Mes: enero 2020

Su presencia

“¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; si en el Seol hiciere mis estrado, he aquí, allí tú estás” (Salmo 139:7, 8).

Dios está con nosotros en nuestros momentos eufóricos y sublimes y cuando se apodera de nosotros un negro depresión y descendemos al abismo. Es más fácil dar con Él en la profunda tristeza, cuando realmente tocamos fondo, que cuando estamos emocionadas y contentísimas. Viviendo la realidad de nuestra condenación en anticipación del infierno es cuando damos con la maravillosa noticia del evangelio, que Cristo descendió allí para sacarnos de las garras de la muerte eterna. Cuanto más intensamente vivimos nuestra condena, más nos maravillaremos de nuestra salvación.

No hay pena tan profunda como para que Cristo no te pueda acompañar a vivirla. Se sienta contigo en el suelo de tu celda en la oscuridad de la prisión y te hace compañía. Cuando las cosas van bien y vives los momentos más felices de tu vida, allí está Él, experimentándolos más intensamente que tú, celebrando con más alegría y más júbilo.

Somos capaces de emociones muy profundos. “Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra. Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán; aun la noche resplandecerá alrededor de mí. Aun las tinieblas no encubren de ti; y la noche resplandece como el día: lo mismo te son las tinieblas que la luz” (vs. 9-12). Nuestra alma sube a alturas más altas que las cumbres de las montañas y baja a abismos más profundos que el fondo del mar. Conoce una oscuridad más negra que las noches de la tierra, y un gozo más grande que la luz del alba. El Salmo revela que Dios está presente en todas estas experiencias, está allí, nos guía en el mar sin caminos, sube a nuestras alturas en dulce comunión con nosotros, su presencia alumbra la noche más desesperanzadora, la oscuridad más satánica no nos puede separar de Él. En nuestra desesperación está más presente que las tinieblas que nos oprimen, y, en el gozo, más cercano que la luz en nuestros ojos. Deseamos vivir intensamente la realidad de que estamos rodeadas por Él, habitadas por Él, fundadas en Él, escudriñadas y trasportadas, conducidas y acompañadas, alumbradas y glorificadas, sujetadas y cogidas por su mano, dirigidas y comprendidas por el omnipresente y omnisciente Dios. Él es nuestro Dios. Quiere estar cerca de nosotros. El porqué, no lo podemos sondear; es un secreto escondido en su eterno e íntimo amor, ¡pero lo celebramos con todo nuestro ser!

Por: Hno. Mario Caballero

¿Qué necesitas?

“Y allí se metió en una cueva, donde pasó la noche. Y vino a él palabra de Jehová , el cual le dijo: ¿Qué haces aquí Elías?  (1 Reyes 19:9).

            Lo que sigue es una conversación entrañable entre el profeta angustiado y su Dios. Elías explica que está escondido en el monte de Dios en una cueva porque le buscan para quitarle la vida y él es el único de los profetas que ha quedado. Dios le dice que salga de la cueva y que se ponga en el monte delante de Dios. “Y he aquí Jehová que pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes y quebraba las peñas delante de Jehová, pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto, pero Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego” (v. 11, 12). Ahora, esto es muy interesante, porque nosotros habríamos pensando que sí. ¿No son las tres cosas símbolos del Espíritu Santo de Dios? En el Día de Pentecostés vino el Espíritu Santo con un viento recio que soplaba “y llenó toda la casa donde estaban sentados” (Hechos 2:2). ¿Y no es el fuego otro símbolo de Dios? “Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos” (Hechos 2:3). Cuando el Señor Jesús murió vino un gran terremoto que partió rocas y abrió sepulcros (Mat. 27: 51, 54). El viento simboliza vida nueva, el fuego santidad, y el terremoto, poder. Todos son atributos de Dios. Pero todas estas cosas Elías ya tenía: ya tenía una vida poderosa de santidad. Lo que necesitaba era la Palabra de Dios, una palabra clara para su situación y esta palabra le vino en la voz de Dios que le habló en “un silbo apacible y delicado” (v. 12).

            En su vida poderosa de santidad necesitaba también comunión con Dios, necesitaba oír su voz guiándole en su situación presente, igual que nosotros. ¿Qué hacer? Está solo. Le buscan para matarle. Israel se quedará sin profeta. La voz de Dios se va a extinguir en Israel. Así parecía. Pero Dios tenía su plan y su provisión para él, y la tiene para nosotros, para cada uno según su situación. Lo que necesitaba Elías era un compañero en el ministerio, alguien para reemplazarle cuando Dios le llamase a Casa.  Israel también necesitaba un nuevo rey. El hombre que reinaba ahora era él que le buscaba para matarle.  El Señor le dijo: “A Jehu hijo de Nimsi ungirás por rey sobre Israel y a Eliseo… ungirás para que sea profeta en tu lugar” (v. 16). Con estas dos cosas, todo estaba solucionado. Israel no quedaría sin voz profética, y el profeta no estaría solo. Ya estaría acompañado por Eliseo a quien iba a formar para ocupar su lugar. Y Dios le dijo una cosa más: “Y yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblarán ante Baal, y cuyas bocas no lo besaron” (v. 18). Elías no quedaría como el único fiel a Dios en Israel en medio de la gran apostasía que la nación estaba viviendo.            Los dones de Dios, el poder sobrenatural para obrar milagros, y el don de la profecía no eran capaces de sacar a Elías de sus temores, pero la Palabra de Dios, sí. Los dones del Espíritu han de ir acompañadas por la Palabra de 

Dios, esta palabra personal que anima, alienta y restaura. Tú, espera en el Señor, búscale, y te vendrá la palabra personal de Dios que restaurará tu alma.   

Por: Hno.Mario Caballero

¿Orar ó rezar?

“Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todo los santos” (Ef. 6:18).

Rezar

            Hace muchos años, cuando yo estaba aprendiendo a orar, pensaba que el arte consistía en combinar  una serie de frases que sonaban bien y colocarlas una tras otra, para formular una especie de oratorio, o soliloquio, como los discursos que se oyen en las grandes obras de teatro, como las de Shakespeare. Hamlet se pone en el patio del palacio y habla consigo mismo en una hermosa prosa que conmueve. Esta era mi idea de la oración. Parece que no soy la única que tenía este malentendido. En nuestras iglesias se oyen muchos hermosos discursos teológicos dirigidos al público que pasan por oraciones, pero no lo son. No suben al cielo. Son como el fariseo que “oraba consigo mismo” (Lu. 18:11). Sin embargo, estos hermanos no son hipócritas, son sinceros, pero les falta vida. La verdad es que impresionan. Su elocuencia y verbosidad son admirables, pero no es lo que Jesús enseñó a sus discípulos. “Piensan que por su palabrería serán oídos” (Mat. 6:7). La oración no es un repaso de doctrina, ni un discurso, ni un sermón, sino el Espíritu Santo dentro del creyente hablando con el Dios vivo que está en los Cielos.

Orar

La oración es comentar las cosas con Dios. Al hacerlo, el Espíritu Santo arroja luz acerca sobre lo que estamos diciendo. Trae Escrituras a la mente que tienen que ver con el tema. Él moldea nuestro pensamiento, nos da nuevas ideas, cambia nuestro punto de vista, y nos edifica. “El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros” (Romanos 8:26), en nosotros, y por medio de nosotros.

La oración es un intercambio. Hemos de cultivar el hábito de escuchar a Dios mientras oramos. Va poniendo oraciones en nuestro espíritu. Éstas oramos, y al orar nos oímos diciendo cosas que nos sorprenden a nosotros mismos, porque el Espíritu Santo ora por medio de nuestras oraciones, y mientras hablamos, oímos su voz.

El Espíritu Santo

            El Espíritu Santo es Espíritu de vida. El sopla vida (Juan 3:8) en nuestras oraciones, en nuestra lectura de la Palabra, y en nuestras conversaciones. Sin su soplo de vida podemos ir a muchos cultos, estudiar mucho la Biblia, pasar años de ortodoxia evangélica sin vida fresca y nueva. Él es quien da vida a nuestro tiempo devocional, a nuestros cultos, a nuestras oraciones. Sin Él, participando, inspirando, moviéndose, soplando y dando vida, tenemos una religión pesada, compuesto de mucho conocimiento y muchas obligaciones, pero estéril. La clave es el estudio bíblico y la oración avivados por el Espíritu Santo.

            “Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos” (Lu. 11:1). Cuando oyes orar a uno que te edifica por medio de sus oraciones, arrímate a esta persona y aprende de ella.  

Por: Hno. Mario Caballero

La Iglesia Gloriosa

“Porqué ¿quién es el que desprecia el día de modestos comienzos? 

(Zac. 4:10).

            Pensemos en nuestra pequeña iglesia. Es una cosa de poca monta. Somos cuatro gatos, insignificantes, que no valemos nada. Vemos la Sagrada Familia, imponente, magnífica, de fama universal; ésta sí es una obra importante, pero ¿nuestro templo? El mundo tiene su esplendor, lo que impresiona y deslumbra a la gente, pero nadie daría un duro por algunas de las iglesias nuestras. “¿Cómo la veis ahora? ¿No son ella y la nada un misma cosa ante vuestros ojos?” (Hageo 2:3). La despreciamos y sentimos vergüenza a pertenecer a algo tan insignificante, ridiculizada por el mundo, y abandonada por los mismos creyentes. Dios mismo hace la pregunta: “¿Qué te parece?” Muy pequeña, ¿verdad? Pero sé fuerte, todos vosotros: “Ahora, esfuérzate Zorobabel, dice YHVH, y esfuérzate también tú, Josué ben Josadac, sumo sacerdote, y esfuércese todo el pueblo de esta tierra, dice YHVH, y actuad, porque Yo estoy con vosotros dice JHVH Sebaot. Según el pacto que hice con vosotros cuando salisteis de Egipto, mi Espíritu estará en medio de vosotros. No temáis.” (Hageo 2:4,5). El Espíritu Santo nos dará el poder para participar en la construcción de la Casa de Dios, su Iglesia.

            Dios va a ir añadiendo gente a la medida que se van salvando: “Porque así dice YHVH Sebaot: Dentro de poco Yo estremeceré los cielos y la tierra, el mar y la parte seca. Estremeceré a todas las naciones, y vendrá el Deseado de todas las naciones, y llenaré de gloria esta Casa, dice YHVH Sebaot” (Hageo 2:6, 7). Dios ya sacudió el mundo con la crucifixión y resurrección del Señor Jesús. Ahora está incorporando a gente de todos los países del mundo en su Santo Templo. Esta Iglesia va a ser grande y gloriosa, imponente y magnífica. Verás como el templo, que empezó tan insignificante, ha llegado a formar una parte necesaria de la obra maestra que Dios está haciendo, su Iglesia Universal.

Cada uno de nuestros templos hace falta, como una hilera de piedras, en el Templo de Dios. Si falta, ¡la pared se colapsa! Cada creyente es importante, vital, ¡o la iglesia tiene un agujero donde falta esta piedra! Cada iglesia local, con los creyentes que la componen, es una parta esencial de la Iglesia Grande y universal que Dios está construyendo, y sin ella no sería completa.

Así que, ahora no desprecias tu pequeña iglesia. Es una parte necesaria y vital en la grande, inmensa y gloriosa Templo de Dios que durará eternamente.“La gloria postrera de esta Casa será mayor que la primera, y en este lugar daré paz, dice YHVH Sebaot”. La gloria postrera será la gloria del Templo hecho de piedras vivas con Cristo como Piedra del Ángulo y la Piedra del Coronamiento. Y habrá paz. Es la paz obrada por la Sangre de Cristo que nos ha reconciliado con Dios, la misma paz de Dios. Y habrá paz entre los hombres, paz universal para siempre. ¡Amén! 

Enviado por: Hno. Mario Caballero

Tus valores

“No piensas lo de Dios sino lo de los hombres” (Mat. 16:23).

            Después de la confesión de Pedro cuando reconoce que Jesús es “el Mesías, el Hijo del Dios viviente” (v. 16), Jesús empezó a preparar a sus discípulos para la Cruz: “Desde entonces Jesús comenzó a declarar a sus discípulos que debía ir a Jerusalem y padecer muchos de parte de los ancianos…y ser muerto, y ser resucitado al tercer día” (v. 21). Pedro se horrorizó: “Señor, ten compasión de Ti. De ningún modo te suceda esto” (v. 22), y Jesús le respondió: “…Me eres tropiezo, pues no piensas lo de Dios sino lo de los hombres” (v. 23). Vamos a pararnos aquí para analizar esta frase lleno de significado. ¿Qué quería decir Jesús con “no piensas lo de Dios, sino lo de los hombres”? Significa tener una mentalidad humana, carnal, mundana; es pensar igual que todos los demás en lugar de pensar cómo Dios piensa. Esta es la cuestión: ¿Pensamos como la gente del mundo o pensamos como Dios? ¿Tenemos una mentalidad carnal o una mentalidad cristiana?

            Pedro pensaba que ya que Jesús era el Mesías, el Rey, debería acceder al poder como todos los reyes: derrocar el gobierno actual y establecerse como Rey. Podría incluso usar la fuerza, si era necesario, o conseguir el poder poniendo las multitudes de su parte como hacen los políticos. Esta es la mentalidad humana. La de Cristo es muy diferente, es la mentalidad de la Cruz, ¡no solo para sí mismo, sino también para todos sus seguidores!: “Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame” (v. 24).

            La mentalidad popular es buscar lo que nos interesa. La espiritual es negarnos a nosotros mismos. La carnal es usar nuestra vida para nuestros fines. La espiritual es desprendernos de nuestra vida para servir a Dios. Jesús dijo a continuación: “El que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por causa de Mi, la hallará” (v. 25). Según la mentalidad mundana la vida vale más que el alma. No valora el alma. ¡Algunos incluso ignoran que tengan alma! La mentalidad espiritual es que no importa lo que pasa con mi vida con tal de salvar mi alma: “Pues, ¿qué provecho sacará el hombre si gana todo el mundo, pero malogra su alma? O, ¿qué dará el hombre a cambio de su alma?” (v. 26). La mentalidad carnal es que esta vida lo es todo. La mentalidad espiritual es que hay que sacrificar esta vida para la otra: “Porque el Hijo del Hombre está al venir en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces recompensará a cada uno según su conducta” (v. 27). Los de este mundo no valoren la vida venidera. Todo su empeño es en vivir bien ahora, tener ahora, prosperar ahora, pasarlo bien ahora, en un palabra, es ¡reinar ahora!, no después de la Cruz. Quiere todo ya. La persona carnal no sacrificaría el presente por amor al futuro.

            Jesús estaba presentando argumentos para cambiar el enfoque de Pedro. ¿Qué mentalidad es la mía? ¿Valoro el Reino de Dios, el día cuando “el Hijo del Hombre vendrá en su reino”, o quiero el plato de lentejas ahora? ¿Para ti es más importante tu bienestar en esta vida que en la otra? Pedro aprendió la lección, y abrazó su cruz. Y, según la tradición, años más tarde literalmente sufrió la muerte de cruz.“Oh Dios, ayúdanos a valorar las cosas eternas, a tener la perspectiva correcta, a ser sensatos y pensar en la eternidad, y estar dispuestos a sufrir aquí para reinar allí. Amén”. 

Enviado por: Hno. Mario Caballero

A %d blogueros les gusta esto: