Mes: marzo 2018

Diferente a lo que parecía

Leer | Mateo 16.21

 

En la historia de la Pascua, el Sábado de Gloria normalmente se desperdicia.

Sin embargo, los días e incluso los pocos años que le precedieron estuvieron llenos de acontecimientos y de palabras sorprendentes. Si se hubiera tratado de una sinfonía, ésta habría aumentado a un resonante pero horrible crescendo: el arresto y el juicio, los azotes y la crucifixión; la agonía en la cruz; la muerte; el día transformándose en la más absoluta oscuridad; la tierra sacudiéndose como si fuera a partirse; el desgarramiento del velo en dos… Y luego, al igual que la famosa pausa en el Mesías de Handel, todo se detiene completamente. Jesús es sepultado —y todo ha terminado.

Al no estar ya Jesús, los discípulos se quedaron únicamente con su recuerdo y sus palabras, ninguno de los cuales parecían estar afectándoles, pues se escondieron temerosos ese sábado, teniendo poca fe en lo que Él había prometido. Los discípulos habían trazado su propia imagen de lo que se suponía que debía ser el Mesías.

¿Cuántos de nosotros; los creyentes, vivimos con una mentalidad de sábado —en algún punto entre la verdad de la vida terrenal de Jesús, y la resurrección gloriosa que validó todo lo que Él dijo e hizo? Es fácil quedarse perplejos ante el temor de los discípulos y su falta de fe, pero ¿somos nosotros, en realidad, muy diferentes a ellos? ¿Tenemos nuestros propios planes para Dios? ¿Creemos convenientemente que lo mejor para nosotros es que Dios y todos los demás hagan lo que esperamos?

¿Se inclina usted a decir palabras que transmiten cada vez más falta de esperanza? ¿Son palabras de desánimo, pesimismo, condenación ­—tal vez incluso de desesperación?

Delante de quienes vivimos con una mentalidad así hay dos opciones. O bien intentamos inútilmente hacer las cosas a nuestra manera, o bien volvemos a enfocarnos en la verdad de lo que Dios nos ha dicho: la verdad acerca de sí mismo, y la verdad sobre nosotros; la verdad en cuanto a lo que Él nos ha pedido que hagamos en la desilusión del “sábado”.

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Los discípulos no habían recibido todavía el Espíritu Santo, pero nosotros lo tenemos ahora por completo. Ellos no tenían la abundancia de la Palabra de Dios, pero nosotros la tenemos toda al alcance inmediato. Ellos estaban viviendo del otro lado de la resurrección, y nosotros la vivimos en su realidad.

Porque la verdad es que la música se reanudará. ¡El domingo viene!

¡Qué sábado tan maravilloso se nos ha dado!

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La necesidad de un sacrificio

Leer | Levítico 17.11

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Si usted alguna vez trató de leer toda la Biblia, probablemente tuvo la misma reacción de muchos cristianos cuando llegan al libro de Levítico: ¿Qué significan todos esos sacrificios de animales? ¿Imagina lo que era tener que traer un cordero para degollarlo cada vez que quería confesar un pecado?

Tendemos a reflexionar en todos esos sangrientos sacrificios, y pensamos: ¡Qué bueno que eso no tiene que ver conmigo! Pero si pasamos demasiado rápido por encima de ellos, no veremos lo que le costó al Salvador nuestra salvación. Es que Él fue nuestro sacrificio de sangre. La redención no se habría llevado a cabo si Él hubiera muerto por nosotros mientras dormía, porque “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (He 9.22).

Los israelitas tenían el recordatorio constante del costo del pecado. Pero hoy, puesto que no hemos tenido la experiencia de sacrificar a miles de animales, normalmente tomamos nuestra salvación a la ligera, sin darnos cuenta de lo que ella requirió. Los azotes y la crucifixión de Cristo fueron una escena sangrienta y desgarradora. Su horror debe movernos a la gratitud por lo que Él hizo para comprar nuestra salvación. Sin el derramamiento de su sangre, nuestro destino serían el infierno y la separación eterna de Dios.

Ahora, en vez de llevar un cordero al altar, descansamos en el Cordero de Dios, quien se ofreció como sacrificio por nuestras transgresiones. Su sangre lavó nuestros pecados para que podamos estar un día en el cielo, cantando alabanzas al Cordero que nos compró con su sangre (Ap 5. 9, 10).

