Mes: junio 2018

Su presencia

“¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; si en el Seol hiciere mis estrado, he aquí, allí tú estás” (Salmo 139:7, 8)

 

Dios está con nosotros en nuestros momentos eufóricos y sublimes y cuando se apodera de nosotros un negro depresión y descendemos al abismo. Es más fácil dar con Él en la profunda tristeza, cuando realmente tocamos fondo, que cuando estamos emocionadas y contentísimas. Viviendo la realidad de nuestra condenación en anticipación del infierno es cuando damos con la maravillosa noticia del evangelio, que Cristo descendió allí para sacarnos de las garras de la muerte eterna. Cuanto más intensamente vivimos nuestra condena, más nos maravillaremos de nuestra salvación.

 Supresencia

 

No hay pena tan profunda como para que Cristo no te pueda acompañar a vivirla. Se sienta contigo en el suelo de tu celda en la oscuridad de la prisión y te hace compañía. Cuando las cosas van bien y vives los momentos más felices de tu vida, allí está Él, experimentándolos más intensamente que tú, celebrando con más alegría y más júbilo.

 

Somos capaces de emociones muy profundos. “Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra. Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán; aun la noche resplandecerá alrededor de mí. Aun las tinieblas no encubren de ti; y la noche resplandece como el día: lo mismo te son las tinieblas que la luz” (vs. 9-12). Nuestra alma sube a alturas más altas que las cumbres de las montañas y baja a abismos más profundos que el fondo del mar. Conoce una oscuridad más negra que las noches de la tierra, y un gozo más grande que la luz del alba. El Salmo revela que Dios está presente en todas estas experiencias, está allí, nos guía en el mar sin caminos, sube a nuestras alturas en dulce comunión con nosotros, su presencia alumbra la noche más desesperanzadora, la oscuridad más satánica no nos puede separar de Él. En nuestra desesperación está más presente que las tinieblas que nos oprimen, y, en el gozo, más cercano que la luz en nuestros ojos. Deseamos vivir intensamente la realidad de que estamos rodeadas por Él, habitadas por Él, fundadas en Él, escudriñadas y trasportadas, conducidas y acompañadas, alumbradas y glorificadas, sujetadas y cogidas por su mano, dirigidas y comprendidas por el omnipresente y omnisciente Dios. Él es nuestro Dios. Quiere estar cerca de nosotros. El porqué, no lo podemos sondear; es un secreto escondido en su eterno e íntimo amor, ¡pero lo celebramos con todo nuestro ser!

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Qué necesitas

 

“Y allí se metió en una cueva, donde pasó la noche. Y vino a él palabra de Jehová , el cual le dijo: ¿Qué haces aquí Elías?  (1 Reyes 19:9)

            Lo que sigue es una conversación entrañable entre el profeta angustiado y su Dios. Elías explica que está escondido en el monte de Dios en una cueva porque le buscan para quitarle la vida y él es el único de los profetas que ha quedado. Dios le dice que salga de la cueva y que se ponga en el monte delante de Dios. “Y he aquí Jehová que pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes y quebraba las peñas delante de Jehová, pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto, pero Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego” (v. 11, 12). Ahora, esto es muy interesante, porque nosotros habríamos pensando que sí. ¿No son las tres cosas símbolos del Espíritu Santo de Dios? En el Día de Pentecostés vino el Espíritu Santo con un viento recio que soplaba “y llenó toda la casa donde estaban sentados” (Hechos 2:2). ¿Y no es el fuego otro símbolo de Dios? “Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos” (Hechos 2:3). Cuando el Señor Jesús murió vino un gran terremoto que partió rocas y abrió sepulcros (Mat. 27: 51, 54). El viento simboliza vida nueva, el fuego santidad, y el terremoto, poder. Todos son atributos de Dios. Pero todas estas cosas Elías ya tenía: ya tenía una vida poderosa de santidad. Lo que necesitaba era la Palabra de Dios, una palabra clara para su situación y esta palabra le vino en la voz de Dios que le habló en “un silbo apacible y delicado” (v. 12).

