Mes: octubre 2016

Venza el sentimiento de incompentencia

Venza el sentimiento de incompetencia

Leer | 2 CORINTIOS 2.14-17

Aninguna persona le agrada experimentar sentimientos de incompetencia, pero debemos aprender a manejarlos, ya que nadie puede evitarlos de forma permanente. Pero, lamentablemente, hay quienes piensan que son incapaces de dar la talla. Para algunos, esto puede deberse a experiencias de la infancia que afectaron negativamente su autoestima. Para otros, el problema radica en fracasos en el trabajo, relaciones interpersonales, matrimonio, crianza de los hijos, etc.

El aspecto que Pablo trata en el pasaje de hoy es nuestra vida cristiana. Hace una pregunta que apunta a una inseguridad común: “Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?” (v. 16). ¿Alguna vez ha evitado usted servir al Señor en maneras que desafían su agradable rutina? Si es así, probablemente ha desaprovechado una gran oportunidad para vencer los sentimientos de insuficiencia. Él ha prometido llevarnos “en triunfo en Cristo Jesús” (v. 14), pero a menos que le creamos a Él y demos un paso de fe, jamás experimentaremos la vida que Él ha pensado para nosotros.

Sentirse incompetente no es pecado, pero utilizarlo como excusa sí lo es. Cuando el Señor le desafíe a hacer algo que usted sienta que está más allá de sus capacidades, tiene dos opciones: poner su mirada en Cristo y seguir adelante en victoria, o centrarse en sí mismo y retirarse en derrota.

Es, en realidad, una cuestión de fe. Dios nunca le pediría que hiciera algo sin capacitarle. Esto no significa necesariamente que usted lo hará de manera perfecta, pero cada paso de obediencia es una victoria. La alternativa es jugar a lo seguro, pero entonces se perderá de lo mejor que tiene Dios para su vida.

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Las consecuencias de deslizarse

Las consecuencias de deslizarse

Leer | HEBREOS 3.12, 13

Deslizarse espiritualmente —alejarse de manera gradual de Dios y de su voluntad— es dejar de ir en dirección a Dios. Al igual que el bote abandonado es arrastrado por el agua, el creyente se aleja de manera lenta e indiferente de la obediencia a Dios, el estudio regular de la Biblia, la oración y la reunión con los otros cristianos.

Una vida a la deriva está fuera de la voluntad de Dios y, por tanto, es pecado. El Espíritu Santo aguijonea la conciencia del creyente y le envía el mensaje de que se ha salido del camino, pero es proclive a ignorar la advertencia. Si el cristiano justifica siempre su extravío y no reconoce su pecado, su conciencia se volverá poco a poco más insensible. Quien se vuelve indiferente al pecado, ha preparado el camino para tener una conducta cada vez más pecaminosa y sentir menos culpa. ¿Puede usted imaginar una situación más peligrosa?

Cuando la conciencia del creyente que ha quedado a la deriva se vuelve insensible, sus oídos espirituales también son anestesiados; la verdad no logra entrar porque la persona ha dado cabida en su mente a actitudes y filosofías equivocadas. Además, su corazón se endurece a las cosas de Dios. Al huir de testimonios en cuanto al poder, la gracia y la misericordia de Dios, evita situaciones que pudieran despertar de nuevo su conciencia y mover su espíritu al arrepentimiento.

Las personas se alejan de Dios en busca de más libertad y más placer. Pero las consecuencias son un corazón endurecido, una conciencia entumecida y unos oídos sordos. El creyente apartado sacrifica la vida de victoria en Cristo, por una existencia carente de satisfacción permanente.

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La paciencia: Nuestro don de servicio

La paciencia: Nuestro don de servicio

Leer | COLOSENSES 3.12, 13

Cuando tenemos problemas o sufrimientos, acudimos a otros para que escuchen con paciencia nuestros lamentos. Pero me pregunto con qué frecuencia buscamos ser la persona que gentilmente da un paso al frente para compartir la carga de un amigo afligido.

Pablo animó a los creyentes a “vestirse” de misericordia, benignidad y paciencia. En otras palabras, no venimos desde el seno materno equipados con estos atributos, sino que somos capacitados por la práctica al imitar a Cristo cuando sobrellevamos mutuamente las cargas y nos perdonamos unos a otros. El Espíritu Santo está más que dispuesto a instruirnos en la manera correcta para producir el fruto espiritual. El Señor nos da entonces las oportunidades para poner en prácticas tales aptitudes.

Tendemos a clasificar a la paciencia restringidamente como “espera”. Esa, sin duda, es parte de la definición, pero también lo son conceptos tales como el aguante, la perseverancia y la persistencia. Cuando nos vinculamos con otros, estamos sufriendo sus dificultades juntamente con ellos, o perseverando en nuestros intentos de ofrecer ayuda. Estamos demostrando interés, escuchando y sirviendo hasta donde podemos. En un mundo que insiste en hacerlo todo rápidamente, la paciencia es un regalo maravilloso que podemos dar a otra persona.

Al poner a la paciencia en la lista del fruto espiritual, Dios está diciendo que todo creyente puede desarrollar esta cualidad. Aparte de otros dones y talentos que usted posea, la paciencia es un atributo del cual puede vestirse. Practíquela para la gloria de Dios y como una manera de servir a su prójimo.

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Ser tocado por Cristo

SER TOCADO POR CRISTO

 

“Cuando vio que no había prevalecido con Jacob, lo tocó en la coyuntura del muslo, y se dislocó la coyuntura del muslo de Jacob mientras luchaba con él” (Gen. 32:25).

 

En pecado yo vivía,

En tinieblas y en error,

Hasta que la mano de Cristo

Me tocó y salvo yo soy.

 

Coro:

 Me ha tocado, sí, me ha tocado,

Ahora sé que salvo soy;

Salva, guarda, y viene por mí,

Me ha tocado Cristo el Señor.

 

Desde que encontré al Maestro,

Desde que Él lavó mi ser

Nunca dejaré de alabarle

Hasta que regrese otra vez.

 

Ser tocado por Cristo es la experiencia que cambia nuestra vida. Has oído el evangelio, has respondido y puesto tu fe en Cristo para el perdón de tus pecados, has sido bautizado y ahora eres miembro de una iglesia evangélica, pero ¿has sido tocado por Jesús? ¿Cómo podemos poner en palabras lo que queremos decir con esta frase?

He aquí le vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció” (Mateo 8:2, 3). Un toque cambió la vida de este hombre. Pasó de ser un rechazado por la sociedad, un desgraciado, solitario, muerto en vida, intocable, a ser un hombre sano, restaurado, un miembro normal de la sociedad y un testimonio vivo de lo que la mano de Jesús puede hacer cuando se pone en contacto con nuestra vileza, porque el leproso somos tú y yo. La lepra representa el pecado que nos deforma, que nos va matando poco a poco, es aquello que nos separa del resto de los seres humanos y nos hace inasequibles.

Dios nos creyó para vivir en comunidad, para tener relaciones hermosas con los demás seres humanos, para disfrutar de su compañía, enriquecer sus vidas, compartir la alegría de la vida juntos, pero el pecado estropeó todo esto y nos dejó aislados. La comunicación nos cuesta; no nos comprendemos, nos molestamos y nos esquivamos. Esto es, hasta que la mano de Cristo nos toca y nuestro pecado pasa de nosotros a Él, y Él lo lleva en su cuerpo hasta la Cruz y lo deja en la tumba, y resucitamos con Él a una nueva vida, y ya no somos los mismos. El toque de Jesús es amoroso, compasivo, expresa solidaridad con nuestra condición, y el resultado es sanidad, libertad y novedad de vida. Como consecuencia sentimos un amor por Él que no tiene límites. Así es cómo sabemos que hemos sido tocados por Jesús, porque le amamos, y porque tenemos la convivencia restaurada con los demás seres humanos. ¡Nos encontramos amándoles y tocándoles también!     

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Una ancianita

UNA ANCIANITA

 

“Había entonces en Jope una discípula llamada Tabita, que traducido quiere decir, Dorcas. Ésta abundaba en buenas obras y en limosnas que hacía” (Hecos 9; 36).

Una ancianita ha ingresado en el hospital y es motivo de llorar, porque se ha hecho tan querida que no podemos contemplar la iglesia sin ella. Está malita. No sabemos si el Señor nos la devolverá o si se la llevará. Oramos y esperamos.

Esta mujer se convirtió hace poco y todos nos maravillamos por la rapidez con que ha crecido espiritualmente. Es una alegría verla, porque aporta alegría. Siempre está dando gracias al Señor por el gozo de conocerle. ¡Está tan ocupada dando gracias que no tiene tiempo para lamentar los años que ha perdido sin Él! Ha entendido que todo tiene su tiempo. Asiste a todas las reuniones que puede y aporta entusiasmo y cariño. Es generosa. Trae regalos para la hija de la anfitriona donde hacemos la reunión de señoras, cosas que sabe que le gustan. Discretamente regala cosas a otras mujeres. ¡Parece que tiene el don de dar! Hizo una ofrenda muy espléndida a una mujer del grupo quien lo destinó a una conocida entidad evangélica que hace mucho bien. Otras personas, viendo que iba a entregar esta ofrenda, también aportaron, y al final se pudo dar una ofrenda muy hermosa, y todo empezó con esta hermana.

Otros se han fijado en su crecimiento espectacular. Sobrepasa a muchos que llevan años en la iglesia. Le encanta la Palabra. Le entra y la entiende. Exclama con entusiasmo cada vez que aprende algo nuevo y lo valora. Sus oraciones conmuevan. Salen de lo profundo de su corazón. Reverencia al Señor. Se comporta con dignidad. Siempre viene muy arreglada. Nunca le falta la sonrisa. Es decorosa. Nunca critica a nadie. Ve lo que está mal y se lo guarda. Y testifica. Lleva la carga para su familia no creyente y ora por ellos. Tiene una conversación interesante hablando del Señor y unas salidas que llegan y hacen pensar.

Esta hermana llegó al Señor por medio de una vecina que llevaba años dando un fiel testimonio en la escalera. La ancianita estaba cuidando de su madre. Llevaba años en esta empresa, la madre cada vez más difícil de cuidar debido a su enfermedad. Llegaba a ser una carga tan pesada para nuestra ancianita que no pudo más. Un día clamó a Dios con toda su alma, junto a la ventana del patio interior, pidiendo socorro. La vecina evangelista la escuchó y poco después la llevó a Cristo. Bautizarse con toda la familia en contra no era fácil, pero con mucho temor a Dios lo hizo, y su testimonio de amor y cariño para con ellos ha hablado claramente acerca de la verdad del evangelio.

Ahora está en el hospital. Esperamos tenerla entre nosotros pronto. Pero de momento no cesamos de dar gracias por ella y aprender de su ejemplo. En estos días en los cuales la juventud tiene tanto protagonismo, paramos para dar gracias a Dios por nuestros mayores quienes tienen muchísimo que enseñarnos con sus vidas. 

Enviado por Hno. Mario

Sacando un aprobado

SACANDO UN APROBADO

 

“Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia, mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falta cosa alguna” (Stg. 1:2-4). 

Una apreciada hermana se encontró en una prueba tan dura que su mismo amor por el Señor estaba en juego. Toda ella fue sacudida en una prueba hecha a su medida, porque es una gran mujer de fe, ¡y la prueba fue tan grande como su fe! Si no es así, casi las podemos superar con nuestras propias fuerzas.

Durante esta prueba, ella pasó mucho tiempo con el Señor en oración, a solas con Él, y nadie más. El Señor habló a su alma: “No llores. He aquí el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido” (Ap. 5:5). Iba recibiendo promesas y lecciones de la Palabra e iba anotando la relación de los versículos y lecciones aprendidas en un cuaderno. Lo que aprendió llegó a formar parte de ella, parte de su carácter. Ha cambiado para siempre. Esta mujer de Dios creció aun más en medio de su gran sufrimiento. Se refinó como el oro. Pudo decir al final: “Porque tú nos probaste, oh Dios; nos ensayaste como se afina la plata. Nos metiste en la red; pusiste sobre nuestros lomos pesada carga. Hiciste cabalgar hombres sobre nuestra cabeza; pasamos por el fuego y por el agua, y nos sacaste a abundancia” (Salmo 66:10-12).

La meta de nuestras pruebas es salir aprobadas. Necesitamos pasar mucho tiempo escuchando al Señor. ¿Qué me está diciendo por medio de su Palabra? ¿Qué tengo que hacer en obediencia a ella? Puede ser una relación que te está haciendo sufrir. ¿Necesitas aprender a amar a tus enemigos, orar por ellos, hacerles bien (Mat. 5:44)?  ¿Necesitas ver cómo tus enemigos prosperan y no tener envidia de ellos (Salmo 73)? ¿Necesitas aprender que la fuerza del Señor es suficiente en tu debilidad (2 Cor. 12:9)? ¿Necesitas aprender a gozarte en tus angustias, y no hundirte (2 Cor. 12:10)? ¿Necesitas sentir la presión de la mano de Dios sobre ti y reconocer que es una muestra fehaciente de su amor por ti (1 Ped. 5:6)? ¿Necesitas aprender a ayunar (Esdras 8:21)? ¿Necesitas aprender a vivir de la Palabra de Dios y no de tus sentimientos (Deut. 8:3)? ¿Necesitas aprender a esperar en el Señor (Salmo 31:24)?

Estás en esta prueba para aprender y cambiar. Nuestra actitud en la prueba es esta: “De esta prueba me tengo que salir aprobada. Voy a aplicarme.”

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Las respuestas que la Biblia da al sufrimiento

Las respuestas que la Biblia da al sufrimiento

La Biblia no habla del sufrimiento como de una realidad de la cual se podría debatir de forma abstracta, pues muestra situaciones concretas: el sufrimiento producido por los diferentes tipos de violencia que el hombre inflige al hombre, el sufrimiento que provoca la traición, la humillación, el desprecio, y también el que experimenta un cuerpo enfermo, herido, en agonía. El sufrimiento del alma que llama, gime y pregunta: ¿Dónde está Dios?, y que espera una respuesta divina.
El libro de Job describe de forma sobrecogedora la experiencia humana del sufrimiento. Por un lado Job, hombre justo, está agobiado por el sufrimiento. Por otro lado, sus amigos quieren explicarle por qué sufre, sospechando de faltas que él no cometió. Pero al final Dios interviene y les declara: “No habéis hablado de mí con rectitud, como mi siervo Job” (Job 42:8). Es una lección importante que nos cierra la boca en presencia de los que están pasando por grandes sufrimientos.
Pero el libro de Job va más lejos todavía, pues Dios emplea ese sufrimiento para enseñar a Job. Le muestra su grandeza como Creador, el interés que tiene por él y la finalidad de sus designios. Job comprende su pequeñez y, justo antes de que se acabe el libro, declara: “De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven” (Job 42:5).

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Hoy

Hoy

Vivimos en el tiempo, maravilloso regalo de Dios. Él nos da un tiempo para cada cosa, así que no debemos despilfarrarlo.
A menudo oímos decir: «Tengo prisa; la vida es demasiado corta». La gente se queja del estrés, esa enfermedad moderna.
Dios le da cada instante, cada día; es un regalo muy valioso que usted posee: hoy puede ser feliz, pero no puede hacer nada con el ayer, ni con el mañana. La mayoría de nuestros males provienen del recuerdo de los fracasos del pasado o del miedo al mañana.
Viva el “hoy”, y vívalo de verdad. Los «ayeres» Dios se los llevó, y los «mañanas» aún están en sus manos. Utilice el hoy para amar a Dios, para dialogar con él. Dios le hablará mediante la Biblia, y usted le responderá por medio de la oración. Muéstrele que le ama aprovechando cada oportunidad para servir a su prójimo, pero no tomándolo como una obligación, sino por amor, porque usted mismo es amado por su Padre celestial. Aproveche cada hora y cada minuto para hacer el bien, y por la noche no olvide decirle: ¡Gracias, Señor, por este hoy!
«Señor, ayúdame a apartar cada día un momento para estar contigo, el tiempo necesario para escuchar a los demás, para admirar, reflexionar, sonreír, sin olvidar preciosos instantes para dar las gracias, perdonar, amar y orar».
“Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Santiago 4:14). “Aprovechando bien el tiempo” (Efesios 5:16).

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Mi pequeño instrumento en …

Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso… Antes bien los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios.

1 Corintios 12:18-22

Mi pequeño instrumento en su gran orquesta

Michael Costa dirigía su célebre orquesta cuando, durante un ensayo, mientras las trompetas sonaban, los címbalos reteñían y los violines cantaban, el que tocaba un pequeño instrumento, el piccolo, se dijo: «¿Para qué sirvo? Es igual que toque o que no toque; de todas formas nadie me oye». Entonces dejó el instrumento en la boca pero paró de tocar. Unos instantes más tarde el director de la orquesta exclamó: «¡Parad! ¡Parad! ¿Dónde está el piccolo?». El oído del maestro había notado su falta.
Hay períodos en nuestra vida en los que nos sentimos insignificantes e inútiles. Estamos rodeados de personas que tienen mayores talentos que nosotros, y a veces, en momentos de debilidad, nos dan ganas de retirarnos y dejar que otro haga nuestro trabajo. Nos decimos que, de todos modos, nuestra contribución no cambiará gran cosa. Olvidamos lo que sugirió nuestro Señor cuando utilizó cinco panes y dos peces que un niño le llevó para alimentar a toda una multitud (Jean 6:5-11).
Fue el Señor quien nos puso donde estamos. Él distribuye las tareas y da los medios para cumplirlas. Que hayamos recibido pocos o muchos talentos, no nos corresponde a nosotros considerar la importancia. Pongamos sencillamente a su servicio lo que recibimos. Él siempre está atento a la manera como cumplimos lo que podríamos llamar nuestra prestación de servicios diaria. “A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad” (Mateo 25:14-30).

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La fe puesta a prueba

Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía su unigénito… pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos.

Hebreos 11:17, 19

La fe puesta a prueba

Hay pruebas en las que parece que Dios actúa de una forma que no tiene nada que ver con su amor. La vida de Abraham es el ejemplo más típico. Dios le hizo unas promesas que debían verse cumplidas en los descendientes de su hijo único, Isaac, y luego pidió a Abraham que ofreciese en sacrificio a ese hijo. Pero Abraham confiaba más en la palabra de Dios que en la vida de Isaac; sabía que dicha vida dependía de esa palabra. ¡Y no fue defraudado!
Nada puede hacer cambiar a nuestro Dios. Si nos salvó pagando un gran precio, la vida de su Hijo Jesucristo, si bien ha hecho de nosotros sus amados hijos, todavía quiere cumplir en nosotros su obra. Sólo él conoce las necesidades y los métodos que va a emplear para ello. ¿Debería Dios darnos salud y una situación fácil, mientras muchos no la tienen?
Dios no nos llevó a él únicamente para el tiempo de nuestra vida aquí en la tierra, sino para la eternidad. Lo que tiene más valor es lo que permanece. Lo que se ve, sea agradable o no, es temporal, pero lo que no se ve es eterno. ¡Que Dios nos enseñe a ver las cosas como él las ve! En el cielo, en la presencia de Cristo, también las veremos y las comprenderemos así.
Es cierto que sufrimos cuando pasamos por circunstancias difíciles: duelo, enfermedad, soledad… Pero él dijo también: “No te desampararé, ni te dejaré” (Hebreos 13:5). El Señor Jesús sufrió mucho en la tierra; está al lado de los que sufren y les da la paz.
“Sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia” (Santiago 1:3).

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Vivir juntos

VIVIR JUNTOS

 

“Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne” (Ef. 5: 31).

            El vivir juntos no es un matrimonio. La pareja no se ha comprometido delante de la ley del país para unir sus vidas hasta que la muerte les separe, renunciando para siempre la posibilidad de toda otra relación sentimental. ¡Qué va! Lo que se ha formado es la convivencia de dos solteros independientes, no la unión de dos vidas con un solo proyecto, la mujer dispuesta a acoplarse al hombre y el hombre dispuesto a sacrificarse para la mujer. De eso nada. No han decidido formar un hogar y criar unos hijos con los mismos criterios, sino a gozarse de ciertos aspectos carnales del matrimonio sin tener que comprometerse a nada. Siempre que esta relación sirva a sus intereses, continuará, pero cuando no, se disolverá, y cada uno seguirá su camino.

            Así los jóvenes van destruyendo sus vidas. Se hacen muchísimo daño. Todos hemos hablado con jóvenes que han salido de reacciones de este tipo muy dañados. Pierden lo que no pueden recuperar, entre otras cosas, años de vida. La mujer que ha vivido con un hombre durante cinco años, pongamos, sale de la relación ya con treinta y pico de años. Puede ser que encuentre otro hombre y viva con él otros cuatro o cinco años. Entonces, ¿qué? Rondará los 40 sin nada. Sin hogar, sin hijos, sin marido, y muchas veces sin trabajo. Ahora, ¿qué será de su vida?  ¿Qué va a hacer? ¿Volver a casa de sus padres? ¿Vivir sola y buscar trabajo? Todavía hay hombres buscando relaciones, pero normalmente no están buscando a una mujer que tenga 40 años, sino una más joven, sobre todo, si tienen miras a casarse y tener hijos. Como resultado hay un creciente número de mujeres casi de edad mediana que anhelan tener la estabilidad de un hogar, pero están solas, y nuestro corazón se identifica con su angustia.

 

            Si, como consecuencia de todo el sufrimiento que este estilo de vida proporciona, ellas encuentran al Señor, él puede llenar sus vidas. Encontrarán ministerios donde pueden ayudar a otros que sufren y se identificarán con su dolor y serán muy eficaces en su servicio al Señor. En estas actividades encontrarán amistades, propósito, comunión cristiana y mucho consuelo y alegría. El Señor irá sanando las heridas de estas relaciones rotas, y ellas estarán satisfechas y completas en su amor. ¡La iglesia es una fabulosa institución de sanidad! Para a las que no encuentran al Señor, les resta un largo comino de soledad. Como iglesia, nos debemos a ellas, a buscarlas e incorporarlas, y ayudarlas a encontrar sentido en el Señor. Él puede restaurar los años perdidos y darles una vida feliz en una comunidad donde serán valoradas, atendidas y útiles. Que seamos sensibles y compasivos a las necesidades de este colectivo. Amén.

Enviado por Hno. Mario

Mantente Sano

“Mantente sano

youngTú, hijo mío, esfuérzate en la gracia que tenemos en Cristo Jesús. Lo que has oído de mí ante muchos testigos, encárgaselo a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros. Esta palabra es fiel: si morimos con él, también viviremos con él; si sufrimos, también reinaremos con él; si lo negamos, también él nos negará. Si somos infieles, él permanece fiel; él no puede negarse a sí mismo. 2 Timoteo 2:1-2; 11-13

Todos los días hay personas que deciden que van a empezar a hacer ejercicio físico para mejorar su salud o para tener un cuerpo escultural, y así pasan horas y horas en los gimnasios. El ejercicio físico es realmente bueno para la salud, pero para hacer frente a las dificultades de la vida, e incluso a la misma muerte, tener sólo buenos músculos no es suficiente.

En realidad, más que un “entrenador personal”, necesitas de un “salvador personal”: Jesús. En Jesús tendrás una fuerza que ningún ser humano puede tener, la fuerza que viene de la gracia el perdón y la compañía de Jesucristo, que es suficiente para enfrentar hasta a los peores enemigos. Por eso, el apóstol Pablo recomendó a Timoteo: “Tú, hijo mío, esfuérzate en la gracia que tenemos en Cristo Jesús” (2 Timoteo 2:1). Entonces, mantente sano en Cristo, y tendrás salud eterna.

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Creciendo en santidad por medio del matrimonio

CRECIENDO EN SANTIDAD POR MEDIO DEL MATRIMONIO

 

“Maridos, amad a vuestras mujeres… para santificarla… a fin de… que no tuviese ni mancha ni arruga, ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Ef. 5:25-27).

Esta es la finalidad de la relación amorosa entre el marido y su esposa, la santificación. Vamos a abundar un poco más en la aplicación de este tema. La pregunta es: ¿Cómo puede yo ser santificada en la relación que tengo con mi marido? ¿Qué pasa si él es mala persona? No importa cómo sea el matrimonio, en los propósitos de Dios es cultivo de santificación para que yo pueda ser más santa, más separada para Dios, y menos carnal.

Más como Cristo:

Vamos a poner en el peor de lo casos, que mi marido es un ogro. Por medio de cómo respondo a él, puedo crecer para ser cada vez más como Cristo. Es una buena escuela para cultivar la paciencia. Puedo llegar a ser humilde, controlada, estable y feliz, a pesar de todo lo que me rodea. ¡Tengo amplio campo para aprender a perdonar! Cristo es perdonador. Puedo aprender a orar e interceder por él. Puedo cambiar para ser cada vez más compasiva y llena de fe y esperanza, creyendo que Dios obra todo para bien y que su amor puede transformar aun a esta persona. Aprendo a amar a pesar de la persona, como Dios ama. Aprendo a quitar la viga de mi ojo para sacar la mota del suyo. Puedo ser respetuosa a pesar de cómo es él, no porque ha ganado mi respeto, sino por el lugar que ocupa, de la misma manera que, por ejemplo, respeto a un policía malo por la autoridad que se le ha concedido, no por su persona. En lugar de apoyarme en mi marido, aprendo a apoyarme en Dios y sacar mi autoestima de lo que Él piensa de mí y no de lo que mi marido me dice. Aprendo a defenderme correctamente y a respetarme a mí misma por la obra que ha hecho Cristo en mí, a estar segura y confiada como persona porque Dios está conmigo y me ama.

 

Menos como yo:

¿Cómo era yo en la carne cuando me casé con esta persona? Pues, ¡todo esto el Señor quiere cambiar y me ha puesto en este matrimonio para hacerlo! ¿Antes eres histérica? ¿Montaba dramones? ¿Lloraba de pena por mí misma? ¿Era negativa, criticona? Puede ser que fuera de armas tomar, mandona, controladora, manipuladora. El Señor quiere limar mis defectos, eliminarlos, y transformarme, ¡para que me asombre por la obra que ha hecho! Puede ser que creía que no era nada, que no valía, ¡y ahora tengo un marido que me lo confirma! Puede que el Señor quiera cambiar este chip y reformar mi manera de pensar para que piense conforme a lo que dice su Palabra. Si antes era independiente y hacía lo que me parecía, puedo aprender a ajustarme a mi marido y respetar su autoridad. ¡Menuda transformación! Todo esto el Señor pretende lograr por medio de mi matrimonio para que al final yo sea dulce, apacible y radiante en el amor de Dios, ¡preparada para mi Nuevo Marido!

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Mi reacción ante la ofensa

MI REACCIÓN ANTE LA OFENSA

 

“La cordura del hombre detiene su furor, y su honra es pasar por alto la ofensa”(Prob. 19:11).

Otra versión dice: “La sabiduría de un hombre le da paciencia, y le honra pasar por alto la ofensa”. La reacción normal ante una ofensa es enfadarse. Mi orgullo ha sido herido y mi carne se levanta airada. Lo que ha dicho me ha sentado mal, me ha hecho daño indirectamente, no me ha tomado en cuenta, no me ha entendido, y me da pena de mi misma. Pobre de mí.

La persona sabia se controla. No da expresión a su enfado en el momento, pero la necia, sí. Su reacción es inmediata. Explota. Devuelve mal por mal, y hace daño adrede, aun si la otra persona le ofendió sin querer. La necia es capaz de insultar, cortar la relación en el acto, o buscar vengarse. El fruto de la carne es: “enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones”  (Gal. 5:20).

Uno de los frutos del Espíritu Santo es el autodominio: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gal. 5:22). El Espíritu Santo nos ayuda a frenar nuestra ira, controlarnos, y pensar. En este caso la mansedumbre domina el ego enfadado. La paz busca solucionar el problema. Puede haber diálogo. El creyente valora sus relaciones. Es capaz de pasar por alto una ofensa y no darla importancia, y continuar con la relación. No está a la defensa siempre, pendiente de cómo es tratado, sino deseoso de agradar al otro y mirar por su bien. El creyente lleno del Espíritu Santo puede pasar por alto la ofensa, no gardar rencor, no vindicarse, ni  vengarse, sino amar y perdonar.  

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Dios es perfecto

DIOS ES PERFECTO

 

“Vuestro Padre que está en los cielos es perfecto (Mat.  5:48).

Jesús hace una afirmación contundente: Dios es perfecto. Él vino del cielo para revelar al Padre y así le da a conocer. Habla con conocimiento de causa. Le conoce perfectamente y sabe cómo es: no hay ningún fallo o defecto en su persona, su pensamiento, o su obra. Santiago, hablando del Padre, dice: “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces , en el cual no hay mudanza ni sombra de variación” (Sant. 1:17). Juan afirma: “Dios es luz y no hay ningunas tinieblas en él” (Juan 1:5). Dios no tiene su lado oscuro. Es luz constante, claridad, transparencia, veracidad, sinceridad, y la expresión perfecta de toda virtud. Toda sabiduría reside con Él. Dios es inmejorable.

No crece en santidad, porque ya es El Santo. No aprende nada, porque ya sabe todas las cosas. Nada le viene de nuevo o le toma por sorpresa, porque Él domina, abraza y supera el tiempo; antes de que ocurriesen las cosas Él ya había pensado en su solución. No cambia en nada, porque entonces sería menos que perfecto. Su amor es perfecto, su ira es perfecta, sus juicios son perfectos y todo propósito y  actuación suya también lo son.

Oswald Chambers dice que, porque yo soy mezquino, a veces los caminos de Dios me parecen ser innobles. Los veo con ojos imperfectos y los juzgo por  criterios defectuosos. Mi mente limitada no comprende por qué permite lo que permite. Yo lo haría de otra manera. Lo evalúo con el criterio del mundo o por  mis deseos carnales, o con mi comprensión parcial de la realidad, y siempre que lo hago,  tropiezo. No me corresponde a mí juzgar a Dios, sino adorarle. Soy su siervo humilde, no su juez. Él es mi Juez y me juzgará a mí, no yo a él. Hay muchas cosas que no comprendo, pero la revelación bíblica es que Dios es perfecto y todos sus caminos inmejorables.    

Me postro en adoración ante su perfección: “Sea bendito el nombre de Dios de siglos en siglos porque suyos son el poder y la sabiduría, él muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes, da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos. Él revela lo profundo y lo escondido; conoce lo que está en tinieblas, y con él mora la luz” (Daniel 2:20-22).   Amén.

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Cómo demostrar que Jesús…

COMO DEMOSTRAR QUE JESÚS ES DIOS

 

“Entonces los escribas y los fariseos comenzaron a cavilar, diciendo: ¿Quién es éste que habla blasfemia?¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?”  (Lu. 5:23).

Los cuatro amigos trajeron un paralítico a Jesús, pero ni podían acercarse al Maestro debido a la multitud. La casa donde Jesús enseñaba estaba abarrotada de gente. ¿Cómo hacerlo? Luego tuvieron la idea brillante de subirle encima de la casa en su lecho, hacer un agujero en el tejado y bajarle con cuerdas para ponerle delante de Jesús. Jesús, “al ver la fe de ellos, le dijo al hombre, tus pecados te son perdonados” (v. 20). Ahora esta es una cosa muy extraña que decir. Parece que no tiene nada que ver. Los amigos del enfermo no lo trajeron a Jesús para que le concediese el perdón de sus pecados, sino para que le sanase. Se ve que su enfermedad estaba conectado con su pecado y que para curarle era necesario tratar con el pecado antes. Sabemos de otros textos que hay una conexión entre pecado y enfermedad, como 1 Cor. 11:30. No es el caso siempre, pero la actuación de Jesús da a entender que esto fue su caso.

Al ver que Jesús pretendía tener la autoridad de perdonar pecados, los fariseos se enfurecieron. Solo Dios puede perdonar pecados. Para demostrar Jesús que él tenía esta autoridad y que, por tanto, era Dios, él sanó al hombre. Y para demostrar que estaba sanado le mandó tomar su lecho y andar. Claro, perdonar pecados es algo que ocurre dentro del corazón del hombre. No se ve. Pero uno que antes era paralítico y ahora anda, esto sí se ve. Era la prueba fehaciente de que Jesús tiene el poder de perdonar pecados y que no estaba blasfemando, sino que efectivamente es el Hijo de Dios, es decir, divino.

Por la misma regla de tres, cuando tú hablas con tus compañeros de clase o tus vecinos y expones las pretensiones de Jesús, ¿cómo puedes demostrar que él  realmente es Dios? Porque te ha perdonado los pecados. ¿Y cómo se ve que te ha perdonado? Por tu andar nuevo, es decir, por tu vida. Tu vida cambiada, transformada por el poder de la sangre de Jesús y el Espíritu Santo, es la prueba visible que Jesús es quién dices que es. Una vida cambiada demuestra que el perdón de pecados ha tomado lugar. El inverso también es cierto. Si uno todavía anda en sus pecados viejos, es cuestionable que ha sido perdonado. Tu vida es la evidencia. La clara predicación de evangelio acompañada por una vida transformada por el perdón de pecados es la prueba innegable de que Jesús es Dios.

Enviado por Hno. Mario

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