Mes: diciembre 2019

Mesa de negociación

“Para reconciliar con Dios a los dos en un solo cuerpo mediante la cruz, sobre la cual puso fin a las enemistades.” Efesios 2:16

Reunidos frente a frente en la mesa de negociación, los enemigos esperan la llegada de un mediador. Necesitan a uno que quite los conflictos y resuelva las divisiones que han crecido durante mucho tiempo. En esa mesa se negocia el futuro de muchos, pero el mediador sabe lo que debe hacer y no tiene miedo de exponer todos los argumentos que llevaron a que la situación se volviera insostenible. El mediador propone una solución: la reconciliación. Pero, ¿cómo lograrla? ¿Quién va a ceder? ¿Quién va a dar el primer paso para reconciliarse? Aquí vemos cómo viven los seres humanos: enfrentados, en conflicto, peleados, despreciándose mutuamente y llenos de preguntas sin respuesta, porque no saben ni pueden encontrar una solución.

La buena noticia es que a este mundo ya vino un mediador llamado Jesús. Él es quien propone el camino de la reconciliación. Pero no lo propone diciendo qué debemos hacer, sino que él mismo lo hace. La reconciliación le pertenece, es su obra suprema. En Jesús caen los muros de separación, se superan las divisiones y, lo que parecía irremediablemente condenado a la oposición y discriminación, ahora puede cambiar en una nueva realidad que él mismo inaugura. La mesa de negociación de Jesús es única, porque tiene forma de cruz. Sobre ella él expone los argumentos de la reconciliación: su santa y preciosa sangre derramada por toda la humanidad. La cruz del Salvador carga todo el odio, desprecio, maltrato, descuido y enfrentamientos posibles para que, al tomarlos Jesús sobre sí mismo, pueda ofrecernos su perdón, amor, solidaridad, sacrificio y salvación. Ahora Jesús reúne a su alrededor a todos los que creen, confían y esperan reconciliados el cumplimiento de sus promesas eternas. Los hijos de Dios reconciliados y unidos como un solo cuerpo son la iglesia que habla y vive de acuerdo a lo que recibe y disfruta del Señor Jesús.

Por CPTLN

Arrepentimiento sincero

Lucas 3:7-14

Produzcan frutos dignos de arrepentimiento y no comiencen a decirse: “Tenemos a Abraham por padre”. (Lc 3: 8a)

Ser considerados “raza de víboras” no es precisamente un elogio. Sin embargo, ese es el duro apelativo que debe usar Juan el Bautista contra aquellos que se acercan buscando ser bautizados. El profeta sabe bien que no están sinceramente arrepentidos, sino que su actitud es apenas un simulacro. Esa gente cree que no tienen nada que cambiar, que no deben renunciar ni a su orgullo ni a su justicia. Es más, se escudan diciendo: “tenemos a Abraham por padre”.

Pero el arrepentimiento que Juan predica es algo totalmente distinto de un mero gesto exterior. Demanda un cambio de la mente y del corazón, un cambio que se evidencia en frutos de amor y de justicia. No es un traje de bondadosos que nos colocamos para negociar una mejor condición ante Dios o el prójimo. Es dolor por el pecado, un cambio desde la raíz. Es muerte a una forma de ser y fe en el cambio que Dios opera en nosotros. El arrepentimiento sincero no es un parche exterior; es obra de un Dios justo y misericordioso en nuestro ser.

La venida del Mesías demanda ese cambio en nosotros. Celebrar una navidad auténtica implica tal arrepentimiento. La venida de Jesús nos abre la puerta a una auténtica reconciliación con Dios. El Dios justo, que pone al descubierto nuestra maldad y pecado, es el mismo que por causa de Jesús nos perdona, nos renueva y nos permite producir auténticos frutos de arrepentimiento. Son más que simples parches externos. Son obras frescas, espontáneas, que ya no pretenden sobornar a Dios, sino que brotan de un corazón restaurado por la gracia divina.

Por CPTLN

Anuncios programación 2020

Gracias por tu apoyo durante el año 2019. A continuación encuentras el vínculo hacia el audio relacionado a los anuncios de la programación para el nuevo año 2020 con el favor del Señor. Esperamos seguir contando contigo. Que sea un año de bendición y grandes victorias, amén. Ir y escuchar aquí

https://www.ministeriotv.com/video/anuncios-ao-2020-18836

Tres pasos . . . de fe

“Sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que (1) se acerca a Dios (2) crea que le hay, y que es galardonador de los que le (3) buscan” (Heb. 11:6).

