La Gloria Es De Dios Min Int

Quien como María

“Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo. Bendita tú entre las mujeres” (Lu. 1:28).

Todas las mujeres que aman al Señor de verdad aceptarían gustosamente ser madre del Mesías como María mismo reconoció: “Todas me llamarán bienaventurada” (Lu. 1:48). Todas dirían con María: “He aquí la sierva del Señor: hágase conmigo conforme a tu palabra” (Lu. 1:38). Y todas estas mujeres guardarían todas estas cosas, meditándolas en sus corazones (Lu. 2:19). Hasta ahora, bien. Pero ¿cuántas de ellas, como madres, dejarían de intervenir en la vida de su hijo cuando viesen una ocasión en que él podría hacer un favor para alguien? ¿Cuántas no darían sugerencias para que él se viese obligado a actuar? Por eso, él tuvo que frenar a su madre y recordarle que mandaba él, no ella.

¿Cuántas respetarían al hijo cuando estuviese predicando y no esperarían atenciones privilegiadas correspondientes a la posición de madre del conferenciante? ¿Cuántas creerían en él cuando todo el mundo lo tomase por loco y cuántas resistirían la tentación de llevarle a casa para ocuparse de él (Mar. 3:21, 31)? Muy pocas madres dejan que sus hijos forjen sus propios caminos sin intervenir.

¿Cuántas se mantendrían fieles hasta la muerte? Todas. Pero ¿cuántas seguirían creyendo en las promesas de Dios dadas treinta tres años atrás cuando parecen imposibles de cumplir porque él hijo ya estaba muerto? María sí. Porque allí estaba, dócil, entera, sin montar espectáculo, sin histerismos, al pie de la cruz, y dispuesta a ir a casa de Juan, dejando a sus otros hijos, para cumplir con el último deseo de su hijo.

¿Y cuántas esperaríamos el cumplimiento de una promesa que apenas entendíamos (Lu. 24:49) en el aposento alto, habiendo perdonado a los amigos de nuestro hijo por haberle abandonado en su hora de extremidad (Mar. 14:50) como hizo ella? Que los había perdonado se sabe, porque el texto dice “unánimes” (Hechos 1:1:14), y no hay unanimidad sin perdón.

¿Y cuántas estarían dispuestas a desaparecer de la historia cuando nuestro papel ya se había cumplida, sin que se supiese nada más de nosotras, dispuestas a abandonar el escenario y dejar de ser importante? Juan no escribe nada más de María después de este encuentro en el aposento alto. Ella no sale más en el libro de Hechos. Es muy difícil haber sido vital y luego no tener ningún papel importante.

Nos cuesta menguar para que él sea todo en todo, como dijo su primo, Juan el bautista (Jn. 3:30). Este es el test supremo de la espiritualidad, la habilidad de dar toda la importancia a Jesús y nada a nosotros mismas. Allí es donde la mayoría de nosotras fallamos. Queremos figurar. Queremos mandar, controlar, e intervenir en la vida de nuestros hijos cuando ya no nos toca. La opinión de Dios en cuanto a cómo María superó todas estas pruebas, no lo sabemos, ni tampoco nos toca juzgar, pero sí que nos ataña aprender las lecciones que se desprenden de su vida.

El papel de María es una actuación difícil de superar. A ver qué tal lo hacemos nosotras.   

Enviado por Mario Caballero

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