Mes: octubre 2019

La esclavitud y el voto roto

“Palabra de Jehová que vino a Jeremías, después que Sedequías hizo pacto con todo el pueblo en Jerusalén para promulgarles libertad: que cada uno dejase libre a su siervo, hebreo y hebrea; que ninguno usase a los judíos, sus hermanos, como siervos” (Jer. 34:8, 9).

            Eran días terribles. Cundía el pánico. El rey de Babilonia y su ejército estaban luchando contra Jerusalén y las ciudades alrededor que aún quedaban independientes. Dios había dicho al rey: “Estoy a punto de entregar esta ciudad al rey de Babilonia, y la incendiará” (v. 2). La ciudad estaba para caer. Era normal, humano, que el rey en estas condiciones proclamase la libertad a los esclavos para que cada uno determinase qué iba hacer: huir, luchar, rendirse. “Todo el pueblo y los jefes que habían hecho el acuerdo libraron a sus esclavos, de manera que nadie quedaba obligado a servirlos, pero después se retractaron y volvieron a someter a esclavitud a los que habían liberado” (v. 10, 11, NVI). ¡Qué ilusión y después qué desencanto y qué desesperación!  

            Entonces la ira de Dios se encendió. Recordó a los Israelitas que ellos habían sido esclavos en Egipto y que Él los había librado. Había hecho un pacto con ellos, que si uno de sus hermanos hebreos se vendiese como esclavo, después de servir durante seis años el amo lo había de poner en libertad, pero no lo habían respetado. Recientemente habían hecho lo correcto poniendo en libertad a sus conciudadanos, ¡solo para volver atrás con respecto a lo acordado y esclavizarlos otra vez! El Señor dice: ¡Aun habían hecho este pacto delante de mí en la casa que lleva me nombre! “Pero habéis vuelto y profanado mi nombre” (v. 16). ¡Hacer un voto delante de Dios y volver atrás es profanar su Nombre! Así, Dios los dejará “libres” a ellos para morir por la espada, la plaga y el hambre: “Puesto  que han violado mi pacto, y no han cumplido las estipulaciones del pacto queacordaron en mi presencia, los… entregaré en manos de sus enemigos, que atentan contra su vida, y sus cadáveres servirán de alimento a las aves de rapiña y a las fieras del campo” (vs. 18-20).

            Violar un pacto sagrado hecho en la presencia de Dios es cosa muy seria. Incurre en la ira de Dios y represalias de parte del Señor. Dios toma muy en serio los votos que hacemos, ya sean votos de matrimonio, de servicio, de consagración de nuestras vidas, de castidad antes del matrimonio, de criar a nuestros hijos en sus caminos, de lealtad a nuestro país, de lo que sea; un voto delante de Dios nos compromete. El ejército de Babilonia se había retirado de la ciudad de Jerusalén para luchar contra otras ciudades. Dios dice: “Voy a dar una orden, y los haré volver a esta ciudad. La atacarán, y luego de tomarla, la incendiarán. Dejaré a las ciudades de Judá en total desolación, sin habitantes” (v. 22). Israel podría haber ganado esta guerra contra el gran Imperio babilónico. No le habría costado nada a Dios darles la victoria. Pero debido a su incesante rebeldía y desobediencia, Dios tuvo que entregarles en manos de sus enemigos.

            Nuestras guerras también se ganan por la simple obediencia a Dios y el cumplimiento del Pacto que tenemos con Él (Mat. 26:28), Pacto que se estableció cuando nos convertimos al Señor Jesucristo. No importa la grandeza del enemigo. Dios regala la victoria a los que son fieles a su Nombre.   

Enviado por Hno. Mario Caballero

Una casa en Jerusalén

“¡Oh Señor Jehová! ¿y tú me has dicho: Cómprate la heredad por dinero, y pon testigos; aunque la cuidad sea entregada en manos de los caldeos?” (Jer. 32:25).

Jeremías se compró un terreno en la Jerusalén porque creía que la ciudad iba a ser reedificada. Fue un acto de fe y obediencia a Dios. De igual manera, nosotros hemos comprado y seguimos comprando propiedad en la Nueva Jerusalén que descenderá del Cielo tal como el Señor Jesús nos ha mandado hacer: “No os hagáis tesoros en la tierra… sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan, porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”  (Mat. 6:19-21).

      Santiago, meditando en las palabras de Jesús, lamenta la necedad de los que invierten su dinero en este mundo y no en el otro: “¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. Vuestras riquezas están podridas, y vuestras ropas están comidas de polilla. Vuestro oro y plata están enmohecidos; y su moho testificará contra vosotros, y devorará del todo vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días postreros” (Santiago 5:1-3).Tienen bienes innecesarios que no usan y por esto se estropean. El problema no es tener ropa o plata, es tenerlo amontonado. La ropa puesta no coge moho, la guardada, sí. Estos ricos no usaban los bienes que les sobraban para beneficiar a otros, sino estaban guardándolos para su futuro seguridad. La ironía es que iban a la eternidad en la miseria espiritual.

      Habréis oído la historia de la mujer que murió y fue al cielo. Allí un ángel le estaba conduciendo por las calles de la Ciudad para enseñarle su casa. Iban andando y hablando. La mujer veía casas muy hermosas y era impaciente para ver la que sería suya. Delante de una paró y exclamo cómo que le encantaba. El ángel le dijo que era precisamente la de su criada. La mujer pensó que, si esta era la de su criada, ¡cómo no sería la suya! Seguían andando hasta parar delante de una casa muy pobre. El ángel le dijo: “Lo siento. Esto es todo lo que te pudimos construir con los materiales que nos ibas enviando”.

Jesús contó la historia del hombre que tenía tanta abundancia que no tenía dónde guardarlo: “Y dijo: esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años, repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios” (Lu. 12:18-21). El problema no es la riqueza, es la riqueza egoístamente empleada. Y el mayor problema es no tener tesoro guardado en el cielo esperándonos para cuando vayamos allá.

“Haceos tesoro en los cielo… porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Lu. 12:34). ¿Dónde está el tuyo?

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Pablo se despide

            Pablo ha sido arrestado otra vez después de escribir 1 Timoteo y Tito. Escribe esta segunda carta a Timoteo desde Roma donde estaba preso. El apóstol comprende que este encarcelamiento tendrá como desenlace su martirio y por eso se dirige otra vez a Timoteo para encargarle que continúe con su ministerio después de su partida.  

            Las circunstancias de Pablo no son muy halagüeñas. Muchos han abandonado la fe, entre ellos, amigos personales, y el apóstol está solo: “Ya sabes que me abandonaron todos lo que están en Asia, de los cuales son Figelo y Hermógenes” (1:15). En esos días grises, el amor de Timoteo le es un consuelo muy grande: “Sin cesar me acuerde de ti en mis oraciones noche y día; deseando verte, al acordarme de tus lágrimas, para llenarme de gozo” (1:3, 4). Pablo se consuela recordando las lágrimas de Timoteo cuando se despidieron la vez anterior. Con una vida tan precaria, nunca sabían si iban a volver a encontrarse. Timoteo, sí, le amaba de verdad, como si Pablo fuere su padre. Y Pablo le amaba como hijo. En la oscuridad, soledad y frialdad de la cárcel, el amor de Timoteo le daba gozo al veterano apóstol. Quería verle una vez más antes de abandonar esta vida.

            Pablo recuerda como conoció a Timoteo: “Después (Pablo) llegó a Derbe y a Listra; y he aquí, había allí cierto discípulo llamado Timoteo, hijo de una mujer judía creyente, pero de padre griego; y daban buen testimonio de él los hermanos que estaban en Listra y en Iconio. Quiso Pablo que éste fuese con él” (Hechos 16:1-3). Se acuerda de su familia: “Trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela, Loida, y en tu madre Eunice” (1Tim. 1:5). Pues, desde aquel día Timoteo se incorporó en el equipo misionero de Pablo y le acompañó en sus viajes hasta la fecha.

            Ahora, si tú fueras a escribir una última carta a tu amado hijo y discípulo, tu última voluntad y testimonio al que va a heredar tu ministerio, ¿qué dirías? Es abundantemente claro que Pablo le quiere, pero no le escribe con sentimentalismos, sino con autoridad apostólica, mandándole a cumplir con fidelidad el ministerio que recibió del Señor y a guardar el depósito de la fe que le ha sido encomendado: “Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, según la promesa de la vida que es en Cristo Jesús, a Timoteo amado hijo” (1 Timo 1:1,2). Hace constar que estas palabras no le vienen solo con el cariño de un amigo, sino con autoridad apostólica, respaldada por Dios mismo, como expresión de la voluntad de Dios para él. El asunto es muy serio. Más allá de la amistad humana está el futuro del evangelio en el mundo, y esto va a recaer sobre los hombros del joven Timoteo. Este amado hijo tendrá que ocupar el vacante que va a dejar el insustituible apóstol Pablo.   