Creer.

Cuando nos acercamos a Dios en oración para pedirle algo, es necesario creer dos cosas: que Dios existe y que recompensa a los que le buscan con sinceridad. A algunos, la primera no nos cuesta nada. Estamos más que convencidos de que Dios existe. Pero la segunda es donde fallamos. Nos cuesta creer que Dios nos va a recompensar con la recompensa que estamos pidiendo. Si le buscas, tendrás el premio. Esto es lo que texto dice. ¿Qué premio queremos? Recibir lo que estamos pidiendo. Por esto lo estamos pidiendo, para recibirlo. “Y esta es la confianza que tenemos en él, que sí pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosas que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho” (1 Juan 5: 14, 15). Tú pides alguna cosa sabiendo que es la voluntad de Dios dártela, porque pides algo que sabes que Dios quiere que tengas; entonces sabes que Dios te da lo que pides y que ya lo tienes. 

Descansar.

“No les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron, pero los que hemos creído entramos en el reposo” (Heb. 4:2, 3).

El autor está hablando del reposo de la fe. Los que creyeron la palabra cesaron de hacer las obras de la ley para salvarse y entraron en el descanso de creer que Cristo ya les ha conseguido la salvación por su obra en la Cruz. Aplicando este principio a nuestro tema, vemos que la fe en la Palabra de Dios conduce al descanso. “El descanso de la fe” es creer que Dios va a cumplir su promesa y ya no estás pidiendo con angustia aquella cosa, porque estás descansando en que ya la tienes. Esta es fe. Tienes paz. Dios te ha escuchado y está en ello y tú lo tendrás cuando Él lo ve conveniente.  

Vivir.

“El justo por su fe vivirá” (Hab. 2:4; Rom. 1:17; Gal. 3:11; Heb. 10:38).

El texto no dice que el justo por su fe creerá, sino vivirá. Vives creyendo. Ya no estás parado en aquel punto, angustiado, rogando y suplicando, sino descansando en que ya lo tienes, y sigues adelante con tu vida. Vives con la seguridad que ya tienes lo que has pedido al Señor. Ya puedes darle las gracias. ¡Esta es vida! La Palabra de Dios te ha dado vida y vives confiado en ella.

            Según Hebreos 11:6, esto es lo que a Dios le agrada.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Paz en la tierra

“Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:13, 14).

            Tras el cántico de los ángeles han transcurrido 2,000 años de maldad. Su mensaje parece ser burlado por conflictos y guerras, desde peleas familiares, tribales, civiles, hasta guerras mundiales: guerras de egoísmo, guerras de ideologías y guerras de religiones. En nombre de la igualdad, justicia, y libertad hemos matado el uno al otro para hacer un mundo mejor, pero cada guerra solo ha servido para marcar un paso más en la degeneración del ser humano y de la sociedad.

            Jesús no vino para traer una paz política, libración del opresor, sino liberación de la raíz de todo mal, a saber, de la tiranía del pecado en el corazón del hombre, de la avaricia, codicia, odio, egoísmo, crueldad, ira, contienda, lujuria, desenfreno, engaño, rebeldía, abuso, deseo carnal y locura. Cambiando el corazón de la persona, se cambia el país y el mundo. El evangelio es la única solución para el mal de este mundo, es decir, el evangelio de poder que convierte el hombre de guerra en hombre de paz, para que ya no mate al enemigo, sino que lo ame y lo bendiga y le haga bien. Esto es lo que el Señor Jesús ensenó ( Mat. 5:44). Su Espíritu es el poder que lo logra.

            El mundo no va caminando hacia libertad, fraternidad e igualdad; la última guerra mundial no hizo el mundo apto para la democracia. El comunismo no trajo igualdad y justicia, ni eliminó la corrupción. Un estado islámico no va a traer la moralidad al mundo, ni la burka va a frenar la lujuria. No ha portado el libertinaje una ética viable, sino abortos, divorcios y la destrucción de la familia. La liberación de la mujer solo ha contribuido más a la pérdida de su feminidad y maternidad. El mundo ha probado todas las ideologías, todas las religiones y clases de gobierno, y todavía no hemos avanzado más allá de los días de Caín y Abel, de la envidia, el odio y el fratricidio.   

            Con todo, los ángeles tenían razón. Jesús vino para traer paz al corazón quebrantado, y cuando él reine sobre el trono de su padre David habrá paz en el mundo. Mientras tanto, “¡Cuán hermosos son los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación! (Is. 52:7). Vamos a apresurarnos a traer el evangelio de paz a un mundo que no tiene ninguna otra esperanza.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Adorando al niño, que en belén está

“Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron” (Mateo 2:11).

Esta fue la reacción de los magos al entrar en la casa y ver al niño Jesús: le adoraron. Hay muchos himnos navideños que nos invitan a adorar al Niño, como el que citamos en el anunciado y, en principio, estamos de acuerdo. El problema es ¡que no lo hacemos! Los protestantes no adoramos a alguien que no se entera de lo que le estamos diciendo, a diferencia de muchos católicos que están acostumbrados a presentarse delante de estatuas y orar. No adoramos al Niño Jesús, y tampoco al Cristo muerto en la cruz, porque queremos llegar al Señor y agradarle con nuestra adoración, y en ambos casos, no nos puede entender. Para nosotros, la adoración es comunicación; no es decir frases a algo, o a alguien, que no nos puede oír, entender o responder, o bien porque es demasiado pequeño, o bien porque está muerto. Por eso, entre otros motivos, no oramos a crucifijos.

Hablar con algo que no oye es la esencia de la idolatría (Salmo 115:3-11). La adoración de la Virgen y de los santos cae en esta categoría. ¿Cuántas persona dicen: “Ave María, llena de gracia” a una estatua y piensan que la verdadera María en el cielo les ha oído, que han conectado con ella y establecido una relación con ella? En una verdadera adoración uno siente que la otra Persona ha recibido su devoción, está contenta y se siente complacida, amada y correctamente reconocida.

La adoración a Dios es muy diferente a la que se rinde ante una imagen. Dios no se siente adulado o halagado, o orgullosamente ansioso de recibir más alabanzas; no tiene un deseo insaciable de ser adorado, como en el culto a Baal, por ejemplo, sino más bien se siente complacido y contento de ser correspondido en su amor para con nosotros. Él es Dios y al adorarle estamos ocupando el lugar que nos corresponde como sus criaturas delante de su grandeza y majestad.

En nuestros himnos navideños, nuestra adoración toma la forma de reconocer quién es el Bebé en el pesebre, pero dirigimos nuestra adoración a Dios en el cielo, no al Niño Divino, porque ya no es un niño, sino Dios omnipotente. Los pastores no adoraron al Niño (ver Lu. 2:16, 17), sino a Dios: “Y volvieron los pastores glorificando a alabando a Dios” (Lu. 2:20). Los magos sí adoraron al Niño Jesús en el sentido que reconocieron que Él es el Cristo, el Mesías y el Salvador de todas las naciones. Y Dios en el cielo vio y oyó y recibió sus presentes y respondió a su adoración comunicándose con ellos, enviándoles un sueño acerca de la intención de Herodes y diciéndoles qué ruta debían tomar para volver a casa. Les condujo de nuevo habiendo confirmado su fe en que este Bebé realmente es el Salvador del mundo, haciéndoles saber que había recibido su adoración, encargándoles como sus delegados para comunicar las Buenas Nuevas en Oriente.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Navidad, tiempo de luz y esperanza

Las calles, las tiendas, las casas, todo se llena de luces por Navidad. ¿Cuál es el verdadero significado de tanta luz? Para muchos es sólo un reclamo comercial a fin de estimular el consumo, más ahora en una época de crisis económica. Para otros es un mero símbolo de una celebración dominada por el paganismo y el hedonismo en el que, a lo sumo, se celebra la «fiesta de la familia». Es triste comprobar cómo la inmensa mayoría de niños y jóvenes, pero también muchos adultos desconocen por completo el verdadero sentido de las luces navideñas. Para los cristianos la respuesta es clara: recordamos el nacimiento de «Aquel que es la luz del mundo» (Jn. 1:9), la luz por excelencia que alumbra las tinieblas de vidas vacías y sin sentido, la luz que acaba con la oscuridad y el dolor de tantas relaciones rotas, de tantas heridas por el egoísmo del corazón humano, de tantas infidelidades y miserias.

