Mes: marzo 2016

A los pies de Jesús, siempre

 

A LOS PIES DE JESÚS, SIEMPRE

“Ésta (Marta) tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra” (Lu. 10:39).

            Dejamos a María sentada a los pies de Jesús, un buen lugar para todos nosotros, pero no podemos quedarnos allí siempre. Tenemos que dejarle para seguir con la faena cotidiana, ¿no? ¿Le decimos “hasta luego” y vamos a la cocina para servir como Marta? Tiempo atrás, una servidora tenía un tiempo devocional por la mañana y luego me iba y dejaba la Biblia abierta, porque me sabía mal despedirme del Señor. En casa, de pequeña, teníamos un libro para niños que se llamaba: “Pequeñas visitas con Dios”. Pero así no es. No le hacemos una visita al Señor para luego dejarle. Tampoco vamos a la iglesia para encontrarnos con él. Cantamos: “Entra en la presencia del Señor con gratitud” y “Vengo a ti, Señor”. ¿Dónde estábamos antes? ¿Lejos de él? También cantamos: “Me acercaré al Santuario del Padre”. Esto nos recuerda el Sumo Sacerdote que entraba en la presencia de Dios, al Lugar Santísimo, una sola vez al año. Pero las cosas han cambiado; ¡ahora podemos vivir allí! Siempre. Esto nuevo se llama “permanecer”.

¿Es eso lo que queremos? Pues, hemos de aprender a permanecer. Vamos a poner un ejemplo: has tenido un tiempo devocional maravilloso. Has oído la voz del Señor. Has aprendido de la Palabra. Has adorado al Señor y has orado por mucha gente. Bien. Ahora vas a la cocina para preparar el desayuno para tu familia. Tus hijos se pelean. Salen tarde para el colegio. Suena el teléfono y recibes un disgusto. Haces la comida y no sale bien. Se rompe la lavadora. ¿Estás permaneciendo? ¿Cómo puedes permanecer a los pies de Jesús en tu corazón, siempre, a pesar de todo? ¿Cómo puedes mantener el ambiente establecido durante la hora sagrada en medio de un mundo que nos llena de preocupaciones?   El clamor de nuestro corazón es: “Señor, enséñame”.

¿Sabes cuando no estás permaneciendo? Pierdes la paz y el gozo del Señor. Él parece estar muy lejos y el mundo muy cerca. Cuando te alejas, ¿sabes volver? Pides al Señor que te muestre qué pasó para meterte en otra onda. ¿Dónde permaneces habitualmente? ¿En el marido? Si él está bien, tú estás bien. ¿En tus hijos? Si ellos van bien, tú feliz. ¿En la iglesia? Esta es lo que llena tu vida. ¿O en tu ministerio? ¿En tus heridas? ¿Te ves como inútil, que nadie te ama, que eres fea, tonta, y la culpable de todo? Si es así, has de buscar sanidad emocional. ¿Permaneces en una amiga espiritual? Cuando surge algo, la llamas y ella te tranquiliza. ¿O permaneces en tu trabajo, en la televisión o en el ordenador? ¿O bien permaneces en problemas? ¿O puede ser que simplemente permaneces en ti misma, en tus pensamientos, tu voluntad, y tus planes?

¿Dónde hemos de permanecer? En Cristo. En Juan 15:1-17 sale la palabra “permanecer” unas 10 veces. Tenemos que permanecer en Cristo, centrados en él, todo el día, en su presencia, en su compañía y en el ambiente establecido por ella. “Señor, esto es lo que quiero que me enseñes a hacer: permanecer siempre. Amén”.        

Enviado Hno. Mario 

Sentir las emociones de Dios

SENTIR LAS EMOCIONES DE DIOS

“Jehová se ha buscado un varón conforme a su corazón” (1 Sam. 13:14).

En nuestro crecimiento hacia la madurez necesitamos dos cosas: formar la mente de Cristo y tener un corazón como Dios. Cuesta, pero lo queremos conseguir. Vamos a hablar acerca de su corazón. Algunos hombres de la Biblia son ejemplo para nosotros al reflejar el amor de Dios. Vamos a empezar con Jonás, sentado bajo la sombra de su enramada en las afueras de Nínive: “Ahora pues, oh Jehová, te ruego que me quites la vida; porque mejor me es la muerte que la vida” (4:3). Israel no había respondido a Dios en arrepentimiento bajo su ministerio (2 Reyes 14:15), pero Nínive sí, y Jonás veía que los hombres de Nínive se levantarían en juicio y condenarían a Israel por su incredulidad, y no lo podía soportar. No podía soportar la destrucción del pueblo de Dios que vendría por manos de Asiria y Jonás se hundió. Hablando de Israel, Dios le dijo: “Tuviste tú lástima de la calabacera, en la cual no trabajaste, ni tú la hiciste crecer” (Jonás 4:10), pero Dios sí, la hizo nacer y la trabajó. El sufrimiento de Jonás solo fue un pequeño reflejo del gran sufrimiento de Dios, pero, en Jonás, Dios encontró alguien para compartir su dolor.

Oseas es otro ejemplo. Dios le mandó a amar a una mujer infiel para vivir en sus carnes lo que Dios estaba viviendo a causa del adulterio espiritual de Israel. Oseas sentía lo que Dios sentía, un corazón destrozado. “La castigaré por los días en que incensaba a los baales, y se adornaba de sus zarcillos y sus joyeles, e iba tras sus amantes, y se olvidaba de mí, dice Jehová” (Oseas 2:13). ¿Quién mejor que Oseas podía entender a Dios? Compartían el mismo sufrimiento. Moisés es otro. Intercediendo por el pueblo de Dios en su pecado, le dijo a Dios que, si no los perdonase, tendría que raer su nombre del libro de la vida, porque no quería vivir sin su pueblo: “Entonces volvió Moisés a Jehová, y dijo: Te ruego, pues este pueblo ha cometido un gran pecado, porque se hicieron dioses de oro, que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito” (Ex. 32:31-32). Aquí hay un hombre que ama lo que Dios ama más que a su propia alma. Y luego está Pablo: “Verdad digo en Cristo, no miento, y mi consciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseará yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne; que son israelitas” (Rom. 9:1-4). Pablo es otro que estaba dispuesto a cambiar de lugares con Israel, ser condenado él para que ellos fuesen salvos, pero Dios no aceptó el trato con él. Sin embargo, con su Hijo, sí.

Jesús llevaba en su cuerpo el corazón de y los sentimientos de Dios. Lloraba por la pérdida de Jerusalén: “¡Jerusalén, Jerusalén… ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!” (Mat. 23:37, 38). Sufría por su adulterio espiritual. Él mismo fue condenado en el lugar de ellos y el juicio de Dios por su pecado cayó sobre Él. Sintió el dolor de Dios, lloró las lágrimas de Dios, y le quitó la ira de encima para que pudiese estar en paz con el hombre.

Hacia allí vamos, desarrollando el punto de visita de Dios, sus sentimientos, su amor para la gente, su odio hacia el pecado y su inmensurable compasión.          

David Burt

Entregado a la muerte diariamente

Entregado a Muerte Diariamente

El piadoso apóstol Pablo estaba lleno del Espíritu Santo y de revelación oraba fervientemente y caminaba diariamente en comunión íntima con Jesús. Sin embargo, admitió que era continuamente abofeteado, difamado, despreciado y agraviado. Lo calumniaban, atacaban su persona, y su nombre era reprobado.  Pablo sufrió tanto y tan a menudo, que hasta sus hijos espirituales se preguntaban por qué enfrentaba constantemente problemas y persecución. Cada vez que lo veían, su cara estaba amoratada, sus huesos estaban rotos, o su cuerpo estaba cubierto de marcas. Por supuesto, que esto hería a Pablo profundamente. Aquí estaba un poderoso y sincero predicador de la gracia y liberación de Dios, y dondequiera que iba era insultado y difamado. El apóstol dijo que le quedaba un sólo amigo, Onesíforo, quien “no se avergonzó de [sus] cadenas” (2 Timoteo 1:16). Pablo dijo de su amigo: “Este hombre no se avergüenza de mi encarcelamiento. ¡Él sabe bien que en mi vida no hay pecado escondido!”  Pablo también había sido alentado por un grupo de creyentes cuando dijo:  “Porque de mis prisiones también os resentisteis conmigo” (Hebreos 10:34 RVA). Él estaba diciendo: “Esta gente siente lo que yo estoy sintiendo.”  Ellos no abandonaron a Pablo en sus pruebas porque ellos mismos “con vituperios y tribulaciones [fueron] hechos espectáculo; y por otra, [llegaron] a ser compañeros de los que estaban en una situación semejante.” (Versículo 33). Estos creyentes se habían convertido en “compañeros de aflicción” para el apóstol, porque lo mismo que le estaba pasando a Pablo ¡le había pasado a ellos!

Conozco un ministro sumamente espiritual quien por años sufrió embates satánicos y persecución de otros creyentes. Cada vez que lo veía, me pedía la oración por sus problemas. Yo acedía gustosamente, pero al pasar el tiempo, ya que sus pruebas persistían, comencé a molestarme. Finalmente, le pregunté sin rodeos: “No entiendo por qué siempre eres atormentado. Eres uno de los pastores más consagrados que conozco, tienes intimidad con el Señor, siempre en oración y estudiando su palabra continuamente. ¿Por qué el Señor permitiría que enfrentes constantes problemas?”  Pero ahora entiendo que este hombre consagrado fue entregado a situaciones de muerte diariamente porque estaba lleno de la vida de resurrección. Dios quería usarlo de forma poderosa, así que lo entregaba a la muerte en cada área de su vida. Dios quería que no quedara nada que impidiera la bella manifestación de Cristo en él.
¡Satanás estaba decidido a destruir el testimonio de Pablo porque sabía que una gran manifestación de Cristo estaba a punto de brillar en su vida!

David Wilkerson

 

A solas con Dios

A solas con Dios

Leer | Mateo 26.36-46

 

Lo conocemos como Getsemaní —el lugar donde Jesús se alejó del caos para pasar su última noche a solas con su Padre. Pero, al adentrarnos más en el huerto, llegamos a entender mejor por qué escogió este sitio, y más de lo que ocurrió allí. ¿Fue sólo para orar? ¿Sólo para dormir? ¿Sólo para pasar tiempo a solas antes de que se levantara para ir a morir? No; lo que encontramos en Getsemaní es una senda de restauración para cada momento de nuestra vida.

Cristo no vino solo al huerto, vino con amigos —con 11 de sus 12 discípulos. Él estuvo siempre rodeado de personas. ¿Debe, entonces, sorprendernos que la noche antes de ser crucificado —por nuestros pecados— Jesús viniera al Getsemaní con 11 de sus queridos seguidores?

¿Se parece esto a su vida? ¿Rodeado siempre de otros? ¿Con poco tiempo para usted mismo? ¿Preocupado por las personas que le aman, pero que no siempre le apoyan o vienen en su ayuda cuando más lo necesita? Busque, entonces, iluminación y dirección en las últimas hermosas horas de solitud de Cristo en un huerto sagrado.

Con sus discípulos, el Señor se retiró al Getsemaní, un lugar cuyo nombre en hebreo significa molino o prensa (semejante a una prensa de vino) donde se extraía aceite de las olivas. Aquí, al pie del monte de los Olivos, Jesús se separó del grupo con sus tres amigos más íntimos —Pedro, Jacobo y Juan, y les expresó sus sentimientos más profundos: “Mi alma está destrozada” (Mt 26.38 NTV).

En este lugar, donde se presionaban las olivas para obtener el aceite sustentador de la vida, Cristo “comenzó su agonía”, escribió Matthew Henry. “Allí quiso quebrantarlo el Padre, y destrozarlo, para que de Él pudiera fluir a todos los creyentes aceite nuevo; para que pudiéramos participar de la raíz y de la rica sabia del benéfico Olivo”.

Es que la solitud “es más un estado de la mente y del corazón, que un lugar”, según el autor Richard Foster. Es verdad que apartarse para descansar es maravilloso, pero la solitud con Dios no es un descanso casual. Es una inmersión profunda y ferviente en la prensa del poder de Dios que nos pone en condiciones de volver a las personas y servirles de una manera significativa. En la solitud —dice Foster en su libro Celebración de la disciplina, “tenemos que alejarnos de la gente para poder estar realmente presentes cuando estemos con ella”.

Jesús estableció ese modelo. Después de un tiempo de solitud, ¿qué hizo? Comenzó su ministerio (Mt 4.1-11, 17). Caminó sobre las aguas (14.22-27). Escogió a sus discípulos (Lc 6.12-19). Murió por nuestros pecados.

Podemos anhelar la solitud fácil —tener una razón espiritual para dejarlo todo y tomar una semana de descanso. ¿Quién no anhela eso de vez en cuando? Pero, como hijos de Dios, necesitamos la solitud con Dios, la clase de solitud que reforma el alma y que nos prepara igual que a nuestro Cristo, para servir.

Por Patricia Raybon

Un asunto de vida o muerte

Un asunto de vida o muerte

Leer | Romanos 5.6-19                  

Hay un asunto de suprema importancia que a menudo olvidamos con el ajetreo de la vida, y es la pregunta en cuanto a dónde las personas pasaran la eternidad.

Al mirar al ser humano desde el punto de vista divino, entendemos que al final del tiempo habrá dos grupos: quienes vivirán para siempre con Dios y quienes sufrirán la muerte eterna separados de Él. El destino final de cada persona dependerá de algo sencillo: recibir el perdón de sus pecados de parte de Dios.

Nadie —salvo o no— merece la misericordia de Dios. Ninguna cantidad de buenas obras o de religiosidad puede ganar la dádiva del perdón y de la relación eterna con nuestro Creador. Desde el más bondadoso hasta el más cruel heredó la naturaleza pecaminosa del “primer Adán”, quien fue el primer hombre que conoció al Señor, y también el primero que se rebeló contra Él.

Sin el regalo de la gracia de Dios —es decir, de un espíritu nuevo, hecho posible por la muerte expiatoria y la resurrección del Señor Jesús— podríamos ser lavados. Por medio de un sencillo acto de fe, recibimos el regalo del perdón total de Dios, y una nueva naturaleza espiritual.

Todos llegamos al mundo con una naturaleza “carnal” inclinada a alejarse de Dios (Ro 8.7, 8), y la muerte espiritual solo puede evitarse por medio de Jesucristo y el perdón que Él ofrece. ¿Le ha recibido usted como su Salvador personal? Si no es así, ore en este momento pidiendo sinceramente su salvación. Dios quiere que reciba su dádiva de la vida eterna, la justicia perfecta y la adopción en su familia.

Min. En Contacto

El amor de Dios y nuestro pecado

EL AMOR DE DIOS Y NUESTRO PECADO

 

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

            Esta es la gloriosa noticia del evangelio: el amor de Dios le motivó a enviar a su amado Hijo a este mundo para morir por nosotros, pecadores. Pero, igual que en los tiempos de Pablo, los hay que confunden el amor de Dios con la licencia para pecar. Piensan que, ya que son salvos y aceptados y amados por Dios, su pecado no tiene importancia, porque el amor de Dios lo cubre. Así que no prestan atención a sus propios pecados, no les dan importancia. Piensan que es natural que pequemos, porque somos humanos. Estas personas no crecen en santidad. Han pasado años desde su conversión, y todavía están practicando los mismos pecados que formaban parte de su carácter antes de conocer al Señor.

            La verdad es que el amor de Dios no cubre ni perdona nuestro pecado. Es la sangre de Cristo la que lo hace. Y la sangre de Cristo solo perdona el pecado que hemos confesado, renunciado y dejado (1 Juan 1:8-10). Si alguien sigue en el pecado, no hay perdón, por mucho que Dios le ame. Dios siempre ama y nunca deja de amor, pero no salvará a los que permanecen en el pecado: “Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca [es decir, que permanece en el pecado], no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo” (1 Juan 3:6-8). Cristo vino para librarnos del poder del pecado en nuestras vidas, para salvarnos de él, para que no estemos bajo su tiranía.

            El amor de Dios no salva. Si salvase, todo el mundo sería salvado, porque Dios ama a todo el mundo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). El amor de Dios ha provisto la solución para el pecado, pero no es automático; hay que creer. Y para que el sacrificio de Cristo nos consiga el perdón, hemos de confesar el pecado. Nos incumbe confesar nuestro pecado cada día para ir creciendo en la gracia. Si no, nos estancamos. Pues, es el pecado lo que estorba nuestro crecimiento, nuestro comunión con Dios y con los hermanos.     cristomuriopormi

Algunos de los creyentes de tiempos de Pablo tuvieron la misma confusión. Por esto Pablo dice: “¿Qué pues, diremos? ¿Perseveremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” (Romanos 6:1, 2). Morimos al pecado en nuestro bautismo. Dejamos la vida enterrada en las aguas bautismales para resucitar a una nueva vida en Cristo, libre del dominio del pecado. “Nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6: 6).  

“Oh Señor, recíbeme cual soy, ya no más, ya no quiero pecar. Del pecado me quiero apartar. Justifica mi ser, dame tu dulce paz y tu gran bendición.

Oh Señor, toma mi corazón y hazlo tuyo por la eternidad. Lléname de tu santa bondad, y en mi alma tú pon una nueva canción de y dulce amor”.

Juan M. Isais

 

Salmos

Salmos 4

Oración vespertina de confianza en Dios

Al músico principal; sobre Neginot. Salmo de David.              

