Mes: febrero 2020

Comunión

“Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo” (1 Juan 1:3).

Primera de Juan 1 nos habla de cómo es Dios, y cómo podemos tener relación con Él.

En este capítulo leemos que el Padre nunca ha estado solo. Siempre ha estado acompañado por su Hijo quien es igualmente eterno, “lo que era desde el principio” (v. 1). Dios es un Ser que busca comunicación con el ser humano. Por eso se manifestó (v. 2), vino a este mundo “el Verbo de vida” (v. 1); el eterno Hijo de Dios se hizo cercano, visible. Se dejó ver, oír y tocar: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestro ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestra manos, eso os anunciamos” (v. 1). Otra vez lo dice. “Lo que hemos visto y oído,…” (v. 3). Dios no es una filosofía, no es una idea inventada por un hombre, sino una Persona eterna, transcendente, que se hizo visible y palpable: El Verbo eterno vino a este mundo y vivió con los hombres. Y lo hizo con la finalidad de poder tener comunión con nosotros.

Ahora bien, además de ser vida eterna (v. 2), “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (v. 5). Este detalle imposibilita la comunión con nosotros, porque nosotros somos pecadores y andamos en tinieblas por naturaleza, y no hay ninguna comunión entre la luz y las tinieblas. Este es nuestro dilema. Deseamos tener comunión con un Dios limpio, santo, puro, veraz, y nosotros por naturaleza somos todo lo contrario. ¿Qué comunión podemos tener? ¿Qué tenemos en común con Él?

¿Cómo podríamos definir comunión? Es participar en una misma cosa, estar unidos en ella. ¿Cómo podemos participar de la naturaleza de Dios si chocamos con Él? Para que haya comunión tiene que haber luz, es decir, transparencia, verdad, honestidad, y, en nuestro caso, confesión de pecado, limpieza y perdón, con nada escondido, oscuro o impuro en nuestra vida. No puede haber nada que estorbe la unión.

            Para ello es necesario que se quite de en medio nuestro pecado. El Verbo eterno se hizo hombre, vivió entre nosotros y manifestó a Dios, pero para que podamos relacionarnos con Él, tuvo que morir para quitar de en medio el pecado y así hacer posible la comunión (v. 7). Eso lo hizo Él, pero hay una parte que nos corresponde a nosotros: es reconocer nuestra pecaminosidad, confesar nuestros pecados y mantenernos limpios de pecado. Siempre que lo hacemos podemos tener comunión con Dios, y no solo con Dios, sino también los unos con los otros: “Si andamos en luz, tenemos comunión unos con otros”. Si no, no. No podemos tener comunión ni con Dios, ni con nadie, a no ser que andemos en luz, es decir, que vivimos una vida limpia, libre de la práctica del pecado (v. 6).

La sangre de Cristo nos va limpiando. Es un constante. “Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión uno con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (v. 7, 9). Cuando somos conscientes de nuestro pecado, lo confesamos en seguida y rectificamos, y así mantenemos la comunión con Dios y con los hermanos.   

Enviado por el Hno. Mario Caballero  

Sigue confiando

“Así ha dicho Jehová: ¡Maldito quien confía en el hombre y se apoya en un brazo de carne, apartando su corazón de Yahweh!” (Jer. 17:5).

Maldito.

Dios maldice el hombre que confía en sí mismo o en otro hombre en lugar de en Dios, a la persona que tiene su fortaleza en las capacidades del hombre, su tecnología, su genio, su inteligencia e industria. Este es el hombre moderno. Su confianza no está en el Señor, sino en sus propios recursos y en todas las infraestructuras de la sociedad moderna. Piensa que prosperará, pero todo su duro trabajo no dará los resultados deseados porque el mundo que él crea vendrá a la ruina. “Será como retama en el desierto, y no verá cuándo viene el bien, sino que habitará lugares secos en el desierto, en tierra salitrosa y deshabitada” (v. 6). Será como un arbusto en el desierto, secándose por falta de agua en medio de una expansión árida, inhóspita y sin vegetación alguna. No sobrevivirá para ver el bien cuando venga, sino que se secará de todo en medio del vasto vacío. Este es el cuadro de desolación, sequía, hambre y muerte. Lo que tanto prometió le ha defraudado.

Bendito.

