Mes: diciembre 2019

Mesa de negociación

“Para reconciliar con Dios a los dos en un solo cuerpo mediante la cruz, sobre la cual puso fin a las enemistades.” Efesios 2:16

Reunidos frente a frente en la mesa de negociación, los enemigos esperan la llegada de un mediador. Necesitan a uno que quite los conflictos y resuelva las divisiones que han crecido durante mucho tiempo. En esa mesa se negocia el futuro de muchos, pero el mediador sabe lo que debe hacer y no tiene miedo de exponer todos los argumentos que llevaron a que la situación se volviera insostenible. El mediador propone una solución: la reconciliación. Pero, ¿cómo lograrla? ¿Quién va a ceder? ¿Quién va a dar el primer paso para reconciliarse? Aquí vemos cómo viven los seres humanos: enfrentados, en conflicto, peleados, despreciándose mutuamente y llenos de preguntas sin respuesta, porque no saben ni pueden encontrar una solución.

La buena noticia es que a este mundo ya vino un mediador llamado Jesús. Él es quien propone el camino de la reconciliación. Pero no lo propone diciendo qué debemos hacer, sino que él mismo lo hace. La reconciliación le pertenece, es su obra suprema. En Jesús caen los muros de separación, se superan las divisiones y, lo que parecía irremediablemente condenado a la oposición y discriminación, ahora puede cambiar en una nueva realidad que él mismo inaugura. La mesa de negociación de Jesús es única, porque tiene forma de cruz. Sobre ella él expone los argumentos de la reconciliación: su santa y preciosa sangre derramada por toda la humanidad. La cruz del Salvador carga todo el odio, desprecio, maltrato, descuido y enfrentamientos posibles para que, al tomarlos Jesús sobre sí mismo, pueda ofrecernos su perdón, amor, solidaridad, sacrificio y salvación. Ahora Jesús reúne a su alrededor a todos los que creen, confían y esperan reconciliados el cumplimiento de sus promesas eternas. Los hijos de Dios reconciliados y unidos como un solo cuerpo son la iglesia que habla y vive de acuerdo a lo que recibe y disfruta del Señor Jesús.

Por CPTLN

Arrepentimiento sincero

Lucas 3:7-14

Produzcan frutos dignos de arrepentimiento y no comiencen a decirse: “Tenemos a Abraham por padre”. (Lc 3: 8a)

Ser considerados “raza de víboras” no es precisamente un elogio. Sin embargo, ese es el duro apelativo que debe usar Juan el Bautista contra aquellos que se acercan buscando ser bautizados. El profeta sabe bien que no están sinceramente arrepentidos, sino que su actitud es apenas un simulacro. Esa gente cree que no tienen nada que cambiar, que no deben renunciar ni a su orgullo ni a su justicia. Es más, se escudan diciendo: “tenemos a Abraham por padre”.

Pero el arrepentimiento que Juan predica es algo totalmente distinto de un mero gesto exterior. Demanda un cambio de la mente y del corazón, un cambio que se evidencia en frutos de amor y de justicia. No es un traje de bondadosos que nos colocamos para negociar una mejor condición ante Dios o el prójimo. Es dolor por el pecado, un cambio desde la raíz. Es muerte a una forma de ser y fe en el cambio que Dios opera en nosotros. El arrepentimiento sincero no es un parche exterior; es obra de un Dios justo y misericordioso en nuestro ser.

La venida del Mesías demanda ese cambio en nosotros. Celebrar una navidad auténtica implica tal arrepentimiento. La venida de Jesús nos abre la puerta a una auténtica reconciliación con Dios. El Dios justo, que pone al descubierto nuestra maldad y pecado, es el mismo que por causa de Jesús nos perdona, nos renueva y nos permite producir auténticos frutos de arrepentimiento. Son más que simples parches externos. Son obras frescas, espontáneas, que ya no pretenden sobornar a Dios, sino que brotan de un corazón restaurado por la gracia divina.