Enviado por Hno. Mario Caballero 

La casa del Espíritu Santo

“¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”(1 Cor. 6:15, 19, 20).

Tienes orgullo de tu casa, ¿verdad? Viene una visita y le enseñas las habitaciones, todo en orden, los muebles libres de polvo, ven las cortinas, la cama bien hecha, la mesa con su tapete y frutero, los suelos limpios, todo recogido, tus plantas, las decoraciones, todo bien, y explicas las reformas que habéis hecho, y ella está favorablemente impresionada. Tú te sientas bien, y la invitada está contenta de hallarse en tu hogar, cómoda y preparada para disfrutar de una buena estancia contigo.

En cambio, si la casa está desordenada, llena de trastos, sin atractivo alguno, esto hace pensar mal del dueño. Piensas que la casa es un reflejo de su personalidad, que es una persona desordenada, sucia, y que no se preocupa de sus responsabilidades. Te da un poco de pena. Crea una impresión muy desfavorable la persona que vive en medio de tanto desorden.

Pues, lo mismo pasa en el terreno espiritual. El Espíritu Santo tiene tu cuerpo como su casa, y según la impresión que das, Él se siente orgulloso de su casa o avergonzado. Si no te arreglas, si tu ropa está sucia, con manchas y pelos, si no te favorece, si estás vestida para provocar, si vas mal peinada o con un peinado raro, si hueles mal, si tienes las uñas sucias, si llegas tarde a las citas, apurada, si hablas de varias cosas a la vez, interrumpiendo, contradiciendo, si tus modales no son buenos, en fin, si creas mala impresión por tu propia culpa, el Espíritu Santa se sofoca. Se sonroja. Siente vergüenza. Su casa no está en condiciones. Y, siendo el Dueño, se avergüenza.

El Espíritu Santo quiere estar orgulloso de su casa como tú de la tuya. La has de cuidar para Él. Esto quiere decir: alimentarte bien, eliminar el azúcar de tu dieta, comer sano, con poca sal, menos carne y mucha fruta y verdura. Hacer ejercicio físico. Perder los kilitos de más. Dormir siete u ocho horas cada noche. Cuidar tu ropa. Tener baños frecuentes, el pelo bien cuidado, atractivo, echarte colonia, y vestirte para agradar a Dios. Queremos mantener la salud para que el Espíritu Santa tenga cuerpo siempre que lo necesite. Nuestro deseo es que el cuerpo refleje su personalidad. ¿Cómo es Él? Discreto, afable, ordenado, limpio, atractivo, enérgico, lleno de vida y vitalidad. En un cuerpo que refleja su carácter, Él está contento. Se siente en casa. Y esto es lo que nosotras, las que le amamos, queremos, que le guste su casa y que su casa esté en las condiciones que permiten que Él haga su trabajo sin estorbos. Así sea. Amén.     

Enviado por Hno. Mario Caballero

Una nueva tierra


“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras jamás pasarán.” Mateo 24:35 

A través de los años he perdido muchas cosas: papeles, la billetera, y a cada rato pierdo los lentes. Pero, aún así, estoy orgulloso de decir que nunca he perdido un país.

Si se está preguntando cómo se puede perder un país, déjeme contarle que, de acuerdo a la agencia de noticias CNN de Canadá, los mapas del mundo que la cadena de mueblerías escandinava Ikea vendió en el país islámico Abu Dhabi, no mostraban al estado de Israel.

Como se podrán imaginar, Israel no estaba para nada contento con el error. Los líderes de la nación son totalmente conscientes de que esto es un “reflejo de la realidad del mundo árabe que se rehúsa a reconocer la existencia de un estado judío independiente”.

Eventualmente, luego de las disculpas correspondientes, Israel aparece en esos mapas.

Pero aún así, este incidente nos recuerda que llegará el día en que el cielo y la tierra dejarán de existir. En ese día del Juicio, todos los países del mundo, todas las ciudades, todas las comunidades, y todas las fronteras van a desaparecer.

En ese día quienes hayan puesto su fe en cosas terrenales se darán cuenta que estaban equivocados y que perdieron todo.

Pero gracias a Jesucristo, ese día no tiene que ser un día de terror o pérdida. Quienes conocen a Jesús como Salvador y creen en su Palabra, serán llevados por el Señor a través del valle de sombras de muerte a una nueva tierra. Una tierra donde no habrá más lágrimas ni penas, ni odios ni terrores, una tierra en la que el dolor, la maldad y los problemas no existirán.

Esa nueva tierra que Dios nos promete es un regalo que nadie debería rechazar.

Por CPTLN

Liberados


“Invócame en el día de la angustia; yo te libraré, y tú me honrarás.” Salmo 50:15

Una propiedad de tres hectáreas no es muy grande que digamos… a menos que sea de noche, que se esté solo, y que nunca antes haya estado en ese lugar.

Eso fue lo que le sucedió a un matrimonio y a su bebé de 3 semanas cuando, luego de ponerse el sol, se encontraron perdidos en un laberinto de maíz en una granja.

Habiendo entrado en pánico, la madre llamó al número de emergencias. La persona que atendió la llamada estuvo en la línea con ella durante siete minutos y medio, asegurándole que ya había enviado ayuda, y tratando de calmarla. Finalmente, un policía los encontró y los puso a salvo.

Por supuesto que los periodistas han dado toda clase de conclusiones sobre este incidente. Han dicho que ellos se encontraban a tan sólo unos pasos de la calle, que los dueños del laberinto tienen carteles por todos lados que indican por dónde ir para encontrar la salida del mismo, y que bien podían haber salido por su cuenta.

Todo lo cual es cierto y lógico… siempre y cuando no sea de noche y uno se encuentre solo y le entre el pánico.

Hay personas que pasan por el mundo evitando todo tipo de problemas. Pero si usted es una de esas personas que ha pasado por dificultades, las palabras del Señor que nos dice el Salmista nos traen un consuelo increíble.

En el Salmo 50, el Señor dice: “Invócame en el día de la angustia”. ¿Se dio cuenta que el Señor no dice que no van a haber días de angustia?

Es que los problemas son reales… pero también lo es el amor de Dios. El texto para hoy nos asegura que, cuando pasamos por problemas, Dios va a estar con nosotros para liberarnos.

Son varias las razones por las cuales nadie debería sorprenderse de la promesa del Señor. Primero, por ser el Creador de todo, el Señor es muchísimo más grande y más poderoso que cualquier problema que el mundo pueda presentarnos.

Segundo, porque en la persona de su Hijo, nuestro Salvador, el Señor ya ha demostrado que está comprometido a arreglar lo que se había roto. Para que pudiéramos ser perdonados, para que pudiéramos ser declarados inocentes de toda culpa, el Señor Jesús tomó nuestro lugar y cumplió la Ley Divina en forma perfecta, resistiendo cada tentación y venciendo la muerte.

Tanto la lógica como la Escritura nos dice que, si el Hijo de Dios fue sacrificado para que pudiéramos ser liberados de nuestros grandes enemigos: el pecado, la muerte, y el diablo, también podemos estar seguros que el Señor nos va a liberar de los problemas de esta vida.

Todo esto explica el texto para hoy… excepto la segunda parte que dice que, después que el Señor nos ha liberado de nuestras angustias, espera que le honremos.

Así como la familia de nuestra historia demostró su gratitud al policía que los liberó del laberinto en que se encontraban atrapados.

Por CPTLN

Cuando oren


“¡Oye aquí las plegarias de tu pueblo Israel y de este siervo tuyo! ¡Que cuando vengan a este lugar tú, desde el cielo, donde habitas, escuches su clamor y los perdones!” 1 Reyes 8:30 

El Centro de la Primer Enmienda ha informado que la mayoría de los norteamericanos piensa que los estudiantes deberían poder compartir su fe libremente en las escuelas públicas. Y no sólo eso. El 52% de las personas que no son religiosas, también piensan así.

  • Esto no quiere decir que la población quiere echar abajo la barrera que separa la iglesia del estado.

  • No quiere decir que quieren que los maestros inculquen sus creencias personales a los alumnos.

  • Sí quiere decir que creen que los alumnos deben tener libertad de expresión en lo que respecta a su fe.

Espero que nuestras autoridades presten atención a esos números. Durante demasiado tiempo ya he escuchado alumnos de colegios y universidades lamentar el no poder compartir sus creencias o hacer comentarios cristianos en clase o en sus trabajos. Algunos de ellos, que igual lo hicieron, recibieron notas más bajas o sus trabajos fueron completamente rechazados por ello.

Si bien los aplaudo por mantenerse firme en la batalla y obedecer a Dios antes que a los hombres, sigo creyendo que ese tipo de persecución no debería existir. Después de todo, la “libertad de expresión” no debería ser un privilegio de los cómicos que dicen malas palabras y de las películas pornográficas.

No. La “libertad de expresión” debería pertenecerle a toda persona que quiere reflejar el amor que ha recibido del Salvador crucificado y resucitado.

Por CPTLN

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