La Gloria Es De Dios Min Int

Cinco cosas que destruyen iglesias

“Desechando, pues, toda (1) malicia, (2) todo engaño, (3) hipocresía, (4)envidias, y (5) todas las detracciones…” (1 Pedro 2:1).

            ¡Estas palabras tan fuertes están dirigidas a creyentes! A lo mejor piensas que es imposible que un cristiano se comporte de esta manera, pero, desgraciadamente, esta conducta se encuentra en nuestras iglesias. Es tristemente necesario enseñar a creyentes que no actúen así. La malicia, el engaño, la hipocresía, las envidias, y las detracciones son restos de la vieja vida en la carne. Tienen que ser confesados, llevados a la cruz, y clavados allí y, siempre que bajan, ¡porque bajarán!, hay que volver a colocarlos allí, porque aquel es su sitio. Pedro dice: “desechando”, porque hay que reconocer, desechar y dejar deliberadamente todas estas cosas: malicia, engaño, hipocresía, envidias, y detracciones. Son manifestaciones de la vieja naturaleza, indignas de un hijo de Dios.

            Con pena y humildad reconocemos que somos capaces de comportarnos peores que los animales. Un perro nunca muerde la mano que le da de comer, pero un miembro de iglesia es capaz de atacar y despedazar a los que le han alimentado espiritualmente durante años. Somos capaces de despellejar vivos a las personas que hemos considerado hermanos. Tiramos piedras sobre nuestro propio tejado y escondemos la mano. Personas que llevan años en el evangelio hacen daño a otros creyentes con diabólica sutileza. Hay algo innoble en la naturaleza humana que tiene que ser crucificado. Tenemos corazón de traidores. Somos ingratos, despiadados, crueles, y sin misericordia cuando nos sentimos provocados. Caín mató a Abel por celos, y sigue ocurriendo lo mismo en nuestras iglesias. Hermanos, esto no debe darse.

            El apóstol Pedro deja bien claro que nuestros propios intereses pueden ir delante de nuestro amor para la obra de Dios, obcecándonos a tal punto que hacemos cosas tan feas que escandalizan a la iglesia, sobre todo a los nuevos en la fe. Hermanos, esto no debe ser. Dentro nuestro, en lo más hondo, debemos prometer que nunca vamos a defendernos a coste de la reputación o felicidad de otros. No vamos a herir a nadie para quedar bien. No vamos a usar lenguaje de la calle, y mucho menos de la cloaca, cuando provocados. Preferimos quedar mal que destruir a otros para defendernos. No vamos a mentir; no vamos a montar un show en la iglesia para convencer a otros que tenemos razón; no vamos a romper nuestros votos porque nos interesa hacerlo; no vamos a difamar a nadie para salir ganando; no vamos a traer malestar sobre la iglesia que amamos porque sentimos heridos, malentendidos o incorrectamente juzgados. Preferimos sufrir que causar sufrimiento. Vamos a dejar nuestra causa en manos de Dios y Él nos defenderá cómo y cuándo quiere:   

            “No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres… No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed dale de beber. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal” (Romanos 12: 17-21). El que devuelve mal por mal es vencido por el mal. El que devuelve mal por bien tiene muy poco parecido al que pretende tener por Salvador. ¡Seamos nobles por amor al que sufrió siendo inocente y no abrió su boca para defenderse! Dejemos nuestra causa en manos de Dios.  

Enviado por el Hno. Mario Caballero

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