Respóndeme cuando clamo, oh Dios de mi justicia.
    Cuando estaba en angustia, tú me hiciste ensanchar;
    Ten misericordia de mí, y oye mi oración.

Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo volveréis mi honra en infamia,
Amaréis la vanidad, y buscaréis la mentira? Selah

Sabed, pues, que Jehová ha escogido al piadoso para sí;
Jehová oirá cuando yo a él clamare.

Temblad, y no pequéis;
Meditad en vuestro corazón estando en vuestra cama, y callad. Selah

Ofreced sacrificios de justicia,
Y confiad en Jehová.

Muchos son los que dicen: ¿Quién nos mostrará el bien?
Alza sobre nosotros, oh Jehová, la luz de tu rostro.

Tú diste alegría a mi corazón
Mayor que la de ellos cuando abundaba su grano y su mosto.

En paz me acostaré, y asimismo dormiré;
Porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado.

El cordero de Dios

El Cordero de Dios

Leer | Juan 1.9-29

 

Usamos diferentes nombres para referirnos a Jesús —Cristo, Maestro, Mesías, Profeta y Rey, entre otros. Pero un nombre sobresale como una descripción completa del propósito del Señor: el Cordero de Dios. Sus milagros y sus enseñanzas fueron notables, pero aun mayor fue su muerte en la cruz.

El sacrificio de nuestro Salvador fue el punto central del plan del Padre celestial para la humanidad. Desde el comienzo, Dios ha tratado con los pecados de su pueblo por medio de una ofrenda de sangre. Él mismo realizó el primer sacrificio cuando mató un animal y utilizó su piel para cubrir a Adán y Eva.

Levítico 17.11 nos dice que la vida está en la sangre y que ésta fue dada “para hacer expiación”. Ezequiel añade: “El alma que pecare, esa morirá” (18.4). El pecado siempre exige la muerte debido a la justicia y la santidad de Dios. O bien una vida tiene que morir como pago por el pecado, o una vida tiene que ser dada como pago por la culpa de otro.

La manera como Dios se ha ocupado del pecado del hombre es por medio de un sacrificio. Jesús vino para cargar con el pecado de toda la humanidad: Asumió la responsabilidad total por todas nuestras culpas e iniquidades, para que pudiéramos ser libres del castigo. Por su muerte, somos hechos justos y santos a los ojos de Dios.

¿Por qué es importante referirse a Cristo como el Cordero de Dios? Porque al hacerlo se reconoce la muerte expiatoria en la que Dios desató su furia y su juicio sobre el Señor Jesús. Como resultado, podemos estar delante Dios y decir: “Gracias, porque puedo llamarte mi Padre”.

Min. En Contacto

Ocuparnos de nuestra salvación

Ocuparnos de nuestra salvación

Leer | Filipenses 2.12, 13

 

¿Qué quiere decir “ocuparnos de nuestra salvación”? Muchas personas piensan erróneamente que Pablo nos estaba diciendo que trabajáramos para lograr nuestra salvación. Pero el apóstol estaba diciendo algo completamente diferente: su experiencia de la salvación no es el final de su peregrinación espiritual; es el catalizador que activa su “modo de operación”.

Por eso, después de haber puesto su fe en Jesús como Salvador, usted puede comenzar a vivir la vida abundante que Dios le tiene preparada. Si usted le ha entregado su corazón al Señor, el Espíritu Santo habita en usted para siempre. Es el Espíritu de Dios actuando en y a través de usted, permitiéndole poner en práctica su salvación. El grado hasta el cual se rinda al Espíritu Santo afectará la obra que Él llevará a cabo por medio de usted, y los cambios que Él hará en su vida.

A medida que su fe y su relación con Dios se desarrollen, comenzará a notar que Él se mueve en su vida. Cuando comparta su fe y sus bendiciones con los demás, se dará cuenta de que Dios está trabajando de más maneras. Manténgase sirviendo al Señor, y las semillas que Dios ha sembrado en usted florecerán (Is 55.10, 11).    Por eso, cuando la Biblia habla de ocuparnos de nuestra salvación, quiere decir que hemos sido llamados a vivir con reverencia lo que ya nos ha sido dado, y permitir que la vida de Cristo en nosotros dé fruto.

Su salvación debe ser un reflejo de Jesús dondequiera que usted vaya. Al vivirla en medio de amigos, familiares e incluso de extraños.

Min. En Contacto

A <span>%d</span> blogueros les gusta esto: