Mes: agosto 2019

La oración de Pablo por los filipenses

“Y esto oro: que vuestro amor abunde aun más y más en pleno conocimiento y en todo discernimiento, para que sepáis discernir lo mejor; a fin de que seáis sinceros e irreprochables hasta el día de Cristo; llenos de fruto de justicia, que es por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios” (Fil.1:9-11).

Vamos a dividir esta oración en 5 partes. Pablo pide que los filipenses:

Crezcan en amor. Amar es nuestra responsabilidad y también es algo que podemos pedir a Dios, que podamos amar más y más. La soberanía de Dios no está reñida con la responsabilidad humana. Los filipenses ya amaban. Habían mandado ofrendas a Pablo y le habían enviado a Epafrodito para ayudarle en su ministerio. El que no ama no es cristiano (1 Juan 4:8), pero siempre cabe amar más. El creyente está aprendiendo a amar más y más. El fruto del Espíritu es amor: amor al Señor, a los hermanos, a los perdidos. El amor puede disminuir con el tiempo o puede ir incrementando. ¿Cómo va vuestro amor?

Tengan conocimiento y discernimiento. Conocimiento (gnosis) es saber con la cabeza. Lo que Pablo pide es que tengan “epignosis”, conocimiento profundo de Dios. El discernimiento es conocimiento aplicado a las circunstancias. Pablo está pidiendo que tengan conocimiento profundo y práctico. Crecer en conocimiento y no en amor es saber mucha doctrina sin tener relaciones sanas y hermosas con los hermanos. Amar sin tener discernimiento sería derrochar el amor sin sentido. Hacen falta las dos cosas. Vienen del Espíritu Santo quien aplica el conocimiento para darnos discernimiento.

Que sean sinceros e irreprochables. La meta es ser irreprensibles cuando tengamos que dar cuentas a Cristo, porque hemos vivido lo mejor posible dentro de nuestras circunstancias, que seamos sinceras, sin tener manchas, irreprochables, sin escoria y sin ofensa. Esto en cuanto a nuestro uso de la vida y en cuanto a nuestro carácter.

Sean llenos de frutos de Justicia. Crecer en amor es un medio para alcanzar la meta de ser llenos de frutos. Según Tito 2:2 los mayores deben ser prudentes y sanos en la fe, en el amor y en la paciencia, ¡no viejos gruñones amargados! Es cuestión de amar cada vez más y tener una fe perseverante. Los frutos son obra del Espíritu Santo y vienen por el conocimiento de Cristo, proceden de nuestra relación con Él (Jn. 15).

Todo esto es para la gloria y la alabanza de Dios, no para gloria nuestra. Cuando el Señor nos diga: “buenos siervos y fieles”, la alabanza no será para nosotros. El Señor ha tenido mucha paciencia con nosotros. Nos ha hecho “pasar por el tubo” para pulirnos. La obra es suya. El fruto es el fruto del Espíritu. “Cuando él se manifieste seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2). En aquel Día diremos con toda sinceridad: “A Dios sea la gloria; todo ha sido por gracia”.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

La resolución final

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo”

(Gen. 1:1-2).

Desorden, vacío, tinieblas, abismo. ¡Qué palabras más terribles para describir el estado inicial de las cosas! Así empieza la Biblia y su historia versa sobre cómo Dios resuelve estas cuatro cosas, primero a corto plazo, y luego, definitivamente.

Al final de su obra de la creación, Dios estaba contento; vio que era buena. “Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó en día séptimo de toda la obra que hizo… en la creación” (Gén. 2:2, 3). En lugar de desorden, Dios había establecido orden. El orden de autoridad era: Dios, los ángeles (Salmo 8:5), el hombre, la mujer, los hijos, y finalmente los animales. Cada cosa estaba en su sitio. El mundo ya no estaba vacío sino repleto de vida por todas partes. Las tinieblas habían sido dispersadas con la luz del sol, la luna y las estrellas. La pareja estaban vestidos de luz, de inocencia y pureza. Y el abismo había sido llenado con la creación material, repleta de vida variada y abundante. Dios bajaba cada día para pasear por el hermoso jardín en compañía de la pareja que había creado, pues para esta comunión existía la Creación.

No sabemos cuánto tiempo duró este estado idílico, pero más pronto o más tarde se produjo la Caída que estropeó de nuevo el orden. Vació la plenitud, trajo profunda oscuridad, y abrió el abismo de la perdición. El hombre había alterado el orden. Eva habido querido ser “como Dios” (Gén. 3:5), no estar bajo su autoridad. Había salido de su lugar bajo la autoridad de su marido para ponerse a la par con Dios. Primero Dios pidió cuentas a Adán por ser el responsable con la acusación: “Por cuanto obedeciste la voz de tu mujer” (3:17). Su vestimento de luz desvaneció y se quedaron desnudos delante del Juez de toda la tierra. Sin la intervención de Dios se habrían precipitado al abismo eterno de la condenación. Pero Dios hizo una nueva obra de recreación de Cristo.

El eje de la historia es la cruz de Cristo. Por medio de ella Dios re-establece el orden: Dios Padre, Cristo, hombre y mujer, el orden de la creación (1 Cor. 11:3 y 1 Tim. 2:13). La oscuridad del pecado es reemplazada por la luz de la justificación. El hombre y la mujer son revestidos de la justicia de Cristo para cubrir su desnudez. El abismo de la condenación se cierra de nuevo. El vacío producido en el corazón por el pecado ya es llenado por la plenitud del Espíritu Santo.

En el tiempo presente el matrimonio cristiano es un reflejo de la restauración de todas las cosas cuando venga Cristo. En él, la mujer es sujeta a su marido como la Iglesia lo estará eternamente a su Esposo divino. En aquel día, ella será presentada resplandeciente, sin mancha ni arruga para ser la justa y perfecta esposa de Cristo para toda la eternidad. Será como la nueva Eva del segundo Adán, revestida de ropas blancas de la justicia de Cristo, resplandeciente como la novia en el día de su boda, no “como Dios”, sino en su orden correcto, reluciente, reflejando la luz del Sol de justicia como la luna refleja la luz del sol. El abismo de la condenación se cerrará para ella para siempre en la hermosura del Paraíso de Dios. Disfrutará de plenitud de Vida en el Espíritu Santo, en perfecta unión con Cristo. Dios mismo será la eterna luz, la plenitud de aquel que todo lo llena en todo. Así que la Biblia termina mejorando con creces como empezó, con todo resuelto en Cristo, por medio de su Cruz, ya eternamente.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Todo viene por medio de la fe en las promesas de Dios

“Nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ella llegaseis a ser participes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4).

Hemos sido salvos, hemos nacido de nuevo y hemos llegado a participar de la naturaleza divina por medio de nuestra fe en las grandísimas promesas de Dios: “Y esta es la promesa que él nos hizo, la vida eterna” (1 Juan 2:25). ¡Mira si es importante la fe! Por medio de la fe hemos recibido una herencia eterna: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros” (1 Pedro 1:3, 4). Por medio de la fe superamos todas las pruebas de la vida: “Sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (1 Pedro 1:5). Perseveremos por medio de la fe y al final recibimos lo prometido: “Obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas” (1 Pedro 1:9).

Ánimo, hermanos, sigamos adelante para conseguir el premio: “Por tanto, nosotros también teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos (Abraham, Isaac, Jacob…), despojemos de todo peso del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Heb. 12:1-2). Cuando sufrimos, recordemos sus sufrimientos para conseguir ánimo: “El cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad aquel que sufrió tan contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar” (Heb. 12: 2,3). Tenemos el gozo de una herencia eterna por delante, la prueba, “por un poco de tiempo”, en el presente, y el ejemplo de todos los hombres de la fe, y el ejemplo supremo de Señor Jesucristo, para estimularnos a seguir corriendo a pesar de todas las pruebas, dificultades, penas, contratiempos, decepciones, desengaños, y sufrimientos momentáneas, que no son comparables con el eterno peso de gloria que Dios nos ha prometido: “Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sin las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Cor. 4:17, 18).

Lo que se ve es un suculento y delicioso plato de lentejas que promete satisfacer nuestra hambre de momento, y lo que no se ve es el eterno peso de gloria, la herencia incorruptible, reservada en los cielos para nosotros. La fe extiende la mano hacia lo invisible, mira hacia arriba, y sigue subiendo el pendiente con los ojos puestos en los de Jesús, quien devuelve la mirada, cariñosamente animándonos.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Dios buscando frutos

“Un hombre plantó una viña… la arrendó a unos labradores, y se fue lejos. Y a su tiempo envió un siervo a los labradores, para que recibiese de éstos del fruto de la viña” (Marcos 12:1-2).

Dios está buscando fruto de su pueblo. Jesús esperaba encontrar fruto en la higuera y no lo hubo. Dios esperaba recibir el fruto de su viña y no la recibió. Existimos para dar fruto para Dios. Es una suprema satisfacción para el Señor ver vidas fructíferas de santidad, obediencia, compasión, misericordia, bondad, y todos los demás frutos del Espíritu Santo. ¡Qué decepción cuando Jesús se acercó a la higuera y solo halló hojas! ¡Qué frustración y desencanto para Dios cuando no recibió el fruto de su Viña! “¡Ay de mí! Porque soy como los recogedores de frutos, como los rebuscadores en la vendimia. No hay racimo de uvas que comer, ni higo temprano que tanto deseo” (Miqueas 7:1, LBLA). En esta profecía, Israel es como la higuera que Jesús maldijo porque no dio fruto y como la viña que tampoco produjo para su señor. De los labios de Dios se le escapa un “¡Ay de mí!”.

En esta parábola, Dios es el dueño de la viña, Israel la viña del Señor, los labradores son los líderes religiosos, los siervos son los profetas, el hijo del dueño es Jesús, y el fruto deseado son vidas de justicia para la gloria de Dios. Porque no lo hay, la viña es dada a otros. Esto tiene unas implicaciones muy importantes en la historia de la obra de Dios. Significa que Israel ya no es su pueblo, que uno no tiene que ser prosélito al judaísmo para salvarse, que el reino de Dios ya va a formarse de aquellas personas, gentiles o judías, que se conviertan al Señor Jesucristo, y el pueblo de Dios serán los redimidos por su sangre. La viña ya ha sido dada a otros labradores, que ya no son los sacerdotes, escribas y ancianos, sino los pastores del rebaño de Dios, los líderes cristianos. Israel ha rechazado a su Mesías. El judaísmo ha fallado. Los judíos no han producido el fruto tanto deseado y esperado por Dios. Rechazaron a su amado Hijo porque sus obras eran malas, sus corazones estaban endurecidos, profesaban conocer a Dios con sus labios, pero sus corazones estaban lejos de Él, y esto se manifestó en vidas estériles, sin fruto para Dios.

Siguiendo con la misma imagen de la vid, en Juan 15 Jesús se nos habla de cómo se produce el fruto que Dios tanto desea. Jesús ya no es la viña, ¡es una sola Vid (el nuevo Israel) que produce tanto fruto que llena el mundo de él! Uno solo hizo lo que todo Israel nunca pudo hacer. El fruto es el fruto del Espíritu Santo producido por creyentes que permanecen en Cristo: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (Gál. 5:22-23). Notemos que este fruto es producido por el Espíritu Santo, no por el creyente. El creyente sólo tiene que permanecer, de mantenerse cerca del Señor Jesús, obediente, conectado con Él, y la sabia del Espíritu fluyendo por él produce el fruto que satisface el corazón de Dios: personas semejantes a su Hijo, manifestando los frutos que caracterizó Su vida, y caracterizará Su vida en nosotros, una cosecha abundante para Dios.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Amistad con Dios

AMISTAD CON DIOS

“Os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer” (Juan 15:15).

   ¿Cuál es el concepto de Jesús de la amistad? ¿Cómo concibe Dios la amistad? ¿Quiénes eran sus amigos? Nos viene a la mente Abraham, David, y Job. Dios abrió su corazón a estos hombres y les reveló cosas importantes. A Abraham le reveló sus propósitos (Gen. 18:17). Le reveló a Job lo que está detrás de lo que ocurre en este planeta, de cómo Satanás afecta nuestras vidas. A David le reveló que vendría “un Justo que gobernará entre los hombres” (2 Sam. 23:3-5). A través de la prueba de Abraham con su hijo, Dios reveló lo que Él haría con el Suyo, y a qué coste (Gen. 22). A través de David, Dios reveló cómo es un hombre según su corazón. El sufrimiento de Job arroja luz sobre el de Jesús. Dios se dio a conocer a sus amigos. ¿Qué queremos de Él? ¿Cosas? ¿Sensaciones? ¿Éxito? Si lo que realmente deseamos es “conocerle” (Fil. 3:10), tendremos que entregar todo lo que somos y tenemos a esta empresa. ¡Tendremos que crecer para que quepa Dios dentro de nosotros! ¡Tendremos que aprender a tomar pasos gigantes para caminar con Él! Pasaremos por profunda oscuridad y luz cegadora. El camino para conocer a Dios es extenuante, desafiante, exuberante ¡y agotador!  

            Relacionarnos con Dios no exige que seamos perfectos. Abraham, David no lo eran. Job, sí, pero no consiguió intimidad con Dios por esta vía. Conocer a Dios tiene que ver con llegar a confiar en Él a pesar de todo (Job 13:15), con verle (Job 42:5), amarle (Salmo 18:1), realizar hazañas por medio de la fe en Él (1 Sam. 17:37), y con la obediencia (Gen. 12:4). La meta es conseguir que Dios confíe en nosotros (Gen. 18:19). Acerca de David dice: “Hará todo lo que le mando” (1 Sam. 13:14). Confió en Job que no perdería la fe en medio de las tinieblas más horrendas que un hombre puede vivir cuando Dios escondió su rostro de él. Llegó al punto de desear nunca haber nacido. Y tenía razón: mil veces mejor nunca haber nacido que vivir y no encontrar a Dios, pero haberle encontrado y perderle, ¿quién puede soportarlo?