“Bendito aquel que confía en Yahweh, y cuya confianza está en Yahweh. Será como árbol plantado junto a las aguas, que extiende sus raíces junto a las corrientes, y no teme cuando viene el calor, pues que su follaje estará frondoso, y en el año de sequía no se preocupará, ni dejará de dar su fruto” (v. 7, 8). Toda la contraria es la experiencia del hombre que pone su confianza no en sí mismo, sino en el Omnipotente Dios. No es como un arbusto en el desierto, sino como un árbol frondoso plantado al lado de un río. Sus raíces beben el agua fresca. No sufrirá aun en tiempos de sequía, sino que prosperará. Sus hojas serán perpetuamente verdes; crecerá y dará fruto.

Ahora, ¿qué está diciendo el Señor con estos dos cuadros, el del arbusto seco del desierto y el del fructífero árbol al lado de un río en un campo verde? Es la diferencia entre el creyente y la persona del mundo. El factor determinante es donde ponen su confianza. Según el Señor, el mundano no prosperará, aunque desde nuestra perspectiva parece que sí. Los arbustos en el desierto no producen fruto. Dar fruto es siempre el resultado de una relación con Dios (Juan 15:5 y 2 Pedro l:8). Ambas plantas experimentan la sequía, pero con diferentes resultados. Una la supera, la otra, no. El sufrimiento, la pena y el dolor vienen al no creyente y al creyente por igual, pero para uno significa la ruina, mientras que el otro tiene recursos en Dios para superarlo y continuar produciendo fruto. No le destruye: “Será  como árbol plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto a su tiempo y su hoja no se marchita, y todo lo que hace prosperará” (Salmo 1:3). El río de Dios no se seca. El creyente continúa bebiendo profundamente del Espíritu. Medita en la Palabra de Dios, cree las promesas de Dios, confía en el carácter de Dios, ora y recibe fortaleza de Dios. Ningún desastre puede impedir que dé fruto. No se preocupa por la sequía, porque sus fuentes están en Dios.     

Para ti, ¿qué significa la sequía? ¿El paro? ¿La vejez? ¿La muerte de tu cónyuge? ¿Una grave enfermedad? ¿Una división de iglesia? La promesa de Dios es que si has puesto tu confianza en Él, no necesitas tener ansiedad cuando vengan los tiempos difíciles, porque el suministro del Espíritu nunca te fallará. Sigue confiando, y darás fruto. 

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Las pruebas más fuertes

“…sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego…” (1 Pedro 1:7).

            Cuánto más fuerte nuestra fe, más fuerte tiene que ser la prueba, para que sea una prueba de verdad. La fe de Sansón fue probada por una mujer pagana. ¿Sería leal al Dios de Israel o iría tras mujeres de otros dioses? Cuando cayó en la tentación, la gloria fue para el dios de ella: “Entonces los príncipes de los filisteos se juntaron para ofrecer sacrificio a Dagón su dios y para alegrarse; y dijeron: Nuestro dios entregó en nuestras manos a Sansón nuestro enemigo” (Jueces 16:23).

La fe de Elías fue probada cuando se quedó solo en Israel: “Sólo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida” (1 Reyes 19:14). La fe de Eliseo fue probada cuando Elías le dejó: “¿Dónde está Jehová, el Dios de Elías?” (2 Reyes 2:14). Ya tuvo que aprender a actuar por fe en el mismo Dios, pero sin su padre espiritual.

La fe de Pablo fue probada cuando se quedó solo en la prisión en Roma esperando su muerte: “En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino todos me desampararon” (2 Tim. 4:16).

La fe de Job, fue probada cuando se creía abandonado por Dios: “¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios!” (Job 23:3). Pasó por la noche del alma, por la fe desnuda, sin ayuda alguna. Preguntó al Señor: “¿Qué es el hombre… para que pongas sobre él tu corazón… y todos los momentos lo pruebas?” (Job 7:17, 18). Pero estaba seguro de que al final saldría ileso: “Él conoce mi camino; me probará, y saldré como oro” (Job 23:10).

La fe de Jesús también pasó por el abandono, pero en su caso fue real. El Padre le abandonó porque él estaba impregnado con nuestro pecado. La oscuridad de la Cruz marcó el abandono del Padre. El que es la Luz se fue y dejó a su Hijo en la densa oscuridad satánica de la muerte. ¿Cómo respondió Jesús? “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Sal. 22:1). Preguntó cómo fuese posible que el que era su misma esencia se separara de él. Dios era la vida de su sangre, la luz de sus ojos y el aliento de sus pulmones. Era su misma naturaleza. Eran uno, como tú y tu ser son uno. Lo indivisible se dividió y Jesús quedó solo, pero mantuvo su integridad y su fe no falló: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lu. 23:46). ¡Encomendó su espíritu en los manos de él que le estaba matando (Is. 53:4) y murió confiando en él. “Aunque él me matare, en él esperaré” (Job 13:15) fue cumplido en Jesús.

¿Cómo es tu fe? ¿Amas al Señor con el alma? ¿Él es tu misma vida? No te extraña si pasas por el “horno del fuego ardiendo”, pero que sepas, el Hijo de Dios estará contigo en las llamas (Daniel 3:25). “Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti” (Is. 43:3). Cuando has sido probado, saldrás como oro fino. “Me probará, y saldré como oro” se cumplirá en ti.  

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Hay alguien ahí

Era una maravillosa tarde de verano, y como muchas otras, mis amigos y yo nos dirigíamos al campo donde solíamos jugar al fútbol. 

¡Vaya! ¡Está ocupado!, exclamamos desilusionados al llegar y ver que otro grupo se nos había adelantado. 
¡Un momento!, dijo uno, recuerdo un lugar abandonado cerca de aquí, seguro que allí podremos jugar sin que nadie nos moleste. 
¡Estupendo!, gritamos todos. 

En seguida llegamos y comenzamos a jugar. Todo iba de maravilla, hasta que de repente, la pelota se desvió con tan mala suerte que fue a parar a una de las ventanas de la casita abandonada. El ruido de los cristales rotos nos sacó de nuestra emoción, y pasaron varios segundos antes de que ninguno reaccionara. Sin embargo, pronto nos sentimos aliviados, mirando el aspecto deshabitado de la casa y seguimos jugando tranquilamente. Seguro que nadie vivía allí, y que no tendríamos que pagar el cristal. Así pues, continuamos despreocupados con nuestro juego, hasta que, de repente, la puerta de la casa se abrió con un fuerte chirrido y un hombre salió directo hacia nosotros. ¡Sí que había alguien! Ahora tendríamos que pagar el cristal roto….

¿Hay alguien allí? ¿Existe alguien en el cielo además de las estrellas, los planetas, las constelaciones…? Esta es una de las grandes preguntas que el hombre se ha formulado a lo largo de los siglos intentando buscar una respuesta.

Hoy en día, muchos dicen que no hay nadie, que la casa está abandonada. Pero, si es así, ¿por qué el hombre se sigue haciendo esta misma pregunta desde el comienzo de su historia? ¿por qué todavía en pleno siglo veinte nos seguimos preguntando en nuestro interior si hay un Dios?

La razón es sencilla, porque El mismo “ha puesto eternidad en el corazón del hombre” (Eclesiastés 3:11). Ha sido Dios quien ha puesto este pensamiento en nosotros para que le busquemos y nos ha dado medios para encontrarle. Aun así, el hombre insiste en endurecer su conciencia y vivir ajeno a Dios, rompiendo constantemente los cristales de su Ley y sin querer dar cuentas al Dueño y Creador de la casa; no quiere saber si hay o no dueño.

Pero, ¿y si hay alguien allí?. Querido amigo, sí, hay Alguien, y ese es el Dios que desde el principio se ha manifestado al hombre. La Creación misma es un ejemplo claro que nos habla de El, “porque las cosas invisibles de Dios, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tenemos excusa” (Romanos 1:20). 

También la misma existencia del hombre, con su increíble complejidad, nos prueba el poder y la sabiduría de Dios. De ninguna manera podemos pensar que no somos mas que un compuesto de fósforo, calcio, agua y unos cuantos elementos más, desde luego que con esto nadie podría formar un hombre. 

Aun su mismo cerebro, con diez mil millones de células, cada una de ellas con 200 lineas de comunicación entre sí, dejaría en ridículo al más potente y sofisticado de los ordenadores fabricado por el hombre. 

Y sin embargo, muchos piensan que han llegado a estar aquí por un cúmulo de casualidades habidas a lo largo de millones de años. Pero, ¿por qué el hombre se esfuerza en buscar cualquier excusa con tal de no creer en Dios?. Pues porque sabe que ha roto muchas veces los cristales de la Ley de Dios, y estaría más tranquilo si “no hubiese nadie allí”, nadie que nos pidiera cuentas por haber quebrantado su Ley. De todas formas, ese día llegará, “porque está establecido para los hombres que mueran una sola vez y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27).

La solución no está en negar lo innegable, sino en creer que Dios ha enviado a su propio Hijo, el Señor Jesucristo, para que él cargara con nuestros pecados en la cruz, pagando de su bolsillo los cristales que nosotros hemos roto. Puede haber perdón, y salvación en ese Dios que se ha manifestado al hombre en la persona gloriosa del Señor Jesucristo, siempre y cuando reconozcamos nuestra deuda y nos arrepintamos pidiéndole perdón. “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquél que en El cree no se pierda mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Sí que hay dueño en la casa, y debes arreglar las cuentas con El antes que le veas cara a cara, porque en ese momento ya no habrá solución, “he aquí, ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación” (2ª Corintios 6: 2). 

¿Hay alguien allí? Sí. ¿Cuántos cristales más romperás antes de verle cara a cara ? Recuerda que tarde o temprano aparecerá y que tienes una cuenta que saldar con El. Y no olvides que “la paga del pecado es muerte, pero el regalo de Dios es vida eterna en Cristo Jesús” (Romanos 6:23). 

¡Tú tienes la respuesta!

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Si falta la disciplina

“Y el rey mandó a Joab, a Abisai y a Itai, diciendo: Tratad benignamente por amor de mí al joven Absalón. Y todo el pueblo oyó cuando dio el rey orden acerca de Absalón a todos los capitanes” (2 Samuel 18:5).  
 
Lectura: Prov. 3:1-12.
 
            La historia de la relación entre David y sus hijos Amnón y Absalón nos toca muy de cerca en una época cuando parece que los padres tienen que consentir a sus hijos para ganar su afecto, cuando las posibilidades para disciplinarlos son muy limitadas, y cuando los hijos pueden denunciar a los padres y la ley fácilmente decanta a favor de los hijos, aun cuando mienten. En tiempos de la abuela, una bofetada bien dada en el momento preciso enderezaba al hijo rápidamente, pero hoy día estos métodos escandalizan a la sociedad. Antes los hijos temían a los padres. Estos solo tenían que decir: “No quiero que nadie tenga nada malo que decirme en cuanto a vosotros”, y los hijos agachaban la cabeza y asentaban sin abrir boca. Determinaban que nunca darían ningún disgusto a sus padres. Pero hoy día los hijos pasan de “lo que dirán”, y de la opinión de sus padres, para hacer lo que quieren, y esto, desgraciadamente, para su propio detrimento.
 
            Conozco la historia de un niño que quedó sin disciplina de bien joven cuando hizo trampa y utilizó la religión para ganarse mucho dinero fácil a espaldas de sus padres. Lo que hizo fue escandaloso, pero como solo tenía unos ocho o nueve años, los padres lo dejaron pasar. No hubo consecuencias. De hecho no hubo disciplina, ni en aquel momento, ni después. Este incidente le marcó el curso de la vida. Fue un momento decisivo. Dejó de respetar a Dios y a sus padres; marcó un antes y un después.
 
De aquel momento en adelante, el niño, y después el joven, iba tras el dinero deshonesto. Iba subiendo sin disciplina, y sin castigo, y sus atropellos iban siendo cada vez más serios a la medida que iba creciendo. Su madre ocultaba a su marido sus travesuras, y luego sus estafas, para proteger a su hijo, y para no dar disgustos a su marido. Su padre nunca llegó a saber ni la mitad de lo que su hijo hacía. Pasó de delincuente a criminal, siempre tras el dinero fácil, y la madre continuó la misma tónica de ocultar sus acciones a su padre y no hacerle pagar las consecuencias de lo que hacía, y esto, en nombre del amor y la misericordia. Primero ella aguardaba la esperanza de que su hijo cambiase, y después, se resignó a que él era así, que había nacido así, y que no había nada que hacer, porque no se podía poner a un hijo en la calle, porque esto sería de mal testimonio. El método de protegerle, ocultar a su padre lo que hacía y permitir que hiciese lo que quisiera condujo a un fin terrible y previsible. Nunca consiguió un trabajo estable. El pecado conduce a la muerte. El suyo destrozó el corazón de sus padres, trajo sufrimiento y vergüenza a la familia, y frustración a sus hermanas que veían todo lo que estaba pasando. Finalmente le llevó a él a una muerte prematura, encontrándose solo y rodeado de miseria.  
 
Cuánto sufrimiento. “Salió, pues, el pueblo al campo contra Israel, y se libró la batalla en el bosque de Efraín” (18:6). Guerra civil, hermano contra hermano, atrocidades y muerte, todo por causa de Absalón.

Enviado por: Hno. Mario Caballero

Soy pequeño, pero amado

“Hiciste al hombre poco menor que un dios, y lo colmaste de gloria y de honra. ¡Lo has hecho señor de las obras de tus manos! ¡Todo lo has puesto debajo de sus pies! Señor y Dios nuestro, ¡cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra!” Salmo 8:5-6; 9

Asombrado, el salmista exclamó a Dios: “Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, y la luna y las estrellas que has creado, me pregunto: ¿Qué es el ser humano, para que en él pienses? ¿Qué es la humanidad, para que la tomes en cuenta?” (Salmo 8:3-4).

Pequeños, aparentemente insignificantes ante el tamaño del universo, podemos sentirnos perdidos en el espacio. Pero no es así: estamos en las manos de un Dios que se preocupa por nosotros y que hizo al ser humano una criatura maravillosa. Al mirar al cielo, no te sientas perdido. Siéntete encontrado, viendo la grandeza de Dios en el mundo entero y su amor por ti.

Por CPTLN

De mí para tí

En vez de eso, sean bondadosos y misericordiosos, y perdónense unos a otros, así como también Dios los perdonó a ustedes en Cristo.” Efesios 4:32

¡Cambiar de vida! Un cambio radical es dejar de buscar tus propios intereses para ayudar a aquellas personas que necesitan de ayuda. Es el cambio promovido por el amor de Jesús en nuestra vida. El apóstol Pablo escribió: “El que antes robaba, que no vuelva a robar; al contrario, que trabaje y use sus manos para el bien, a fin de que pueda compartir algo con quien tenga alguna necesidad” (Efesios 4:28).

La nueva vida en Jesús no sólo promueve un cambio de hábitos sino también de objetivos y una nueva relación con los bienes y las personas. El objetivo final: “sean bondadosos y misericordiosos, y perdónense unos a otros, así como también Dios los perdonó a ustedes en Cristo” (Efesios 4:32).

Por CPTLN

No te dejes engañar

Me asombra que tan pronto se hayan alejado ustedes del que los llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro evangelio, sino que hay algunos que los perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Pero si aun nosotros, o un ángel del cielo, les anuncia otro evangelio diferente del que les hemos anunciado, quede bajo maldición.” Gálatas 1:6-8

Jesús dio su vida para que tú, por medio de su gracia, tengas vida eterna, siendo reconciliado con el Creador. Este mensaje de gracia es muy valioso y no puede ser cambiado o confundido. El apóstol Pablo advierte: “Pero si aun nosotros, o un ángel del cielo, les anuncia otro evangelio diferente del que les hemos anunciado, quede bajo maldición” (Gálatas 1:8).

Entonces, no te dejes engañar. Ningún profeta, sacerdote, pastor, líder o incluso un ángel, puede cambiar lo que Dios hizo: él te llamó por medio de la gracia de Cristo.

Por CPTLN

Amnesia

¡Bendice, alma mía, al Señor! ¡Bendiga todo mi ser su santo nombre! ¡Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguna de sus bendiciones! El Señor perdona todas tus maldades, y sana todas tus dolencias. El Señor te rescata de la muerte, y te colma de favores y de su misericordia. El Señor te sacia con los mejores alimentos para que renueves tus fuerzas, como el águila.” Salmo 103:1-5

Cuando pasamos por una crisis en la vida, corremos el riesgo de olvidar cuán bueno es Dios. El salmista quería huir de esa amnesia, por ello escribió: “¡Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguna de sus bendiciones!” (Salmo 103:2).

¿Cuáles son esas bendiciones que recibimos? Dios nos perdona todos los pecados, nos llena la vida de cosas buenas, nos bendice con amor y bondad, juzga a favor de los oprimidos, no se irrita fácilmente y no nos castiga como lo merecemos. Entonces, si estás pasando por una crisis o un momento difícil, no te olvides que Dios sigue siendo amoroso.

Por CPTLN

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