Por CPTLN

Anuncios programación 2020

Gracias por tu apoyo durante el año 2019. A continuación encuentras el vínculo hacia el audio relacionado a los anuncios de la programación para el nuevo año 2020 con el favor del Señor. Esperamos seguir contando contigo. Que sea un año de bendición y grandes victorias, amén. Ir y escuchar aquí

https://www.ministeriotv.com/video/anuncios-ao-2020-18836

Tres pasos . . . de fe

“Sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que (1) se acerca a Dios (2) crea que le hay, y que es galardonador de los que le (3) buscan” (Heb. 11:6).

Creer.

Cuando nos acercamos a Dios en oración para pedirle algo, es necesario creer dos cosas: que Dios existe y que recompensa a los que le buscan con sinceridad. A algunos, la primera no nos cuesta nada. Estamos más que convencidos de que Dios existe. Pero la segunda es donde fallamos. Nos cuesta creer que Dios nos va a recompensar con la recompensa que estamos pidiendo. Si le buscas, tendrás el premio. Esto es lo que texto dice. ¿Qué premio queremos? Recibir lo que estamos pidiendo. Por esto lo estamos pidiendo, para recibirlo. “Y esta es la confianza que tenemos en él, que sí pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosas que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho” (1 Juan 5: 14, 15). Tú pides alguna cosa sabiendo que es la voluntad de Dios dártela, porque pides algo que sabes que Dios quiere que tengas; entonces sabes que Dios te da lo que pides y que ya lo tienes. 

Descansar.

“No les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron, pero los que hemos creído entramos en el reposo” (Heb. 4:2, 3).

El autor está hablando del reposo de la fe. Los que creyeron la palabra cesaron de hacer las obras de la ley para salvarse y entraron en el descanso de creer que Cristo ya les ha conseguido la salvación por su obra en la Cruz. Aplicando este principio a nuestro tema, vemos que la fe en la Palabra de Dios conduce al descanso. “El descanso de la fe” es creer que Dios va a cumplir su promesa y ya no estás pidiendo con angustia aquella cosa, porque estás descansando en que ya la tienes. Esta es fe. Tienes paz. Dios te ha escuchado y está en ello y tú lo tendrás cuando Él lo ve conveniente.  

Vivir.

“El justo por su fe vivirá” (Hab. 2:4; Rom. 1:17; Gal. 3:11; Heb. 10:38).

El texto no dice que el justo por su fe creerá, sino vivirá. Vives creyendo. Ya no estás parado en aquel punto, angustiado, rogando y suplicando, sino descansando en que ya lo tienes, y sigues adelante con tu vida. Vives con la seguridad que ya tienes lo que has pedido al Señor. Ya puedes darle las gracias. ¡Esta es vida! La Palabra de Dios te ha dado vida y vives confiado en ella.

            Según Hebreos 11:6, esto es lo que a Dios le agrada.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Paz en la tierra

“Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:13, 14).

            Tras el cántico de los ángeles han transcurrido 2,000 años de maldad. Su mensaje parece ser burlado por conflictos y guerras, desde peleas familiares, tribales, civiles, hasta guerras mundiales: guerras de egoísmo, guerras de ideologías y guerras de religiones. En nombre de la igualdad, justicia, y libertad hemos matado el uno al otro para hacer un mundo mejor, pero cada guerra solo ha servido para marcar un paso más en la degeneración del ser humano y de la sociedad.

            Jesús no vino para traer una paz política, libración del opresor, sino liberación de la raíz de todo mal, a saber, de la tiranía del pecado en el corazón del hombre, de la avaricia, codicia, odio, egoísmo, crueldad, ira, contienda, lujuria, desenfreno, engaño, rebeldía, abuso, deseo carnal y locura. Cambiando el corazón de la persona, se cambia el país y el mundo. El evangelio es la única solución para el mal de este mundo, es decir, el evangelio de poder que convierte el hombre de guerra en hombre de paz, para que ya no mate al enemigo, sino que lo ame y lo bendiga y le haga bien. Esto es lo que el Señor Jesús ensenó ( Mat. 5:44). Su Espíritu es el poder que lo logra.

            El mundo no va caminando hacia libertad, fraternidad e igualdad; la última guerra mundial no hizo el mundo apto para la democracia. El comunismo no trajo igualdad y justicia, ni eliminó la corrupción. Un estado islámico no va a traer la moralidad al mundo, ni la burka va a frenar la lujuria. No ha portado el libertinaje una ética viable, sino abortos, divorcios y la destrucción de la familia. La liberación de la mujer solo ha contribuido más a la pérdida de su feminidad y maternidad. El mundo ha probado todas las ideologías, todas las religiones y clases de gobierno, y todavía no hemos avanzado más allá de los días de Caín y Abel, de la envidia, el odio y el fratricidio.   

            Con todo, los ángeles tenían razón. Jesús vino para traer paz al corazón quebrantado, y cuando él reine sobre el trono de su padre David habrá paz en el mundo. Mientras tanto, “¡Cuán hermosos son los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación! (Is. 52:7). Vamos a apresurarnos a traer el evangelio de paz a un mundo que no tiene ninguna otra esperanza.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Adorando al niño, que en belén está

“Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron” (Mateo 2:11).

Esta fue la reacción de los magos al entrar en la casa y ver al niño Jesús: le adoraron. Hay muchos himnos navideños que nos invitan a adorar al Niño, como el que citamos en el anunciado y, en principio, estamos de acuerdo. El problema es ¡que no lo hacemos! Los protestantes no adoramos a alguien que no se entera de lo que le estamos diciendo, a diferencia de muchos católicos que están acostumbrados a presentarse delante de estatuas y orar. No adoramos al Niño Jesús, y tampoco al Cristo muerto en la cruz, porque queremos llegar al Señor y agradarle con nuestra adoración, y en ambos casos, no nos puede entender. Para nosotros, la adoración es comunicación; no es decir frases a algo, o a alguien, que no nos puede oír, entender o responder, o bien porque es demasiado pequeño, o bien porque está muerto. Por eso, entre otros motivos, no oramos a crucifijos.

Hablar con algo que no oye es la esencia de la idolatría (Salmo 115:3-11). La adoración de la Virgen y de los santos cae en esta categoría. ¿Cuántas persona dicen: “Ave María, llena de gracia” a una estatua y piensan que la verdadera María en el cielo les ha oído, que han conectado con ella y establecido una relación con ella? En una verdadera adoración uno siente que la otra Persona ha recibido su devoción, está contenta y se siente complacida, amada y correctamente reconocida.

La adoración a Dios es muy diferente a la que se rinde ante una imagen. Dios no se siente adulado o halagado, o orgullosamente ansioso de recibir más alabanzas; no tiene un deseo insaciable de ser adorado, como en el culto a Baal, por ejemplo, sino más bien se siente complacido y contento de ser correspondido en su amor para con nosotros. Él es Dios y al adorarle estamos ocupando el lugar que nos corresponde como sus criaturas delante de su grandeza y majestad.

En nuestros himnos navideños, nuestra adoración toma la forma de reconocer quién es el Bebé en el pesebre, pero dirigimos nuestra adoración a Dios en el cielo, no al Niño Divino, porque ya no es un niño, sino Dios omnipotente. Los pastores no adoraron al Niño (ver Lu. 2:16, 17), sino a Dios: “Y volvieron los pastores glorificando a alabando a Dios” (Lu. 2:20). Los magos sí adoraron al Niño Jesús en el sentido que reconocieron que Él es el Cristo, el Mesías y el Salvador de todas las naciones. Y Dios en el cielo vio y oyó y recibió sus presentes y respondió a su adoración comunicándose con ellos, enviándoles un sueño acerca de la intención de Herodes y diciéndoles qué ruta debían tomar para volver a casa. Les condujo de nuevo habiendo confirmado su fe en que este Bebé realmente es el Salvador del mundo, haciéndoles saber que había recibido su adoración, encargándoles como sus delegados para comunicar las Buenas Nuevas en Oriente.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

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