Mes: marzo 2020

La piedra crece

“Estabas mirando, hasta que una piedra fue cortada, no con mano, e hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y lo desmenuzó. Entonces fueron desmenuzados también el hierro, el barro cocido, el bronce, la plata y el oro, y fueron como tamo de las eras del verano, y se los llevó el viento sin que de ellos quedara rastro alguno. Mas la piedra que hirió a la imagen fue hecho una gran monte que llenó toda la tierra” (Daniel 2:34, 35).

            Aquí tenemos la visión de una gran estatua que representa en grandes rasgos la historia de este mundo y su final. Estamos viviendo en los tiempos del cumplimiento de la última parte de esta visión, en los que la estatua ha recibido el golpe mortal y se va cayendo, y la piedra está creciendo para llenar toda la tierra. Vamos a retroceder para recoger los detalles. 

            A Nabucodonosor, monarca absoluta de Babilonia, Dios dio una visión del curso de la historia en forma de la figura de un gran estatua de un superhombre compuesto de cuatro metales representando cuatro clases sucesivos de gobierno. La primera es el absolutismo. Así fue el rey de Babilonia. Tuvo un vasto emperio que absorbió muchas naciones. Él fue adorado como semidivino y su palabra era ley.  No permitió ninguna religión sino la adoración de su persona. Solo había muerte para el que no se sometía a su autoridad (Dan. 3:7). Él trasladaba la gente que había conquistado a otros lugares y mezclaba lenguas y nacionalidades para que no se sublevasen. Deportó a los israelitas a Babilonia y a gentes de otras partes de su imperio a Israel. (Los hijos de estas gentes eran los que constituían los samaritanos en tiempos de Jesús).

            El gobierno siguiente era el de los persas. Para ellos la ley estaba por encima del rey. (Por eso el rey no podía cambiar la ley para salvar a Daniel; Dan. 6:12). Éstos eran pluralistas: respetaban la religión de cada pueblo y permitían a los que habían sido deportados a Babilonia a que volviesen a sus países de origen y reconstruyesen sus templos, incluyendo a los de Israel (Esdras 1:1, 2).

            Los persas fueron seguidos por los griegos bajo Alejandro Magno. Llegaron a tener un gobierno que abarcaba a gran parte del mundo. Su gobierno fue una mezcla de dictadura y democracia.

La cuarta parte de la estatua representa el gobierno romano, el gran imperio romano, imponente poder militar mezclado con la voz del pueblo, cosa que no cuaja, el hierra y el barro. Éstos estaban en el poder cuando nació Jesús. Él es la piedra cortada sin mano, es decir, de origen divino, que hiere la estatua en sus pies y termina desmenuzándola, dejándola hecho polvo y va creciendo y creciendo. Es la piedra que los edificadores desecharon que ha vendo a ser la cabeza del ángulo (1 Ped. 2:1-7). Jesús es la primera piedra, el fundamento, del templo de Dios, la Iglesia, que Él mismo está edificando, compuesta de piedras vivas, de los salvos de todas las naciones. Esta Iglesia seguirá creciendo hasta llenar todo el mundo. Entonces Cristo volverá y establecerá su gobierno, una teocracia. Reinará en justicia y paz sobre todos los países del mundo al final de la historia. En  nuestros días estamos viendo crecer enormemente la iglesia en toda América Latina y en el Oriente. Quizás esta sea la generación que verá su venida.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

La encomienda misionera requiere evangelizar a los reyes

Buen día, bonita semana y Dios te bendiga:

El tema corresponde a la enseñanza en la Escuela Bíblica Dominical disponible en audio por el Canal La Gloria Es De Dios, clic en el enlace abajo provisto, te esperamos

https://www.ministeriotv.com/video/la-encomienda-misionera-requiere-evangelizar-a-los-reyes-19504

 

Oportunidad

Esta pandemia ha incrementado las dificultades, peligros y alterado el intinerario de vida de todos. Pero también está brindando la oportunidad de meditar y agradecer a Dios. Sí agradecer. Porque Él nos brinda su misericordia cada nuevo día, además nos ha dotado con la capacidad de adaptarnos a cambios y salir adelante. Un receso, un gran respiro, tiempo de compartir, hacer cosas nuevas como individuo y grupo familiar.  Dar importancia y prioridad a lo que realmente lo tiene. La vida pasa, solo el alma es inmortal. Este es un tiempo de reconsiderar la vida real y permanente que Dios a dado, por medio del alma inmortal.  Si así lo haces habrás encontrado un tesoro incalculable el cual ya muchos atesoramos en esta vida y promesa de vida eterna, gracias a Cristo Jesús el Hijo de Dios. No tardes más no sea pase el tiempo oportuno para hacerlo. Dios te bendiga.

Tu hermana en Cristo: Daisy Rodríguez.

Qué fácil creer en Dios

“Antes que te formaste en el vientre te conocí, y antes que naciste te santifiqué, te di por profeta a las naciones” (Jer. 1:5).

Alguno podría pensar que fue muy fácil para Jeremías creer en Dios. Tuvo visiones y sueños, Dios le hablaba directamente, parecía tener una línea directa con el cielo. Fue escogido antes de nacer para desempeñar su ministerio y Dios le llamó de forma casi irresistible: “Me sedujiste, oh Jehová, y fue seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste” (20:7). Para él fue muy fácil creer en el Señor. Puede ser que para ti descubrir la realidad de Dios ha sido muy difícil, que has tenido que luchar con dudas y que has vacilado muchas veces. ¿Cambiarías con los profetas del Antiguo Testamento porque ellos tenían fácil acceso al mundo espiritual y les costaba poco creer?

Creer que Dios existe no salva a nadie: “Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen” (Santiago 2:19), pero evidentemente no son salvos. Si para Jeremías la fe le costase poco, la obediencia le costó mucho. Nunca es fácil para nadie vivir la vida de fe/obediencia. Casi la podemos llamar así, porque es todo una misma cosa. La fe sin una vida consecuente no es fe (Sant. 2:20). A Jeremías la obediencia le costó mucho: “Y azotó Pasur al profeta Jeremías , y lo puso en el cepo” (20:2). “Cada día he sido escarnecido, cada cual se burla de mí” (20:7). “¿Para qué salí del vientre? ¿Para ver trabajo y dolor, y que mis días se gastasen en afrenta?” (20:18). “A causa de los profetas (falsos) mi corazón está quebrantado dentro de mí, todos mis huesos tiemblan; estoy como un ebrio, y como hombre a quien dominó el vino, delante de Jehová, y delante de sus santas palabras” (22:9).”Y cuando terminó de hablar Jeremías todo lo que Jehová le había mandado que hablase a todo el pueblo, los sacerdotes y los profetas y todo el pueblo le echaron mano, diciendo: De cierto morirás” (26:8). “Entonces el ejército del rey de Babilonia tenía sitiada a Jerusalén  y el profeta Jeremías estaba preso en el patio de la cárcel” (32:2). Y podríamos incluir muchos más textos.

Jeremías pasó hambre, dolor, tortura, difamación, burla, rechazo, descalificación, amenazas de muerte,  gran soledad e incomprensión. Vivió la apostasía de su pueblo, conoció la dureza de sus corazones, vio la muerte de miles, el destierro de otros miles, y la destrucción de la ciudad que amaba. Sí, le fue fácil creer en Dios, pudo oír su voz y recibir su palabra, Dios le dio promesas muy hermosas y le tenía destinado para llevar a cabo un ministerio muy importante; fue famoso, y es conocido a través del mundo entero, pero su vida de fe no fue más fácil que la tuya. A todos nos cuesta, algunos por unos motivos y a otros por otros. Parece que cuanto más se nos abre el cielo, tanto más Dios pide de nosotros, pero también tanto más gracia tenemos. A cada uno de nosotros es cuestión de ser fiel al Señor en la vida que Él tiene destinado para nosotros.  

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Guiados por el Buen Pastor

Leer | SALMO 34.9, 10

Como nuestro Buen Pastor, el Señor cumple muchos roles. Ayer lo vimos como un pastor perdonador. Él es también un pastor proveedor: conoce nuestras necesidades aun antes de que le pidamos ayuda, y se deleita en suplir esas carencias (Mt 7.9-11). Eso significa, en términos prácticos, que Él sabe lo que necesitamos física, emocional y espiritualmente.

Pero Dios no solamente nos da su provisión; Él es también un pastor protector, que nos defiende de los ataques. Notemos en el Salmo 23.4 qué es lo que alienta al escritor: la vara y el cayado del Señor. Los pastores de la antigüedad usaban estos dos implementos para defender a sus ovejas de animales feroces. Dios va delante de nosotros, quitando de nuestro camino las trampas del enemigo.

Pero es importante notar lo que no dice el salmo 23. Por mucho que queramos evitar los tiempos difíciles, este pasaje no nos dice que Dios nos conducirá alrededor del “valle de sombra de muerte” (v. 4). Por el contrario, nos conduce a través de él. Esto significa que el plan de Dios exige, por lo general, que pasemos por circunstancias dolorosas, enfrentando esas sombras y esos lugares oscuros en nuestras vidas. Sin embargo, en medio de nuestro difícil viaje, podemos mantenernos confiados si seguimos con nuestra mirada puesta en el Pastor, quien nos conduce a salvo al hogar celestial.

¿Ha experimentado usted la provisión del Señor, para luego caer en la duda y en temor por alguna pérdida o adversidad? Él no le ha abandonado. Dios sigue siendo el Buen Pastor, y le está conduciendo en medio de la oscuridad a luz donde Él está.

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¿Cómo la tentación lleva al pecado?

Leer | 2 SAMUEL 11.1-17

Ansias, hambre, anhelo, sed, avidez — todos estos términos pueden utilizarse para describir la palabra “deseo”. Eva tuvo avidez del fruto del árbol prohibido; Sarai anheló el hijo de la promesa; el rey David tuvo ansias de Betsabé (Gn 3.6; 16.2; 2 S 11.2-4). En cada caso, el deseo de ellos se volvió tan fuerte, que tomaron el asunto en sus propias manos para lograr lo que querían. Cada uno de ellos conocía las instrucciones del Señor, pero al ser tentados, encontraron una manera de justificar sus acciones para lograr el objetivo deseado. Y las consecuencias fueron muy serias.

A lo largo de nuestra vida, todos tenemos anhelos. Ansiamos que algunas circunstancias o personas sean diferentes, y deseamos adquirir lo que carecemos, o más de lo que tenemos. Y luego nos encontramos tentados a satisfacer estos deseos por medio de nuestras acciones. La tentación en sí no es pecado; pero actuar por cuenta propia contra la Palabra de Dios, sí lo es. Recuerde lo que les sucedió a Eva, a Sarai y al rey David.

Nuestro Creador, quien le creó a imagen de Él, sabe lo que usted anhela, y Él ha prometido darle lo que más le beneficie (Is 48.17). Confronte sus deseos con la verdad de la Sagrada Escritura, y pídale a Dios que le ayude a dejar todo aquello que no se ajusta a sus normas.

Haga del Salmo 63.1 (NVI) el clamor de su corazón: “Oh Dios, tú eres mi Dios; yo te busco intensamente. Mi alma tiene sed de ti; todo mi ser te anhela, cual tierra seca, extenuada y sedienta”. Y Jesús, que es el Pan de Vida y el Agua Viva, le satisfará como ninguna otra cosa pudiera jamás hacerlo.

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Un Dios en quien podemos confiar

Leer | LAMENTACIONES 3.22, 23

La confianza es muy valiosa en estos días, pues parece ser muy escasa. La ambición egoísta, la codicia y la búsqueda constante de ser el número uno son demasiado frecuentes; a algunas personas, incluso, les resulta difícil confiar en sí mismas. En cambio, tenemos muchas buenas razones para confiar en el Señor.

Primero, Él es el único Dios verdadero. No hay nadie más como Él (2 S 7.21, 22); es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos (He 13.8). Su voluntad perfecta es inmutable, por lo que nunca tenemos que preocuparnos de que haya una fluctuación en su ética o en sus valores.

Segundo, Dios es la esencia misma de la verdad. Él no está puesto bajo la autoridad de ninguna otra autoridad que determine si hace o no lo correcto. Por el contrario, Él es nuestro modelo de rectitud a seguir. Y porque Él es la verdad, sabemos que nunca nos engañará.

Tercero, Él ha demostrado ser absolutamente fiel. Como dice la Biblia: “Nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad” (Lm 3.22, 23).

Cuarto, Dios es digno de confianza porque tiene el control absoluto de cada situación. El Salmo 103.19 declara: “Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos”.

Nada puede impedir que el Señor haga su voluntad perfecta, no importa lo difícil que pueda parecernos la situación. Nuestras vidas son evidencias de su poder y de su amor. Como hijos de Dios, podemos con toda seguridad poner nuestra fe y confianza en Él, sabiendo que nunca seremos defraudados.

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No quisiste

¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que son enviados a ti! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como junta la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste! ¡Miren cuán desolada se queda la casa de ustedes! Porque yo les digo que no volverán a verme, hasta que digan: ‘Bendito el que viene en el nombre del Señor.’
Mateo 23:37-39
¿Qué sucede cuando intentas liberar a personas que no están dispuestas? Eso es lo que enfrentó Moisés con el pueblo de Israel, una y otra vez, en su viaje a la Tierra Prometida. Dios guio al pueblo con la columna de nube y fuego, les proporcionó milagrosamente comida y agua y los protegió del peligro, pero una y otra vez el pueblo cambió de opinión: querían volver a la esclavitud donde, pensaban, las cosas eran “más fáciles”.

En nuestra lectura de hoy, Jesús está afligido por el mismo comportamiento del pueblo en Jerusalén. Él había venido a salvarlos del poder del mal, pero los líderes de la ciudad ya estaban conspirando contra él y el pueblo los seguiría. En solo unos días estarían gritando “¡Crucifíquenlo!” Jesús quería liberarlos, pero algunos de ellos no querían ser libres.

Mucha gente se pregunta: “¿Por qué Dios no anula a las personas que lo rechazan e insisten en el camino que conduce al infierno?” Pero Dios no obra así. Él respeta nuestro libre albedrío, incluso cuando somos lo suficientemente tontos como para rechazarlo. Si insistimos en permanecer en la esclavitud, él no puede liberarnos. Hará cualquier cantidad de milagros, pero no anulará nuestra libertad de rechazarlo. No nos hará robots.

Esto sigue siendo cierto hoy. Jesús llama, nos atrae a sí mismo, pero nunca nos obliga. Él dio su vida por nosotros en la cruz -resucitó de los muertos para compartir su victoria sobre la muerte con nosotros- pero no obligará a nadie a recibir el regalo. ¡Cómo nos ama! Y entonces espera pacientemente, llamándonos a la fe, esperando que respondamos a la obra del Espíritu Santo.

Por: CPTLN

Justificación verdadera

Leer | ROMANOS 3.23-26

La muerte de Jesús fue fundamental para el plan de salvación de Dios. La Biblia nos dice que el Hijo del Hombre tuvo que ser levantado en una cruz, para que todos los que pongan su fe en Él como su Salvador personal, puedan ser salvos (Jn 3.14, 16) La cruz fue esencial para que fuéramos redimidos y tuviéramos una relación personal con Él por toda la eternidad.

Cada uno de nosotros ha violado la ley de Dios, y la justicia exige que suframos el castigo. Cuando trabajamos para el Señor y le servimos fielmente, queremos que Él sea justo recompensándonos. Pero ¿qué pasa cuando pecamos contra Él? Tenemos una deuda de pecado que hay que pagar, y porque Dios es perfecto y justo, Él no puede simplemente pasar por alto las transgresiones —hay que hacer expiación por ellas.

Para que podamos tener una relación personal con Dios, tiene que haber una manera para que el hombre, imperfecto y manchado por el pecado, pueda acercarse al Creador santo, perfecto. Por eso, el Padre celestial proveyó un sustituto: ­a su Hijo Jesucristo­ quien tomó sobre sí mismo nuestro castigo. Si aceptamos ese pago hecho a nuestro favor, Dios nos declara inocentes, reconciliándonos así con Él, para que podamos disfrutar de una relación correcta con el Señor para siempre (Ro 8.6, 10). No hay justificación aparte de la sangre de Jesucristo.

Ser justificado significa ser declarado “no más culpable”. Con su muerte en la cruz, Jesús pagó el precio por nuestra reconciliación. Por medio de su sangre, ahora somos santificados. Si aceptamos este regalo, disfrutaremos de la comunión con el Todopoderoso, ahora y por la eternidad.

Por Min. En Contacto

El tiempo en sus manos

Leer (Juan 7:25-31)

Y aunque procuraban aprehenderlo, ninguno le puso la mano encima, porque su hora aún no había llegado. Juan 7:30

Entre todas las cosas que Dios creó al principio, también se incluye el tiempo. Antes de eso, sólo existía la eternidad. Día a día Dios fue creando todas las cosas: el agua, los animales, las plantas, el hombre, las horas, los días, y las noches. Como creador de todas las cosas, él tiene paternidad y autoridad sobre todo, incluido el tiempo.

La autoridad de Dios sobre el tiempo se muestra claramente en toda la Biblia cuando, a su tiempo, liberó a su pueblo de Egipto, y a su tiempo envió profetas para anunciar salvación, y cuando, al cumplirse el  tiempo señalado, “Dios envió a su Hijo” (Gálatas 4:4).

Cuando el Hijo de Dios estaba enseñando libremente en el templo, durante la fiesta de los tabernáculos, algunos procuraban aprehenderlo, pero “ninguno le puso la mano encima porque su hora todavía no había llegado” (v 30). ¡Por supuesto! ¿Desde cuándo pensamos que podemos manejar nosotros los tiempos de Dios? Jesús iba a ser arrestado y crucificado cuando su Padre lo dispusiera, no cuando a los judíos se les antojara.

Nosotros no tenemos autoridad sobre los tiempos, mucho menos sobre nuestra salvación, ni sobre los planes de Dios respecto a nuestra vida.

A su tiempo Dios nos hizo sus hijos mediante el Bautismo. De acuerdo a sus tiempos, él permite que pasemos por situaciones difíciles para liberarnos en algún momento y consolarnos con ternura. Nada ocurre al azar en los tiempos de Dios. A su tiempo también nosotros moriremos y resucitaremos a la vida en la eternidad.

Padre, ayúdanos a aceptar tus tiempos, y guíanos a aprovechar este tiempo cuaresmal para estar más cerca de ti. Amén.

Por CPTLN

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