quénecesitas

            En su vida poderosa de santidad necesitaba también comunión con Dios, necesitaba oír su voz guiándole en su situación presente, igual que nosotros. ¿Qué hacer? Está solo. Le buscan para matarle. Israel se quedará sin profeta. La voz de Dios se va a extinguir en Israel. Así parecía. Pero Dios tenía su plan y su provisión para él, y la tiene para nosotros, para cada uno según su situación. Lo que necesitaba Elías era un compañero en el ministerio, alguien para reemplazarle cuando Dios le llamase a Casa.  Israel también necesitaba un nuevo rey. El hombre que reinaba ahora era él que le buscaba para matarle.  El Señor le dijo: “A Jehu hijo de Nimsi ungirás por rey sobre Israel y a Eliseo… ungirás para que sea profeta en tu lugar” (v. 16). Con estas dos cosas, todo estaba solucionado. Israel no quedaría sin voz profética, y el profeta no estaría solo. Ya estaría acompañado por Eliseo a quien iba a formar para ocupar su lugar. Y Dios le dijo una cosa más: “Y yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblarán ante Baal, y cuyas bocas no lo besaron” (v. 18). Elías no quedaría como el único fiel a Dios en Israel en medio de la gran apostasía que la nación estaba viviendo.

            Los dones de Dios, el poder sobrenatural para obrar milagros, y el don de la profecía no eran capaces de sacar a Elías de sus temores, pero la Palabra de Dios, sí. Los dones del Espíritu han de ir acompañadas por la Palabra de

Dios, esta palabra personal que anima, alienta y restaura. Tú, espera en el Señor, búscale, y te vendrá la palabra personal de Dios que restaurará tu alma.

Enviado por el Hno. Mario Caballero


Canta y cumple

“Así cantaré tu nombre para siempre, pagando mis votos cada día” (Salmo 61:8)

            El Salmista está celebrando lo que Dios significa para él. Tiene muchos motivos para cantar alabanzas a su nombre. Dios es su roca (v. 2), da solidez a su vida. Es su refugio, su torre fuerte que le proteja del enemigo (v. 3). Es su residencia, mora en su  tabernáculo, en su presencia, debajo de sus alas, en su amor. Pero no va a alabar al Señor sin estar comprometido con Él: “Así cantaré tu nombre para siempre, pagando mis votos cada día”. Adorarle sin cumplir con nuestro deber hacia Él no vale. Esto sería cantar por cantar. La adoración debe ir acompañada por el cumplimiento de nuestras responsabilidades, por “pagar nuestros votos”.

            ¿Qué votos? Algunos dirán: “Ninguno”. No le he prometido nada. ¿Qué? ¿No le has prometido nada al Señor? ¿Cómo puede ser? Creer sin votos, sin compromiso, no significa nada. No es una opción. No se puede creer de verdad sin compromiso. Sería como vivir juntos sin el matrimonio. En tal caso no hay votos. La pareja no se compromete a nada y la relación puede disolverse cuando quieren. Pero el amor sin compromiso no es amor. La fe sin compromiso tampoco es fe.

            ¿Qué votos hemos hecho, consciente o inconscientemente, al confesar fe en el Señor Jesús? Hay muchos implícitos en nuestra conversión. Nos hemos prometido a seguir a Cristo, a seguir su ejemplo, y a ser consecuentes en nuestro estilo de vida. Nos hemos comprometido a obedecerle y servirle con nuestros dones. Nos hemos comprometido con la Palabra de Dios, a seguir sus enseñanzas. Estamos comprometidos con una iglesia local y nos hemos puesto bajo su autoridad. Estamos comprometidos con la Iglesia del Señor a través del mundo. Hemos prometido fidelidad a Jesús hasta la muerte. Los que se convierten jóvenes, se comprometen a mantenerse puros hasta casarse. En el matrimonio nos hemos prometido fidelidad hasta la muerte.  

 

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            El salmista dice: “pagando mis votos cada día”. Nuestro compromiso con el Señor es a diario. Cada día nos hemos comprometido a andar con Él, mantener al comunión con él a lo largo del día, confesar nuestros pecados cuando surgen, recibir limpieza y seguir caminando en santidad. Cada día leemos su Palabra y oramos. Cada día nos relacionamos con su pueblo, nuestros hermanos en Cristo. Cada día usamos nuestros dones para servirle. Y cada día vivimos para dar testimonio con nuestra vida.

            Cristo se comprometió con nosotros hasta la muerte. Y él ha prometido nunca dejarnos, ni desampararnos. Estará con nosotros cada día de nuestra vida hasta el fin. Pero no es “hasta que la muerte nos separe”, sino, ¡hasta que la muerte nos une!, físicamente, hasta que nuestra fe se convierte en vista! Cada día nos pastorea, cada día nos alimenta de su Palabra, cada día nos guía y cada día nos habla y nos busca para tener comunión con nosotros. Está comprometido con nosotros toda la vida, cada día, y por toda la eternidad. Y así nosotros con Él. 

Enviado por el Hno. Mario Caballero

La pregunta de los padres

“Hijo mío, no te olvides de mi ley, y tu corazón guarde mis mandamientos” (Prov. 3:1)

¿Cómo padre (madre) tengo el derecho de imponer mis convicciones religiosas sobre mi hijo?

Esta es una pregunta de una sutileza diabólica, al estilo de la que hizo Satanás a Eva en el huerto de Edén. El mundo contestaría que no, que el hijo tiene que decidir por sí mismo cuando sea mayor, que tú tienes que respetar su derecho a determinar el curso de su vida. La Biblia dice: “¿Cómo creerán en el que no han oído? (Rom. 10:14). También dice: “Y vosotros padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Ef. 6:4). No tienes que imponer nada. La fe no es una cosa que se pueda imponer; tiene que salir de alguien libremente. Él tiene que obedecer a Dios por voluntad propia. No puedes esforzarle a creer el evangelio. Lo que haces es enseñarle. De todas formas, la fe es un don de Dios. Tu parte es enseñarle. Nadie se ha convertido a Cristo sin ninguna información. Ningún joven por su cuenta, sin conocer el evangelio, va a decidir ir contracorriente, sufrir la burla de sus compañeros de clase, sacrificar su propia voluntad, disciplinarse y tomar su cruz para seguir a Cristo. Es más, el mundo tendrá a tu hijo muy atrapado en sus redes ya a la edad de la adolescencia si no actúas pronto.

 

Todo lo que un padre puede hacer es poco en comparación con la tremenda presión que el mundo pone sobre un joven a conformarse a su mentalidad. El mundo ejerce un adoctrinamiento injusto sobre tu hijo para comerle el coco, y esto por el sistema educativo, los medios de comunicación, las amistades, el ordenador, etc. Y el mundo nunca se pregunta si tiene el derecho de imponer sus valores sobre niños inocentes. El caso es que no lo tiene. El mundo no los ha engendrado, no los ha creado, no ha sufragado sus gastos, y no los mantiene. No son suyos. Y no tiene el derecho de adoctrinarlos según su ideología, sus criterios y su estilo de vida, que, de todas formas, apelan a la naturaleza caída del niño, quien casi los aprende por sí solo. La parte difícil es encaminarle en otro sentido y esta es la parte que les toca a los padres.

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            Parece que vivimos en un mundo que quiere controlar más y más la vida de nuestros hijos. ¡Les enseña a exigir sus derechos y denunciar a sus padres si les disciplinan! Aquí no hay nada de justicia. Una niña viene de un hogar roto por el divorcio de sus padres y tiene que visitar a su tutora del colegio. Ésta la hace muchas preguntas acerca de lo que pasa en el hogar, para que ella informe sobre su padre o su madre. Si hacen algo que la tutora no aprueba, como, por ejemplo, enseñarle la Biblia, disciplinarle, o ponerle normas que no considera las adecuadas, a saber, que no coinciden con las de la educadora, ¡hay problemas! ¡La tutora interviene en la vida familiar para imponer sus criterios! ¿En qué mundo vivimos? Los padres tiene cada vez menos derechos y “el sistema” cada vez más. Es previsible que llegue el día en que está prohibido enseñar la Biblia a los hijos. (¡Difícilmente llegará el día en que está prohibido enseñar el Corán!). 

Hemos de aprovechar la poca libertad que hay ahora para enseñar los caminos de Dios a los hijos, porque mañana será más difícil, y el precio que pagaremos será más caro, pero todavía lo haremos, porque obedeceremos al Señor, cueste lo que cueste. Nuestra primera lealtad es a Él y a lo que Él nos ha pedido a nosotros como padres.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

El Buen Pastor

Leer | SALMO 23

 

“Junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma” (Sal 23.2, 3). Usted probablemente ha escuchado este pasaje innumerables veces. Pero, no importa con qué frecuencia sea recitado este salmo, parece como si algunas veces pasáramos desapercibido el alcance de su mensaje: Dios restaura nuestra alma.

La manera en que lo hace, es por medio de la comunión con Él. Aunque a veces nos apartamos de su senda, Él sigue siendo el Buen Pastor. Tenemos la tendencia a descarriarnos, pero Él vuelve a recibirnos gozosamente, y siempre está dispuesto a perdonarnos.

Pero ¿por qué tendemos a apartarnos? La realidad es que, probablemente usted nunca tomó la decisión consciente de olvidarse de Dios. Esto sucede, por lo general, como resultado de nuestros deseos de satisfacer nuestras aspiraciones personales. Cuando nos obstinamos por lograr bienestar y seguridad sin tener en cuenta a Dios, nos extraviamos más y más.

ElBuenPastor

Lucas 15.3-7 es una imagen maravillosa de la cálida recepción que espera a una “oveja” perdida. ¿Castiga el pastor a la oveja descarriada? Por el contrario, hace una celebración, porque lo que se había perdido ha sido encontrado. De manera semejante, el cielo se regocija cuando un hijo de Dios descarriado vuelve al “redil”.

Al volver al Señor, es posible que usted experimente la disciplina divina, pero como creyente, nunca incurrirá en su ira. Esa ira ya fue derramada sobre su Hijo, quien llevó el castigo por nosotros. ¿Es usted una oveja perdida que está vagando lejos de su amoroso Pastor? Deténgase y escuche su voz, y será conducido a salvo al hogar celestial.

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Dios es nuestro Padre

Leer | EFESIOS 2.4-10

 

De los muchos nombres de Dios en la Biblia, uno es especialmente consolador para mí en los momentos difíciles. ¡Qué maravilloso privilegio tenemos de poder llamarlo nuestro Padre celestial!

Ahora bien, sé que en la cultura de hoy, las relaciones familiares muchas veces no reflejan el corazón de Dios. Muchos padres son distantes, desatentos o crueles con sus hijos. Si esta fue su experiencia, puede resultarle difícil comprender el amor incondicional del Padre celestial. Veamos lo que significa ser adoptados por Él y el privilegio de llamarle “Padre”.

 

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Primero, somos de Él. Encontramos mucha confianza y sentido de valía en esta verdad, pues la conciencia de que le pertenecemos llena una necesidad muy profunda que tenemos.

Segundo, nuestro Dios quiere relacionarse estrechamente con nosotros. Debemos ser sinceros al orar, porque el Señor nos acepta tal como somos. Por su amor, el Señor responde revelándose a sí mismo a nosotros de muchas maneras, y da palabras de vida, de paz y de gozo a nuestros corazones.

Tercero, Cristo nos ha prometido su eterna presencia. Después que fuimos salvos, nada puede separarnos de Él; ningún pecado es tan grande, y ninguna maldad tan poderosa.

 

Por causa del pecado, merecíamos la separación de nuestro Creador. Pero, por su gran amor, Dios nos redimió y adoptó en su familia. Ahora somos sus hijos, y podemos gozarnos en su aceptación incondicional y en su presencia eterna. No importa la clase de padre terrenal que hayamos tenido, podemos contar con el cuidado de nuestro Padre celestial.

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Razones para confiar en Dios

Leer | HEBREOS 10.19-23

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En nuestro mundo aquejado de problemas, las injusticias, los crímenes y la falsedad es lo que abunda en las noticias.

Sin embargo, tenemos un Dios cuyas acciones son perfectas y que es fiel a toda promesa que ha hecho. Él es el mismo “ayer, y hoy, y por los siglos” (He 13.8). Podemos tener absoluta confianza en el Señor, porque Él es:

Omnisciente. Nuestro Padre celestial sabe lo que le está sucediendo a cada persona en todo momento (Lc 12.2, 3). Su conocimiento es total; no hay ninguna circunstancia que le sea desconocida, ni pensamiento que Él no discierna.

Omnipotente. Dios tiene poder absoluto sobre todas las cosas; nada está fuera de su control. Él usa su poder para hacer su voluntad perfecta. Ninguna autoridad en el cielo o en la Tierra puede frustrar sus propósitos (Job 42.2; Mt 19.26).

Omnipresente. La totalidad del espacio y del tiempo están al alcance de su mirada (Sal 139.7-12).

Veraz. Dios no puede mentir; Él dice siempre la verdad. Podemos confiar plenamente en su Palabra y en sus respuestas a nuestras oraciones.

Amoroso. Podemos también tener confianza en las intenciones del Señor, porque su carácter es el amor absoluto (Ro 8.28; 1 Jn 4.8).

La naturaleza de Dios no es afectada por el tiempo, el lugar, las personas o las circunstancias. Él nunca se equivoca en lo que dice o hace, porque su conocimiento es perfecto. Su soberanía es total, y todo está al alcance de su mirada. Cada promesa está garantizada en Jesucristo (2 Co 1.20). Él es Aquel en quien podemos contar cada día de nuestra vida. ¡Aleluya!

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El Espíritu Santo nos da poder para vencer

Dios te bendiga

Desde el Departamento De Educación Cristiana de la Iglesia De Dios El Taller Del Alfarero te invitamos a escuchar la Escuela Bíblica Dominical de esta semana con el tema El Espíritu Santo nos da poder por el Canal La Gloria Es De Dios

http://www.ministeriotv.com/video/la-gloria-es-de-dios-13675

 

 

El servicio que honra a Dios

Leer | 2 TIMOTEO 2.4, 16-25

 

En la segunda carta de Pablo a Timoteo, el apóstol le ofrece útiles instrucciones que se aplican a todos los cristianos. Esa epístola es un precioso compendio de lecciones de vida que Pablo había aprendido en su servicio al Señor.

 

El apóstol sabía que, aunque habían personas que estaban sirviendo al Señor por amor, otras estaban predicando a Cristo “por envidia y contienda”, en vez de hacerlo por motivos puros (Fil 1.15, 17). En cuanto a sí mismo, Pablo dice que desde el comienzo de su vida cristiana, había estado sirviendo al Señor con limpia conciencia (2 Ti 1.3).  Después, al comunicarle algunas directrices en cuanto al servicio que agrada a Dios, le dice a Timoteo: “Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado” (2.4).

ElServquehonraaDios

 

Hay, sin duda, cientos de maneras de “enredarse”, pero Pablo le da un ejemplo específico. En el v. 14, le advierte en cuanto a la discusión entre los miembros de la iglesia, pues eso puede llevar a la perdición. También le advierte a Timoteo que evite “profanas y vanas palabrerías” (v. 6), y lo exhorta a desechar “las cuestiones necias e insensatas, sabiendo que engendran contiendas” (v. 23). Pablo resume la idea en el versículo siguiente, diciendo que “el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido”.

 

¡Con qué rapidez el servicio a Dios se convierte en un debate! A veces, pensamos que la única manera de corregir alguien de un error es por medio de una fuerte discusión, cuando en realidad, se puede lograr con mansedumbre (v. 25).

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Dios interrumpe la alabanza

“Y David y toda la casa de Israel danzaba delante de Jehová con toda clase de  instrumentos de madera de haya; con arpas, salterios, panderos, flautas y címbalos. Cuando llegaron a la era de Nacón, Uza extendió su mano al arca de Dios, y la sostuvo; porque los bueyes tropezaban. Y el furor de Jehová se encendió contra Uza, y lo hirió allí Dios por aquella temeridad, y cayó allí muerto junto al arca de  Dios” (2 Sam. 6:5-7).

            La escena era una de júbilo. Estaban llevando el arca de Dios, “sobre el cual era invocado el nombre de Jehová de los ejércitos, que mora ente los querubines”, a Jerusalén de nuevo después de haberlo tenido en tierra de los filisteos durante muchos años. El pueblo estaba de fiesta celebrando su retorno. David y todo Israel danzaban delante de Dios con toda clase de instrumentos musicales. Fue como un culto multitudinario de alabanza a Dios llevado a cabo en la calle. De repente los bueyes empezaban a tropezar, el arca tambaleaba, Uza extendió su mano para sostenerlo para que no cayese, y Dios le fulminó. Cayó muerto al lado del arca. La celebración se cortó a secas. La alabanza se convirtió en luto.

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            Uno se pregunta: ¿Cómo puede ser Dios tan radical? ¿Tan estricto? ¡Qué pasó aquí? La intención de Uza fue ayudar, pero no bastan nuestras buenas intenciones si no se basan en el conocimiento de Dios y la obediencia a su Palabra. Dios ya había dado instrucción detallada acerca de cómo el arca tenía que ser transportado (Núm. 4:1-15). David aquí lo transporta como los sacerdotes y adivinos filisteos recomendaron (ver 1 Sam. 6:1-8). Dios ya había advertido: “No tocarán cosa santa, no sea que mueren” (Núm. 4:15). Es más, ya había ocurrido anteriormente: “Entonces Dios hizo morir a los hombres de Bet-semes, porque habían mirado dentro del arca de Jehová” (1 Sam. 6:19).

 

            Dios valora más la reverencia y el respeto a su Nombre que la celebración. La alabanza sin obediencia a su Palabra acarrea su ira. No podemos montar culto a Dios a nuestra manera. En su nota al pie de página, Scofield escribe: “La historia de David y su carro nuevo y los resultados es una ilustración potente de la verdad espiritual que la bendición de Dios no se obtiene siguiendo nuestras mejores intenciones al hacer culto a su nombre si nuestro servicio a Dios no es dado como Él ha instruido”. La historia de la iglesia está repleta de las buenas intenciones de los hombres. La sinceridad no es el único factor en nuestro culto a Dios. Si no es conforme a su Palabra, en lugar de agradarle, le provoca a ira. La iglesia está llena de maneras “filisteas” de rendir servicio a Cristo. La forma que Él pide es que presentemos nuestros cuerpos en sacrificio vivo que es nuestro culto racional, y que no vivamos como los del mundo, sino según su voluntad (Rom. 12:1, 2). Entonces podemos alabarle con nuestros cánticos. David aprendió la lección de esta experiencia amarga (1 Cron. 15:2). Dijo: “Jehová nuestro Dios nos quebrantó, por cuanto no le buscamos según su ordenanza. Así los sacerdotes y los levitas se santificaron para traer el arca de Jehová… y trajeron el arca de Dios puesta sobre sus hombros en las barras, como lo había mandado Moisés, conforme a la palabra de Jehová” (v. 13-16). Este segundo intento fue igualmente con música y celebración, pero esta vez al agrado de Dios.   

Enviado por el Hno. Mario Caballero

El estado del hombre sin Cristo

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo” (Gen. 1:1-2).

            La persona que no tiene a Cristo está francamente mal aunque aparentemente esté bien. Estas cuatro palabras describen aptamente su estado interior.

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            Está cayendo en un abismo, descolgado, sin fundamento, no puede hacer pie. Su vida no está fundada sobre nada sólido. Cuando uno lo vive conscientemente, tiene la sensación de estar en medio de un vasto nada, en aguas profundas, sin ancla, a la deriva. Es como Jonás cuando cayó al fondo del mar: “Las aguas me rodearon hasta el alma, rodeóme el abismo; el alga se enredó a mi cabeza. Descendí a los cimientos de los montes; la tierra echó sus cerrojos sobre mí para siempre” (Jonás 2:5, 6). Está en un estado de perpetua caída, sin esperanza de tocar fondo nunca, sin freno, suelto en el universo, desprotegido, sin lugar, abrigo, refugio, sin nada estable, ni nadie en quien confiar. Este es el infierno, soledad absoluto, sin nada. El creyente, en contraste, tiene fundada su vida sobre Cristo. Él es su Roca. Está arraigado en Él, vive apoyado sobre su amante pecho.

            El inconverso tiene su mente entenebrecida. La luz del evangelio no le ha alumbrado. No entiende nada. Nada tiene sentido. No tiene ninguna explicación coherente de su existencia. Vive en una profunda oscuridad mental e existencial. ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué significa la vida? ¿De dónde vengo y a dónde voy? Para él “la vida es un drama lleno de sonido y furia que no significa nada”. Concluye: “Comamos y bebamos porque mañana moriremos”. Amar no significa nada, solo es un acto físico. Lo mismo da amar que matar. Nada significa nada. Todo es vanidad. Cristo es la Luz del mundo. En su luz vemos luz. Él nos ha dado comprensión. Su Palabra explica, interpreta y da sentido a todo.

 

            Vacío. Insatisfecho. Hambriento. Sediento. Lo que promete no llena. Este es el estado del hombre sin Dios y sin esperanza en el mundo. Hay una grieta en su alma que no permite que se llene nunca. Lo que recibe se le va y le deja tan vacío como antes, árido y decepcionado. Cristo vino para dar vida en abundancia. El paraíso es Él. El río de agua viva fluye de su trono. Fructifica. El Espíritu Santo llena la vida de aquel que bebe profundamente de Cristo. La plenitud de abundancia se encuentra en una relación profunda con aquel que todo lo llena en todo.

            Y del orden, ¿qué? El que no tiene a Cristo vive en desorden, en caos, sin verdaderas prioridades, valores, dirección. Cristo explicó el orden: amar a Dios primero y al próximo segundo. Su Palabra ordena nuestra vida. Da rumbo. Pone todo en su sitio. El desorden es el pecado, es vivir caóticamente al impulso de nuestros deseos carnales, llevados por la codicia, de lo que me apetece en este momento. El orden es un hombre y una mujer en correcta relación bajo el señorío de Cristo. Es el creyente en obediencia a la Palabra de Dios, caminando por el camino de la santidad con una vida ordenada, honesta, los pies en tierra firme, rumbo a las mansiones eternas. En Cristo todo tiene sentido, dirección, solidez, y hay plenitud de vida.  Sin Él, el vacio de la oscuridad del abismo. 

Enviado por el Hno. Mario Caballero

La resolución final

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo” (Gen. 1:1-2)

Desorden, vacío, tinieblas, abismo. ¡Qué palabras más terribles para describir el estado inicial de las cosas! Así empieza la Biblia y su historia versa sobre cómo Dios resuelve estas cuatro cosas, primero a corto plazo, y luego, definitivamente.  

Al final de su obra de la creación, Dios estaba contento; vio que era buena. “Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó en día séptimo de toda la obra que hizo… en la creación” (Gén. 2:2, 3). En lugar de desorden, Dios había establecido orden. El orden de autoridad era: Dios, los ángeles (Salmo 8:5), el hombre, la mujer, los hijos, y finalmente los animales. Cada cosa estaba en su sitio. El mundo ya no estaba vacío sino repleto de vida por todas partes. Las tinieblas habían sido dispersadas con la luz del sol, la luna y las estrellas. La pareja estaban vestidos de luz, de inocencia y pureza. Y el abismo había sido llenado con la creación material, repleta de vida variada y abundante. Dios bajaba cada día para pasear por el hermoso jardín en compañía de la pareja que había creado, pues para esta comunión existía la Creación.     

 

No sabemos cuánto tiempo duró este estado idílico, pero más pronto o más tarde se produjo la Caída que estropeó de nuevo el orden. Vació la plenitud, trajo profunda oscuridad, y abrió el abismo de la perdición. El hombre había alterado el orden. Eva habido querido ser “como Dios” (Gén. 3:5), no estar bajo su autoridad. Había salido de su lugar bajo la autoridad de su marido para ponerse a la par con Dios. Primero Dios pidió cuentas a Adán por ser el responsable con la acusación: “Por cuanto obedeciste la voz de tu mujer” (3:17). Su vestimento de luz desvaneció y se quedaron desnudos delante del Juez de toda la tierra. Sin la intervención de Dios se habrían precipitado al abismo eterno de la condenación. Pero Dios hizo una nueva obra de recreación de Cristo.

 

El eje de la historia es la cruz de Cristo. Por medio de ella Dios re-establece el orden: Dios Padre, Cristo, hombre y mujer, el orden de la creación (1 Cor. 11:3 y 1 Tim. 2:13). La oscuridad del pecado es reemplazada por la luz de la justificación. El hombre y la mujer son revestidos de la justicia de Cristo para cubrir su desnudez. El abismo de la condenación se cierra de nuevo. El vacío producido en el corazón por el pecado ya es llenado por la plenitud del Espíritu Santo.

 

LaResoluciónFinal

 

En el tiempo presente el matrimonio cristiano es un reflejo de la restauración de todas las cosas cuando venga Cristo. En él, la mujer es sujeta a su marido como la Iglesia lo estará eternamente a su Esposo divino. En aquel día, ella será presentada  resplandeciente, sin mancha ni arruga para ser la justa y perfecta esposa de Cristo para toda la eternidad. Será como la nueva Eva del segundo Adán, revestida de ropas blancas de la justicia de Cristo, resplandeciente como la novia en el día de su boda, no “como Dios”, sino en su orden correcto, reluciente, reflejando la luz del Sol de justicia como la luna refleja la luz del sol. El abismo de la condenación se cerrará para ella para siempre en la hermosura del Paraíso de Dios. Disfrutará de plenitud de Vida en el Espíritu Santo, en perfecta unión con Cristo. Dios mismo será la eterna luz, la plenitud de aquel que todo lo llena en todo. Así que la Biblia termina mejorando con creces como empezó, con todo resuelto en Cristo, por medio de su Cruz, ya eternamente.  

 

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Progreso técnico y moral

Progreso técnico y progreso moral

«Hemos perfeccionado nuestras armas, pero no hemos perfeccionado a los hombres que las utilizan», dijo alguien.
La historia nos enseña que las guerras, al igual que el intento de explorar el espacio, estimularon los avances técnicos. No obstante, los hombres siguen siendo iguales, pues las mismas pasiones, el egoísmo, el orgullo y la crueldad continúan agitando nuestra humanidad. Durante mucho tiempo ella trató de persuadirse de que se dirigía hacia un mundo mejor. Hoy en día duda de ello y más bien teme el futuro.

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Entonces, ¿no hay una salida? Mediante las tecnologías, por supuesto que no. El mejor uso de éstas provoca la envidia y no impide que las desigualdades aumenten; y sus peores aplicaciones provocan amenazas de muerte. A pesar de sus brillantes éxitos, la ciencia demostró su incapacidad para mejorar al hombre, pues no puede actuar en el pecado que está en cada uno de nosotros.

 


Jesucristo vino, no para mejorar la humanidad perdida, sino para salvar a los que reconocen su incapacidad para cambiarse a sí mismos y depositan su confianza en él. La salvación que Jesús da no hace que los creyentes sean mejores, sino que les da una vida nueva con el poder del Espíritu Santo. Así, su vida no está más dominada por el pecado, sino que tiene como modelo la vida de Jesús cuando estaba en la tierra.

 


Respondamos al llamado de Aquel que, como nos ama, murió por nuestros pecados y nos invita a seguirle. “En ningún otro hay salvación” (Hechos 4:12).

Enviado por el Hno. Mario Caballero

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