Esta luz simboliza, por tanto, esperanza, una esperanza resumida en el mensaje navideño por excelencia: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz…». Adviento es tiempo de esperanza, pero no es una mera esperanza humanista en que las cosas irán mejor en el mundo y en mi vida el año próximo, una esperanza que no va más allá del horizonte humano. Cristo, Aquel en quien no hay oscuridad alguna, nos ofrece vida abundante aquí y ahora (Jn. 10:10), pero la esperanza de la Navidad apunta sobre todo al futuro, tiene una dimensión que se remonta por encima de las circunstancias presentes y con los ojos de la fe contempla un paisaje pletórico de gozo y de consuelo.

Veamos algunos aspectos de este paisaje que constituyen las razones de nuestra esperanza. ¿Qué esperamos? El apóstol Pedro lo describe como una «herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros» (1 P. 1:4). A la luz de la enseñanza de Pablo (2 Co. 4:14-5:8) esta herencia contiene, entre otras, tres grandes realidades:

  • La promesa de una reunión futura: el cielo como una gran fiesta
  • La promesa de una casa futura: el cielo como una mansión («morada»)
  • La promesa de una recompensa: la corona de gloria, de justicia y de vida

Por la gran riqueza del tema, dejaremos para otro artículo la consideración sobre la recompensa y nos centraremos en las dos primeras promesas, cada una de ellas introducida por Pablo con una afirmación llena de convicción y seguridad: «sabemos». El apóstol no está hablando de especulaciones o meras intuiciones personales, sino de certezas.

La promesa de una reunión futura: el cielo como una gran fiesta

«…sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús y nos presentará juntamente con vosotros» (2 Co. 4:14).

«Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero» (Ap. 7:9).

La esencia del cielo estriba en una relación bidimensional: con Dios y con Cristo primero, pero también con nuestros hermanos y hermanas que componen la gran familia de Cristo. Nuestra vida en el cielo no será una experiencia individual. El contemplar esta dimensión comunitaria es uno de los ingredientes más preciosos de nuestra esperanza. En el Nuevo Testamento el cielo se describe como la gran reunión de todos los santos, todos los que creyeron en Jesucristo. Esa gran reunión será tan feliz y gozosa que se compara a un banquete de bodas. Sí, el banquete de bodas del Cordero: «Y el ángel me dijo: Escribe: Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero» (Ap. 19:9).

Esta reunión incluye el re-encuentro con aquellos seres queridos que nos han precedido, nuestros padres, hermanos, amigos. Ahí tenemos uno de los aspectos más consoladores de la esperanza cristiana: vamos a vernos otra vez, por ello los creyentes no dicen nunca «adiós», un adiós para siempre, sino «hasta luego». La separación causada por la muerte es «por un poco de tiempo». Hay un día de gran dolor -el día de la muerte, día de separación- pero hay también un día de gozo inefable, el día de la gran reunión. En aquel día se demostrará, y nosotros lo comprobaremos, la exultante afirmación de Pablo: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado» (1 Co. 15:55).

Ahí es donde empezamos a entender por qué la Navidad es luz, por qué Cristo alumbra nuestra oscuridad. Jesús nació para vencer a la muerte. Cristo, al borrar nuestros pecados en la cruz «quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad» (2 Ti. 1:10). Dado que la muerte ha perdido su poder de dañar, ya no nos aterroriza. La muerte sigue siendo un enemigo, pero es un enemigo derrotado. En palabras del autor de Hebreos desaparece el “terror”: «para… por medio de su muerte… librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre» (Heb. 2:14).

El día en que Jesús resucitó de los muertos fue «el día en que la muerte murió». Gracias a este acontecimiento, el vacío doloroso por la ausencia de la persona querida -vacío que se hace más intenso en estas fechas navideñas- queda mitigado por el bálsamo que supone la esperanza de volver a vernos. Esta Navidad la reunión en familia puede ser incompleta porque faltan aquellos a los que hemos amado; pero nuestro gozo es completo porque esperamos el gran banquete, otra magna celebración con Cristo como centro. En aquel día, sin embargo, no celebraremos un nacimiento que lleva inevitablemente a la muerte, sino la victoria suprema de Aquel «ante cuyo nombre se doblará toda rodilla de los que están en los cielos… y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre» (Fil. 2:10-11).

Por tanto, la Navidad es un recuerdo, un memorial, pero es sobre todo un anticipo de gloria, la aurora de una luz que alcanzará su cenit esplendoroso en el día del banquete de las Bodas del Cordero, el Hijo amado cuyo nacimiento recordamos estos días.

La promesa de una casa futura: el cielo como una mansión

«Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial» (2 Co. 5:1-2).

