Mes: enero 2016

Qué difícil…Qué fácil

QUÉ DIFÍCIL / QUÉ FÁCIL

“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29).

            Padre amado, qué difícil es para nosotros cambiar para llegar a ser las personas que quieres que seamos. Qué fácil ir a la iglesia, asistir a reuniones, servir en comités, y qué difícil escuchar a lo que la gente está intentando decirnos acerca de lo que les molesta en nosotros. Qué fácil repartir folletos, testificar a otros, orar por los perdidos, y qué difícil ver lo que ofende a otros. Qué fácil leer la Biblia en casa en un ambiente de recogimiento y paz, y qué difícil ver lo que anda mal con nosotros. No veo aquello que clama al cielo. Voy a campamentos, conferencias, retiros, asistimos a cultos, y nunca me enfrento con mi mismo. ¿Qué hay de mí que ofende a otros, a familia, al marido, a compañeros de trabajo, a los de mi iglesia?

Es más fácil participar en el equipo de alabanza que venir a la cruz y confesar lagunas en mi carácter. Servir es fácil; cambiar es difícil. ¿Llevo años en la iglesia y todavía soy la misma que siempre? ¿He oído lo que la gente está intentando decirme: que no pueden contar conmigo, que siempre tengo que ser el centro de atención, que siempre insisto en hacer las cosas de mí manera, que siempre estoy hablando de mí misma, que nunca ofrezco hacer los trabajos humildes como limpiar, ir a recoger a los que no tienen coche, hacer el café, barrer? ¿Me ofendo fácilmente? ¿Tengo un pronto? ¿Paso de los demás? ¿Soy básicamente egoísta? ¿Hablo mal de otros? ¿Tengo resentimiento?    

Es muy fácil ir a la iglesia, pero muy difícil cambiar. Lo que a Dios realmente le interesa es que me parezca a Cristo, o sea, que vaya formando un carácter cristiano con el fruto del Espíritu, que ame a otros, que sea gozosa, buena de corazón, que traiga paz cuando hay conflicto, que sea humilde, paciente, y que me controle. Si llevo años asistiendo a reuniones, sirviendo en la escuela dominical, predicando, participando en varios ministerios, y todavía soy hipersensible, problemática, interesada, celosa, mandona, criticona, rencorosa, quejica y egoísta, he perdido el tiempo. Es muy fácil practicar una religión, pero muy difícil afrontar lo que está mal conmigo misma y cambiar para ser más como Jesús, pero de esto se trata, de reflejar la santidad del carácter de Cristo. Esto es lo que glorifica a Dios.

Dios me salvó y me dejó en este mundo no solo para evangelizar, sino para llegar a ser como Jesús. Debería poder notar una diferencia enorme entre cómo soy ahora y cómo era antes, si no, he perdido el propósito de Dios para mí. “Padre amado, abre mis oídos para oír lo que la gente está intentando decirme. Quiero oírlo. Quiero glorificar a Cristo. Quiero que Él se forme en mí. Amén”. 

Enviado Hno. Mario

Debilidad

DEBILIDAD

 

“Sed fortalecidos en el Señor, y en el poder de su fuerza” (Ef. 6:10; BTX).

            Otra versión reza: “Sed fuertes en el Señor”. Es un mandato. El que no recoge la fuerza del Señor peca. “La debilidad es un crimen” (Oswald Chambers). Es la inacción, o actuar en nuestra propia fuerza carnal, o en nuestra debilidad carnal. Es no apreciar el poder de Dios y no abastecernos de él, y quedarnos parados delante de un desafío. La debilidad es no liderar, no disciplinar, no actuar, no tomar una postura, no estar firme.