            Conocerle es un proceso lento conseguido en medio de pruebas. Abraham esperó años para el nacimiento de Isaac. Esperó toda la vida para poseer la Tierra que Dios le prometió. David fue perseguido durante años antes de obtener el reino. Job se sentaba en la oscuridad tiempo sin medida antes de ver la luz de Dios. ¿Qué precio estás dispuesto a pagar para conocer a Dios? Abraham tuvo que renunciar a Ismael. Job perdió todo, hasta la presencia de Dios. David tuvo que perder a su mejor amigo para conseguir el trono prometido. Durante toda la espera, su Amigo del alma fue Dios mismo, como vemos en los Salmos. ¿Cómo podemos encontrar a Dios de esta manera? El profeta nos contesta: “Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jer. 29:13). La búsqueda durará toda la vida: nos llevará a toda una vida esperando en Él y ejerciendo fe, amando a Dios y corriendo en pos de Él.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

El mayor logro

La paz les dejo, mi paz les doy; yo no la doy como el mundo la da. No dejen que su corazón se turbe y tenga miedo. Juan 14:27

La mayoría de nosotros, cuando piensa en lo vivido, puede recordar unos pocos momentos especiales… momentos que nos enorgullecen o que no nos avergüenzan tanto.

La CNN hizo una encuesta a personas en Berlín, Madrid, Roma, Bangkok, Tokio, Nueva Delhi y París, haciéndoles la siguiente pregunta: “¿Cuál es el logro mayor de la humanidad?” Como es de suponer, las respuestas fueron diversas.

Algunos dijeron cosas evidentes, como el descubrimiento del fuego; otros dijeron que fue la invención de la rueda, del aeroplano, de la imprenta, de la computadora, o la llegada del hombre a la luna. Pero también hubo otras respuestas menos obvias, como la arquitectura, la salubridad, o los videojuegos.

Quizás la más interesante de las respuestas fue la de un hombre que dijo: “La paz… la paz sería el mayor de todos los logros.”

Pero la paz es una de las cosas más difíciles de lograr… e incluso conservar. Los estudiantes de historia dicen que son muy pocos los años en los cuales no se desató un conflicto entre naciones. Personalmente, creo que la mayoría de las personas parece estar descontentas con la forma en que sus vidas se desenvuelven. Verdaderamente, la paz es un beneficio muy raro.

Es precisamente por eso que necesitamos al Salvador. Porque la humanidad pecadora, por sí misma, no puede obtener la paz personal o pública. Sin Jesús, la paz sólo puede ser un sueño, una esperanza, un ideal.

Sí, necesitamos a Jesús. Necesitamos a Jesús, quien entregó su vida para que podamos tener vida. Necesitamos su sustitución perfecta que cumple con la ley y perdona nuestros pecados; necesitamos un Señor vivo porque, con él en nuestro corazón, estaremos en paz.

Por CPTLN

Dando

Y no había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían terrenos o casas los vendían, y el dinero de lo vendido lo llevaban y lo ponían en manos de los apóstoles, y éste era repartido según las necesidades de cada uno. Hechos 4:34-35

Los momentos más felices de mi vida los viví en pueblos pequeños. A mi esposa y a mí nos gusta mucho disfrutar de las ventajas que se tienen al vivir en un lugar donde todos se conocen por nombre.

Por supuesto que algunas cosas son siempre iguales, sin importar donde uno viva. Recuerdo una mañana de lunes, cuando nos llamaron del único banco del pueblo para decirnos que a todas las iglesias locales les estaban pidiendo si podían ir a depositar lo antes posible las ofrendas del domingo, ya que se habían quedado sin billetes de un dólar.

¿Por qué hicieron ese pedido a las iglesias, si lo que necesitaban eran billetes de un dólar? Porque sabían que muchas personas ponen billetes de un dólar en la ofrenda.

Para algunos, un dólar significa mucho. Pero hay otros que ponen un dólar en la ofrenda porque la noche anterior gastaron muchísimo más en diversiones.

Le doy gracias al Señor porque él no fue así de tacaño con nosotros.

Que quede en claro que esto no se aplica sólo a las ofrendas de dinero, sino también a la forma en que respondemos a las necesidades de quienes están pasando por dificultades físicas, mentales o espirituales.

Si como pueblo de Dios estamos siempre tratando de dar lo menos posible, difícilmente estaremos dando el debido respeto al Salvador, que dio todo por nuestra salvación.

Por otro lado, cuando el Espíritu Santo nos reta a hacer grandes cosas en honor de nuestro misericordioso Dios, todos nos beneficiamos. Nosotros nos sentimos en paz, los demás son bendecidos por nuestro trabajo y, aún más importante, el nombre de Jesús es reconocido como fuente de bendición.

Es por todo eso que quiero decir: en el nombre de Jesús, hagan todo lo que esté a su alcance, toda vez que puedan, por todos los que puedan. Nunca se arrepentirán.

Por CPTLN

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