Mes: junio 2020

Pertenecer al remanente

“Entonces me postré rostro a tierra y clamando a gran voz, dije: ¡Ay, Adonay Yahvé! ¿Destruirás totalmente al remanente de Israel?” (Ez. 11:13)
 
            Ya quedaban tan pocos, que Ezequiel sufría con cada la muerte que ocurría. Estaba preocupado por la supervivencia de su pueblo. Cada persona que fallecía significaba una pérdida importante. El remanente de Israel que vivía en Babilonia pensaba que ellos representaban una parte pequeña del gran pueblo de Dios que todavía estaba en Israel, pero, como el tiempo revelaría, eran casi la totalidad de la nación, porque los que quedaban en Israel iban a morir. Esto es lo que Jeremías decía. Advertía que los que querían salvarse la vida tenían que rendirse a los babilonios, porque los que quedaban en la Ciudad iban a morir de hambre, de enfermedad y de la espada. Los que se refugiaban en el campo morirían de animales salvajes. Por tanto, ¡los exiliados eran Israel! Dios estaba guardando y purificando a su pueblo en Babilonia, para luego enviar un remanente de este remanente otra vez a Israel. Cuando Ciro emitió el edicto dándoles permiso para volver a sus tierras, solo una parte del remanente volvió. Algunos se quedaron por motivos legítimos, por cuestiones de salud o edad, u obligaciones familiares, pero otros no volvieron porque ya estaban acostumbrados a la vida en Babilonia y estaban contentos allí. Y de los que volvieron, no todos eran creyentes en toda regla. El pueblo de Dios siempre ha sido un remanente dentro de un grupo pequeño, pero por medio de él Dios lleva a cabo sus propósitos.
 
            En tiempos de Jesús, los discípulos, preocupados por el número tan reducido de creyentes auténticos, preguntaron: “¿Quién, pues, podrá ser salvo? Y mirándoles Jesús, les dijo: Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible” (Mateo 19:24-26). La salvación siempre es un milagro de Dios. ¿El Señor te ha mirado diciéndote lo mismo? Ten ánimo: “Para Dios todo es posible”.
 
En cuanto a la Iglesia profesante del día de hoy, los verdaderos creyentes somos un grupo pequeño dentro de la totalidad de los que profesan ser cristianos. El trigo y la cizaña crecen juntos. No mires a los creyentes que tienes alrededor para determinar si vas bien o mal, pensando que si el pastor o los miembros de tu congregación viven de cierta manera, y ellos son salvos, entonces tú puedes vivir como ellos y todavía ir al Cielo. El Señor sabe si realmente son de Él. Hemos de mirar solamente a Cristo.
 
“No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino” (Lu. 12:32). Tampoco tenemos que tener complejo de minoría, porque al final de la historia el apóstol nos dice: “Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas las naciones, y tribus y pueblo y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos; y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero” (Ap. 7: 9, 10). Nos parece que tan pocos van a ser salvos, pero al final habrá un gran numero que nadie puede contar. No somos parte de un colectivo pequeño, sino de una familia imposible de contar que Dios ha salvado a través de mundo entero, y tenemos un privilegio enorme al pertenecer a esta gran entidad, la Iglesia de Dios.
 

Enviado por el Hno. Mario Caballero

¿Purificado ó consumido?

“Entonces el rey mandó, y trajeron a Daniel, y le echaron en el foso de los leones” (Daniel 6:16).

            Las pruebas que destruyen a otros que están fuera de la voluntad te purifican a ti, si estás dentro de ella. Con la ayuda del Señor y su gracia sobrenatural, las superas, y crecerá y tu fe; será purificada y profundizada. Cuando las mismas cosas pasan a los que están lejos del Señor, terminan acabando con ellos. Daniel y sus tres amigos pasaron por pruebas horribles, parecidas a las cosas que sufrieron los judíos que quedaron en Jerusalén contra de la voluntad de Dios tal como fue transmitida por sus profetas, pero los resultados fueron muy diferentes.
            Dios dijo a Ezequiel: “Cuando la tierra pecare contra mi rebelándose pérfidamente, y extendiere yo mi mano sobre ella, y quebrantare el sustento del pan, y enviare en ella hambre… y si hiciere pasar bestias feroces por la tierra y la asolaren, y quedaré desolada de modo que no haya quien pase a cause de las fieras… o si yo trajere espada sobre la tierra, o si enviare pestilencia (Ez. 14:13, 15, 17, 19), nadie se salvaría. Sin embargo Daniel y sus amigos pasaron por amenazas de muerte, por el fuego, y por bestias feroces, y no les pasó nada, al contrarió, Dios les salvó milagrosamente y ellos dieron testimonio por medio de sus aflicciones. Se cumplió en ellos lo que escribió el profeta Isaías: “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderé en ti, porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador” (Is. 43:2, 3). El contraste entre lo que pasó en la prueba entre unos y otros es muy marcado.
            El apóstol Pedro dijo lo mismo: “Sois guardados por el poder de Dios mediante la fe… para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 Pedro. 1: 5-7). Cuando nuestra fe pasa por el fuego, no es destruida, sino purificada por la presencia de Dios con nosotros.   
El escritor del himno, meditando en lo mismo, escribió:
“Cuando por medio de pruebas de fuego pasa tu camino, mi gracia, toda suficiente, tendrás en abundancia: Las llamas no te harán daño; solo pretendo consumir tus impurezas y refinar tu oro. 
No temas, Yo estoy contigo. ¡No te asustes! Porque Yo soy tu Dios y siempre te daré auxilio: te fortaleceré, te ayudaré, y te mantendré derecho, sostenido por mi justa, omnipotente mano.
Cuando por medio de aguas profundas te llamo a pasar, los ríos de tristeza no te anegarán, porque Yo estaré contigo para bendecir tus pruebas y santificar para ti tu aflicción más honda.
El alma que sobre Jesús se ha echado para reposar, no lo dejaré a sus enemigos; no puedo hacerlo. Aquel alma, aunque todo el infiero intenta hacerla tambalear, ¡Yo nunca, no nunca, no nunca la abandonaré!

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Tenga claro lo que cree

Leer | 1 Pedro 3.13-16

Ayer hablamos sobre la divinidad de Jesús, y de quienes la reconocieron mientras estuvo en la Tierra. Aunque hablar de nuestra fe con los demás es importante, hacerlo no siempre es fácil. Algunas personas afirman que lo que creen no es importante. De hecho, algunos hasta niegan la existencia de Dios. Pero nuestras convicciones son importantes, pues son la base de nuestro carácter, conducta y decisiones.

Por ejemplo, una persona que llega a la conclusión de que ni Dios ni la eternidad existen, vivirá para el momento. En cambio, alguien que tiene fe en el Señor y cree en su promesa del cielo, tendrá un estilo de vida y un propósito totalmente diferentes.

Tener claro lo que creemos es esencial —ante todo, porque nuestra salvación depende de ello. En Juan 8.24, Jesús hizo una profunda declaración en cuanto a este tema: “Si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis”. La Biblia es clara en cuanto a que todos hemos pecado, y que por naturaleza estamos separados de Dios (Ro 3.23). El castigo por el pecado es la muerte, que es la separación eterna de Dios. Pero el Padre, por su amor y su misericordia, envió a su Hijo para morir en nuestro lugar. Como resultado, toda persona que cree en Jesús es perdonada y recibe el regalo de la salvación.

Los creyentes estamos llamados a compartir las buenas nuevas de salvación, pero la hostilidad del mundo puede atemorizarnos. El pasaje de hoy nos anima a no tener miedo. Hablar a otros de Jesús no exige palabras altisonantes o citas bíblicas largas. Simplemente, esté listo con una respuesta si alguien le pregunta acerca de la esperanza que hay en usted (cp. 1 P 3.15).

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Jesús, el Hijo de Dios

Leer | Lucas 22.66-71

Jesús se llamaba a sí mismo, tanto el Hijo del Hombre como el Hijo de Dios. El primer título enfatizaba su humanidad; el segundo su deidad. Él es la única persona que fue Dios y hombre a la vez. Al marcharse del cielo, dejó a un lado su gloria divina y tomó sobre sí el manto de humanidad (Fil 2.6, 7). ¿Quiénes reconocieron su naturaleza divina?

Ángeles. En el nacimiento de Cristo, el ángel Gabriel le dijo a María que ella daría a luz a un hijo cuyo nombre sería el Hijo de Dios (Lc 1.26-35).

Dios el Padre. Cuando Jesús fue bautizado en el río Jordán, el Padre celestial declaró: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mt 3.17), y más tarde, ordenó a los presentes que le escucharan (17.5).

Satanás y los demonios. Satanás retó a Jesús a usar sus poderes sobrenaturales para eludir el plan de Dios. Más adelante en el mismo capítulo, los demonios vieron a Jesús y dieron alaridos diciendo que Él era el Hijo de Dios (Lc 4.1-34).

Los discípulos. Cuando estos hombres vieron a Jesús caminar sobre el agua en medio de la tormenta, lo adoraron y concluyeron que era el Hijo de Dios (Mt 14.25-33). Más tarde, Pedro declaró: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (16.16).

Marta. Cuando Jesús resucitó a Lázaro, su hermana Marta dijo: “Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo” (Jn 11.27 NVI).

El mundo necesita entender quién es Jesús. ¿A quién puede usted hablar de su divinidad?

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El evangelio de la gracia de Dios

Leer | Hechos 20.16-24

Al apóstol Pablo lo consumía una pasión que era aun más grande que su deseo de vivir o el temor al sufrimiento. Tenía un ministerio que cumplir y un mensaje de salvación que entregar. Sus palabras en Hechos 20.24 nos ayudan a entender el concepto fundamental involucrado en nuestra salvación. Pablo lo llamó “el evangelio de la gracia de Dios”.

Somos salvos simplemente porque Dios es misericordioso. Él sabía que nunca podríamos llegar a ser lo suficientemente buenos para cerrar la brecha entre nuestro pecado y su santidad. Es por eso que usted nunca escuchará decir “el evangelio de la ley de Dios”. Nunca habríamos podido cumplir los requisitos, especialmente de la manera que Jesús amplió el significado de la ley en el sermón del Monte (Mt 5-7). Pero la gracia es totalmente diferente. No tiene nada que ver con nuestra dignidad o nuestros méritos, sino que se basa únicamente en el favor inmerecido de Dios para con nosotros.

Lo más admirable es que el recurso para nuestra salvación es solamente la fe. La gracia que Dios brinda al salvarnos es su regalo, y no hay nada que podemos añadir por nuestras obras (Ef 2.8, 9). De lo contrario, tendríamos que limpiar nuestra vida para ser salvos, y eso haría nula la gracia.

¡Alabado sea el Señor por su maravilloso plan de salvación! Cristo pagó nuestra deuda de pecado con su muerte, y lo único que tenemos que hacer es creerlo. Pero aun después de la salvación, la gracia de Dios sigue fluyendo. Nunca tenemos que preocuparnos de no ser lo suficientemente buenos para caer de su gracia; porque ella es para siempre.

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Nuestros dones para su Reino

Leer | 1 Corintios 12.4-7

Muchas personas escuchan la palabra servir, y sienten que no tienen las cualidades necesarias para bendecir a otros. Esto es cierto ­—separados de Dios. Sin embargo, Dios nos ha dado dones a cada uno con el propósito de servirle para el bien de otros.

A Satanás le gustaría que creyéramos lo contrario. Quiere que nos fijemos en lo que hacen los demás, para que nos sintamos inferiores. Por ejemplo, he escuchado decir a algunas mujeres: “Yo solo soy un ama de casa”. Ven a otras personas predicando y cantando en el coro, y quisieran poder hacer algo muy grande para Dios. Pero nada podría estar más lejos de la verdad. Quienes tienen la responsabilidad de instruir a los hijos tienen una responsabilidad enorme.

En realidad, el Espíritu Santo nos ha dado dones para el trabajo específico en el reino de Dios. La Biblia lo compara con un cuerpo humano. Cada persona tiene dones y objetivos que hacen que todo el sistema funcione bien. Pero si el talón quiere tener el papel del ojo, todo el cuerpo perderá el equilibrio.

Cada parte es muy importante, a pesar de que algunas no son tan perceptibles como otras. A decir verdad, las personas con aptitudes menos evidentes tienen una ventaja, porque es posible que ellas no padezcan de orgullo y autosuficiencia.

Observe cómo se define Pedro: “Siervo y apóstol de Jesucristo” (2 P 1.1). Ya no era un hombre motivado por el interés propio. Después que comenzó a seguir a Jesús, se vio como un siervo de Dios. Nosotros, también, estamos llamados a servir al Rey de reyes con cualquier capacidad que hayamos recibido.

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El buen Pastor

Leer | Salmo 23

Muchas veces, Dios es retratado en las Sagradas Escrituras de una manera fácil de entender para nosotros. Uno de los pasajes más conocidos y favoritos de la Biblia es el Salmo 23, que comienza así: “Jehová es mi pastor; nada me faltará”. Aquí, David ofrece una emotiva y conmovedora imagen de Dios, describiéndole como un pastor de ovejas.

En la antigüedad, los pastores tenían una relación especial con sus rebaños. Pasaban el día con los animales, los guiaban por el camino, los protegían de peligros y metían en el corral a los que vagaban. Para las ovejas, el pastor era un compañero constante, hasta el punto de que los animales realmente llegaban a reconocer su voz y, por tanto, a responder solamente a su llamado.

En el Salmo 23, David reconoce su posición como la de una oveja bajo la dirección del Gran Pastor. Como tal, se regocija porque él es parte del “rebaño” del Señor, y por ser Dios un Guía tan tierno y misericordioso.

Por la seguridad que tenía de la protección y la guía del Señor, David fue capaz de exclamar categóricamente: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo” (v. 4). Esta es verdaderamente una declaración admirable porque revela que, aunque David estaba consciente de que iba a enfrentar tiempos difíciles, podía descansar en la confianza de que Dios lo sacaría adelante en la prueba.

Así como un pastor conoce a sus ovejas, Dios le conoce a usted. Dele gracias hoy porque le permite apacentarse en el prado de sus bendiciones.

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Requisitos de la espera

Leer | Salmo 25.3-5

Esperar el tiempo de Dios no es algo pasivo ni ocioso —se necesita disciplina y obediencia. Puedo pensar en cuatro requisitos básicos para saber esperar.

Fe. Los caminos y el tiempo del Señor no son como los nuestros (Is 55.8, 9). Desde el punto de vista humano, la manera como Él hace las cosas suele ser totalmente diferentes de lo que nosotros esperamos. Pero a medida que confiemos más en Él, descubriremos que su manera de actuar tiene sentido.

Humildad. Para esperar en el Señor, debemos reconocer que lo necesitamos. La sumisión a su divina voluntad requiere humildad. Nadie puede rendirse por completo a Dios, y al mismo tiempo seguir adelante con sus propios planes.

Paciencia. ¿Está usted dispuesto a hacer una pausa hasta recibir una clara dirección de parte de Dios? Esto no significa desligarse y permitir que las circunstancias colapsen a su alrededor. Esperar en el Señor es una decisión que requiere paciencia.

Valentía. Esperar en Dios requiere valor, especialmente cuando somos presionados para actuar. Si se descuida, puede dejar de escuchar al Señor y seguir el consejo incorrecto. Por eso, mantenga su oído atento a la voz de Dios Todopoderoso, y no le irá mal.

Esperar en el Señor es una de las decisiones más sabias e importantes que podemos tomar en la vida. Y, contrariamente a la creencia popular, es un esfuerzo activo que requiere fe, humildad, paciencia y valentía.

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Jacob en el Nuevo Testamento

“Cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaban dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño” (Juan 1:47).

            Lo que tenemos aquí es una conversación con muchas alusiones a las Escrituras. Evidencian que tanto Felipe como su amigo Natanael amaban la Palabra de Dios, habían meditado mucho en ella y tenían su esperanza puesta en sus promesas. Felipe acaba de encontrar a Jesús y quiere que su amigo lo conozca: “Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas; a Jesús, el hijo de José, de Nazaret” (v. 45). ¿A quién se refiere con las palabras: “de quién escribió Moisés”? ¡Moisés escribió acerca de mucha gente! La referencia es al Mesías. ¿Tú conoces esta referencia? ¿Y las profecías de los profetas referentes al Mesías? ¡Ya Felipe y Natanael tenían que conocer la Biblia para entender estas profecías! Los dos amigos estaban esperando ardientemente al Mesías. ¡Qué hermosa esta clase de amistad! Cuando Felipe dijo que Jesús venía de Nazaret, Natanael reacciona, porque sabe que el Mesías tenía que venir de Belén. ¡Conocía su Biblia!

            Cuando Jesús saluda a Natanael con las palabras: “He aquí un verdadero israelita en quién no hay engaño”, la referencia es a Jacob, un “falso” israelita, un engañador; Jacob es Israel, y Jesús está diciendo que Nataniel no es como su antepasado, sino sincero, veraz, honesto y auténtico. Un verdadero israelita es un Jacob santificado, que ya no engaña, por lo tanto ya no es “Jacob”, sino “Israel”, es decir, el Jacob transformado, un verdadero creyente. En tiempos de Jesús había muchos israelitas falsos, Natanael es uno de corazón, un verdadero israelita.

Natanael captó todo esto en el comentario de Jesús y le preguntó cómo lo conocía. Jesús le dijo: “Cuando estabas debajo de la higuera, te vi”. ¿Qué hacía debajo de la higuera, en qué pensaba? ¿Oraba? ¿Meditaba? Lo que fuese, le preparó para su encuentro con el Salvador y exclama: “Rabí, tu eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel”, es decir, el Mesías. La respuesta de Jesús hace referencia a Jacob. En cuentas resumidas dice: “¡Tú eres un Jacob verdadero y yo soy la escalera de Jacob!” Todo esto es entre líneas, pero se entendían perfectamente. Lo que realmente dice Jesús es: “De aquí en adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre” (v. 51). Le está diciendo que tiene razón, que es el Hijo de Dios, y, a la vez, el Hijo del Hombre, el de quien escribieron los profetas (v. 45). Natanael ha captado todo.  

Jesús es el verdadero hijo de Israel, el veraz, el autentico, el puro, el que no tiene doblez ni engaño. Él es la Verdad y el Camino al Cielo (Juan 14:6), la Escalera, el verdadero israelita por excelencia, en quien no hay engaño, el cumplimiento de todo lo que la nación de Israel debía de haber sido.Un verdadero israelita en el Nuevo Testamento es un cristiano de verdad, una persona en cuyo corazón no hay engaño, un creyente auténtico, sincero, genuino; es un verdadero hijo de Dios que anda en luz y vive la verdad.     

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Los ángeles, su percepción de Dios y la nuestra

“Los ángeles son espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación” (Heb. 1:14).

            Los ángeles son criaturas de Dios, como nosotros, pero su conocimiento y experiencia de Dios es muy diferente de los nuestros. Dios los creó libres con la posibilidad de elegir, pero no con la posibilidad de ser redimidos como nosotros. Los que cayeron sabían mucho más que nosotros. Estaban delante de su Trono, habían visto la santidad, el poder, la autoridad, la majestad y la gloria de Dios de cerca. Por tanto, su rebeldía era mucho más culpable que la nuestra, y no hubo solución para ellos. 

            Los ángeles son espíritus que pueden tomar cuerpos visibles iguales que los nuestros, de manera que a veces no se percibe que son ángeles. (Por ej. Gen. 18:2; Gen 19:5-15). Piensan, razonan, preguntan, obedecen y adoren a Dios. Su perspectiva de la realidad es muy diferente de la nuestra. Las cosas que ellos no entienden son diferentes que las cosas que no entendemos nosotros. No entienden por qué Dios quiso salvarnos a los rebeldes humanos, pagando un precio tan alto su adorado Señor: “…las cosas que ahora os son anunciados por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo; cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles” (1 Pedro 1:12). “Cuando introduce al Primogénito al mundo, dice: Adórenle, todos los ángeles de Dios” (Heb. 1:6, 7). No entendían, pero adoraban.  

Cada uno tiene su nombre particular, su ministerio, rango, y lugar (Lu. 1:19, 26, 27 y Daniel 8:15, 16). Viven fuera del tiempo y el espacio, pero pueden entrar en ellos, aparecer y desaparecer, y viajar más que la velocidad de la luz. Lo milagroso no les impresiona (Lu. 1:37), pues, están acostumbrados a ello. No viven por fe como nosotros, sino que ven lo invisible. Ya han derrotado a Satanás y sus ángeles, y los han echado del cielo, pero siguen en la lucha para ayudarnos a nosotros, los herederos de la salvación,  a conquistar (Daniel 10:12-14).

Nosotros, en cambio, hemos de vencer por la fe: “…vuestra fe, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo… obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas” (1 Ped. 1:7-9). No ganamos la victoria matando al diablo, sino protegiéndonos con el escudo de la fe, y manteniéndonos firmes (Ef. 6: 10-18). Fuimos creados menores que los ángeles (Heb. 1:7), pero hemos experimentado la gracia y la misericordia de Dios en Cristo. Nuestra posición en Cristo ahora nos coloca en un lugar más alto que el suyo. Un día juzgaremos a los ángeles, en el sentido de que los gobernaremos, como los jueces (Débora, Gedeón y Samuel) gobernaban Israel. Ahora estamos agradecidos a Dios por su ayuda. Vamos a mostrarles que somos dignos del amor con que Dios nos ha amado en Cristo, y no ofenderlos por una falta de temor, reverencia u obediencia al mismo Dios que ellos sirven, sino que unamos nuestras voces con las suyas en alabanza y adoración a Dios en el espíritu de santidad y sumisión a su voluntad, como ellos.  

Enviado por el Hno. Mario Caballero

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