Mes: junio 2019

La Palabra de Dios no cambia

“Jesucristo es el mismo hoy, ayer, y por los siglos” (Heb. 13:8).

            Si Cristo no cambia, su palabra no cambia tampoco. Si ha dado palabra una vez, esta palabra permanece para siempre. No cambia de parecer. No cambia de opinión. Su enseñanza no cambia, su doctrina no cambia, su ética no cambia. Tiene la misma mentalidad y forma de ser y pensar que siempre. Lo que dijo ayer es válido para hoy, porque hoy es lo mismo que ayer. No hay una nueva palabra de Dios para hoy que reemplace o contradiga la anterior, porque Jesucristo es la Palabra de Dios y Él no cambia. Él es la encarnación de la Palabra de Dios y su vida es la ética de Dios. No vive hoy de manera diferente de lo que vivía ayer. Cuando lleguemos al cielo, veremos al mismo Jesús de siempre, glorificado como Juan lo vio en el Apocalipsis, pero todavía manso y humilde de corazón aun en medio de esplendor y majestad.

            El versículo que precede el de nuestra meditación de hoy es: “Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál hay sido el resultado de su conducta, y imitad su fe” (Heb. 13:7). La palabra de Dios que ellos enseñaron es apta para hoy, porque no cambia. No cambia la conducta cristiana y no cambia la fe. La misma conducta que era correcta para un cristiano en el siglo I es la que es apropiado para el cristiano del siglo XXI, y nosotros tenemos exactamente la misma fe que ellos, porque su contenido no cambia. La Palabra de Dios y la ética siempre han sido las mismas, pues la última procede de la primera y por eso no cambia.

            El versículo siguiente es: “No os dejéis llevar por doctrinas diversas y extrañas” (v. 9).  ¿Por qué? Porque las doctrinas nuevas son de creación humana y no forman parte de la Palabra de Dios. Las enseñanzas nuevas y raras no son Palabra de Dios. La palabra de Dios siempre ha sido la misma. Aun cuando Pablo habla de “misterios”, estas enseñanzas tienen su apoyo en el Antiguo Testamento y no contradicen nada de la enseñanza bíblica de siempre. No se veían con claridad hasta tiempos del Nuevo Testamento, pero siempre estaban presentes en la Palabra de Dios. Un ejemplo es la inclusión de gentiles en el pueblo de Dios, la Iglesia (Ef. 4:4-6). En el mismo pacto que Dios hizo con Abraham prometió que en su descendencia (es decir, en Cristo) serían bendecidas todas la familias de la tierra. Estamos insistiendo en que “no hay nada nuevo bajo el sol”, toda la Biblia concuerda y toda es para siempre, porque Dios no cambia. Él es “el Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación” (Santiago 1:17). Dios no cambia y su Palabra tampoco.

            En España tenemos “un nuevo rey para una nueva época”, pero no pasa lo mismo en la Iglesia: No tenemos una nueva Palabra de Dios, con una nueva ética, para una nueva época, porque no tenemos un nuevo Rey. Tenemos el mismo de siempre y Él no cambia, ni su Palabra tampoco.  

Enviado por el Hno. Mario Caballero       

La simiente viva

“Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1 Pedro 1:23).

            La Palabra de Dios es simiente viva que produce lo que siembra en nuestros corazones. Si tú siembras semillas de capuchinos, cosechas capuchinos. Si siembras semillas de pepino, cosechas pepinos. Lo mismo con tomates, acelgas, etc., siempre que la semilla no se haya pasado. En el caso de la Palabra, es una semilla que nunca se muere, pues, “es semiente incorruptible que vive y permanece para siempre”.

            Hemos sido salvos por la implantación de esta semilla viva en nuestros corazones, como dice el texto: “Siendo renacidos no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre”. Renacidos significa que hemos nacido de nuevo. Esta es una obra de Dios. Nosotros creímos el evangelio, y el Espíritu de Dios, por medio de la Palabra de Dios, hizo el milagro del nuevo nacimiento en nosotros y nacimos como bebés en la familia de Dios. El apóstol continua: “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación” (1 Pedro 2:2).

“Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la Palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas” (Sant. 1:21).

            La Palabra de Dios es una semilla viva que produce lo que dice. Por ejemplo, Dios dijo:“Sea la luz” y hubo luz. Si la palabra dice “amor”, produce amor. Si la Palabra dice “paz”, produce paz. Si es “paciencia”, produce paciencia. Otro ejemplo, la Palabra dice: “Amaos unos a otros de entrañablemente, de corazón puro” (1:22). Si recibimos esta palabra viva en nuestro corazón con la intención de obedecerla, ¡produce amor! Puede ser que pensábamos que no podíamos amar a cierta persona, pero como hemos decidido obedecer la Palabra de Dios, y la hemos recibido como esta semilla viva, y la plantamos en nuestro corazón, ¡ha producido amor! Un hijo rebelde encuentra imposible respetar a sus padres. Lee Efesios 6:2, decide obedecer, y recibe la capacidad de hacerlo.

            La Biblia está llena de mandamientos. La misma Palabra es la semilla para obedecerlos, porque va acompañada con el Espíritu Santo que la mantiene viva. La Biblia está llena de semillas vivas y cuando las plantamos en tierra buena, dan su fruto. Esto es formidable. La Palabra crea fe. Cambia actitudes. Pone deseos buenos en nuestros corazones. Hay muchas cosas difíciles de cumplir, pero cuando nos disponemos a obedecer a Dios, es decir, a su Palabra, esta misma Palabra nos capacita para hacerlo.

Gracias, Señor, porque tu Palabra produce los frutos del Espíritu Santo en nosotros. Gracias por todas estas semillas vivas que podemos plantar en nuestros corazones para cosechar todo un campo de fruto para ti, que significa una vida cada vez más transformada por la Palabra de Dios. Amén.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

La sabiduría secreta de Dios

“Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual  Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria” (1 Cor. 2:7).

            Pedro ha estado hablando de nuestra salvación y la maravillosa herencia que tenemos los hijos de Dios, herencia tan hermosa que nuestra fe tiene que ser puesta a prueba a ver si somos dignos de recibirla, la dignidad siendo una fe viva que funciona. Esta salvación fue anunciada en el Antiguo Testamento, pero los mismos profetas no entendían algunas cosas que escribían. Querían saber quién iba a sufrir y cuándo ocurriría esto, cuando el Espíritu Santo predijo el sufrimiento y las glorias de Cristo: “Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación” (1 Pedro 1:10). No entendían la Cruz.

Tampoco entendían los ángeles (1 Pedro 1:12). Les tenía que haber extrañado muchísimo cuando su Dios y Creador se humilló y tomó carne humana y vino a habitar entre estos desgraciados y rebeldes seres humanos, pero cuando Cristo fue rechazado, calumniado y maltratado, entendían menos. “¿Qué están haciendo con nuestro Señor?”, se preguntarían indignados. Y cuando fue llevado para ser crucificado, legiones de ángeles habrían estado atentos, esperando la orden de bajar y destruir a los malvados criminales que tenían preso al Señor de la gloria. Cuando no llegó la orden y le veían morir, quedarían estupefactos, atónitos, perplejos, y airados al sacrilegio que habían cometiendo estos viles mortales. Para ellos, las cosas no volvieron a la normalidad hasta que su Señor no rompiese las garras de la muerte y ellos pudiesen por fin bajar y quitar la piedra y anunciar que Cristo había resucitado vencedor.

Los discípulos tampoco habían entendido la necesidad de la Cruz. Pedro le dijo a Jesús que no se le ocurriese semejante idea (Mat. 16:22).

Tampoco entendían los gobernantes de este siglo. La sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubiesen conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria”  (1 Cor. 2:7).

Tampoco la puede entender el incrédulo“El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender” (1 Cor. 2:14; cf. 1 Cor. 1:18).

Solo se entiende la Cruz, la salvación y las glorias de nuestra herencia, el brillante plan elaborado desde la eternidad por la sabiduría oculta de Dios, si Él nos lo revela. ¡Y nosotros hemos recibido esta revelación! “Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu” (1 Cor. 2:10).“Nosotros hemos recibido el Espíritu que proviene de  Dios, para que sepamos lo que nos ha concedido” (1 Cor. 2:12). “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman, pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu… porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo” (1 Cor. 2:9, 16), para entender la revelación de Dios.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Hermoso Salvador

“Porque Jehová el Señor me ayudará, por tanto no me avergoncé; por eso puse mi rostro como un pedernal, y sé que no seré avergonzado” (Is. 50:7).

“Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos” (Is. 53:2), así dice la profecía, pero cuando puso su rostro como pedernal deliberadamente, como libre acto de su voluntad, para subir a Jerusalén y poner su vida en rescate por muchos, vemos en él un atractivo de carácter, una perfección de amor y obediencia, una humildad y abnegación, que sobrepasan nuestros poderes de expresión, y solo podemos exclamar con reverencia: “¡Qué hermoso!”.

Jesús tenía treinta y tres años cuando emprendió aquel viaje final. Estaba en la flor de la vida. Era un joven sano, lleno de vida. Amaba la vida. En ninguna manera era masoquista. Estaba sano de mente. No tenía ningunas ganas de destruirse. La muerte le repulsaba. Amaba la Palabra de Dios, el poder meditar en ella, descubrirse a sí mismo en sus profecías, adorar al Padre por medio de sus páginas. Amaba la comunión con su Padre aquí en este mundo, un nuevo contexto para estar con Él. Amaba la comunión con sus amigos y disfrutaba de su compañía. Amaba a sus discípulos; eran sus amigos de corazón. Con la convivencia, las relaciones se iban estrechando. Los comprendía. Compartía con ellos todo lo que podía del Padre, y disfrutaba cuando comprendían algo.

Amaba a las multitudes. Sentía compasión por la gente. Quería estar con ellos, enseñarles, tocarles, sanarles, sentir con ellos. Descubría la obra de Dios en esta persona y en esta otra, y se regocijaba. Había tanto que podría hacer para ayudar a los que sufrían, tantos mensajes que podría predicar, tantos lugares que esperaban su visita, personas con los cuales hablar…  

Amaba la naturaleza. Veía en ella la mano de su Padre en todas partes. Paraba para mirar las flores y sacaba lecciones espirituales de ellas, de los pájaros, de los árboles, de la hierba.

 Humanamente hablando, tenía toda la vida por delante. Estaba lleno de vigor, fuerte, inteligente, sensible; amaba la música, la poesía, la escritura; era un profundo pensador; tenía sueños, ilusiones, planes, pero lo puso todo a un lado para agradar al Padre y llevar a cabo sus planes. Cuando empezó a preparar a sus discípulos para su muerte, “Pedro, tomándolo aparte, empezó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti” (Mat. 16:22), pero esto era precisamente lo que no tenía, compasión de sí mismo. Tenía tanta compasión de los demás que no le cabía sentir pena por sí mismo. Su corazón estaba tan puesto en complacer al Padre que el coste personal venía muy en segundo lugar. Así que Jesús decidió seguir adelante con El Plan, y subir a Jerusalén “y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes, y de los escribas; y ser muerto” (Mat. 16:21). Puso su rostro y emprendió el viaje, cada paso llevándole más cerca del lugar de la tortura. ¿Tú podrías hacer esto, si sabías que el martirio era la voluntad de Dios para ti: ir a la ciudad donde sabías que te iban a matar? Eso lo hizo Jesús. 

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Dios sigue tratando el carácter de Jacob

“El Señor al quien ama, disciplina y azota a todo el que recibe por hijo” (Heb. 12:6).

Es sorprendente que los judíos tienen orgullo de sus raíces. Como hemos visto, sus orígenes son pecaminosos. Descienden de unos padres deshonestos, engañosos, mentirosos, inmorales, incrédulos y desleales. Cuando leemos su historia nos escandalizamos. Pero hay algo aún más sorprendente, y esto es que ¡Dios se identifica con ellos y les llama su pueblo! A causa de ellos, “su nombre ha sido blasfemado entre los gentiles” por su desobediencia a la ley y su incredulidad, por el mal testimonio que han dado desde sus orígenes. Dios los ha disciplinado severamente, pero no los ha abandonado. Ha sido fiel a sus promesas a Abraham, Isaac, y Jacob. Lo que nos maravilla aún más es que el Hijo de Dios quiso descender de esta raza: “A los suyos vino” (Juan 1:12). ¡Ellos son sus antepasados! Se identificó totalmente con este pueblo corrupto. Se bautizó con los pecadores, lloró sobre sus pecados, llevó su condenación sobre sí, y murió por sus pecados.

Volviendo a nuestra historia, vemos como el pecador Jacob sigue siendo disciplinado por Dios por medio de su tío, un hombre de su mismo talante. Labán ya le ha engañado en el asunto del matrimonio y ahora lo va a hacer en cuanto a la vida laboral. Jacob ya tiene una familia numerosa y expresa su deseo a volver a casa, pero su tío ha visto que Dios le ha prosperado por el trabajo de Jacob y no quiere que se vaya. Tampoco quiere pagarle un salario digno, por lo tanto, le engaña. Esta es la escena laboral de hoy día. ¡Parece que esto fue escrito ayer! “Labán le respondió: Halle yo ahora gracia en tus ojos, y quédate; he experimentado que Jehová me ha bendecido por tu causa” (30:27). ¡Pero no tiene temor a Dios, solo egoísmo!

Se ponen de acuerdo en cuanto a cierto salario y Labán no se lo da. Cada vez que “firman un contrato laboral” Labán lo incumple. Jacob se lo cuenta a sus esposas: “Vosotras sabéis que con todas mis fuerzas he servido a vuestro padre; y vuestro padre me ha engañado y me ha cambiado el salario diez veces; pero Dios no le ha permitido que me hiciese mal” (31:6, 7). “Miraba también Jacob el semblante de Labán, y veía que no era para con él como había sido antes” (31:2). Hay tensiones. El ambiente está cargado; es muy desagradable trabajar en estas condiciones. Hay celos y rivalidad de parte de los “otros trabajadores”, aunque Jacob está cumpliendo bien sus responsabilidades, pues los hijos de Labán le odian. Dios está haciendo incómoda su estancia en Padan-aram para que vuelva a su tierra. En medio de estas tensiones, y por medio de ellas, el Señor le llama a volver a su tierra: “También Jehová dijo a Jacob: vuélvete a la tierra de tus padres, y a tu parentela, y yo estaré contigo” (v. 3).

Dios usa la situación laboral para moldearnos, para corregirnos, para hacer de nosotros personas honradas en medio de gente deshonrada. Jacob ha engañado y ahora  conoce lo que es ser engañado. Experimenta en su carne el daño de la mentira. Sabe lo que es padecer injustamente. Sufre pérdidas. Su trabajo no es valorado. Es odiado sin haber hecho nada para merecerlo. El trato que ha dado a su hermano, Dios se lo devuelve. Pero no le abandona. Lo está guardando en medio de esta disciplina tan dura y lo está usando para que tenga ganas de volver a su tierra. Dios tiene un propósito en todo el mal que nos acontece, nos moldea, pero también nos llama a cumplir con nuestro llamado. Jacob está preparado para volver a casa.     

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Solo la Palabra

Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído, y sabemos, que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” Juan 6:68-69

La Biblia revela el amor de Dios por nosotros y su plan para salvarnos. En ella encontramos la verdad sobre el ser humano: cómo fue creado, cómo se alejó de su Creador y cómo Dios envió a Jesús para traer paz entre el Creador y su criatura. A través de ella, el Espíritu Santo actúa, convierte los corazones y transforma vidas.

Cuando algunos seguidores de Jesús lo abandonaron, Jesús preguntó a los doce discípulos si ellos también lo iban a dejar. “Simón Pedro le respondió: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído, y sabemos, que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Juan 6:68-69). Lee, estudia, y presta mucha atención a las palabras que son espíritu y vida, porque ellas “se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer, tengan vida en su nombre” (Juan 20:31).

Por: CPTLN

Un nuevo día

Guíame, Señor, en tu justicia, y por causa de mis adversarios endereza tu camino delante de mí. Salmo 5:8

Comienza un día más. Este día estará repleto de oportunidades y desafíos, y también de decisiones y elecciones. Saludarás o no a una persona, contestarás o ignorarás las llamadas telefónicas, seguirás un chisme en las redes sociales u optarás por preservar la reputación de alguien, construirás un puente o levantarás una muralla en tu relacionamiento con un compañero de trabajo o estudio, etc.

Al confrontarse con situaciones semejantes, el salmista ora a Dios, pidiéndole: “Guíame, Señor, en tu justicia, y por causa de mis adversarios endereza tu camino delante de mí”(Salmo 5:8). En este nuevo día de tu vida, ora como el salmista y busca, en primer lugar, el reino de Dios y su justicia. ¡Que tengas un excelente día!

Por: CPTLN

Moneda Fuerte

Entonces Jesús les dijo: Ustedes se justifican a ustedes mismos delante de la gente, pero Dios conoce su corazón; pues lo que la gente considera sublime, ante Dios resulta repugnante. Lucas 16:15

¿Cuánto cuesta el atardecer? ¿Y la sonrisa de un niño? Existen muchas cosas que el dinero no puede comprar. Bombardeados con publicidades e insinuaciones de toda la felicidad que el consumismo y el dinero supuestamente nos pueden dar, a veces es necesario que Dios nos despierte.

“… Pues lo que la gente considera sublime, ante Dios resulta repugnante.” (Lucas 16:15c). Eso les dijo Jesús a las personas que amaban el dinero. Y por más dinero que tengas, no podrás vivir eternamente, porque para entrar en el reino de Dios, la única moneda que cuenta es el amor de Jesús y su obra por nosotros. ¡Y eso lo recibes gratuitamente! El dinero que tienes no vale nada para Dios, pero tú sí.

Por: CPTLN

En busca de un sentido

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Juan 14:6

Cada vez que nos confrontamos con la muerte, nos cuestionamos o volvemos a plantear el sentido de la vida. Y es bueno que así sea. Los seres humanos necesitamos tener una brújula, un mapa, algo que oriente nuestra vida interior, pues dentro de cada uno de nosotros existe una especie de nostalgia, como unas ganas de entregarse a algo más fuerte, más grande y más sabio que nosotros.

En realidad, lo que ansiamos es una entrega total a Dios, pues sólo en él nuestra vida encuentra sentido. Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” El camino propuesto por Cristo es el único que puede completar el vacío que tenemos en nuestra vida. Jesús prometió que quien confía en él no morirá, sino que tendrá vida eterna. Por lo tanto, confía en Jesús y vivirás junto a él eternamente.

Por: CPTLN

¿Quién tiene el control?

Pero Dios, cuya misericordia es abundante, por el gran amor con que nos amó, nos dio vida junto con Cristo, aun cuando estábamos muertos en nuestros pecados (la gracia de Dios los ha salvado). Efesios 2:4-5

Todos los días nos enteramos en las noticias de personas que pierden la vida en accidentes automovilísticos. Personas que hoy están bien, viviendo la vida normalmente, que quizás a la mañana se preparan para ir al trabajo como todas las mañanas, y repentinamente pierden la vida en un accidente de tránsito.

Esto nos recuerda que hay cosas sobre las cuales no tenemos control. Por más que planeemos y organicemos nuestra vida, van a seguir existiendo cosas que no podremos nunca controlar. Entonces, ¿qué hacer? La mejor opción es confiar en Dios y pedirle su protección. Él tiene el control de todas las cosas y nos promete que todo coopera para el bien de quienes confían en él. Entrega tu vida a Dios, pues ¡él entrego la vida de Jesús para darnos vida eterna!

Por CPTLN

Dios es nuestro Padre

Leer | EFESIOS 2.4-10

De los muchos nombres de Dios en la Biblia, uno es especialmente consolador para mí en los momentos difíciles. ¡Qué maravilloso privilegio tenemos de poder llamarlo nuestro Padre celestial!

Ahora bien, sé que en la cultura de hoy, las relaciones familiares muchas veces no reflejan el corazón de Dios. Muchos padres son distantes, desatentos o crueles con sus hijos. Si esta fue su experiencia, puede resultarle difícil comprender el amor incondicional del Padre celestial. Veamos lo que significa ser adoptados por Él y el privilegio de llamarle “Padre”.

Primero, somos de Él. Encontramos mucha confianza y sentido de valía en esta verdad, pues la conciencia de que le pertenecemos llena una necesidad muy profunda que tenemos.

Segundo, nuestro Dios quiere relacionarse estrechamente con nosotros. Debemos ser sinceros al orar, porque el Señor nos acepta tal como somos. Por su amor, el Señor responde revelándose a sí mismo a nosotros de muchas maneras, y da palabras de vida, de paz y de gozo a nuestros corazones.

Tercero, Cristo nos ha prometido su eterna presencia. Después que fuimos salvos, nada puede separarnos de Él; ningún pecado es tan grande, y ninguna maldad tan poderosa.

Por causa del pecado, merecíamos la separación de nuestro Creador. Pero, por su gran amor, Dios nos redimió y adoptó en su familia. Ahora somos sus hijos, y podemos gozarnos en su aceptación incondicional y en su presencia eterna. No importa la clase de padre terrenal que hayamos tenido, podemos contar con el cuidado de nuestro Padre celestial.

Por: Min. En Contacto

A %d blogueros les gusta esto: