La Gloria Es De Dios Min Int

Los ángeles vuelven al cielo

“Sucedió que cuando los ángeles se fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado”(Luc. 2.15).

“Cuando los ángeles se fueron de ellos” No fueron muy lejos, porque llegaron enseguida. Es una manera humana de decir que desaparecieron de vista. En Navidad, el cielo y la tierra están en constante interacción. Ángeles bajan y suben, como en la escalera de Jacob, sobre el Hijo de Dios. Bajan para la anunciación, para hablar con Zacarías, para hablar con los pastores, etc. Parece que el cielo está abierto, ¡que el Hijo de Dios dejó la puerta abierta cuando descendió y trajo el cielo consigo!

            Durante su ministerio público, Jesús siempre tuvo fácil acceso al cielo. Era muy consciente de su doble ubicación: habló del “Hijo de Hombre que está en el cielo”: “Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo” (Juan 3:13), y de que, si hubiese querido, podría haber pedido al Padre y le habría mandado legiones de ángeles para defenderle (Mat. 26:53). No tardarían nada en llegar para socorrerle, porque el cielo no está lejos. Parece que está presente, pero en otra dimensión que nosotros no entendemos. Erramos cuando pensamos que el cielo es un lugar geográfico más allá del sol. Los que suben en naves espaciales no dan con él, porque no está años luz distante. Si así fuese el caso, los ángeles habrían tardado meses o años en volver al cielo, pero ya habían llegado cuando los pastores se decían unos a otros:“Pasemos, pues, hasta Belén…”.

            El caso es que Jesús vino del cielo para abrirnos el cielo, trayendo el cielo consigo, y muere para que podamos ir al cielo. Esto ya lo sabemos. Pero en un sentido espiritual, cuando nace en nuestros corazones, lo mismo ocurre. Viene a vivir en nosotros dejando la puerta del cielo abierto para nosotros. Trae el cielo consigo, y empezamos a vivir las realidades celestiales. Estamos sentados con Cristo en los lugares celestiales (Ef. 2:6). El Padre viene para morar con nosotros (Juan 14:23). Ángeles nos atienden (Heb. 1:14), y vivimos el ambiente del cielo: su paz, su gozo, su luz, armonía y bienestar, también su orden y su gobierno; hacemos la voluntad de nuestro Padre que está en los cielos.

            Hablando del día de nuestra conversión, el himno dice: “El cielo descendió y gloria llenó mi alma”. Esta es la realidad del creyente. Vive con el cielo abierto, el cielo dentro, los ángeles de Dios suben y descienden sobre él y hay comunicación constante con el cielo. Muere, y cierra los ojos en este mundo y los abre en un segundo en el cielo, porque el cielo está muy cerca.

            Padre, te adoramos porque en Jesús el cielo es real, es aquí y es ahora. Amén. 

Enviado por Hno. Mario Caballero

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