendo contigo sintiendo lo que tú sentíais, totalmente identificado contigo. Puede ser que te preguntaste dónde estaba. ¿Por qué no hizo nada para ayudarte? ¿Por qué no te sacó de tu problema? Pero Él no tenía tanto interés en sacarte de él, como en estar contigo en medio de él. Es emocionante cuando Dios viene y abre la puerta de la cárcel con un terremoto, pero es mucho más conmovedor cuando simplemente se sienta contigo en la celda en la oscuridad, compartiendo tu dolor, en silencio. Su presencia, en medio de lo que estamos pasando es mayor maravilla que el rescate final. Oh, aquel vendrá. Job será reivindicado. Pero Dios en los perros lamiendo la secreción que salía de sus úlceras es mayor maravilla que el banquete al final con los amigos. Es su presencia en nuestra angustia la que nos salva: “El Ángel de su presencia los salvó” (v. 9). Y esta ha sido tu salvación a lo largo de tu vida. Es por esto que no te has vuelto loco de dolor, porque Él estaba presente. Sabemos que Dios siempre está con nosotros. Pero déjale decirte que Él siente lo que tú sientes.

 

Llegó a ser nuestro Salvador y nos redimió. Nos compró y redimió todo lo que hemos pasado y lo ha convertido en edificación, purificación y crecimiento para nosotros. Lo hizo debido a tu tierno amor y misericordia hacía ti, personalmente. Dejó pasar lo que pasó, estuvo presente, lo sintió, y lo usó para bien. “Los levantó y los llevó todos los días desde la antigüedad”. Esto es lo que ha hecho para ti. Te levantó como un padre levanta a su hijo, y te llevó en sus brazos. Es lo que la Biblia dice. Siempre te ha llevado, todos los días de tu vida. Creías que habías atravesado un desierto. Es cierto, pero en brazos. Esto es lo que Dios quiere que tú sepas: donde Él ha estado, lo que sintió, y lo que ha hecho por ti, porque te amaba.

Enviado por: Hno. Mario Caballero

Empedernidos

“Y dijeron: Es en vano (que hables); porque en pos de nuestros ídolos iremos, y haremos cada uno el pensamiento de nuestro malvado corazón” (Jer. 18:12).

            ¡Voy a hacer lo que me da la real gana, y ya está! Esto es lo que dijeron los israelitas a Jeremías cuando les avisó que si no se arrepintiesen de su maldad, Dios les iba a destruir. Dios puede derribar naciones enteras o edificarles. Está en su poder hacer justicia cuándo y cómo Él quiere, pero si hay arrepentimiento, hay salvación: “Si anuncio que voy a desarraigar, a derribar y a destruir a cierta nación o a cierto reino, pero luego esa nación renuncia a sus malos caminos, no la destruiré como lo había planeado. Y si anuncio que plantaré y edificaré a cierta nación o a cierto reino, pero después esa nación hace lo malo y se niega a obedecerme, no la bendecirá como dije que lo haría” (v. 7-10). Si Israel seguía haciendo el mal, las consecuencias iban a ser terribles. El Señor dijo: “Jeremías, advierte a todo Judá y a Jerusalén y diles: Esto dice el Señor: En vez de algo bueno les tengo preparado un desastre. Así que cada uno de ustedes abandone sus malos caminos y haga lo correcto” (v. 11). Está la promesa de hacerles bien o hacerles mal. Ellos tenían que elegir. ¿Dejarían su maldad o no?

            Pues eligieron: “El pueblo respondió: No gastes saliva. Continuaremos viviendo como se nos antoja y con terquedad seguiremos nuestros propios malos deseos” (v. 12, NTV). ¡Inaudito! En efecto están diciendo: “¡Sabemos que está mal y lo seguiremos haciendo!” ¡Son descarados! Cínicos. No tienen ninguna intención de cambiar. Son obstinados y tozudos. Es como la persona que dice: “Sé que lo que hago está mal, pero no importa. No voy a cambiar”.

            Es como el fumador que dice: “Sé que fumar mata, pero voy a seguir fumando”. O como el que tiene otro vicio, o como la chica que tiene el novio no creyente. Dice: “Sé que Dios no aprueba, pero no lo voy a dejar. De momento voy bien y no me importan las consecuencias a largo plazo. Igual me estrello, pero lo haré por mi cuenta, haciendo lo que yo decido”. Quieren su voluntad. No se someten al Señor, ni a su Palabra. Y no quieren la opinión de nadie. Esto es tozudez. Es rebeldía. Es estar empedernido en hacer las cosas a su manera no importan las consecuencias.

            Y los resultados son trágicos, pero no llegan el mismo día. Se hacen esperar. Pero llegan, porque Dios ha determinado edificar y prosperar (espiritualmente) al que le hace caso, pero “arrancar, derribar, y destruir” al que se afirma en su mal camino. Los hay que son dóciles y reaccionan diciendo: “Señor, haré lo que tu digas”, y los hay que responden todo lo contrario: “Es inútil avisarme. Haré según el consejo de mi malvado corazón”, y lo dicen con toda la cara. ¿Cuál de estos dos eres tú?  ¿Y yo?

Enviado por: Hno. Mario Caballero

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