Mes: marzo 2018

Diferente a lo que parecía

Leer | Mateo 16.21

 

En la historia de la Pascua, el Sábado de Gloria normalmente se desperdicia.

Sin embargo, los días e incluso los pocos años que le precedieron estuvieron llenos de acontecimientos y de palabras sorprendentes. Si se hubiera tratado de una sinfonía, ésta habría aumentado a un resonante pero horrible crescendo: el arresto y el juicio, los azotes y la crucifixión; la agonía en la cruz; la muerte; el día transformándose en la más absoluta oscuridad; la tierra sacudiéndose como si fuera a partirse; el desgarramiento del velo en dos… Y luego, al igual que la famosa pausa en el Mesías de Handel, todo se detiene completamente. Jesús es sepultado —y todo ha terminado.

Al no estar ya Jesús, los discípulos se quedaron únicamente con su recuerdo y sus palabras, ninguno de los cuales parecían estar afectándoles, pues se escondieron temerosos ese sábado, teniendo poca fe en lo que Él había prometido. Los discípulos habían trazado su propia imagen de lo que se suponía que debía ser el Mesías.

¿Cuántos de nosotros; los creyentes, vivimos con una mentalidad de sábado —en algún punto entre la verdad de la vida terrenal de Jesús, y la resurrección gloriosa que validó todo lo que Él dijo e hizo? Es fácil quedarse perplejos ante el temor de los discípulos y su falta de fe, pero ¿somos nosotros, en realidad, muy diferentes a ellos? ¿Tenemos nuestros propios planes para Dios? ¿Creemos convenientemente que lo mejor para nosotros es que Dios y todos los demás hagan lo que esperamos?

¿Se inclina usted a decir palabras que transmiten cada vez más falta de esperanza? ¿Son palabras de desánimo, pesimismo, condenación ­—tal vez incluso de desesperación?

Delante de quienes vivimos con una mentalidad así hay dos opciones. O bien intentamos inútilmente hacer las cosas a nuestra manera, o bien volvemos a enfocarnos en la verdad de lo que Dios nos ha dicho: la verdad acerca de sí mismo, y la verdad sobre nosotros; la verdad en cuanto a lo que Él nos ha pedido que hagamos en la desilusión del “sábado”.

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Los discípulos no habían recibido todavía el Espíritu Santo, pero nosotros lo tenemos ahora por completo. Ellos no tenían la abundancia de la Palabra de Dios, pero nosotros la tenemos toda al alcance inmediato. Ellos estaban viviendo del otro lado de la resurrección, y nosotros la vivimos en su realidad.

Porque la verdad es que la música se reanudará. ¡El domingo viene!

¡Qué sábado tan maravilloso se nos ha dado!

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La necesidad de un sacrificio

Leer | Levítico 17.11

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Si usted alguna vez trató de leer toda la Biblia, probablemente tuvo la misma reacción de muchos cristianos cuando llegan al libro de Levítico: ¿Qué significan todos esos sacrificios de animales? ¿Imagina lo que era tener que traer un cordero para degollarlo cada vez que quería confesar un pecado?

Tendemos a reflexionar en todos esos sangrientos sacrificios, y pensamos: ¡Qué bueno que eso no tiene que ver conmigo! Pero si pasamos demasiado rápido por encima de ellos, no veremos lo que le costó al Salvador nuestra salvación. Es que Él fue nuestro sacrificio de sangre. La redención no se habría llevado a cabo si Él hubiera muerto por nosotros mientras dormía, porque “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (He 9.22).

Los israelitas tenían el recordatorio constante del costo del pecado. Pero hoy, puesto que no hemos tenido la experiencia de sacrificar a miles de animales, normalmente tomamos nuestra salvación a la ligera, sin darnos cuenta de lo que ella requirió. Los azotes y la crucifixión de Cristo fueron una escena sangrienta y desgarradora. Su horror debe movernos a la gratitud por lo que Él hizo para comprar nuestra salvación. Sin el derramamiento de su sangre, nuestro destino serían el infierno y la separación eterna de Dios.

Ahora, en vez de llevar un cordero al altar, descansamos en el Cordero de Dios, quien se ofreció como sacrificio por nuestras transgresiones. Su sangre lavó nuestros pecados para que podamos estar un día en el cielo, cantando alabanzas al Cordero que nos compró con su sangre (Ap 5. 9, 10).

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De pie ante la puerta abierta

Leer | 2 Corintios 2.12, 13

 

En el pasaje de hoy, Pablo escribió acerca de puertas abiertas; utilizó esa figura retórica para dar a entender que se nos presentan grandes oportunidades para predicar el evangelio. Esas “puertas” eran importantes porque las limitaciones físicas, tecnológicas y geográficas obstaculizaban su trabajo considerablemente.

Piense nada más en cuán diferentes son los esfuerzos de evangelización hoy. Estamos viviendo en el momento más oportuno para alcanzar al mundo entero para el Señor Jesús. Tenemos la tecnología para penetrar en todos los países y culturas.

En momentos como éste, debemos preguntarnos qué lugar ocupamos en el plan de Dios. Puede haber todo tipo de razones por las que nos consideremos incompetentes, pero ya es hora de que dejemos las excusas. Todos podemos leer y estudiar la Biblia, y hablar de ella con los demás. Si usted ha puesto su fe en el Salvador Jesucristo, entonces ha recibido de Él la vida eterna, y en usted mora su Santo Espíritu. Por tanto, debe ser capaz de hablar de Él.

Este es el momento de alcanzar al mundo entero con el Evangelio de Jesucristo. Ya no podemos seguir pensando en términos de “mi lugar de trabajo”, “mi ciudad”, o “mi país”; todo el mundo importa. Comencemos en donde vivimos, pero sin detenernos hasta que hayamos alcanzado hasta lo último de la Tierra.

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Jesús murió para redimir a los hombres de toda tribu, lengua y nación. No se descalifique ni se excluya. Puede pasar por las puertas que Dios ha puesto delante de usted, y tener un papel importante llegando al mundo con las buenas nuevas de Cristo.

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La santidad personal

Leer | HEBREOS 9.11-14

 

Si usted se dirigiera al azar a cualquier persona en la calle y le preguntara si irá al cielo, muy probablemente le diría que sí. Si le pregunta por qué, lo más probable es que le mencione las cosas buenas que ha hecho. A los no creyentes, y algunos creyentes también, se les hace difícil entender por qué sus obras no son suficientes para la salvación. En realidad, muchas personas no reconocen en absoluto su necesidad de ser salvas.

Suponen que ser un buen esposo o un padre dedicado que no engaña a nadie y hace bien su trabajo, es suficiente para ganar la vida eterna. No se ven a sí mismos como pecadores, ni comprenden que el pecado los ha separado del Dios santo. Creen que pueden ganar un lugar en el cielo por medio de su conducta.

La trampa para las personas que piensan de esta manera, es que son incapaces de reconocer que el Señor es el único que puede hacer algo en cuanto a la condición pecaminosa del ser humano. La mayoría de nosotros nos vemos muy bien a nuestros propios ojos porque, al utilizar a otros como un patrón para hacer la comparación, siempre podemos encontrar a alguien cuyo estilo de vida o sus malas acciones nos hacen lucir mejor. Pero cuando nos comparamos con la santidad perfecta de Dios, ninguno de nosotros da la talla.

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El Salvador murió por los pecados de la humanidad y resucitó para que cada persona pudiera ser santa, así como Dios es santo. Juan explicó cómo es lavado el pecado del creyente: “La sangre de Jesucristo su Hijo [de Dios] nos limpia de todo pecado” (1 Jn 1.7). Las buenas obras no significan nada, a menos que sean el resultado de un espíritu limpio. Podemos tener santidad personal solamente recibiendo al Señor Jesucristo y su regalo de la salvación.

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La necesidad de la sangre de Cristo

Leer | ROMANOS 3.21-26

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Romanos 3 comunica la esencia misma de las Sagradas Escrituras. Sin la cruz de Cristo y su muerte expiatoria, nadie puede ser declarado justo.

En otras palabras, solo hay una manera de llegar a ser un hijo de Dios: por medio de la sangre del Salvador (Jn 14.6). Las buenas obras y la vida correcta no ganarán el favor del Señor, porque toda persona peca inevitablemente y un pecador no puede entrar a la presencia del Dios santo. El derramamiento de la sangre de Cristo en favor del mundo, hizo posible que cualquier persona sea limpiada del pecado y tenga una relación con el Creador. El único requisito es confiar en el Señor Jesús como su Salvador.

Para que Dios sea justo, Él debe mantenerse fiel a sus propios principios. Su santidad dictaba que “el alma que pecare, esa morirá” (Ez 18.4). El castigo por el pecado, es decir, la muerte, tenía que ser pagado de una manera aceptable a Dios. Él dijo por medio de Moisés que era necesario un sacrificio: “Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona” (Lv 17.11). Había que dar una vida, para que la vida de otra persona pudiera salvarse.

En consecuencia, el Padre celestial proveyó un sacrificio perfecto y sin pecado en favor de toda la humanidad. La única manera que había para que la justicia de Dios fuera satisfecha era que Jesucristo tomara nuestra culpa y nuestro pecado sobre sí mismo, y muriera en lugar nuestro.

Cuando decimos que hay un solo camino al Padre, queremos decir que una persona debe creer que Jesucristo murió a su favor como un sacrificio perfecto. Confiar en cualquier otra cosa, es ignorar la santidad de Dios y lo que dice su Palabra (Hch 4.12).

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La meditación trae bendiciones

Leer | Nehemías 1.4-7

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El tiempo que pasamos con el Señor produce un efecto dramático en nuestra vida cotidiana. Si apartamos períodos para meditar en su Palabra y escuchar lo que Él nos esté diciendo, comenzaremos a notar cambios sutiles y dramáticos.

Primero, comenzaremos a tener la perspectiva de Dios. Sin duda, el apóstol Pablo estaba consciente de esto; oraba por sí mismo y por otros, para tener la perspectiva del Señor (Ef 1.16-19). Cuando comenzamos a ver con los ojos de Dios, el mundo —junto con su alegría y su sufrimiento— se vuelve más claro, al igual que nuestra comprensión de cómo lidiar con los problemas.

Segundo, pasar tiempo con Dios hace que las presiones de la vida se disipen. El Señor Jesús advirtió a sus discípulos que tendrían problemas en este mundo (al igual que todos nosotros), pero les aseguró que no tendrían razón para temer. ¿Por qué temerle a un enemigo que Cristo ya ha derrotado (Jn 16.33)?

Tercero, la meditación trae paz. En este mundo aquejado de problemas, nos encontramos con frecuencia en la necesidad de tener un corazón tranquilo, lo que se puede lograr solamente por medio del Señor Jesús (Jn 14.27). Pablo nos dice que el mundo no es capaz de entender la paz de Dios (Fil 4.7), y menos aun de darnos alguna clase de serenidad verdadera.

Aunque el deseo de tener una recompensa personal no debe ser nuestra única razón para pasar tiempo con el Señor, de hecho hay bendiciones maravillosas reservadas para quienes reflexionan en su Palabra.

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En la presencia de Dios

Leer | Hechos 17.22-31

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En el pasaje de hoy, el apóstol Pablo le dice a los griegos que en Dios vivimos, nos movemos y existimos, al afirmar que siempre estamos en presencia del Señor, lo cual es una bendición para quienes conocen al Salvador.

La realidad es que Dios es perfecto, y existe en su plenitud dondequiera que Él está. El Salmo 139 nos dice que no hay un lugar en la faz de la Tierra en el que Dios no exista: “Si… habitare en el extremo del mar, aun allí me asirá tu diestra” (vv. 9, 10).

Esto significa que Dios no está en un lugar con su misericordia, y en otro con su ira. Él no está en un lugar con su perdón, y en otro con su desaprobación. Más bien, Él es plenamente santo en dondequiera que esté. Su plenitud está dondequiera que está su presencia.

Esto debe afectar nuestra manera de actuar, lo que creemos, y cómo respondemos a nuestras circunstancias. Si creemos que Dios es siempre perfecto, esta convicción debe afectar nuestras palabras, nuestras acciones y nuestros pensamientos. Debe, sin duda, fortalecer también nuestra fe.

Si Dios es perfecto, y si Él le llama su hijo o su hija, ¿podría haber siquiera un momento en el que Él no esté velando por usted? ¿Habrá jamás, por un instante, la posibilidad de que algo se deslice a la vida suya sin que Dios lo sepa? ¿Qué el enemigo de su alma tenga siquiera la oportunidad de la mil millonésima parte de un segundo para destruirle?

La respuesta es rotundamente ¡no! Confíe en la presencia de Dios, y recuerde que Él está con usted cada segundo de su vida.

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El propósito de Dios con la comunicación

Leer | 1 CORINTIOS 2.9-14

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No hay ninguna circunstancia en nuestra vida donde el Señor no nos hable. Podemos estar seguros de que cuando lo hace, sus palabras tienen siempre un propósito. Considere algunos de los propósitos de la comunicación de Dios:

• Dios quiere que comprendamos lo que Él nos está diciendo. Como cristianos, podemos estar seguros de que esto sucederá porque el Espíritu Santo está presente en nosotros, y Juan 16.13 garantiza que Él nos guiará a toda la verdad. Esto puede tomar tiempo y esfuerzo de nuestra parte, pero la intención del Señor es que entendamos claramente lo que Él está comunicando.

• Nuestro Padre celestial tiene también el propósito de conformarnos a la imagen de Cristo. Al leer la Biblia, su Espíritu puede señalar la compasión de Jesús hacia la mujer samaritana como nuestro ejemplo de vida; o el Señor puede alertarnos, por medio de la reprensión de Jesús a Pedro, a no depender del discernimiento humano. Nuestra responsabilidad es responder a sus palabras, alineando nuestra vida con la verdad, y no oponer resistencia.

Además, Dios revela verdades acerca de la vida en Cristo, para que podamos comunicar esos mismos principios a otros. Jesús decía solamente lo que su Padre celestial le había enseñado (Jn 8.28). Del mismo modo, nosotros necesitamos escuchar cada vez que Dios hable, y así sabremos qué decir.

Dios tiene algo que decir; a los obedientes y a los desobedientes; a los poderosos y a los débiles; a los perdidos y los salvos. No ignore lo que Él tiene que decirle. Permita que todo lo que suceda en el día le acerque a Dios, y cultive el hábito de darle toda su atención a Él.

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El poder del testimonio personal

Leer | JUAN 9.1-38

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¿Ha pensado usted alguna vez en el gran poder que tiene su sencillo testimonio? El evangelio de Juan nos cuenta una historia maravillosa acerca de un hombre ciego que Jesús sanó. Si la historia hubiera terminado simplemente cuando el hombre abrió los ojos y alabó a Dios, aun eso habría sido grandioso. Pero Juan sigue con el relato para decirnos lo que sucedió después.

Las autoridades judías no sabían qué pensar de esta sanación milagrosa. Tenían todos los hechos de ­un hombre que sabían que había nacido ciego; la multitud que escuchó su conversación con Jesús; y la prueba de identidad del hombre que dieron sus padres­, pero se negaron a creer lo que estaba claro para tantos; es decir, cuestionaron el testimonio del hombre.

Las autoridades religiosas expresaron su incredulidad llamando a Jesús pecador (Jn 9.24), como si la falta de fe de ellos descalificara de algún modo su milagro.

La respuesta del hombre en Juan 9.25 fue brillante por su sencillez: “Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo”. No importa qué más dijeran, el hombre sabía que los fariseos no podían refutar el hecho básico de que había sido sanado. La Biblia señala que las autoridades perdieron los estribos, porque no pudieron contradecir ese hecho.

La gente simplemente no puede ni podrá jamás contradecir la verdad de la experiencia que los creyentes hemos tenido con el Señor Jesucristo. Alégrese por el hecho de que el Señor le ha dado una poderosa arma en medio de una batalla espiritual tan terrible.

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Amistad con Dios

 “Os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer” (Juan 15:15).

            ¿Cuál es el concepto de Jesús de la amistad? ¿Cómo concibe Dios la amistad? ¿Quiénes eran sus amigos? Nos viene a la mente Abraham, David, y Job. Dios abrió su corazón a estos hombres y les reveló cosas importantes. A Abraham le reveló sus propósitos (Gen. 18:17). Le reveló a Job lo que está detrás de lo que ocurre en este planeta, de cómo Satanás afecta nuestras vidas. A David le reveló que vendría “un Justo que gobernará entre los hombres” (2 Sam. 23:3-5). A través de la prueba de Abraham con su hijo, Dios reveló lo que Él haría con el Suyo, y a qué coste (Gen. 22). A través de David, Dios reveló cómo es un hombre según su corazón. El sufrimiento de Job arroja luz sobre el de Jesús. Dios se dio a conocer a sus amigos. ¿Qué queremos de Él? ¿Cosas? ¿Sensaciones? ¿Éxito? Si lo que realmente deseamos es “conocerle” (Fil. 3:10), tendremos que entregar todo lo que somos y tenemos a esta empresa. ¡Tendremos que crecer para que quepa Dios dentro de nosotros! ¡Tendremos que aprender a tomar pasos gigantes para caminar con Él! Pasaremos por profunda oscuridad y luz cegadora. El camino para conocer a Dios es extenuante, desafiante, exuberante ¡y agotador!

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            Relacionarnos con Dios no exige que seamos perfectos. Abraham, David no lo eran. Job, sí, pero no consiguió intimidad con Dios por esta vía. Conocer a Dios tiene que ver con llegar a confiar en Él a pesar de todo (Job 13:15), con verle (Job 42:5), amarle (Salmo 18:1), realizar hazañas por medio de la fe en Él (1 Sam. 17:37), y con la obediencia (Gen. 12:4). La meta es conseguir que Dios confíe en nosotros (Gen. 18:19). Acerca de David dice: “Hará todo lo que le mando” (1 Sam. 13:14). Confió en Job que no perdería la fe en medio de las tinieblas más horrendas que un hombre puede vivir cuando Dios escondió su rostro de él. Llegó al punto de desear nunca haber nacido. Y tenía razón: mil veces mejor nunca haber nacido que vivir y no encontrar a Dios, pero haberle encontrado y perderle, ¿quién puede soportarlo?

            Conocerle es un proceso lento conseguido en medio de pruebas. Abraham esperó años para el nacimiento de Isaac. Esperó toda la vida para poseer la Tierra que Dios le prometió. David fue perseguido durante años antes de obtener el reino. Job se sentaba en la oscuridad tiempo sin medida antes de ver la luz de Dios. ¿Qué precio estás dispuesto a pagar para conocer a Dios? Abraham tuvo que renunciar a Ismael. Job perdió todo, hasta la presencia de Dios. David tuvo que perder a su mejor amigo para conseguir el trono prometido. Durante toda la espera, su Amigo del alma fue Dios mismo, como vemos en los Salmos. ¿Cómo podemos encontrar a Dios de esta manera? El profeta nos contesta: “Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jer. 29:13). La búsqueda durará toda la vida: nos llevará a toda una vida esperando en Él y ejerciendo fe, amando a Dios y corriendo en pos de Él.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

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