Mes: diciembre 2017

Mire a Jesús y viva

Leer | JUAN 3.7-15

La conversión de Jesús con Nicodemo estuvo llena de simbolismo. Comparó a la salvación con un segundo nacimiento, y asemejó a la obra del Espíritu Santo con el viento. Pero luego el Señor utilizó una ilustración del Antiguo Testamento que puede parecer rara a los lectores de hoy; dijo que el Hijo del Hombre debía ser levantado, así como Moisés levantó la serpiente de bronce (Nm 21.1-9).

Nicodemo habría estado familiarizado con la historia de los israelitas en que dirigiéndose a la Tierra Prometida, se quejaron de tener que hacer el largo camino bordeando territorio enemigo. Dios respondió enviándoles serpientes venenosas. Las víctimas de su mordedura morirían a menos que miraran la serpiente de bronce colgada en un asta del campamento. La imagen era una representación simbólica de la presencia de Dios en medio de los israelitas, y también un recordatorio de que Él era su salvador.

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Aunque nosotros no asociemos el nacimiento espiritual con una serpiente en un asta, Jesús lo hizo por una buena razón. Estos símbolos describen acontecimientos relacionados. El Mesías estaba explicando que Él debía ser levantado en una cruz como sacrificio por los pecados de toda la humanidad. El nuevo nacimiento es imposible a menos que alguien pague el precio por nosotros. Quienes miren a Jesús y crean en Él, serán perdonados y nacidos de nuevo.

El mensaje de Jesús a Nicodemo se vuelve claro cuando entendemos cómo encajan todas las piezas. El Salvador está diciendo que debía morir en la cruz, para que los pecadores pudiéramos nacer de nuevo. ¿Ha puesto usted la mirada en Jesús para tener salvación? Él es el único camino a una vida nueva.

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El pecado de postergar las responsabilidades

Leer | Hechos 24.24-27

A algunas personas les gusta decir que “viven atrasados”. Según la Biblia, eso es imposible para los hijos de Dios, pues vivir postergando las responsabilidades puede ser una forma de esclavitud, y el Señor no nos creó para que estuviéramos esclavizados.

Posponer las obligaciones tiene varias causas frecuentes. La primera, es el intento de evitarse molestias. Muchas personas posponen tomar acción porque les inquietan las consecuencias. En el pasaje de hoy, Félix despidió a Pablo por temor a las palabras del apóstol en cuanto a la justicia, el dominio propio y el juicio.

A veces damos largas a la lectura de la Biblia y a la oración, porque tememos que Dios saque a relucir algo que necesitamos confrontar. Problemas como el orgullo, la falta de control o los sentimientos de culpa, pueden ser incómodos de enfrentar, pero evadirlos obstaculiza el plan de Dios para nosotros.

El segundo motivo para aplazar las cosas, es la duda en cuanto a uno mismo. Quienes no se consideran competentes para realizar una tarea pueden decidir no iniciarla. Relacionado con esto hay otro factor: el temor a cometer un error o de fallar en una actividad, puede hacer que atrasarla parezca preferible.

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Vivir postergando las obligaciones no es cosa de broma, especialmente en el ámbito espiritual, ya que dar largas a una tarea dada por Dios es lo mismo que desobedecerlo. ¿Tiene usted la propensión a dejar las cosas para después? Identifique los aspectos problemáticos y los sentimientos que los acompañan. Luego reconozca su tendencia, y confíe en el poder de Dios para vencerla.

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Cuando Dios está en silencio

Leer | Juan 11.1-6

Cuando Lázaro se estaba muriendo, sus hermanas le pidieron a Jesús que viniera con urgencia. Imaginemos cómo debió haberse agravado el dolor de ellas cuando Él no respondió de inmediato a su petición. El silencio de Dios es difícil de aceptar. Pero, dado que el Señor promete suplir nuestras necesidades, podemos estar seguros de que su silencio tiene un propósito.

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• El silencio capta nuestra atención. Los discípulos sabían que Jesús podía sanar, y por eso deben haberse preguntado por qué se demoró en vez de correr a socorrer a su amigo. Pero el Señor quería que fueran testigos de algo aun más grande: de su poder sobre la muerte. Ellos estaban confundidos por las afirmaciones de Jesús en cuanto a la derrota de la muerte, y necesitaban entender que Él podía cumplir con las profecías en cuanto a su propia resurrección (Mr 9.31, 32).

• El silencio nos enseña a confiar. María y Marta avisaron de la enfermedad de Lázaro, porque esperaban que el Señor vendría a sanarlo. Pero si esa expectativa no se cumplía, ¿vacilaría la fe de ellas? Marta respondió la pregunta diciendo que creía que Jesús era “el Cristo, el Hijo de Dios” (Jn 11.21-27). La fe de las mujeres fue recompensada con un milagro impresionante: la resurrección de su hermano.

 

A veces, lo único que podemos oír cuando oramos, es nuestra propia respiración. Esto puede ser frustrante y aterrador. Pero la Biblia dice que Dios está siempre con nosotros, y que su silencio no durará para siempre (Sal 38.15; He 13.5). Aférrese a esas promesas mientras busca el propósito que hay detrás del silencio del Señor.

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Navidad significa identificación

“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21).

            Jesús no empezó a identificarse con nosotros, la raza caída de Adán, cuando tomó sobre sí nuestro pecado en la cruz, sino mucho antes, desde que estaba en los lomos de su padre Abraham. El evangelista Mateo traza su identificación con los pecadores desde el comienzo de su evangelio, empezando en la misma genealogía de Jesús. Jesús nació de una línea pecaminosa. Las cuatro mujeres que salen en esta genealogía cuentan la historia: Tamar hizo de prostituta para levantar descendencia de su suegro; Rahab ya era prostituta; Rut era moabita, de una raza maldita; y “la de Urías” cometió adulterio. Estas eran algunas de los antepasados de Jesús, no perfectas para que él naciese sin pecado, sino pecadores para que naciese de un linaje pecaminoso, como todos nosotros. Su perfección no procedió de su linaje humano, sino de su identidad eterna.

            Después, Mateo nos narra la historia del desposorio de José con María (Mat. 1:18ss). Cuando supo que estaba embarazada, la quiso dejar. Jesús llevó el estigma toda la vida de haber sido concebido antes de que su madre fuese casada. La insinuación de sus enemigos era que él había nacido en pecado (Juan 8:41).

            La historia siguiente es cómo Jesús no nació en el palacio donde suelen nacer los reyes, sino en un establo (Mat. 2:1-12). Pobreza. Humillación. Más identificación con marginación y rechazo. Somos unos miserables y se hizo de nosotros. Luego tenemos la historia de la huida a Egipto (Mateo 2:14), el país de la esclavitud y la muerte. Jesús aquí se identifica con las consecuencias de pecado, con el pasado de su raza, con la situación de todo pecador, esclavizado y muerto. Él, como todo creyente, fue llamado desde Egipto.

            Volvió de Egipto para vivir en “Galilea de los Gentiles” (Mat. 2:22, 23) donde fue criado, un lugar despreciado por los buenos judíos, en una ciudad llamado Nazaret, de la cual preguntó Natanael: “¿De Nazaret puede salir algo de bueno?” (Juan 1:46). Decían: “De Galilea nunca se ha levantado profeta” (Juan 7:52). En su lugar de formación, Jesús se identifica con lo menospreciado de la sociedad, se hizo de ninguna reputación.

            Y de Galilea sale para empezar su ministerio público, bautizándose en el Jordán: “Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia” (Mat. 3:14, 15). “Para cumplir toda justicia” Jesús tuvo que morir por los pecadores, llevando su pecado sobre sí, pero su identificación con nosotros no empezó en la cruz, sino fue paso por paso, en cada etapa de su vida, pasando por el bautismo en el sucio Jordán donde se bautizaban los pecadores. Allí se bautizó él, sin ser pecador, porque vino para hacerse pecado, para hacerse uno de nosotros, para luego morir en nuestro lugar. El bautismo desembocaría en la cruz, Jesús, hecho pecado por nosotros, para “cumplir toda justicia”, es decir, para hacernos justos y llevarnos a Dios.      

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Enviado por Hno. Mario

Preparando el camino

advdevo_2014_sp“Como José era descendiente de David y vivía en Nazaret… tuvo que ir a Belén… que estaba en Judea.” Lucas 2.4

Llegó la noticia que había que tomar un censo. Había que ir a Belén a registrarse.

En realidad no era necesario que María fuera. José podía haber registrado a su familia. Pero la ida de María solucionó dos problemas. El primero de ellos fue que María estaba por dar a luz, por lo que no había tiempo de ir y volver de Belén antes de que naciera el niño. El segundo, que así se cumpliría la profecía que decía que el Mesías habría de nacer en Belén (Miqueas 5.2).

María tenía suficientes motivos para ir con José, pero no iba a ser fácil. Iban a ser al menos tres días de andar sentada en el lomo de un burro.

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Todavía tenían que decidir qué camino tomar. El camino más corto era yendo por el valle central, a través de las colinas de Samaria. Pero eso significaba pasar por entre los samaritanos. Si no, podían tomar el camino del sudeste por el valle del Río Jordán, hasta Jericó.

Nosotros también tenemos que hacer planes para nuestro camino de Adviento a Belén. Algunos son para nuestra comodidad. Otros, para asegurarnos de llegar al pesebre.

Por CPTLN

La navidad, un cántico de salvación

Nada mejor para celebrar la Navidad con un espíritu verdaderamente cristiano que acudir al testimonio de los que vivieron de cerca el gran acontecimiento del nacimiento de Jesús. En este sentido, el himno de Zacarías (Lc. 1:67-80) es no sólo una de las profecías más hermosas del Nuevo Testamento, sino también una síntesis formidable del auténtico sentido de la Navidad. Tras recuperar su capacidad de hablar, Zacarías entona un cántico majestuoso que rezuma el gozo de la salvación que Dios trae a su pueblo.

 

El clímax de este benedictus lo encontramos en los versículos 76 a 79 donde el lenguaje se hace claramente profético y Zacarías, lleno del Espíritu Santo, enumera las grandes bendiciones que Jesús iba a traer al mundo. Cuatro grandes «regalos» introducidos por la conjunción para:

Salvación: «para dar a su pueblo conocimiento de salvación» (Lc. 1:77)

Es el primer y más importante aspecto de la Navidad. Constituye la esencia de la venida de Jesús al mundo y es el eje alrededor del cual giran las otras tres bendiciones, consecuencia de esta salvación. Para comprender el significado de la Navidad hay que entender qué significa esta salvación que Jesús iba a traer al mundo.

Posiblemente Zacarías, como buen judío, pensaba en una salvación social, patriótica, la liberación de los enemigos de su pueblo, el final de una etapa de esclavitud con los males e injusticias que ello acarreaba. Es el concepto humano de salvación que muchas personas tienen también hoy. Hacen una lectura humanista de la Navidad donde Jesús es recordado, sí, pero sólo como un ejemplo a seguir, un modelo de compromiso social; para ellos la salvación consiste en erradicar los grandes males que nos afligen: hambre, pobreza, injusticia social, etc.

Sin embargo, la salvación de Jesús era mucho más profunda que una liberación social: era una liberación personal antes que colectiva, tenía un sentido moral antes que humanista, buscaba cambiar el corazón antes que cambiar el mundo. La esencia de la encarnación de Jesús no fue mostrarnos el camino a una sociedad más justa, la manera cómo hacer de este mundo un lugar mejor para vivir. Todo esto, como veremos después, es la consecuenciapero no la finalidad de la salvación. No es posible erradicar los males de la sociedad si antes no eliminamos la suciedad de nuestro corazón. Como el Señor Jesús mismo señaló, el problema del hombre -lo que le contamina- no está en su entorno, sino dentro de su corazón (Mr. 7:18-20). El Evangelio es un poderoso mensaje de transformación social, pero solo en la medida en que antes nos transforma a cada uno de nosotros. No podemos transformar si antes no somos transformados.

Este carácter primariamente personal e íntimo de la salvación nos viene indicado por la palabra conocimiento. Zacarías habla de «conocimiento de salvación». Para los hebreos, conocer no era tanto estar informado, saber -un conocimiento puramente cognitivo o mental-, sino experimentar; es un conocimiento vivencial que requiere apropiación, hacerlo mío. Así es exactamente con el «conocimiento de salvación»: requiere conocer a Jesús de forma personal. Es un encuentro con profundas implicaciones existenciales. Va a afectar mi vida en tres aspectos que constituyen las otras grandes bendiciones de la Navidad mencionadas en el cántico.

Perdón: «para el perdón de sus pecados»

El primer paso para conocer -apropiarse de– la salvación está en el perdón de pecados. Difícil paso en un mundo donde todo está permitido y el concepto mismo de pecado es ridiculizado como algo obsoleto. Vivimos en una sociedad con la conciencia cada vez más cauterizada: hoy nada es pecado. Incluso conductas claramente reprobables se explican y justifican por condicionantes sociales -»el ambiente me llevó a ello»-, genéticos o psicológicos. ¡Se habla incluso del gen del adulterio o de la infidelidad! Esta racionalización del pecado no es, sin embargo, un fenómeno moderno: El pueblo de Israel ya era experto en tal conducta de tal modo que Dios tiene que advertirle: «He aquí yo entraré en juicio contigo porque dijiste: No he pecado» (Jer. 2:35)

En este ambiente de anestesia moral conviene recordar que el pecado principal del ser humano no está tanto en el mal que le causa al prójimo, sino en el bien que no le hace a Dios (glorificarle, darle gracias, reconocerle). No son nuestros actos de ofensa al prójimo sino nuestras actitudes de omisión hacia Dios lo que origina el catálogo de faltas y pecados tal como nos enseñaRomanos 1:18-32. La patología moral de nuestro carácter -el egoísmo, la vanidad, el orgullo, la agresividad, la envidia, etc.- nacen de nuestro alejamiento de Dios. De ahí la necesidad de la Navidad: Jesús abre el camino para acercarse de nuevo al Padre. El perdón no conlleva sólo la remisión de una culpa, sino el restablecimiento de una relación, una relación rota que es restaurada. El mensaje del Evangelio y de la Navidad es el mensaje de la reconciliación del hijo pródigo que vuelve a la casa de su padre después de vivir su vida. Este reencuentro es fuente inefable de alegría y de paz.

Luz: «para que brille su luz…» (Lc. 1:78)

El conocimiento de salvación implica también experimentar -apropiarse de- la luz de Cristo. Es el tercer gran regalo de la Navidad. Con su salvación, Jesús trae no sólo liberación del pecado -el perdón- sino luz, un sentido y una perspectiva nueva ante la vida. Como diría más tarde el apóstol Pablo, «las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas» (2 Co. 5:17). La salvación de Jesús nos abre la ventana a un paisaje distinto que nos ilumina y, a la vez, hace de nosotros «luz del mundo». ¡Gran privilegio y gran responsabilidad! En realidad, Jesús no sólo nos trae luz, sino que él mismo es la luz del mundo como tan bellamente expone Juan en el prologo de su Evangelio: «El Verbo era la luz verdadera que alumbra a todo hombre…» (Jn. 1:9)

El cántico es muy enfático al afirmar que esta luz va dirigida a los que «están sentados en tinieblas y en sombra de muerte» (Lc. 1:79). Son las tinieblas de una vida vacía, vidas rotas, hundidas en la frustración y la desesperanza, vidas golpeadas por el dolor y el sufrimiento; o vidas llenas de actividad, pero vacuas de sentido, que son como «cisternas rotas que no retienen el agua» (Jer. 2:13). La luz de Cristo es el faro potente que ilumina no sólo con su mensaje de liberación y esperanza, sino con su misma presencia a nuestro lado, el Emmanuel, el Dios encarnado que ha prometido estar con nosotros «todos los días hasta el fin del mundo» (Mt. 28:20). Es la luz que irradia «vida abundante» como prometió el Señor mismo (Jn. 10:10).

Paz: «para encaminar nuestros pies por caminos de paz» (Lc. 1:79)

La última consecuencia de la salvación es la paz. La paz es inseparable del perdón y es la consecuencia natural de una vida llena de luz. Son interdependientes como los eslabones de una cadena. Ahí tenemos todos los ingredientes que le dan a la Navidad su sentido más pleno, el que proféticamente cantó Zacarías. No se trata, en primer lugar, de la paz entre los hombres, la ausencia de guerras y conflictos, algo así como un alto el fuego universal. Ante todo es paz con Dios, la paz que proviene del perdón divino: «Justificados pues por la fe tenemos paz para con Dios» (Ro. 5:1). La restauración de la relación con el Creador lleva a la paz con uno mismo y a buscar la paz con los demás. No podemos invertir el orden: la paz en nuestras relaciones sólo será posible si estamos en paz con nosotros mismos y ello sólo es posible cuando estamos en paz con Dios.

Necesitamos recordar que la paz de Jesús -»mi paz os dejo, mi paz os doy» (Jn. 14:27)- no consiste en la ausencia de problemas sino en la capacitación divina para afrontar y superar estos problemas. Por ello Jesús les aclara a sus discípulos: «yo no os la doy como el mundo la da». Poco después les recuerda que en Cristo tenemos la victoria porque él ha vencido al mundo y ahí radica la fuente de nuestra paz más profunda: «Estas cosas os he hablado para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis aflicción, pero no temáis, yo he vencido al mundo». La paz del creyente no es la ausencia de aflicción, sino la presencia de Cristo en medio de esta aflicción.

Todas estas bendiciones -el gran regalo de la Navidad- nos llegan «por medio de la entrañables misericordias de nuestro Dios, por las cuales nos visitó un amanecer del sol desde lo alto» (Lc. 1:78). Sí, la Navidad es un grandioso cántico de salvación, la salvación que viene de conocer a Jesús de forma personal y que nos proporciona perdón, luz y paz. ¿No es éste el mejor regalo de Navidad para nuestro mundo doliente?

Dr. Pablo Martínez Vila

Enviado por el Hno. Mario

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Alegría y Placer

Alegría y Placer

La esencia de la navidad ha cambiado a través de las actualizaciones según las sociedades.  Ya no se nota tanto ese fervor de gozo y reverencia por la celebración del Nacimiento de nuestro Salvador. Ese gozo y sentir de festejar dicho momento histórico en que llegó la salvación del ser humano a este mundo.  Muchos utilizan esta temporada como excusas para realizar sus andanzas con propósitos ocultos y fantasías.

Los que en realidad celebramos el Nacimiento de JESÚS, lo hacemos 24/7.  No esperamos 11 meses 25 días para gozarnos, puesto que JESÚS siempre ha estado con nosotros según lo prometió.

Mateo 28: 20 enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.  Él está con nosotros 24/7 sin duda. Solo aquellos que habitan en este mundo regido por el enemigo, pretenden hacer creer que también son cristianos.

Bueno la mayoría de la gente que reclama ser cristiano lo hacen a partir de la premisa de que nacieron después de CRISTO como si fuera una moda.  Ser cristiano es haber reconocido que solo hemos pecado desde nuestro nacimiento y que nada correcto hemos hecho según nuestro Señor JESÚS lo dijo en;

JUAN 15:5

 Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. Él no se equivocó, si analizamos nuestras vivenciad con detenimiento nos daremos cuenta de nuestros errores.  Hoy tenemos la gran oportunidad de hacer lo bueno, de lograr aquello cuando JESÚS que dijo y antes mencionado.

Primeramente:   debemos tener la disposición y disponibilidad de abrir este corazón pobre, convirtiéndolo en un pesebre, expulsando nuestro orgullo y otros sentimientos humanos que antes mantenía lleno ese lugar.  Luego de convertir el corazón de la altives a la humildad, sinceridad, y confesar nuestros pecados, reconociendo que JESÚS es el hijo de Dios, que resucitó de entre los muertos y está VIVO.  Y aceptarlo como nuestro Salvador entonces solo entonces podemos decir que Él ha nacido en nuestro corazón humildemente.  Solo así se celebra el Nacimiento del Salvador, con un gozo permanente 24/7.  Con acceso directo con ÉL en oración.  He escuchado a muchos decir que la fe es lo último que se pierde.  Pero están muy equivocados NUNCA tuvieron tal FE.

¿Cómo y porque lo digo?

Sencillo

Leamos lo siguiente:

Santiago 2:14-17

14Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?

15Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día,

16 y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?

17Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.

Cristianos que no dan testimonio para que esa FE este VIVA Alaba

Si ahora mismo mientras lees estas líneas, puedes convertirte en un cristiano original, no solo de palabras y tradición, entregando a JESÚS TU CORAZÓN ahora mismo. Con solo clamar a ÉL, ÉL te oirá, te contestará, perdonará y lavará tus pecados con su sangre.  Y serás redimido. Hoy esto será entre tú y ÉL.  Ninguno/a te puede salvar.

Después pídele que te dirija a una congregación que su predique su palabra (alimento sin contaminar).  Preséntate al pastor local y habla que has aceptado a JESÚS Nuestro Salvador. Amén, Amén,  Dios te bendiga.

Por. Rev. Monserrate Maldonado

 

 

Buenas Obras en Navidad

“Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil… a fin de que el hombre de Dios sea… preparado para toda buena obra” (2 Tim. 3:14-17).

            Pues sí, la finalidad de aprender de la Biblia es poder llevar a cabo buenas obras. En cierta iglesia cuentan que tienen mensajes, estudios bíblicos, o sermones y charlas casi cada día de la semana. La enseñanza es de alta calidad y los creyentes de aquella iglesia conocen bien las Escrituras, pero como iglesia no están involucrados en ninguna actividad para alcanzar a su ciudad para Cristo. Los jóvenes que quieren evangelizar tienen que buscar otra organización evangélica que lo hace. 

            En cambio, hay otras iglesias que han estado muy activas en estas Navidades, aprovechando las fiestas para llevar el evangelio a la calle. Varios grupos han organizado comidas para los más necesitados, y estas personas han acudido a locales para ser regalados con un verdadero festín. Han recibido amor, cariño, y han oído el evangelio. Otros han ido a la calle buscando a los sin techo para llevarles la comida a los lugares donde ellos se han refugiado. Son como Jesús que vino a buscar lo que se había perdido. No esperó a que la gente viniese a la sinagoga; él fue a dónde estaban ellos. Fue a la calle, a las plazas, a las playas, a las casas. Se desplazaba buscando a los perdidos. Ministró a sus necesidades físicas. Les sanaba. Les daba de comer. Y les predicaba el evangelio.

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            Oyendo de cómo venían las mujeres de la calle a un banquete navideño preparado con mucho amor para ellas, uno no puede por menos recordar la historia de Jesús en casa de Mateo: “Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y se levantó y le siguió. Y aconteció que estando él sentado a la mesa en la casa, he aquí que muchos publicanos y pecadores, que habían venido, se sentaron justamente a la mesa con Jesús y sus discípulos” (Mateo 9:9, 10). ¿Puede haber algo más hermoso? El Hijo de Dios, venido del pulcro cielo para salvar a los pecadores, sentado a la mesa con ellos, con la escoria de la sociedad, rodeado por los que había venido a salvar, buscándoles allí a la mesa, feliz de estar con ellos, Jesús “en su salsa”, rodeado de pecadores, amándoles, llegando a dónde estaban ellos para llevarlos a Dios. Mateo, el pecador, estaba tan feliz al encontrar aceptación y perdón que invitó a sus amigos a conocer a este hombre singular que hablaba de Dios y amaba a pecadores. Como todos sus amigos eran pecadores como él, no tuvo problemas en convocar un gran número a su mesa, y ellos vinieron curiosos para conocer a este santo que se asociaba con pecadores. Y se encontraron, allí en la mesa, los pecadores y el Salvador, anticipo del Banquete Final, de pecadores redimidos, comiendo a la mesa del Cordero sacrificado, resucitado y reinante, eternamente feliz con ellos.

            Oh Dios, llévanos a la calle para buscar a los que se han perdido, tal como nos enseñó nuestro Maestro. Pon en nosotros su corazón de compasión. Henos aquí, envíanos a nosotros, aun a nosotros, por amor a los que se pierden, y por amor a Jesús que celebraría su Navidad con ellos si estuviese presente en cuerpo aquí en la tierra hoy. ¿O está presente? ¿Con los que salen en su nombre? Sí, éstos son su cuerpo.   

Enviado por el Hno. Mario

Paz en la tierra

 

“Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:13, 14).

            Tras el cántico de los ángeles han transcurrido 2,000 años de maldad. Su mensaje parece ser burlado por conflictos y guerras, desde peleas familiares, tribales, civiles, hasta guerras mundiales: guerras de egoísmo, guerras de ideologías y guerras de religiones. En nombre de la igualdad, justicia, y libertad hemos matado el uno al otro para hacer un mundo mejor, pero cada guerra solo ha servido para marcar un paso más en la degeneración del ser humano y de la sociedad.

            Jesús no vino para traer una paz política, libración del opresor, sino liberación de la raíz de todo mal, a saber, de la tiranía del pecado en el corazón del hombre, de la avaricia, codicia, odio, egoísmo, crueldad, ira, contienda, lujuria, desenfreno, engaño, rebeldía, abuso, deseo carnal y locura. Cambiando el corazón de la persona, se cambia el país y el mundo. El evangelio es la única solución para el mal de este mundo, es decir, el evangelio de poder que convierte el hombre de guerra en hombre de paz, para que ya no mate al enemigo, sino que lo ame y lo bendiga y le haga bien. Esto es lo que el Señor Jesús ensenó ( Mat. 5:44). Su Espíritu es el poder que lo logra.

            El mundo no va caminando hacia libertad, fraternidad e igualdad; la última guerra mundial no hizo el mundo apto para la democracia. El comunismo no trajo igualdad y justicia, ni eliminó la corrupción. Un estado islámico no va a traer la moralidad al mundo, ni la burka va a frenar la lujuria. No ha portado el libertinaje una ética viable, sino abortos, divorcios y la destrucción de la familia. La liberación de la mujer solo ha contribuido más a la pérdida de su feminidad y maternidad. El mundo ha probado todas las ideologías, todas las religiones y clases de gobierno, y todavía no hemos avanzado más allá de los días de Caín y Abel, de la envidia, el odio y el fratricidio.   

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            Con todo, los ángeles tenían razón. Jesús vino para traer paz al corazón quebrantado, y cuando él reine sobre el trono de su padre David habrá paz en el mundo. Mientras tanto, “¡Cuán hermosos son los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación! (Is. 52:7). Vamos a apresurarnos a traer el evangelio de paz a un mundo que no tiene ninguna otra esperanza.

Enviado por Hno. Mario

 

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