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De pie ante la puerta abierta

Leer | 2 Corintios 2.12, 13

 

En el pasaje de hoy, Pablo escribió acerca de puertas abiertas; utilizó esa figura retórica para dar a entender que se nos presentan grandes oportunidades para predicar el evangelio. Esas “puertas” eran importantes porque las limitaciones físicas, tecnológicas y geográficas obstaculizaban su trabajo considerablemente.

Piense nada más en cuán diferentes son los esfuerzos de evangelización hoy. Estamos viviendo en el momento más oportuno para alcanzar al mundo entero para el Señor Jesús. Tenemos la tecnología para penetrar en todos los países y culturas.

En momentos como éste, debemos preguntarnos qué lugar ocupamos en el plan de Dios. Puede haber todo tipo de razones por las que nos consideremos incompetentes, pero ya es hora de que dejemos las excusas. Todos podemos leer y estudiar la Biblia, y hablar de ella con los demás. Si usted ha puesto su fe en el Salvador Jesucristo, entonces ha recibido de Él la vida eterna, y en usted mora su Santo Espíritu. Por tanto, debe ser capaz de hablar de Él.

Este es el momento de alcanzar al mundo entero con el Evangelio de Jesucristo. Ya no podemos seguir pensando en términos de “mi lugar de trabajo”, “mi ciudad”, o “mi país”; todo el mundo importa. Comencemos en donde vivimos, pero sin detenernos hasta que hayamos alcanzado hasta lo último de la Tierra.

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Jesús murió para redimir a los hombres de toda tribu, lengua y nación. No se descalifique ni se excluya. Puede pasar por las puertas que Dios ha puesto delante de usted, y tener un papel importante llegando al mundo con las buenas nuevas de Cristo.

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La santidad personal

Leer | HEBREOS 9.11-14

 

Si usted se dirigiera al azar a cualquier persona en la calle y le preguntara si irá al cielo, muy probablemente le diría que sí. Si le pregunta por qué, lo más probable es que le mencione las cosas buenas que ha hecho. A los no creyentes, y algunos creyentes también, se les hace difícil entender por qué sus obras no son suficientes para la salvación. En realidad, muchas personas no reconocen en absoluto su necesidad de ser salvas.

Suponen que ser un buen esposo o un padre dedicado que no engaña a nadie y hace bien su trabajo, es suficiente para ganar la vida eterna. No se ven a sí mismos como pecadores, ni comprenden que el pecado los ha separado del Dios santo. Creen que pueden ganar un lugar en el cielo por medio de su conducta.

La trampa para las personas que piensan de esta manera, es que son incapaces de reconocer que el Señor es el único que puede hacer algo en cuanto a la condición pecaminosa del ser humano. La mayoría de nosotros nos vemos muy bien a nuestros propios ojos porque, al utilizar a otros como un patrón para hacer la comparación, siempre podemos encontrar a alguien cuyo estilo de vida o sus malas acciones nos hacen lucir mejor. Pero cuando nos comparamos con la santidad perfecta de Dios, ninguno de nosotros da la talla.

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El Salvador murió por los pecados de la humanidad y resucitó para que cada persona pudiera ser santa, así como Dios es santo. Juan explicó cómo es lavado el pecado del creyente: “La sangre de Jesucristo su Hijo [de Dios] nos limpia de todo pecado” (1 Jn 1.7). Las buenas obras no significan nada, a menos que sean el resultado de un espíritu limpio. Podemos tener santidad personal solamente recibiendo al Señor Jesucristo y su regalo de la salvación.

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La necesidad de la sangre de Cristo

Leer | ROMANOS 3.21-26

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Romanos 3 comunica la esencia misma de las Sagradas Escrituras. Sin la cruz de Cristo y su muerte expiatoria, nadie puede ser declarado justo.

En otras palabras, solo hay una manera de llegar a ser un hijo de Dios: por medio de la sangre del Salvador (Jn 14.6). Las buenas obras y la vida correcta no ganarán el favor del Señor, porque toda persona peca inevitablemente y un pecador no puede entrar a la presencia del Dios santo. El derramamiento de la sangre de Cristo en favor del mundo, hizo posible que cualquier persona sea limpiada del pecado y tenga una relación con el Creador. El único requisito es confiar en el Señor Jesús como su Salvador.

Para que Dios sea justo, Él debe mantenerse fiel a sus propios principios. Su santidad dictaba que “el alma que pecare, esa morirá” (Ez 18.4). El castigo por el pecado, es decir, la muerte, tenía que ser pagado de una manera aceptable a Dios. Él dijo por medio de Moisés que era necesario un sacrificio: “Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona” (Lv 17.11). Había que dar una vida, para que la vida de otra persona pudiera salvarse.

En consecuencia, el Padre celestial proveyó un sacrificio perfecto y sin pecado en favor de toda la humanidad. La única manera que había para que la justicia de Dios fuera satisfecha era que Jesucristo tomara nuestra culpa y nuestro pecado sobre sí mismo, y muriera en lugar nuestro.

Cuando decimos que hay un solo camino al Padre, queremos decir que una persona debe creer que Jesucristo murió a su favor como un sacrificio perfecto. Confiar en cualquier otra cosa, es ignorar la santidad de Dios y lo que dice su Palabra (Hch 4.12).

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La meditación trae bendiciones

Leer | Nehemías 1.4-7

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El tiempo que pasamos con el Señor produce un efecto dramático en nuestra vida cotidiana. Si apartamos períodos para meditar en su Palabra y escuchar lo que Él nos esté diciendo, comenzaremos a notar cambios sutiles y dramáticos.

Primero, comenzaremos a tener la perspectiva de Dios. Sin duda, el apóstol Pablo estaba consciente de esto; oraba por sí mismo y por otros, para tener la perspectiva del Señor (Ef 1.16-19). Cuando comenzamos a ver con los ojos de Dios, el mundo —junto con su alegría y su sufrimiento— se vuelve más claro, al igual que nuestra comprensión de cómo lidiar con los problemas.

Segundo, pasar tiempo con Dios hace que las presiones de la vida se disipen. El Señor Jesús advirtió a sus discípulos que tendrían problemas en este mundo (al igual que todos nosotros), pero les aseguró que no tendrían razón para temer. ¿Por qué temerle a un enemigo que Cristo ya ha derrotado (Jn 16.33)?

Tercero, la meditación trae paz. En este mundo aquejado de problemas, nos encontramos con frecuencia en la necesidad de tener un corazón tranquilo, lo que se puede lograr solamente por medio del Señor Jesús (Jn 14.27). Pablo nos dice que el mundo no es capaz de entender la paz de Dios (Fil 4.7), y menos aun de darnos alguna clase de serenidad verdadera.

Aunque el deseo de tener una recompensa personal no debe ser nuestra única razón para pasar tiempo con el Señor, de hecho hay bendiciones maravillosas reservadas para quienes reflexionan en su Palabra.

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En la presencia de Dios

Leer | Hechos 17.22-31

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En el pasaje de hoy, el apóstol Pablo le dice a los griegos que en Dios vivimos, nos movemos y existimos, al afirmar que siempre estamos en presencia del Señor, lo cual es una bendición para quienes conocen al Salvador.

La realidad es que Dios es perfecto, y existe en su plenitud dondequiera que Él está. El Salmo 139 nos dice que no hay un lugar en la faz de la Tierra en el que Dios no exista: “Si… habitare en el extremo del mar, aun allí me asirá tu diestra” (vv. 9, 10).

Esto significa que Dios no está en un lugar con su misericordia, y en otro con su ira. Él no está en un lugar con su perdón, y en otro con su desaprobación. Más bien, Él es plenamente santo en dondequiera que esté. Su plenitud está dondequiera que está su presencia.

Esto debe afectar nuestra manera de actuar, lo que creemos, y cómo respondemos a nuestras circunstancias. Si creemos que Dios es siempre perfecto, esta convicción debe afectar nuestras palabras, nuestras acciones y nuestros pensamientos. Debe, sin duda, fortalecer también nuestra fe.

Si Dios es perfecto, y si Él le llama su hijo o su hija, ¿podría haber siquiera un momento en el que Él no esté velando por usted? ¿Habrá jamás, por un instante, la posibilidad de que algo se deslice a la vida suya sin que Dios lo sepa? ¿Qué el enemigo de su alma tenga siquiera la oportunidad de la mil millonésima parte de un segundo para destruirle?

La respuesta es rotundamente ¡no! Confíe en la presencia de Dios, y recuerde que Él está con usted cada segundo de su vida.