Pablo compara la vida en la tierra a una tienda de campaña; es frágil, puede deshacerse fácilmente. Sin embargo, muchas personas hoy viven de espaldas a esta realidad: pensamos que la muerte no nos ha de llegar nunca. ¡Cuán a menudo la muerte viene de forma inesperada, «como ladrón en la noche»! Ciertamente, nuestra vida en esta tierra es muy frágil, y nos pueden llamar a abandonar la «tienda» inesperadamente, en cualquier momento.

«Pero…», dice Pablo, introduciendo uno de sus llamativos contrastes, cuando esta tienda terrenal se destruya, tenemos otro hogar que es mucho mejor. Compara deliberadamente ambas moradas y nos describe cómo será nuestra nueva casa en el cielo:

  • Es un edificio, no una tienda de campaña: una estructura mucho más sólida.
  • El constructor y arquitecto es el propio Dios: no está hecha por manos humanas.
  • Está situada en el cielo, no en este mundo.

Esta morada sólida, eterna e incorruptible contrasta con la precariedad de nuestro frágil cuerpo que se «va desgastando de día en día». ¡Ciertamente es mejor vivir en una casa así que en una tienda de campaña! Por ello Pablo expresa su preferencia: «mas quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor» (2 Co. 5:8).

El propio Señor Jesús nos prometió esta morada futura en los cielos: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Jn. 14:1-3). ¡Resulta difícil leer estas palabras sin emocionarse! Recordemos el contexto de tribulación en el que se pronunciaron: la muerte de Jesús estaba muy cerca. Nuestro Señor tenía en mente un propósito claro: consolar a sus discípulos y prepararlos para los tristes acontecimientos que se avecinaban. Jesús anticipa el duelo de sus amigos y fortalece su esperanza con la maravillosa promesa de las «moradas» o «mansiones» celestiales en la casa del Padre. Por ello les dice «no se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí» (Jn. 14:1). Un gran consuelo nos embarga cuando contemplamos esa nueva casa.

La resurrección de Jesús, garantía de nuestra esperanza

«Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente» (Jn. 11:25-26).

Ésta es una de las frases más trascendentales que Jesús pronunció. Él se convierte en la garantía de nuestra propia resurrección porque él mismo resucitó de los muertos. Notemos que la doble promesa de esta frase, «vivirá… no morirá», implica no sólo que sobreviviremos, sino que resucitaremos; no se trata de una mera inmortalidad del alma, sino de la resurrección del cuerpo.

El fundamento y la seguridad de nuestra esperanza descansan, por tanto, en la resurrección corporal de Cristo. Porque, en palabras de Pablo, «si Cristo no ha resucitado, vana es entonces nuestra fe» (1 Co. 15:17). Esta esperanza triple en una reunión, una mansión y una recompensa futuras iluminan cualquier sombra de dolor, llanto o clamor en estos días de Adviento y nos llevan a exclamar «…mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo» (1 Co. 15:55-56). Éste es el mejor regalo de la Navidad, no hay otro mayor.

Por todo ello nos unimos a Händel y cantamos con gozo y confianza:

A ti la gloria, ¡Oh nuestro Señor!,
A ti la victoria, gran libertador.
Te alzaste pujante, lleno de poder,
Más que el sol radiante al amanecer

Libre de penas, nuestro Rey Jesús
Rompe las cadenas de la esclavitud.
¡Ha resucitado, ya no morirá!
Quien muere al pecado, en Dios vivirá.

Dr. Pablo Martínez Vila (extracto de una prédica)

Enviado por el Hno. Mario Caballero

El triunfo de la luz sobre las tinieblas

«Mas no habrá ya más oscuridad…
El pueblo que andaba en tinieblas ha visto una gran luz» (Is. 9:1-2)

La proximidad de la Navidad nos mueve a reflexionar sobre el más grandioso acontecimiento registrado en la historia de la humanidad. Deplorablemente ha sucedido con la celebración navideña como con otros grandes hechos registrados en la Biblia: ha perdido el fulgor de su significado. Hoy, en los países de Occidente con una mayoría cristiana puramente nominal -de cristianos solo ostentan el nombre- el nacimiento de Jesús es un mero recuerdo histórico que no evoca en su corazón prácticamente ningún pensamiento y sentimiento de gratitud a Dios. Sin embargo, para los cristianos auténticos la Navidad es la culminación del hecho más glorioso de la Historia: «De tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él crea no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Jn. 3:16).

