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Gran fealdad

GRAN FEALDAD

“Por tanto, así dijo Jehová: Preguntad ahora a las naciones, quién ha oído cosa semejante. Gran fealdad ha hecho la virgen de Israel” (Jer. 18:13).

            Nuestro pecado no es poca casa. Somos capaces de cometer grandes barbaridades, de hacer cosas terribles. ¿Qué fue el pecado tan grande de Israel que había provocado la ira de Dios? Dios mismo lo cuenta: “Porque me dejaron, y enajenaron este lugar, y ofrecieron en el incienso a dioses ajenos, los cuales no habían conocido ellos, ni sus padres, ni los reyes de Judá; y llenaron este lugar de sangre de (niños) inocentes. Y edificaron lugares altos a Baal, para quemar con fuego a sus hijos en holocausto al mismo Baal, cosa que no les mandé, ni hablé, ni me vino al pensamiento” (Jer. 19: 4, 5). ¡Estaban degollando a sus hijos y sacrificándolos a Baal! ¡Inimaginable horror! Es el fondo de la depravación humana. El culto a Dios nunca incluía estas atrocidades. Para Dios era impensable que unos padres matasen a sus hijos. Dios cambió el nombre del lugar de sacrificio humano al: “Valle de la matanza” (v.6).

            Dios esta atónito ante semejante barbarie. Olvidar a Dios y cometer estas atrocidades es algo tan fuera de lo natural como lo es un desierto sin arena o cumbres de montañas sin nieve. No se da en la natureleza. Pero el pueblo de Dios había olvidad a su Dios ofreciendo a sus hijos en sacrificio a ídolos. Es anti-natural. Este es el gran pecado de Israel que acarreó la ira de Dios, y la consecuencia será su destrucción: “Y desvaneceré el consejo de Judá y de Jerusalén en este lugar, y les haré caer a espada delante de sus enemigos, y en las manos de los que buscan sus vidas; y daré sus cuerpos para comida a las aves del cielo y las bestias de la tierra” (v. 7).

La solución:

Israel pensó en la manera de solucionar su situación: ¡matar a Jeremías! ¡Claro! Así todo quedaría resuelto. Se silencia la voz que denunciaba su maldad (v. 18 y 23). Vemos, pues, que Israel ha tomado dos decisiones importantes: (1), la de no dejar su pecado, sino “de hacer cada uno según el pensamiento de su malvado corazón”, y (2), la de quitar de en medio a la persona que les señalaba su pecado.  ¡Perfecto! ¿No es esta la manera en que muchos de nosotros reaccionamos? Primeramente, no hacer caso al que nos muestra nuestra error, sino ratificar que tenemos toda intención de seguir en él, y luego, romper toda relación con la persona que nos dice la verdad que no queremos oír. Si es un amigo, cortar. Si es un pastor, dejar de ir a la iglesia. Si son los padres, ignorarles, cerrarles el corazón y no hacerles caso. Así es la perversidad del corazón humano. ¡Qué Dios nos libre! 

Padre amado, hazme dócil y abierto a la corrección. Cuando me señalan mi pecado, haz que atienda, qué sea una persona dispuesta a escuchar y rectificar, para mi propio bien y para el testimonio del evangelio. Por amor a Cristo te lo pido, amén.   

Enviado por el Hno. Mario Caballero

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