Mes: mayo 2019

Volverá

Todavía está fresca en nuestra memoria la celebración de la Navidad. Todavía nos gozamos en el hecho inefable de que «de tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Jn. 3:16) y que «en el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo al mundo, nacido de mujer (…) a fin de que recibiésemos la adopción de hijos» (Gá. 4:4-5). Estas dos afirmaciones contienen lo esencial de nuestra salvación: nuestra reconciliación con Dios y nuestra adopción como hijos en la familia divina, el perdón de nuestros pecados, la dádiva del Espíritu Santo para nuestra santificación y consolación, la confianza en que Dios escucha y tiene en cuenta nuestra oraciones, las promesas de Cristo como fuente de gozo y paz. Cualquier creyente medianamente familiarizado con los textos del Nuevo Testamento sabe cuán grande y cuán gloriosa es la salvación que Cristo vino a efectuar.

Sin embargo, su obra sería incompleta si no tuviera una dimensión escatológica, una proyección de futuro glorioso; muchas promesas de Cristo quedarían sin cumplimiento y nuestra fe entraría en zonas de incertidumbre; algunas preguntas quedarían sin respuesta. Por ejemplo, sabemos que, a la luz de muchos textos del Nuevo Testamento, la muerte física no agota la experiencia del cristiano; es una liberación que nos permite ascender a la casa del Padre (Jn. 14:3) y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor (Fil. 1:20-23). Pero ¿es eso todo y lo más importante?

Un hecho histórico puede ayudarnos a entender lo que Dios tiene reservado para el porvenir eterno más allá de la muerte física: El General norteamericano Douglas McArthur, comandante en jefe del ejército americano en las Islas Filipinas durante la segunda Guerra Muncial, recibió la orden del Presidente Eisenhower de abandonar las Islas Filipinas, donde se encontraba, y trasladarse a Australia como medida estratégica frente al empuje de las tropas japonesas. En el momento de su partida tuvo sólo dos palabras: «Me voy, pero volveré», emocionante promesa de que recuperaría las islas mencionados. Se cumplió su primera palabra, cuando los japoneses seguían cosechando victorias y avances. Pero después se cumplió igualmente la segunda. ¡Y McArthur volvió!

De modo análogo, el Señor Jesucristo se fue. Dejó la tierra para volver al Padre en las alturas de la gloria y del poder sin límites. En su ausencia física los enemigos se han multiplicado; sus discípulos también han sido humillados y maltratados. Pero «aún no es el fin» (Mt. 24:6). «Es necesario que Cristo permanezca en el cielo hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas» (Hch. 3:21), lo que equivale a decir: hasta la victoria definitiva.

La luz del futuro eterno

El Señor Jesucristo mismo amplió el horizonte de nuestra salvación con el anuncio de su regreso. Muchas de sus parábolas ilustran esa verdad, y algunas de sus declaraciones en sus discursos proféticos la exponen con claridad meridiana (Mt. 24:29-46). El apóstol Pablo abunda en referencias a ese evento, especialmente en sus dos cartas a los Tesalonicenses, y en 1 Corintios 15 amplifica el cuadro de la segunda venida con una exposición minuciosa de la resurrección de los creyentes en él (1 Co. 15:161 Co. 15:35-57). La conclusión resumida de la enseñanza bíblica es el mensaje de los ángeles a los discípulos en el momento de la ascensión de Jesús: «Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo» (Hch. 1:10-11).

Ese evento glorioso irá acompañado de acontecimientos impresionantes, entre ellos la resurrección -o transformación- de los creyentes que hayan muerto previamente (1 Ts. 4:13-17). Este milagro pondrá de manifiesto la energía vivificadora de Cristo: la corrupción dará lugar a la incorrupción; el deshonor, a la gloria; la debilidad, al poder; la herencia de Adán, a la herencia en Cristo (1 Co. 15:42-49); las cosas viejas, a las nuevas. Entonces se cumplirá la afirmación de Dios en su trono: «He aquí, yo hago nuevas todas las cosas» (Ap. 21:5).

Significado de la segunda venida

El advenimiento de Cristo en gloria pone de manifiesto verdades tan gloriosas como consoladoras:

La historia tiene unos límites

Los seres humanos somos dados a especular en torno al curso de la historia. ¿Es ésta controlada y dirigida por los seres humanos? ¿Es fruto de ideologías más o menos determinantes del curso de los acontecimientos? ¿Es previsible o es en gran medida fruto del azar o de una conjunción de factores que escapan al pensamiento y la acción de quienes la dirigen?

En respuesta a esos interrogantes la revelación cristiana nos presenta unos límites. Hay muchos hilos en el tejido de la historia que los hombres no pueden fabricar, ni romper o anular. Están en las manos de Dios. Los discípulos que se habían reunido el día de la ascensión de Jesús, le hicieron una pregunta llena de carga histórica: «Señor, ¿restituirás el reino a Israel en este tiempo?», a lo que Jesús respondió: «No os toca a vosotros conocer los tiempos o las sazones que el Padre puso en su sola potestad» (Hch. 1:6-7). No es menos aleccionador el diálogo de Jesús con Pilato. Ante el silencio del preso, el gobernador romano le pregunta: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte y poder para soltarte?» Respuesta: «Ninguna autoridad tendrías contra mí si no se te hubiera dado de arriba» (Jn. 19:10-11). ¡Concluyente! Los poderes de los hombres tienen unos acotamientos que nadie puede violar. La historia misma aporta suficientes ejemplos de la verdad que entraña esa afirmación.

Napoleón creyó que se haría dueño absoluto de Europa. Se equivocó. Acabo sus días desterrado y preso en la isla de Santa Elena. Carlos Marx pensó que el socialismo científico que propugnaba transformaría el mundo; pero sus seguidores más distinguidos, Lenin y Stalin, durante el siglo XX, convirtieron su doctrina en plataforma de una cruel dictadura; finalmente el comunismo del siglo XX se desplomó como un castillo de naipes. Hitler tuvo el convencimiento de que el III Reich alemán sería un imperio milenario; y a lograrlo dedicó todos sus esfuerzos. ¿Resultado? La segunda Guerra Mundial con millones de muertos; y la destrucción de media Europa. Él mismo acabó sus días suicidándose. Mala cosa es dejarse dominar por la arrogancia y el falso endiosamiento sin respetar los linderos fijados por la soberanía de Dios.

Cristo, clave de la historia

En el libro del Apocalipsis, revelación de Jesucristo, se muestra lo que ha de suceder en el curso del tiempo. Todo está contenido en un rollo sellado que nadie puede abrir. Solamente el «Cordero» (Cristo) tiene potestad para ello (Ap. 5:1-6Ap. 5:12-13). El apóstol Pablo complementa este revelamiento en su primera carta a los Corintios: «Es preciso que Cristo reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies (…) Y cuando dice que todas las cosas han sido sujetadas a él, claramente se exceptúa aquel que sujetó a él todas las cosas. Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas para que Dios sea todo en todos» (1 Co. 15:25-28).

Es obvio que en el tiempo presente la situación del mundo pone de relieve que esa visión está lejos de cumplirse, cosa que no debe sorprendernos. La historia de la humanidad, desde la caída de Adán, ha sido -y es- una historia de rebeliones. Pablo sintetiza las características del hombre con dos palabras: «impiedad» e «injusticia» (Ro. 1:18). La impiedad distingue la deteriorada relación del hombre con Dios. La injusticia pone al descubierto los males que se derivan de ella en las relaciones con el prójimo.

La situación de la humanidad, que desde el punto de vista material ha ido progresando, pone al descubierto, a ojos vistas, el deterioro moral de la sociedad en prácticamente todo el mundo: ambición, odios, violencia, desamor. Pese a todo, el rollo de la historia está en las manos de Cristo y todo avanza hacia la consumación de la era presente. Con el nacimiento de Jesús se hizo patente que, paso a paso, los planes de Dios se van cumpliendo, en la vida de los individuos y en la de los pueblos. Muy pronto las palabras y las acciones de Jesús apuntaron a una obra de reconciliación del hombre con Dios, obra de salvación en el sentido más amplio. El modo como esa salvación se realizó no pudo ser más maravilloso; tampoco más enigmáticco. Fue el fruto de una inaudita humillación: «Cristo, siendo en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y hallado en su porte exterior como hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose a sí mismo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil. 2:6-8).

Esa humillación prosigue aún hoy en la vida de sus discípulos, muchos de ellos despreciados, vejados, perseguidos hasta la muerte. Pero eso no es el fin de la historia. El fin está descrito en la segunda parte del cántico de Fil. 2:6-11: Después de la humillación, la exaltación de Cristo «hasta lo sumo», el otorgamiento del «nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla… y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Fil. 2:9-11).

Lo que al presente es para los creyente motivo de esperanza, en la conclusión de la historia será esplendorosa realidad. Así será, a pesar de las pruebas presentes y de la aparente tardanza del retorno.

El Señor dice: «Ciertamente vengo en breve».
Por eso la Iglesia, peregrina, clama: «Amén, sí, ven, Señor Jesús» (Ap. 22:20).

José M. Martínez

Enviado por: Hno. Mario Caballero

Sufrir por amor a otros

“Por tanto, todo lo soporto por amor de los escogidos, para que ellos también tengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna” (2 Tim. 2:10).

            Pablo está hablando de sus sufrimientos a causa del evangelio: “en el cual sufro penalidades, hasta prisiones a modo de malhechor” (v. 9), y dice que sufre para que otros puedan obtener la salvación. Esta es su motivación. Está dispuesto a sufrir torturas y presiones para que otros sean salvos. Predica, le arrestan, le suelten, y sigue predicando. Normalmente pensamos que está sufriendo por amor al Señor, para cumplir fielmente su ministerio, lo cual es cierto; pero más allá de esto está pensando en los que todavía no han oído y serán salvos por medio de su ministerio. Cuando está delante de una multitud, no sabe quiénes son los escogidos, pero cree que los hay, y que vale la pena predicar y sufrir por los que van a responder y ser salvos.

Esta es una forma muy hermosa de enfocar el ministerio. En lugar de pensar: “Voy a predicar, porque es necesario”, piensa: “Predico por amor a los escogidos”. Cuando nosotros salimos a evangelizar, lo podemos hacer con la misma motivación. Salimos a la calle, hablamos con la gente, algunos son indiferentes, otros responden mal, pero lo soportamos porque creemos que entre ellos se encuentran los escogidos.

También podemos sufrir por amor a los escogidos que tenemos en casa. Cuántas mujeres tienen que convivir con maridos en situaciones difíciles, soportando con paciencia muchas cosas para que sus maridos puedan ver su ejemplo y ser salvos. “Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas” (1 Pedro 3:1). Pablo predicaba y sufría por amor a los escogidos. La mujer predica con su conducta, y también sufre, por amor a los escogidos de su casa, porque cree que su marido y sus hijos son santificados, apartados para Dios, por amor a ella:“El marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido; pues de otra manera vuestros hijos serían inmundos, mientras que ahora son santos” (1 Cor. 7:14).

Este sufrimiento tiene una buena finalidad, para que otros, aquellos a los que desconozco y los que conozco, puedan llegar a conocer al Señor. Que él nos ayude a sufrir por a amor a estos escogidos, con ilusión, porque vale la pena, para que ellos también tengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna.

Enviado por: Hno. Mario Caballero

Tu relación con un jefe creyente

“Todos los que están bajo el yugo de esclavitud, tengan a sus amos por dignos de todo honor, para que no sea blasfemado el nombre de Dios y la doctrina. Y los que tienen amos creyentes, no los tengan en menos por ser hermanos, sino sírvanles mejor, por cuanto son creyentes y amado los que se benefician de su buen servicio. Esto enseña y exhorta” (1 Tim. 6:1-2).

¡En lugar de enseñar que la esclavitud es cosa aberrante y que los esclavos deben rebelarse contra sus amos y defender sus derechos como seres humanos, Pablo los enseña a someterse, tratarlos con respeto, y, si son creyentes, que los sirvan aun mejor! “Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios. Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís” (Col. 3: 22,23). Ser creyente no cambia los roles. Los esclavos siguen siendo esclavos y siguen teniendo que someterse a sus amos, y las mujeres siguen siendo mujeres con la obligación de someterse a sus maridos: “Casadas estad sujetas a vuestros maridos”, y los hijos a sus padres: “Hijos, obedeced a vuestros padres en todo” (Col. 3: 18, 20). El mismo que escribió estas instrucciones escribió: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal. 3:28). En cuanto a la salvación, no hay esclavo ni libre, pero en cuanto a roles dentro de la sociedad, sí que lo hay: el esclavo sigue siendo esclavo con la responsabilidad adicional de ser un esclavo ejemplar por amor a Cristo.

            Somos iguales en valor delante de Dios, pero no en cuanto a roles, ministerios, responsabilidades y deberes. Si tu jefe en el trabajo es creyente, esto no significa que puedes tratarlo como colega, como amigo, para discutir con él las condiciones de tu trabajo. Él manda. Si estás en un ministerio cristiano, tienes que someterte al responsable, tratarle con respeto, y obedecerle, aunque no estés de acuerdo con lo que manda. Es tú jefe, no tu amigo del alma. Hay una distancia que se tiene que guardar. Lo mismo pasa con el pastor. Hay que someterse a él, aunque sea tu amigo. Tú estás bajo su responsabilidad y tienes que obedecerle: “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos” (Heb. 13:17). La igualdad en cuanto a la salvación no quiere decir que esta es una democracia y que yo puedo hacer lo que me parece, o presentar mi opinión y esperar que se haga lo que yo estimo conveniente.

            En el mundo nos enseñan a defender nuestros derechos, que hay igualdad absoluta, que la sumisión es cosa del pasado, que ya no hay roles, que puedes tutear a todo el mundo, y el resultado es que el respeto para la autoridad se ha ido y la convivencia es mucho más complicada. Sube una generación que no respeta a padres, ni a profesores, ni a pastores, ni a jefes, ni a gobernantes, ni a maridos. El resultado es una persona indisciplinada, indomada, rebelde, egoísta, con falta de respeto, que no ocupa el lugar que le responde. El Señor Jesús se sometía a la voluntad del Padre siempre, y por ello, no era menos, sino más, más glorioso, más digno, y más hermoso como persona. La sumisión embellece el carácter del que se somete, porque demuestra su humildad, una cualidad hermosa que solo puede demonstrar la persona que es segura de su valía en sí misma y de su identidad delante de Dios. El más grande en el Reino de Dios es el Siervo del Señor, el Señor Jesús, el más sumiso de todos.     

Enviado por el Hno. Mario Caballero

No me lo quedo

“Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5:7).

Cuando hablamos para edificar, al final de la conversación la otra persona está refrescada en su espíritu y tiene cosas edificantes en qué pensar. Puede ir sacando provecho de la conversación durante mucho tiempo, ¡como de un mensaje del púlpito!

Una amiga ha sufrido una gran pérdida. La gente viene para consolarla y pregunta cómo está. Ella ha recibido tanto consuelo y ánimo de parte del Señor que si les contesta que está gozosa en el Señor, casi se van a ofender, porque, aunque son creyentes, no lo entienden. Pensarán que es insensible, pero no es el caso. Es que ha aprendido a sacar vida del Señor.

En la ilustración que el Señor usó de la vid y los pámpanos, los pámpanos sacan todo lo que necesitan de la vid. “Yo soy la vid y vosotros los pámpanos: el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto, porque separados de mí, nada podéis hacer” (Juan 15: 5). ¿Qué necesitas? Consuelo. Esto se saca de la Vid. ¿Qué necesitas? Fuerza. Esta se saca de la Vid. ¿Necesitas esperanza? Lo mismo. Se recibe lo que haga falta por el cauce de la oración mediante la fe. Pides y recibes, por fe.

A esta misma amiga le dije que no le iba a explica ningún problema ahora, porque ya tenía suficiente con lo suyo. Me contestó que le puede explicar lo que fuese, porque no se lo queda. Ha aprendido a echar sus cargas y las de los demás sobre el Señor de manera que no las retiene. Se libra de ellas echándolas sobre Él.

Aquí hay dos cosas, una es dar al Señor tus problemas y ansiedades y otra es recibir de Él lo que necesitas. Esta es una relación de dar y recibir. Nos sobran ciertas cosas y nos faltan otras. Pues, al Señor le damos los disgustos, las ansiedades, los problemas, las imposibilidades, y nuestro pecado, y del Él recibimos gracia, ánimo, fuerza, visión, consolación, perdón y gozo. Esta es una relación muy hermosa con el Señor, de total dependencia, y vida en abundancia. Y el resultado es mucho fruto.


Enviado por el Hno. Mario Caballero

Comer de Jesús ó comer a Jesús

“Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo, y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque este es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de pecados” (Mateo 26: 26-29).

  Los discípulos participaron en esta primera “Cena del Señor” y para ellos era “el pan, pan, y el vino, vino”. No recibieron ninguna gracia especial, porque aquella misma noche todos abandonaron al Señor y huyeron. No produjo ningún cambio en ellos. Sus corazones no fueron transformados hasta recibir el Espíritu Santo en el Día de Pentecostés 43 días más tarde. La cena no les dio valentía. Pedro negaría al Señor unas horas más tarde, y los demás se esparcieron, temiendo por sus vidas. Aun estaban con mucho miedo tres días más tarde cuando el Señor resucitado se les apareció: “Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos, por medio de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros” (Mat. 20:19). Su participación de la Santa Cena tampoco había fortalecido su fe, porque Jesús tuvo que decirlos: “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!” (Lu. 24:25). No les ayudó a comprender las Escrituras, ni el propósito de la muerte de Jesús. No habían recibido ningún beneficio de tomar del pan y el vino.



        El apóstol Pablo explica el significado de la Mesa del Señor en su carta a los Corintios: “Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan…” Termina explicando el motivo de la participación: “Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebéis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1 Cor. 11: 23-26). Es recordatorio. El perdón de pecados, según la enseñanza de Jesús, no es por beber del vino, sino por la sangre derramada en el Calvario: “Esta es mi sangre… que es derramada por remisión de pecados”. El vino representa aquella sangre. No hay perdón en la copa, sino en la combinación de de la muerte de Jesús en nuestro lugar, por una parte, y nuestra fe en esta muerte para nuestra justificación, por otra. La muerte de Cristo, sin fe de nuestra parte, no nos beneficia, y participar de la copa, si él no hubiese muerto, tampoco. Si su muerte en sí salvara, todo el mundo sería salvo. Y si la copa salvase, todos lo que beben de ella serían salvos. Los salvos son los que beben de Él con fe. 
 
Enviado por: Hno. Mario Caballero 

El mejor regalo para los niños

“Enseña al niño a seguir fielmente su camino, y aunque llegue a anciano no se apartará de él.” Proverbios 22:6

A todos los niños les gusta recibir regalos. Pero, ¿cuál es el mejor regalo que le podemos hacer a un niño? Algunos dirán que los niños necesitan tener la seguridad de un hogar. Otros dirán, que el mejor regalo que se les puede dar es una buena educación. Dios, por su parte, dice: “Enseña al niño a seguir fielmente su camino, y aunque llegue a anciano no se apartará de él” (Proverbios 22:6).

En términos prácticos, lo que Dios está diciendo es que desde pequeños les enseñemos a nuestros niños la Palabra de Dios y cómo aplicarla a la vida, les ayudemos a apreciar lo que significa participar de una comunidad de fe y les mostremos con nuestro ejemplo cómo viven los hijos de Dios.

Por: CPTLN

Dios reprimido

“Señor, tú has sido propicio a tu tierra: has hecho volver a Jacob de su cautividad, has perdonado la iniquidad de tu pueblo, has perdonado todos sus pecados, has reprimido completamente tu enojo, has alejado de ti el ardor de tu ira. ¡Ahora restáuranos, Dios de nuestra salvación! ¡Deja ya de estar airado contra nosotros! Señor, ¡danos muestras de tu misericordia! ¡Concédenos tu salvación!” Salmo 85:1-4; 7

¿Dios reprimido? Muchas veces, debido a su misericordia y compasión, Dios reprimió su indignación con los seres humanos. Al venir al mundo, Jesús demostró ese amor y misericordia, sufrió en lugar de los pecadores, y aún habiendo podido rehusarse a morir, se humilló y reprimió por nosotros, para darnos la salvación y reconciliarnos con el Padre.

Reconociendo la paciencia y el perdón de Dios, el salmista escribió: “Has reprimido completamente tu enojo, has alejado de ti el ardor de tu ira” (Salmo 85:3). Qué buena noticia es para nosotros saber que Dios está siempre dispuesto a salvar.

Por: CPTLN

Una vida bien vivida

“Jesús le dijo: ‘Tu hermano resucitará.’ Marta le dijo: ‘Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día final.’ Jesús le dijo: ‘Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.'” Juan 11:23-26

Realizaciones, fama, éxito, posesiones, convicciones políticas… Nada de esto vale una vida. Son muchos quienes, al llegar a sus últimos días de vida, confiesan que, al final de cuentas, una vida sin esperanza es inútil, llena de desencantos, que sólo lleva a la muerte.

Sin embargo, Jesucristo promete que, en él, incluso después de la muerte hay vida y nos renueva diciéndonos: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Juan 11:25-26). La vida vivida con Jesús es una vida bien vivida, ¡es maravillosa!

Por: CPTLN

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