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El propósito de Dios con la comunicación

Leer | 1 CORINTIOS 2.9-14

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No hay ninguna circunstancia en nuestra vida donde el Señor no nos hable. Podemos estar seguros de que cuando lo hace, sus palabras tienen siempre un propósito. Considere algunos de los propósitos de la comunicación de Dios:

• Dios quiere que comprendamos lo que Él nos está diciendo. Como cristianos, podemos estar seguros de que esto sucederá porque el Espíritu Santo está presente en nosotros, y Juan 16.13 garantiza que Él nos guiará a toda la verdad. Esto puede tomar tiempo y esfuerzo de nuestra parte, pero la intención del Señor es que entendamos claramente lo que Él está comunicando.

• Nuestro Padre celestial tiene también el propósito de conformarnos a la imagen de Cristo. Al leer la Biblia, su Espíritu puede señalar la compasión de Jesús hacia la mujer samaritana como nuestro ejemplo de vida; o el Señor puede alertarnos, por medio de la reprensión de Jesús a Pedro, a no depender del discernimiento humano. Nuestra responsabilidad es responder a sus palabras, alineando nuestra vida con la verdad, y no oponer resistencia.

Además, Dios revela verdades acerca de la vida en Cristo, para que podamos comunicar esos mismos principios a otros. Jesús decía solamente lo que su Padre celestial le había enseñado (Jn 8.28). Del mismo modo, nosotros necesitamos escuchar cada vez que Dios hable, y así sabremos qué decir.

Dios tiene algo que decir; a los obedientes y a los desobedientes; a los poderosos y a los débiles; a los perdidos y los salvos. No ignore lo que Él tiene que decirle. Permita que todo lo que suceda en el día le acerque a Dios, y cultive el hábito de darle toda su atención a Él.

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El poder del testimonio personal

Leer | JUAN 9.1-38

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¿Ha pensado usted alguna vez en el gran poder que tiene su sencillo testimonio? El evangelio de Juan nos cuenta una historia maravillosa acerca de un hombre ciego que Jesús sanó. Si la historia hubiera terminado simplemente cuando el hombre abrió los ojos y alabó a Dios, aun eso habría sido grandioso. Pero Juan sigue con el relato para decirnos lo que sucedió después.

Las autoridades judías no sabían qué pensar de esta sanación milagrosa. Tenían todos los hechos de ­un hombre que sabían que había nacido ciego; la multitud que escuchó su conversación con Jesús; y la prueba de identidad del hombre que dieron sus padres­, pero se negaron a creer lo que estaba claro para tantos; es decir, cuestionaron el testimonio del hombre.

Las autoridades religiosas expresaron su incredulidad llamando a Jesús pecador (Jn 9.24), como si la falta de fe de ellos descalificara de algún modo su milagro.

La respuesta del hombre en Juan 9.25 fue brillante por su sencillez: “Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo”. No importa qué más dijeran, el hombre sabía que los fariseos no podían refutar el hecho básico de que había sido sanado. La Biblia señala que las autoridades perdieron los estribos, porque no pudieron contradecir ese hecho.

La gente simplemente no puede ni podrá jamás contradecir la verdad de la experiencia que los creyentes hemos tenido con el Señor Jesucristo. Alégrese por el hecho de que el Señor le ha dado una poderosa arma en medio de una batalla espiritual tan terrible.

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Amistad con Dios

 “Os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer” (Juan 15:15).

            ¿Cuál es el concepto de Jesús de la amistad? ¿Cómo concibe Dios la amistad? ¿Quiénes eran sus amigos? Nos viene a la mente Abraham, David, y Job. Dios abrió su corazón a estos hombres y les reveló cosas importantes. A Abraham le reveló sus propósitos (Gen. 18:17). Le reveló a Job lo que está detrás de lo que ocurre en este planeta, de cómo Satanás afecta nuestras vidas. A David le reveló que vendría “un Justo que gobernará entre los hombres” (2 Sam. 23:3-5). A través de la prueba de Abraham con su hijo, Dios reveló lo que Él haría con el Suyo, y a qué coste (Gen. 22). A través de David, Dios reveló cómo es un hombre según su corazón. El sufrimiento de Job arroja luz sobre el de Jesús. Dios se dio a conocer a sus amigos. ¿Qué queremos de Él? ¿Cosas? ¿Sensaciones? ¿Éxito? Si lo que realmente deseamos es “conocerle” (Fil. 3:10), tendremos que entregar todo lo que somos y tenemos a esta empresa. ¡Tendremos que crecer para que quepa Dios dentro de nosotros! ¡Tendremos que aprender a tomar pasos gigantes para caminar con Él! Pasaremos por profunda oscuridad y luz cegadora. El camino para conocer a Dios es extenuante, desafiante, exuberante ¡y agotador!

AmigodeDios

            Relacionarnos con Dios no exige que seamos perfectos. Abraham, David no lo eran. Job, sí, pero no consiguió intimidad con Dios por esta vía. Conocer a Dios tiene que ver con llegar a confiar en Él a pesar de todo (Job 13:15), con verle (Job 42:5), amarle (Salmo 18:1), realizar hazañas por medio de la fe en Él (1 Sam. 17:37), y con la obediencia (Gen. 12:4). La meta es conseguir que Dios confíe en nosotros (Gen. 18:19). Acerca de David dice: “Hará todo lo que le mando” (1 Sam. 13:14). Confió en Job que no perdería la fe en medio de las tinieblas más horrendas que un hombre puede vivir cuando Dios escondió su rostro de él. Llegó al punto de desear nunca haber nacido. Y tenía razón: mil veces mejor nunca haber nacido que vivir y no encontrar a Dios, pero haberle encontrado y perderle, ¿quién puede soportarlo?

            Conocerle es un proceso lento conseguido en medio de pruebas. Abraham esperó años para el nacimiento de Isaac. Esperó toda la vida para poseer la Tierra que Dios le prometió. David fue perseguido durante años antes de obtener el reino. Job se sentaba en la oscuridad tiempo sin medida antes de ver la luz de Dios. ¿Qué precio estás dispuesto a pagar para conocer a Dios? Abraham tuvo que renunciar a Ismael. Job perdió todo, hasta la presencia de Dios. David tuvo que perder a su mejor amigo para conseguir el trono prometido. Durante toda la espera, su Amigo del alma fue Dios mismo, como vemos en los Salmos. ¿Cómo podemos encontrar a Dios de esta manera? El profeta nos contesta: “Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jer. 29:13). La búsqueda durará toda la vida: nos llevará a toda una vida esperando en Él y ejerciendo fe, amando a Dios y corriendo en pos de Él.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Dios convence

“Pero yo les digo la verdad: Les conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a  ustedes; más si me voy, se lo enviaré a ustedes.

Y cuando Él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio”. Juan 16:7-

El que este mensaje llegue a ustedes no es mera coincidencia, es Dios el que así lo ha querido para que podamos conocerlo más.

Para poder entender la Biblia, necesitamos el entendimiento que viene de Dios (Salmo 119:34).

La Biblia no es como cualquier otro libro del mundo, no es como un libro de medicina, de psicología, no es cualquier libro; fue escrita por hombres piadosos que Dios escogió, pero es inspirada por el Espíritu Santo. La Biblia es la Palabra de Dios escrita, por lo tanto sólo Él nos la puede revelar.

Si nosotros no tenemos el entendimiento que viene de Dios, tal vez nos la aprendamos de memoria, pero jamás la vamos a entender. Es por eso que muchas personas la leen y no entienden su significado, diciendo que tiene muchas contradicciones, porque no tienen el entendimiento de Dios. Por el contrario, hay personas que no tienen muchos estudios y sin embargo la entienden perfectamente (Salmo 119:100).

La Palabra de Dios nos muestra su voluntad. La Palabra de Dios dice que ahora que somos salvos debemos tener una nueva vida, ahora en Cristo. Entre las muchas cosas que ofenden a Dios es que nosotros digamos malas palabras, sin embargo muchos que se dicen salvos siguen diciéndolas; siguen vistiendo en forma indecente, con ropa sensual, siguen diciendo mentiras, siguen cometiendo inmoralidad sexual, siguen imitando al mundo en lugar de imitar a Cristo, y los ve uno en las congregaciones levantando manos, postrándose, cantándole al Señor, sirviendo en la congregación. ¿Por qué  pasa esto? Una razón es porque no hay entendimiento, y no hay entendimiento porque no se lo piden a Dios, y si no se lo piden  es porque no hay interés en las cosas de Dios.

ImitandoaCristo

Veámonos en un espejo y seamos sinceros con nosotros mismos. ¿A quién estamos imitando? A Cristo, o al mundo. Dice la Palabra de Dios que no imitemos al mundo, que imitemos a Cristo, sin embargo no lo hacemos porque en realidad no tenemos entendimiento, leemos y decimos que estudiamos la Biblia, pero no hay entendimiento, nos entra por un oído y nos sale por el otro, somos como el teflón, nada se nos pega.

¿Por qué una persona normal no puede entender la Biblia? Sencillamente porque es la Palabra de Dios, y Dios no es humano, necesitamos haber nacido del Espíritu para poder entenderla; por eso nuestra lógica no es la lógica de Dios. “Mis pensamientos no son sus pensamientos; ni mis caminos  son sus caminos”, Él es Dios. Es por eso que muchos no entienden el misterio de la Santísima Trinidad, porque quieren entenderlo con su mente humana, pero para poder entenderlo tenemos que hacerlo con la mente de Dios.

Él conoce el corazón de cada uno de nosotros, Él sabe quien realmente le busca con una fe sincera, quien realmente tiene hambre y sed de Él. Y Él a través de su Santo Espíritu que es su  representante acá en la Tierra, nos enseña todo lo que necesitamos saber de Él (Juan 16:13 al 15).

Dios no quiere que alguien se pierda, Él envió a su Hijo Jesucristo a cargar con el pecado de todo aquel que en él crea (Juan 3:16); 1ª de Juan 2:2): tristemente no todos quieren creer en Él. Él respeta nuestra decisión, Dios no obliga a nadie, Dios convence, pero no obliga. Él dice “Acá está la bendición o la maldición, escoge” (Deuteronomio 11:26-28). Pero tenemos que saber que el pecado trae consigo castigo, el pecado tiene que ser castigado. Por eso Dios mandó a su Hijo amado, y Él recibió el castigo por nosotros, nosotros solo debemos tomarnos de ese sacrificio.

Ahora bien, si por nosotros fuera, por nuestra misma naturaleza pecaminosa escogeríamos los placeres del mundo, la maldición, y como Él sabe como somos, no nos deja solos para escoger. Y por eso mismo Él envía a su Santo Espíritu que nos convenza, no ha obligarnos sino a convencernos de que nos conviene más la bendición, que la maldición. Así que no tiene ningún pretexto, ninguna justificación en caso de que alguien escoja la maldición. Si nosotros no le hacemos caso, Él jamás nos va a obligar.

Jesucristo sabía que nos convenía más que Él se fuera, ya que con su ida al Padre, el Espíritu Santo vendría para quedarse con nosotros.

Su venida era absolutamente necesaria para llevar adelante la causa de Jesucristo en la tierra.

El Espíritu Santo fue enviado con el propósito de convencernos, redargüirnos, convencernos de nuestro pecado, de que es mejor seguir a Cristo; no para obligarnos, sino para convencernos.

Si nosotros hemos decidido seguir las pisadas de Jesucristo, es porque Él nos convenció, por eso nos arrepentimos, porque Él nos redarguye. Si a ti o a mí ya nacidos de nuevo nos duele pecar, es porque el Espíritu que está en nosotros nos redarguye, Él nos revela nuestras fallas y nos lleva al arrepentimiento. Él conoce el corazón de las personas, y nos abre el entendimiento, y ahora sí ya podemos ver la diferencia entre la bendición y la maldición.

La tarea de persuadir los corazones de los oyentes es competencia exclusiva del Espíritu Santo. Cuando nosotros predicamos el evangelio, no tratemos de convencer a las personas, es el Espíritu Santo el que lo hace, a nosotros solo nos toca sembrar la semilla, hablarles, y Él se encarga de lo demás. Es por eso muy importante orar antes y ponerlo todo en manos de Dios, no ir a nuestra manera ni confiar en nuestros esfuerzos.

Así que si hemos ganado muchas almas para Cristo, no presumamos que seamos muy eficientes, porque ese arrepentimiento que experimentaron esas almas, viene de Dios.

Si yo cuando  me convertí a Cristo sentí dolor por pecar, es porque el Espíritu Santo que está en mi me convenció de mi pecado.

Démosle gracias al Señor nuestro Dios por haber hallado gracia ante sus ojos.

Ya una vez nos arrepentimos de nuestra vieja manera de vivir, pero no todo queda ahí, ahora tenemos que vivir de acuerdo a la nueva naturaleza que es la divina.

Dios no me obliga a vivir en santidad, Él me convence.

Mirémonos en un espejo, seamos sinceros con nosotros mismos, ¿realmente estamos imitando a Cristo?

Si aun a pesar de que un día decidiste entregarte a Cristo, sigues actuando conforme a la vieja naturaleza, pero quieres, deseas realmente imitar a Cristo; déjame decirte que Él conoce tu corazón, ¡ora! ¡Clama a Dios! Pídele sabiduría, entendimiento para andar como es debido, para pensar y meditar en todo lo bueno y no en lo malo. ¡Clama a Él, y Él te responderá!

Enviado por el Hno. Mario Caballero

El Espíritu Santo en la oración

 “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Romanos 8:26).

 

Somos débiles, y esta debilidad afecta nuestra vida de oración, porque pedimos lo que pensamos que necesitamos, pero no sabemos bien lo que realmente necesitamos. Tenemos necesidades afectivas y pedimos. Hay lagunas en nosotros que pensamos llenar de una manera, pero puede ser que no es la que más conviene. Todos los huecos alrededor de nuestro corazón claman por ser llenados, pero qué hemos de pedir, no lo sabemos. Es aquí cuando entra el Espíritu Santo. Por esto nos es dado, para ayudarnos con la oración: “¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lu. 11:13). El contexto de este versículo es la oración. “Y yo os digo; Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe… vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden” (Lu. 11:9-13). Puesto que no sabemos pedir como conviene, hemos de pedir primero que el Señor nos dé su Espíritu para guiar nuestras oraciones y decirnos lo que hemos de pedir. Tenemos la promesa que Dios nos dará lo que pedimos y la promesa que Dios nos dará su Espíritu para que sepamos lo que tenemos que pedir. Lo que tenemos que hacer nosotros es pedir la dirección del Espíritu en nuestras oraciones, y la tendremos.

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Dos versículos más abajo leemos que para los que aman a Dios, para los que han sido llamados conforme a su propósito, todas las cosas ayudan a bien (Romanos 8:28). En el contexto de la oración donde se encuentra este versículo, significa que Dios controla nuestras circunstancias para ponernos entre las personas por las cuales quiere que oremos. Al ponerlas delante de Dios en oración, el Espíritu Santo en nosotros ora según la voluntad de Dios que sólo Él discierne. Él emplea nuestras pobres palabras como vínculo para transportar las suyas al Trono de la Gracia. Dios escudriña nuestros corazones para averiguar cuáles son las intercesiones de Su Espíritu en nosotros. “Al traer nosotros distintas personas delante de Dios, el Espíritu Santo las presenta delante del Trono. El Espíritu Santo intercede, pero hemos de hacer nuestra parte; hacemos el lado humano mientras Él hace el divino. Si no cumplimos con la nuestra, alguien será empobrecido. Que recordemos la profundidad, la altura y la solemnidad de nuestro llamado como santos” .

Por Oswald Chambers

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Ayudantes en Oración

Pablo estaba tan consciente de su necesidad por las oraciones de los santos,

que rogaba por “ayudantes en oración” por todas partes. Le rogó a los

romanos: “Pero os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el

amor del Espíritu, que me ayudéis orando por mí a Dios, para que sea

librado” (Romanos 15:30-31). Y le pidió a los tesalonicenses: “Hermanos,

orad por nosotros.” (1 Tesalonicenses 5:25).

En griego, la palabra “ayudéis” aquí significa “luchar conmigo como

compañero en oración; pelear por mí en oración”. Pablo no estaba pidiendo

una mención rápida ante el trono. Él estaba rogando: “Pelea por mí en

oración, Haz batalla espiritual tanto por mí, como por la causa del

evangelio.”

AyudantesdeOración

Cuando Pablo estaba en la prisión, listo para entregar su vida, les rogó a

los filipenses que oraran por él: “Porque sé que por vuestra oración y la

suministración del Espíritu de Jesucristo, esto resultará en mi

liberación” (Filipenses 1:19). Pablo sabía que era un hombre fichado, que

las huestes de Satanás estaban empeñadas en destruirlo, y así es con cada

verdadero ministro del evangelio. Cada pastor, predicador y evangelista

necesita ayudantes en oración que intercedan por él continuamente.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

Hermoso Salvador

 

“Porque Jehová el Señor me ayudará, por tanto no me avergoncé; por eso puse mi rostro como un pedernal, y sé que no seré avergonzado” (Is. 50:7).

“Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos” (Is. 53:2), así dice la profecía, pero cuando puso su rostro como pedernal deliberadamente, como libre acto de su voluntad, para subir a Jerusalén y poner su vida en rescate por muchos, vemos en él un atractivo de carácter, una perfección de amor y obediencia, una humildad y abnegación, que sobrepasan nuestros poderes de expresión, y solo podemos exclamar con reverencia: “¡Qué hermoso!”.

Jesús tenía treinta y tres años cuando emprendió aquel viaje final. Estaba en la flor de la vida. Era un joven sano, lleno de vida. Amaba la vida. En ninguna manera era masoquista. Estaba sano de mente. No tenía ningunas ganas de destruirse. La muerte le repulsaba. Amaba la Palabra de Dios, el poder meditar en ella, descubrirse a sí mismo en sus profecías, adorar al Padre por medio de sus páginas. Amaba la comunión con su Padre aquí en este mundo, un nuevo contexto para estar con Él. Amaba la comunión con sus amigos y disfrutaba de su compañía. Amaba a sus discípulos; eran sus amigos de corazón. Con la convivencia, las relaciones se iban estrechando. Los comprendía. Compartía con ellos todo lo que podía del Padre, y disfrutaba cuando comprendían algo.

Amaba a las multitudes. Sentía compasión por la gente. Quería estar con ellos, enseñarles, tocarles, sanarles, sentir con ellos. Descubría la obra de Dios en esta persona y en esta otra, y se regocijaba. Había tanto que podría hacer para ayudar a los que sufrían, tantos mensajes que podría predicar, tantos lugares que esperaban su visita, personas con los cuales hablar…

Amaba la naturaleza. Veía en ella la mano de su Padre en todas partes. Paraba para mirar las flores y sacaba lecciones espirituales de ellas, de los pájaros, de los árboles, de la hierba.

JesússubeaJerusalén

 Humanamente hablando, tenía toda la vida por delante. Estaba lleno de vigor, fuerte, inteligente, sensible; amaba la música, la poesía, la escritura; era un profundo pensador; tenía sueños, ilusiones, planes, pero lo puso todo a un lado para agradar al Padre y llevar a cabo sus planes. Cuando empezó a preparar a sus discípulos para su muerte, “Pedro, tomándolo aparte, empezó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti” (Mat. 16:22), pero esto era precisamente lo que no tenía, compasión de sí mismo. Tenía tanta compasión de los demás que no le cabía sentir pena por sí mismo. Su corazón estaba tan puesto en complacer al Padre que el coste personal venía muy en segundo lugar. Así que Jesús decidió seguir adelante con El Plan, y subir a Jerusalén “y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes, y de los escribas; y ser muerto” (Mat. 16:21). Puso su rostro y emprendió el viaje, cada paso llevándole más cerca del lugar de la tortura. ¿Tú podrías hacer esto, si sabías que el martirio era la voluntad de Dios para ti: ir a la ciudad donde sabías que te iban a matar? Eso lo hizo Jesús.

Enviado por el Hno. Mario Caballero

La maleta vacía

Al morir un hombre vio que se acercaba Dios y que llevaba una maleta consigo…Dios le dijo:

Bien hijo es hora de irnos..

El hombre asombrado preguntó:

¡Ya!… ¿Tan pronto?…Yo tenía muchos planes…

Lo siento pero es el momento de tu partida.

¿Que traes en la maleta? -preguntó el hombre-.

Y Dios le respondió:

Tus pertenencias..

¿Mis pertenencias?… ¿Traes mis cosas, mi ropa, mi dinero?…Dios le respondió

eso nunca te perteneció, eran de la tierra..

¿Traes mis recuerdos?…

Esos nunca te pertenecieron, eran del tiempo

¿Traes mis talentos?…

Esos tampoco te pertenecieron, eran de las circunstancias..

¿Traes a mis amigos, a mis familiares?…

 Lo siento, ellos nunca te pertenecieron, eran del camino..

¿Traes a mi esposa y a mis hijos?…

 Ellos nunca te pertenecieron, eran de tu corazón..

¿Traes mi cuerpo?…

Nunca te perteneció, ese era del polvo..

¿Entonces traes mi alma?…

¡No!…Esa es mía…

 

Entonces el hombre lleno de miedo, le arrebató a Dios la maleta y al abrirla se dio cuenta que estaba vacía…Con una lágrima de desamparo brotando de sus ojos, el hombre dijo: 

¿Nunca tuve nada?…

LaMaletaVacía

 Así es, cada uno de los momentos que viviste fueron solo tuyos: La vida es un momento…Un momento solo tuyo…Por eso, mientras estés a tiempo disfrútalo en su totalidad…Que nada de lo que crees que te pertenece te detenga…Vive el ahora…Vive tu vida…Las cosas materiales y todo lo demás por lo que luchaste, se quedan aquí­:

NO TE LLEVAS NADA…

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