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¿De qué manera amamos a Jesús?

¿DE QUÉ MANERAS AMAMOS A JESÚS?


“Le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19).
Una famosa poetiza inglesa del Siglo XIX escribió: “¿Cómo te amo? Déjame contar las maneras”. Amamos al Señor Jesús de muchas maneras. Tiene diferentes roles en nuestra vida.

Inicialmente le amamos como Salvador, porque nos amó primero y puso su vida para salvarnos, porque nos lavó de nuestros pecados en su propia sangre.


Le amamos como nuestro Pastor quien nos buscó cuando nos habíamos descarriado, curó nuestras heridas, y nos llevó en brazos al redil. Nos apacienta junto a aguas de reposo, nos acompaña en la aflicción, nos protege y nos defiende, nos mantiene en la senda correcta, nos acompaña por el valle de la sombra de la muerte, y nos recibe en la Casa de su Padre al final.


Le amamos como Hermano mayor que es; Él es el Hijo Primogénito del mismo Padre.

Le amamos como Amigo. Dijo que ya no nos llamaría siervos, sino amigos. Como Amigo le invitamos a casa y le preparamos un banquete. De rodillas lavamos sus pies, llorando de gratitud, porque Él lavó nuestros corazones con su sangre. Le amamos como Maestro, porque lo es. Nos enseña las lecciones de la vida. Nos acompaña por la senda de la vida exponiéndonos las Escrituras, y nuestros corazones arden con gozo cuando las comprendemos. Nos revela al Padre.


Le amamos como Profeta, dándonos a entender la mente de Dios.

Le amamos como Piloto y Capitán. Pasamos por las tormentas de la vida con Él en nuestro barco. Calma viento y marea para que lleguemos con bien al otro lado.


Le amamos como Abogado, pues ruega por nosotros delante del Padre mostrándole las marcas de su pasión para nuestra justificación.


Le amamos como Sacerdote quien intercede por nosotros, siempre presentando nuestras necesidades delante del Padre.


Le amamos como nuestro Prometido, el que nos encontró cuando éramos recién nacidos, abandonadas para para morir, todavía cubiertas con la sangre del parto y el cordón umbilical sin cortar. Nos limpió, nos dio vida, y nos hermoseó. Con el paso del tiempo nos llamó suyo, pero no guardamos el pacto. Entonces perdonó nuestra infidelidad, nos restauró, por amor a su pacto y su propia fidelidad.


Le amamos con un amor apasionado y sagrado. Él es el que ama nuestra alma. Nos llama preciosas, nos ve hermosas. Nos busca, se deleita en nosotras, nos ama con amor celoso y nos quiere exclusivamente para Él.


Le amamos como el Dueño de los campos donde le servimos espigando. Él aligera nuestro trabajo, reconoce el trabajo bien hecho, nos da descansos y consuela nuestro corazón con palabras reconfortantes. Luego nos eleva a una posición más alta que siervas, nos cubre con su manto, y dice que esperemos mientras hace planes para recibirnos como esposa, pues es nuestro Pariente cercano, nuestro Redentor quien un día será nuestro Esposo. Mientras tanto seguimos sirviendo al Dios vivo y esperando a su Hijo desde los cielos. Nos vendrá a buscar y nos llevará a la casa de su Padre donde nos mostrará la gloria que tuvo con Él antes que el mundo fuese. La escena de como estaremos sentadas a su lado en la mesa de la Cena Nupcial del Cordero, Él el Novio y nosotras la Novia, ya supera nuestra imaginación. Estaremos vestidas en su hermosura, sin mancha ni arruga, en la gloria de su presencia, vestidas en su justicia y santidad, y su bandera sobre nosotros será el amor.


Le amamos como nuestro Esposo-Rey. Se sentará en el trono de su padre David para reinar sobre el universo, y estaremos a su lado por un acto de gracia y misericordia que excede todo entendimiento. Colocaremos nuestras coronas a sus pies y le adoraremos, perdidas en el esplendor de su gloria, transportadas en admiración a su Persona, profundamente conmovidas en amor y alabanza. Allí le adoraremos como nuestro Señor y nuestro Dios. Y aquí termina la historia felizmente, para siempre con el Señor, o más bien digamos, aquí empieza, porque será el comienzo de una vida que no conoce fin. Cuando llevemos miles de años con Él no tendremos menos días para cantar sus alabanzas que el día que empezamos.


Él es nuestro Anhelado, esperado y bien amado Salvador.


Enviado por: Hno. Mario Caballero

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