Este rasgo de carácter procede de nuestra personalidad humana y no del Espíritu Santo: “No nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder” (2 Tim. 1:7). La debilidad tiene su origen en las heridas emocionales, en una falta de identidad en Cristo. Procede de nuestro carácter  antes de conocer a Cristo, de lo que hemos heredado de nuestros padres. Viene de complejos, de mirarnos a nosotros mismos o a otros, y no al Señor. Cuando un padre deja que su hijo le manipule, esto es debilidad de su parte. También lo es cuando los padres ceden ante las demandas de su hijo adolescente porque es de carácter fuerte, o cuando un profesor en el colegio no actúa ante la rebeldía de un estudiante, o cuando el maestro de la escuela dominical no puede controlar la clase, o cuando el pastor o anciano es controlado por una familia poderosa de la iglesia, o por la opinión de un sector, o cuando no pone en disciplina a un miembro de la congregación porque le tiene miedo.

Pongamos un ejemplo bíblico: los diez espías incrédulos. Ellos solo se fijaron en su debilidad ante el enemigo, y no en la fuerza de Dios: “Y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de grande estatura. También vimos allí gigantes, éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos” (Num. 13: 33). La debilidad es un gran pecado cuando Dios ha prometido dar su poder. La fe es poder y la debilidad es incredulidad. Caleb dijo: “Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos… Si Jehová se agradare de nosotros, él nos llevará a esta tierra, y nos la entregará… Por tanto, no seáis rebeldes contra Jehová no temáis al pueblo de esta tierra; nosotros los comeremos como pan; su amparo se ha apartado de ellos, y con nosotros está Jehová; no los temáis” (Num. 13:30; 14:9). Cuarenta años más tarde, el Señor recordó a Josué la lección: fe, obediencia, y poder: “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que tu vayas” (Josué 1: 9). Josué fue obediente y conquistó la tierra en el poder de Dios.

Algunos tienen que superar su debilidad por medio de la fe, mientras que otros de carácter fuerte necesitan desprenderse de su fuerza natural para poner toda su confianza en el Señor, quien dijo: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad”. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Cr. 12:9, 10).        

El Cielo es para los valientes (Mat. 11:12), para los que reciben poder mediante su fe en Dios.

La auténtica actitud cristiana

 

LA AUTÉNTICA ACTITUD CRISTIANA

 

“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Fil 2:5).

            El apóstol nos está instando a tener la misma actitud que tuvo el Señor Jesús. ¿Qué actitud fue este? El pasaje lo sabemos de memoria. En algunas iglesias se lee casi cada domingo. Las palabras son familiares, pero, sin mirar al texto, ¿sabemos a qué actitud se refiere? El resto del pasaje lo explica. Vamos a mirarlo:

“Se despojó a sí mismo” (v. 7). Si nosotros nos vamos a despojarnos de nosotros mismos, tenemos que renunciar nuestra reputación, fama, prestigio, lo que consideramos nuestros derechos, nuestras prerrogativas, nuestro estatus social, nuestros títulos académicos, todo aquel en el cual podríamos gloriarnos, aunque sea legítimo, y reducirnos a un mero ser humano, sin nada que recomendarnos.

“Tomando forma de siervo” (v. 7). En nuestro caso, si nosotros nos consideramos siervos, esto quiere decir que no mandamos. Dios manda y nosotros acatamos. El siervo está para ser mandado, sin derecho a nada. No se pertenece a sí mismo, ni manda sobre su propia vida. Está para hacer la voluntad de su amo. No puede protestar, ni quejarse, ni ser negligente en su deber, ni agradarse a sí mismo, ni poner las condiciones de su servicio, ni marcar los límites de su trabajo. No determina su horario, ni lo que hará ni dejará de hacer. Vive exclusivamente para servir al que le compró. Su opinión no cuenta: agacha a cabeza y obedece. 

“Se humilló a sí mismo” (v. 8). Fue un acto voluntario en el caso de Jesús, y tiene que ser lo mismo en el nuestro. Decidimos que vamos a humillarnos. Esto quiere decir que vamos a descender en el orden social. Vamos a tener aún menos prestigio que el que tuvimos antes. Jesús era siervo, y se humilló para ser un siervo de menos rango, pasar más desapercibido, tener menos importancia, ser más despreciado. En nuestro caso es ir por la vida como uno más, sin pedir atenciones especiales por considerarnos más que otros, sino, todo lo contrario, no exigir nada, ni honra, ni reconocimiento. Este es el ejemplo de Jesús. 

“Haciéndose obediente” (v. 8). En el caso de Jesús la obediencia era hasta la muerte. En el nuestro es lo mismo. Lo que Dios pida de nosotros, eso haremos. Si tenemos que pasar por sufrimiento y muerte por ser de Jesús, lo haremos. Dios puede pedir lo que sea. Si quiere, puede pedir que dejemos nuestro trabajo para servirle, que cambiamos de trabajo, que vivamos con poco dinero, que cambiemos de país, que pasemos la vida sin casarnos, que suframos una enfermedad, y sea lo que sea, haremos lo que pide de nosotros, porque le amamos debido a lo que ha hecho por nosotros en Cristo Jesús; por consiguiente le debemos todo, y lo haremos porque Él es Dios, infinito en sabiduría y su camino es perfecto.

Esta es la actitud que el apóstol nos está enseñando a adoptar, la que caracterizó a Jesús, toda su vida. Ser esta clase de persona es lo que quiere decir ser seguidor de Él, y, en última instancia, lo que significa ser cristiano.   

Pensando sin Dios

PENSANDO SIN DIOS

“Jehová se había enojado contra mí a causa de vosotros, por lo cual no me escuchó; y me dijo Jehová: Basta, no me hables más de este asunto… No pasarás el Jordán” (Deut. 3:26, 27).

            Si nos ponemos a analizar nuestra vida desde una perspectiva netamente humana, sin tener a Dios en cuenta para nada, terminamos decepcionados, cínicos y vacios; no tiene sentido. Vamos a hacer la prueba analizando la vida de Moisés desde un punto de vista humana para aprender a no hacer esto mismo con nuestras vidas. La vida solo se entiende por la fe.

Moisés: Las circunstancias de su infancia fueran traumáticas, siempre con amenaza de muerte violenta. Con meses fue abandonado por su familia y adoptado por gente de otra cultura y otro estatus social. De pequeño vería a su madre de forma regular creando en él una crisis de identidad que estalló con los cuarenta años en un acto de violencia. Tuvo que huir de su segunda cultura y adoptar una tercera. Se casó con una mujer de esta cultura, pero nunca estaban muy compenetrados. Habiendo sido formado por su familia adoptiva para gobernar el país más próspero del mundo, sus planes fueron troncados y totalmente frustrados al encontrarse fuera y sin posibilidad de regresar.

            El período siguiente de su vida como nómada en el desierto, trabajando como pastor de ovejas, no tuvo nada que ver ni con su cultura de origen ni con la adoptiva. Nada le había preparado para esto. Nunca llegó a ser uno de ellos. No tuvo intimidad, ni amistad con nadie de aquel país con la excepción de su suegro. Perdió toda ilusión de gobernar o hacer algo importante con su vida, pero en el fondo le quedaba la idea que había nacido para más que esto.

Este período de su vida terminó de repente cuando tuvo una experiencia religiosa que desembocó en un gran conflicto entre su cultura de origen y la adoptiva. Optó por la primera y vio la ruina total del país que le había acogido y preparado para gobernarlo. Dejando atrás esta ruina, encabezó al pueblo cuya sangre llevaba en sus venas a la libertad y a una nueva identidad como nación, pero nunca fue aceptado como su líder. Su primer intento de introducirlos en un territorio nacional propio fue frustrado y siguieron cuarenta años de tensiones con ellos marcados por su constante rechazo de su liderazgo e intentos de reemplazarle con otro. Fueron cuarenta años caracterizados por guerras, plagas y mortandad debido a su tozudez y rebeldía. Vio la muerte de todos sus contemporáneos y al final muere él sin haber conseguido su meta de proveerles con un territorio nacional.      

¡Qué desconsolador! Nunca caigas en la tentación de analizar tu vida de esta manera, sino con confianza en Dios, en su dirección y propósito, que no es el éxito, ni la prosperidad, ni la felicidad, sino nuestra santificación. El Moisés que fue violento de joven terminó siendo el hombre más manso de la tierra (Num. 12:3). ¡Como Jesús! (Mat. 11:29). Dios cumplió su propósito en él, y “Jehová cumplirá su propósito en mí” (Salmo 138:8). Solo Él sabe lo que está haciendo contigo, y no fallará.  

Enviado Hno. Mario

La bendición

LA BENDICIÓN

“Y Isaac se acercó, y le besó; y olió Isaac el olor de sus vestidos, y le bendijo, diciendo: Dios, pues, te dé del rocío del cielo, y de las grosuras de la tierra, y abundancia de trigo y de mosto; sírvante pueblos, y naciones se inclinen a ti; sé señor de tus hermanos, y se inclinen ante ti los hijos de tu madre. Malditos los que te maldijesen, y benditos los que te bendijeren” (Gen 27:27-29).

            “La bendición” no son meras palabras. Tampoco es magia. No conlleva poderes especiales, ni el poder para hacerse realidad. El poder de su cumplimiento no procedió de Isaac. La bendición era una profecía inspirada por el Espíritu Santo acerca de lo que Dios iba a ser para Jacob y sus descendentes los judíos a lo largo de la historia. Era como la bendición que Zacarías pronunció sobre su hijo Juan el Bautista en el tiempo de su nacimiento: “Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado; porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos; para dar conocimiento de salvación a su pueblo, para perdón de sus pecados, por la entrañable misericordia de nuestro Dios, con que nos visitó desde lo alto la aurora, para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; para encaminar nuestros pies por camino de paz” (Lu. 1:76-80). Es una profecía de Dios y como toda profecía, se cumple, no porque el que la escucha tiene fe, ni porque la persona que la pronunció puede hacer que ocurra, sino porque Dios lo ha dicho. Es Palabra de Dios. Lo que Él dice, hará: “Yo vigilo sobre mi palabra para que se cumpla” (Jer. 1:12; BTX).

            Lo que Dios prometió a Jacob fueron riquezas y poder (v. 28, 29). También le prometió que los judíos dominarían sobre las naciones vecinas (v. 29). Y también que aquellas que se alinearan con Israel serían bendecidas por Dios y que las que se oponían serían malditas (v. 29). Son promesas y profecías de largo alcance.

            La historia ha mostrado la veracidad de esta profecía. ¿Dónde están los amorreos, los heteos, los ferezeos, los jubuseos y los heveos hoy día?  Han desaparecido juntamente con otros pueblos, naciones e imperios. Muchas de las naciones mencionadas en el Antiguo Testamento han desaparecido, pero Israel permanece aun a pesar de feroces persecuciones desde el tiempo de la conquista de Asiria hasta el holocausto en la Alemania de Hitler y la Guerra de los Siete Días (que Israel ganó a pesar de no tener ninguna posibilidad de victoria). En 1948 Israel se restableció como nación y continuará existiendo como tal hasta el final de los tiempos.

            Jacob conocía el valor de la bendición y la buscó usando el engaño y la mentira, y la consiguió mostrando falta de respeto para su padre, defraudando a su hermano y dividiendo a la familia. ¡Y Dios se la dio!

            Pregunta: ¿Merezco yo las bendiciones que tengo en Cristo? ¿Cómo las he conseguido? ¿Sé cuáles son? ¿Las valoro? 

Enviado Hno. Mario

El linaje de Jesús

EL LINAJE DE JESÚS

 

“Salmón engendró de Rahab a Booz, Booz engendró de Rut a Obed, y Obed a Isaí. Isaí engendró al rey David” (Mateo 1: 5-6).

Aquí está el rey David ocupando su lugar en la genealogía de Jesús. Saúl, el primer rey de Israel no figura. Saúl tuvo que pecar para que David le reemplazara. La sustitución de David no fue una improvisación de parte de Dios cuando vio que Saúl le había fallado, sino que fue parte de su plan eterno, y la prueba es que David viene de “la línea”. ¿Dios ordenó el pecado de Saúl? No. ¿El pecado de Saúl formó parte de su plan eterno? Sí. Dios conoce nuestro pecado y está incorporado en su plan eterno para nuestras vidas. ¿Esto justifica nuestro pecado? En absoluto. La mente de Dios es tan vasta que nunca llegaremos a entenderla. Pero, por lo menos, podemos comprender que el pecado nuestro no le pilla de sorpresa a Dios. Ya ha calculado qué hará con él.

            Esto lo vemos en su nivel más perfecto en la elección de Cristo para ser nuestro Salvador desde antes de la fundación del mundo. Dios creó al hombre sabiendo que iba a pecar y ya tenía en mente la solución. No esperó hasta que Adán pecase y luego pensó: “¿Ahora qué hago?”. No. La muerte de Cristo no fue ninguna improvisación. Cuando Dios planeó la historia del universo, ya había tenido en cuenta nuestro pecado y lo que haría al respecto, enviando a su Hijo para redimirnos.

            Más de uno ha preguntado: “Si Dios sabía que íbamos a pecar, ¿por qué nos creó?”. Al cual contestamos: Dios escogió darse a conocer por medio de su Plan de salvación. Nunca conoceríamos el amor de Dios si no fuese por el Calvario. No conoceríamos hasta que punto ama al Hijo al Padre si no fuese por nuestro pecado. No conoceríamos el poder el Espíritu Santo para transformar vidas si no fuese por él. Ni conoceríamos que todo lo que hace Satanás es incorporado en el plan eterno de Dios, ni la victoria de Dios sobre su enemigo, ni como el Espíritu Santo puede capacitar a un débil creyente para ganar la victoria sobre el diablo… no conoceríamos nada de esto si no fuese por el pecado. Ni conoceríamos el amor de Cristo por su Iglesia y su poder para guardarla a pesar de Inquisiciones y persecuciones, ni el poder del amor de Dios en una vida que la capacitaría para poner su vida por amor al Salvador. Es la gloria de Dios vencer a Satanás; es la gloria de Jesús conquistar al enemigo en carne mortal, destruir el poder del pecado y de la muerte en el poder del Espíritu Santo. Es la gloria del Espíritu de Dios usar la Palabra de Dios para santificar al creyente. Y la gloria de la Palabra es dar vida a los muertos. La gloria de Jesús es su encarnación, la gloria del Padre es la entrega de su Hijo, y la gloria del Espíritu es capacitar al hombre Jesús para vencer para la gloria de Dios. Todo es gloria contra el trasfondo negro del pecado. ¿Gracias a Dios por el pecado? No. Gracias a Dios por su supereminente poder, su insondable sabiduría, y su inconquistable amor.

Enviado Hno. Mario

¿A quién dejas tu Tesoro?

¿A QUIÉN DEJAS TU TESORO?

 

“Después (Pablo) llegó a Derbe y a Listra; y he aquí, había allí cierto discípulo llamado Timoteo, hijo de una mujer judía creyente, pero de padre griego; y daban buen testimonio de él los hermanos que estaban en Listra y en Iconio. Quiso Pablo que este fuese con él” (Hechos 16:1-3).

            Poco sabía el apóstol Pablo de la transcendencia que tendría aquel día. Iba predicando el evangelio de pueblo en pueblo, país en país, como de costumbre, y llegó a Listra donde conoció a Timoteo, el que iba ser su sucesor. Dios tenía una relación muy hermosa preparada para él que iba a darle mucho gozo. Como su padre era griego, Timoteo no había sido circuncidado, así que, por amor a los judíos que había en aquellos lugares, Pablo lo hizo circuncidar. Timoteo había dado testimonio de su fe delante de muchos testigos y Pablo le había impuesto las manos concediéndole un don para el ministerio (1:6). No mucho más tarde se encontró en Filipos con una experiencia tremenda para iniciarle en su aprendizaje con Pablo. Pablo y Silas fueron arrestados, torturados y metidos en el calabozo dejando a Timoteo solo en la calle (tal vez no fue arrestado por su edad), sin saber si les volvería a ver con vida. Y así iba aprendiendo hasta la fecha cuando recibió esta epístola importante de Pablo dejando la obra en sus manos. 

            Vamos a suponer que tú te encuentras en una situación parecida a la de Pablo. Sabes que tu vida se acaba. Has terminado la obra que el Señor te encomendó a hacer. Ahora, ¿a quién se la dejas? El Señor nos mandó a hacer discípulos: “Por tanto, id, y haced discípulos… enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mat. 28:19, 20). ¿Lo has hecho? Pablo fue obediente. Formó a Timoteo para ser su sucesor. No sabemos por qué no eligió a Bernabé, o a Silas, o a Apolos, pero Pablo tenía claro que tenía que ser Timoteo. Fue a Timoteo a quien dejó en Efeso (1 Tim. 1:3), para poner en orden las cosas de las iglesias de la zona. Era obediente y comprometido con la obra de Pablo y cumpliría fielmente el legado.  

            Volviendo a nosotros, ¿a quién vamos a dejar el tesoro de todas las riquezas que hemos adquirido en Cristo a través de los años? Hemos amasado un tesoro incalculable: la sabiduría que hemos aprendido de nuestra experiencia con Él, la comprensión de su Palabra que hemos adquirido tras horas de estudio personal, el conocimiento de su Persona por medio de nuestra vivencia con Él, la práctica en la obra, contactos y amistades, hábitos en la vida personal. ¿Muere todo con nosotros, o lo dejamos a nuestros “Timoteos”?  Pablo le dice a su discípulo y heredero: “Las cosas que oíste de mí en medio de muchos testigos, estas encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” (1 Tim. 2:2). Formamos parte de una cadena. La verdad no puede morir con nosotros, sino que tiene que pasar de unos a otros hasta el día de Cristo.  

            Todos hemos sufrido desengaños. Personas a las cuales pensábamos que podríamos encargar “el depósito” nos han fallado. En estos días de tanta apostasía, como en los días de Pablo, ¡que el Señor nos concede un “Timoteo” fiel, al cual podemos dejar el tesoro incalculable que hemos adquirido en Cristo durante muchos años! ¡Que pase de nosotros a otros que aún pueden incrementar su valor! Así sea.      

Enviado Hno. Mario

Orad por los que os ultrajan

ORAD POR LOS QUE OS ULTRAJAN

 

“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan” (Mat. 5:44).

Si has sufrido abuso, acoso, o malos tratos de parte de una persona en autoridad sobre ti (alguien que tenía que cuidarte, instruirte y velar por ti, como un padre, o un pastor o un profesor), tienes un dolor muy intenso y personal que puede durar años y causar grandes estragos en tu vida. ¿Cómo puedes superar este sufrimiento y no arrastrarlo hasta la tumba, dejando que amargue tu vida? Vamos a dar unas sugerencias que esperamos que sean de ayuda.

El versículo que tenemos por delante nos dice que hemos de orar por ellos. No es cuestión de orar diciéndole al Señor lo malos que son. Acusar delante de Dios es obra del diablo y no queremos ser imitadores de él. No vamos a pedir a Dios que haga caer fuego del cielo sobre su cabeza. La venganza no es del Espíritu de Cristo. Tampoco vamos a orar desde la culpa. Es un viejo truco del enemigo hacernos sentir culpabilidad cuando otra persona nos ha faltado. No vamos a rogar a un abusador que nos perdone. No somos culpables, a no ser que le odiemos, y, si es así, esto lo confesamos a Dios, no a él.

Para que nuestra oración sea eficaz, tenemos que cumplir con los requisitos de la promesa de Jesús: “Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Juan 15:7). Uno no puede estar permaneciendo en Cristo si está permaneciendo en su herida. Si la herida te ocupa el pensamiento y el dolor te aparta de Cristo y te lleva a obsesionarte con el causante de tu daño, ya no estás centrado en Cristo, sino en tu mal. Si la herida te mueve a actuar, hablar y pensar, y si su desconsuelo te bloquea, pon en práctica Mat. 5:44 concienzudamente y poco a poco saldrás de tu dolor.

Cuando la palabra de Dios está permaneciendo en nosotros, oramos según la Palabra. ¿Cómo oró Jesús por sus enemigos? “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. “Habiendo él… orado por los transgresores” (Is. 53:12). No oró para que se condenasen, sino para que fuesen salvos. Llevó sus pecados, como si fuesen Suyos, en la cruz. Esta obra está hecha, nosotros no podemos llevar sus pecados, pero sí podemos hacer algo muy parecido. Podemos confesar sus pecados como si fuesen los nuestros, como hacían los profetas que intercedían por su pueblo pecaminoso. Daniel intercedió orando: “Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y tus ordenanzas” (Daniel 9:5). De igual manera puedes ponerte delante de Dios a interceder a favor de esta persona que tanto mal te ha hecho y confesar sus pecados, uno por uno, como si fuesen tuyos, y pedir que Dios le perdone.

Da gracias a Dios por todo lo bueno de esta persona. Luego bendecirle (Mat. 5:44). Pide que Dios le bendiga, que sea un instrumento útil en sus manos y que lleve mucho fruto para la gloria de Dios. ¡Verás cómo Dios contesta esta oración ofrecida en el verdadero Espíritu de Cristo!

 

Enviado Hno. Mario

Para llenar el cubo

PARA LLENAR EL CUBO

 

“Sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación”  (Is. 12:3).
Todos los que somos creyentes en el Señor Jesús recibimos el Espíritu Santo en el día de nuestra conversión, pero no todos somos llenos del Espíritu. “Todos somos miembros del cuerpo… porque en un solo Espíritu fuimos todos bautizados hacia (es decir, para formar parte de) un cuerpo… y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Cor. 12:13). Todos hemos sido bautizados en el Espíritu y todos tenemos que beber del Espíritu a continuación para mantenernos llenos del Espíritu.
El Espíritu es como un río (Ez. 47:1ss; Ap. 22:1) que sale del trono de Dios, del templo de Dios. La salvación es como bañarnos en este rió para quitar la inmundicia del pecado como Naamán se bañó en el Jordán para quitarse la lepra (2 Reyes 5:14). Pero esto no es todo. También hemos de beber del Espíritu para mantenernos llenos del Espíritu. Jesús dijo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba… y de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu” (Juan 7: 37-39).            
¿Por qué es que algunos beben mucho, pero nunca están llenos?  Si esto te ocurre, algo falla.  Puede ser una de dos cosas: que tienes pecado en tu vida que impide que te llenes, o bien que necesitas sanidad interior de lo que está impidiendo esta plenitud. Pongamos el ejemplo de un cubo. Dos cosas impiden que se llene de agua: el cubo puede estar lleno de piedras o puede tener una grieta. ¡O puede tener las dos cosas!
Vas a las fuentes de salvación para llenar tu cubo, pero el cubo ya está lleno de piedras, por lo tanto no puede llenarse de agua. Solo cabe un poco. Para que tu cubo esté lleno de agua, y solo agua, tienes que sacar las piedras. Estas piedras son pecados, o bien puntuales, o bien endémicos. Por ejemplo: puedes haber ofendido a alguien, o puedes ser una persona de mal genio que vas ofendiendo a todo el mundo. En todo caso, se tiene que confesar y eliminar este pecado. Si tienes varios pecados, uno por uno se confiesan y se quitan para poder llenar el cubo de agua pura.
La otra posibilidad es que tienes necesidad de sanidad interior. Pongamos que tienes complejos de inferioridad, o que has sido abandonado, o que has sufrido abuso, o que has tenido una pérdida importante, o que tuviste un trauma, etc. Estas cosas también impiden la plenitud del Espíritu Santo y tienen que ser sanadas. Esta clase de sanidad es más complicada, normalmente requiere más tiempo, pero es igualmente necesaria.
Entonces, con el cubo vaciado de maldad y reparado, puedes ir sacando aguas de las fuentes de salvación sin estorbo. Puedes beber del Señor y llenarte hasta rebosar.

Enviado Hno. Mario

Un mensaje

UN MENSAJE


 
La paradoja de nuestro tiempo es que tenemos edificios mas altos y temperamentos mas reducidos, carreteras mas anchas y puntos de vista mas estrechos. Gastamos mas pero tenemos menos, compramos mas pero disfrutamos menos. Tenemos casas mas grandes y familias mas chicas, mayores comodidades y menos tiempo. Tenemos mas grados académicos pero menos sentido común, mayor conocimiento pero menor capacidad de juicio, mas expertos pero mas problemas, mejor medicina pero menor bienestar.

Bebemos demasiado, fumamos demasiado, despilfarramos demasiado, reimos muy poco, manejamos muy rápido, nos enojamos demasiado, nos desvelamos demasiado, amanecemos cansados, leemos muy poco, vemos demasiada televisión y oramos muy rara vez.

Hemos multiplicado nuestras posesiones pero reducido nuestros valores. Hablamos demasiado, amamos demasiado poco y odiamos muy frecuentemente.

Hemos aprendido a ganarnos la vida, pero no a vivir. Añadimos años a nuestras vidas, no vida a nuestros años. Hemos logrado ir y volver de la luna, pero se nos dificulta cruzar la calle para conocer a un nuevo vecino. Conquistamos el espacio exterior, pero no el interior. Hemos hecho grandes cosas, pero no por ello mejores.

Hemos limpiado el aire, pero contaminamos nuestra alma. Conquistamos el átomo, pero no nuestros prejuicios. Escribimos mas pero aprendemos menos. Planeamos mas pero logramos menos. Hemos aprendido a apresurarnos, pero no a esperar. Producimos computadoras que pueden procesar mayor informacion y difundirla, pero nos comunicamos cada vez menos y menos.

Estos son tiempos de comidas rápidas y digestión lenta, de hombres de gran talla y cortedad de carácter, de enormes ganancias económicas y relaciones humanas superficiales. Hoy en día hay dos ingresos pero mas divorcios, casas mas lujosas pero hogares rotos. Son tiempos de viajes rápidos, pañales desechables, moral descartable, acostones de una noche, cuerpos obesos, y píldoras que hacen todo, desde alegrar y apaciguar, hasta matar. Son tiempos en que hay mucho en el escaparate y muy poco en la bodega. Tiempos en que la tecnología puede hacerte llegar esta carta, y en que tu puedes elegir compartir estas reflexiones o simplemente borrarlas.
 
Acuérdate de pasar algún tiempo con tus seres queridos porque ellos no estarán aqui siempre.

Acuérdate de ser amable con quien ahora te admira, porque esa personita crecerá muy pronto y se alejará de ti.

Acuérdate de abrazar a quien tienes cerca porque ese es el único tesoro que puedes dar con el corazón, sin que te cueste ni un centavo.

Acuérdate de decir te amo a tu pareja y a tus seres queridos, pero sobre todo dilo sinceramente. Un beso y un abrazo pueden reparar una herida cuando se dan con toda el alma.

Acuérdate de tomarte de la mano con tu ser querido y atesorar ese momento, porque un día esa persona ya no estará contigo.

Date tiempo para amar y para conversar, y comparte tus mas preciadas ideas.
 
Y siempre recuerda:

La vida no se mide por el número de veces que tomamos aliento, sino por los extraordinarios momentos que nos lo quitan.
 
George Carlin.

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