La evocación del nacimiento de Jesús sólo es significativa en la medida en que se espiritualiza. De lo contrario, se convierte en folklore, en tradición huera, de modo que lo que debía ser una celebración eminentemente cristiana fácilmente se paganiza; lo que debía ser comunión viva del creyente con el Salvador se desvirtúa; el culto se vicia y altera; todo se tiñe de una filosofía hedonista: «Comamos y bebamos, que mañana moriremos». En vez de preocuparse del alimento espiritual que depara el mensaje navideño, se busca desmesuradamente comida y bebida que satisfaga la gula. Nota destacada en la Navidad es la iluminación que sobresale en muchos centros comerciales. ¿Para qué? ¿Para alegrar la vista de quienes visitan su establecimiento? No; generalmente para atraer y captar a posibles nuevos clientes; todo es pura actividad de marketing. En el fondo, otra forma de ensombrecer la belleza de la luz. De ese modo se dificulta que la gloria del menaje de la Navidad llegue al mundo que Dios quiere salvar.

¿Cuál es entonces el significado espiritual de la Navidad? Se puede resumir en una sola frase, la que encabeza este artículos: el triunfo de la luz sobre las tinieblas. Veamos la dramática historia de este gran acontecimiento: ¿Qué simboliza la luz del mismo?

La oscuridad: génesis y propagación del pecado

En la Biblia la palabra «tiniebla», o «tinieblas», se usa para expresar adversidad, peligro, temor; también ignorancia, injusticia, sufrimiento de diversa índole, inseguridad. Éste es el paisaje moral de la sociedad de nuestro tiempo, una sociedad atormentada por múltiples recodos oscuros. Infinidad de personas sufren de una u otra forma el mal de nuestra época: el azote de las crisis. Pueden ser crisis económicas, políticas, morales, incluso religiosas, pero todas tienen algo en común: se viven como un túnel oscuro. Por ello, muchos andan a tientas buscando alguna luz en medio de tanta oscuridad. Otro de los males que oscurecen la vida de muchas personas es la inseguridad y el temor ante el deterioro creciente de valores fundamentales: debilitamiento de los lazos afectivos, especialmente el del matrimonio y la devaluación de la familia, de modo creciente amenazada por la ruptura de los lazos conyugales.

¿De dónde viene esta oscuridad? ¿Cual es el origen último de las tinieblas?

El relato bíblico de la creación nos enseña el camino que llevó a la oscuridad. Comienza con una declaración lapidaria: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Gn. 1:1). A continuación se inició un proceso de desarrollo que culminó con la creación del ser humano, exponente de la bondad del Creador. Según su propio testimonio, «vio Dios que todo lo que había hecho era bueno en gran manera» (Gn. 1:31).

Pese a tanta bondad por parte del Creador, el hombre correspondió con un acto de abierta rebeldía. Dando crédito a un espíritu maligno, quiso ser igual a Dios y, desobedeciéndole, acarreó sobre sí el juicio condenatorio de Dios. No sólo perdió su favor, sino que empezó a vivir perdidamente enredándose en relaciones de mentira (Gn. 3). A la mentira siguieron los celos, el odio contra el hermano y finalmente la muerte violenta de éste. Como escribió el apóstol Pablo, «El pecado entró en el mundo por un hombre y por el pecado la muerte: así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Ro. 5:12). Había ocurrido lo que con razón escribió el poeta Nicolaus Lenau: «Suprimid a Dios y se habrá hecho la noche en el alma humana».

Así pues, la esencia del pecado es el divorcio de Dios, el cual comporta desacato de su autoridad y desobediencia de sus leyes. El hombre desvinculado de Dios se entrega a sí mismo y a la influencia de poderes malignos, dándole la razón al pensador inglés Chesterton: «Cuando el hombre deja de creer en Dios, no es que no crea nada, cree en cualquier cosa».

¿Hay una alternativa a este panorama de oscuridad? Las palabras de Isaías apuntan a la solución: «El que anda a oscuras y carece de luz, confíe en el nombre del Señor y apóyese en su Dios» (Is. 50:10).

La luz divina irrumpe en la oscuridad humana

Dios en su misericordia no quiso dejar al ser humano sumido en su oscuridad existencial y moral. En el drama de la historia, la última palabra no la tiene el hombre rebelde, sino Dios mediante la acción reveladora y redentora de su Hijo, el «Verbo» -Palabra- mediante la cual ha dado a conocer a la humanidad su plan de salvación: la obra expiatoria y reconciliatoria de Cristo. Ahí empezó la Navidad: «el Verbo era la luz verdadera…» (Jn. 1:9). Y esa luz trae salvación a los seres humanos, muertos en sus pecados. Cuando Jesús dijo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn. 8:12) estaba revelando lo más glorioso de su persona y de su obra. Su luz irradia en todas las facetas de la redención humana. Muestra lo maravilloso de la reconciliación del hombre con su creador; la justificación del pecador ante Dios; la santificación que transforma el creyente en una nueva creación y hace posible aplicar a la vida practica los principios morales del Evangelio; la filiación divina en virtud de la cual es hecho hijo de Dios, la glorificación que hace a los creyentes perfectamente semejantes a su Salvador y Señor (Col. 3:1-4).

Los destellos de la fe y la vida cristiana que acabamos de mencionar constituyen la esencia del Evangelio. Y la de ser cristiano. El que dijo: «Yo soy la luz del mundo» también declaró: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt. 5:14-16).

¿Irradiamos nosotros esa luz o dejaremos que se desvanezca bajo la influencia de un mundo ajeno al gozo de la verdadera Navidad?

José M. Martínez

Enviado por el Hno. Mario Caballero

El Templo

“Simeón fue al templo, guiado por el Espíritu. Y cuando los padres del niño Jesús lo llevaron al templo para cumplir con lo establecido por la ley, él tomó al niño en sus brazos y bendijo a Dios.” Lucas 2.27-28

María y José sabían que habrían de volver al templo de Jerusalén con su niño para cumplir con los requerimientos de la Ley, por lo que seguramente se detuvieron a visitarlo y a admirar su belleza. Es probable que quedaran impresionados con los hombres y mujeres que fielmente oraban y servían en él.

También habrán notado a los que hacían todo tipo de negocios en el patio del templo-actividades que no tenían nada que ver con el propósito para el cual Salomón lo había construido- y probablemente los haya molestado. Su hijo habría de molestarse en gran manera muchos años después… tanto, que habría de echarlos a todos de allí (Mateo 21.12-13).

María y José estaban en un lugar santo, y lo sabían. Había sido un lugar santo para Abraham cuando ofreció un becerro como sacrificio por su hijo. Había sido un lugar santo cuando se ofrecían sacrificios por los pecados del pueblo. Y eventualmente sería el lugar en el que su propio hijo habría de ser ofrecido por los pecados de todo el mundo.

En nuestro camino de Nazaret a Belén también vamos a reunirnos en lo que para nosotros es un lugar santo. Es el lugar donde adoramos a Aquél que vino a nuestro mundo a dar su vida como el Cordero de Dios. Pronto nos vamos a reunir en ese lugar especial para celebrar la encarnación de Jesús.

Por CPTLN

Sin perderlo de vista

“Fijemos la mirada en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo que le esperaba sufrió la cruz y menospreció el oprobio, y se sentó a la derecha del trono de Dios.” Hebreos 12:2

El propósito de poner la vista en un punto fijo es ayudarnos a mantener la concentración y no distraernos con las cosas que nos rodean o que ocurren a nuestro alrededor. Nada más apropiado para este día en que celebramos la Nochebuena. En estos días previos, y hoy mismo, resulta difícil fijar la mirada en una sola cosa, ya que celebramos, nos reunimos, compartimos regalos, preparamos comida en abundancia, etc. Sin embargo, hoy más que nunca necesitamos fijar la mirada en Jesús, el tierno niño de Belén, el Hijo de Dios que fue anunciado por los profetas, alabado por los ángeles y adorado por los pastores en aquella noche en que el mundo contempló el milagro de la encarnación: cuando el Hijo de Dios se hizo humano.

Al recordar el nacimiento de Jesús nuestra mirada se fija en el principio, o sea, en tener por seguro que Jesús es el autor de la fe. La fe no es un bien que podamos comprar en los comercios ni heredar de otros. Sólo se recibe como regalo. Por eso es que, al decir que Jesús es el autor de la fe, nos damos cuenta que la verdadera fe sólo la puede dar él mismo. Jesús vino a nosotros y fue igual a nosotros en todo. El propósito de la fe es que recibamos todo lo que hizo como bendición eterna. Hoy, a través de la fe, creemos y esperamos en cada palabra de Jesús. Él nos anima a confiar y seguirle, para que también nuestra esperanza llegue a encontrar su recompensa en la presencia gloriosa de Dios.

Por CPTLN

Sólo un mensaje es suficiente

“Dios envió un mensaje a los hijos de Israel, y en él les anunciaba las buenas noticias de la paz por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos.” Hechos 10:36

En tiempos en que las posibilidades de comunicarnos y los medios tecnológicos abundan para que lo hagamos, a veces nos sentimos abrumados por la cantidad de mensajes que recibimos, la mayor parte de ellos inútiles o superfluos. Frente a tal avalancha de mensajes, palabras, comentarios, e ideas que oímos, debemos aprender a separar entre lo que vale la pena y lo que no. Al leer la Palabra de Dios vemos que él no nos abruma con exceso de información, sino que llega a nosotros con un solo mensaje, pues cuando él habla es tan claro, que no necesitamos oír nada más. El Padre celestial no envió un mensaje por correo o internet, sino que envió un mensajero que nos dio a conocer la verdad divina. Jesús, hijo único del Padre, nos anuncia las buenas noticias del perdón de pecados y una nueva vida.

Por eso Jesús es llamado el Príncipe de Paz, pues él es el portavoz de algo nuevo y desconocido para nosotros: no podemos vivir en paz, ni hacerla, a menos que él reine en nuestras vidas. Sólo cuando creemos que Jesús vino al mundo por causa de nosotros, podemos confesar que por causa de él llegaremos a contemplar la presencia gloriosa del Creador y sabremos atesorar la paz que sólo él da. La paz de Jesús es única: nos permite hacer frente a cuanto peligro nos rodee. Nuestra paz está y viene de Jesús. Esta forma de vivir sostenidos en la fe no considera los problemas como una falta de paz, sino que los enfrenta con la confianza de quien sabe que posee el único y verdadero mensaje necesario para alcanzar la felicidad.

Por: CPTLN

Dos clases de milagros

“Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio” 

(Mateo 11:5).

Cuando Juan el Bautista preguntó si Jesús era el Mesías, le contestaron con estas palabras. La evidencia lo demostraba: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio”, unos milagros emocionantes  que daban fe de que el poder de Dios fluía a través de este hombre. Jesús tocaba los ojos de los ciegos y veían. Ponía sus dedos en las orejas de los sordos y oían. Y con tierna compasión predicaba el evangelio a los pobres para que pudiesen tener salud eterna.

Hoy día estamos viendo otra clase de milagros que igualmente demuestran que Jesús es el Mesías. Equipos de médicos y enfermeras cristianos sacrifican vacaciones, tiempo, dinero y comodidad, y regalan sus habilidades para ir a países desesperadamente pobres para predicar el evangelio y curar a los enfermos. Levantan clínicas en medio del desierto y realizan operaciones en condiciones un tanto primitivas para atender a miles de los más pobres del mundo que no tienen esperanza alguna. Estos hombres, mujeres, y niños pobres hacen cola y esperan largo tiempo al sol del desierto para ser atendidos, ¡y vuelven oyendo, viendo y andando!

El milagro consiste en la transformación del corazón que les motiva a hacer este sacrificio, sintiendo verdadera compasión para los que sufren. La profecía se ha cumplido: “Les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne para que anden en mis ordenanzas y guardan mis decretos y los cumplan, y me sean por pueblo, y yo sea a ellos por Dios” (Ez. 11:19, 20). Un corazón nuevo es un corazón como el de Jesús, capaz de amar y sacrificarse por amor a otros. El milagro ocurre cuando Dios transforma un corazón humano egoísta, inclinado solo a buscar sus propios intereses, en un corazón amante, generoso y compasivo que mueve la persona a hacer lo que puede para ayudar a otros. Es el milagro de la transformación del corazón humano que este mundo necesita más que ninguna otra cosa. ¿Qué otra solución hay para poner fin a religiones hostiles, a guerras crueles, a la corrupción política, a los malos tratos de mujeres, niños, y gente indefensa, salvo un nuevo corazón?

Hoy día, cuando vemos a gente sacrificarse para otros, es un milagro de la gracia de Dios. En medio de la absoluta pobreza del desierto oímos que “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen  y a los pobres es anunciado el evangelio”, tal como ocurrió en tiempos de Jesús. Es igualmente un milagro; es el milagro del corazón transformado que ama. Son dos clases de sanidades obradas por el poder de Dios.   

Enviado por el Hno. Mario Caballero

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