Mes: enero 2016

Qué difícil…Qué fácil

QUÉ DIFÍCIL / QUÉ FÁCIL

“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29).

            Padre amado, qué difícil es para nosotros cambiar para llegar a ser las personas que quieres que seamos. Qué fácil ir a la iglesia, asistir a reuniones, servir en comités, y qué difícil escuchar a lo que la gente está intentando decirnos acerca de lo que les molesta en nosotros. Qué fácil repartir folletos, testificar a otros, orar por los perdidos, y qué difícil ver lo que ofende a otros. Qué fácil leer la Biblia en casa en un ambiente de recogimiento y paz, y qué difícil ver lo que anda mal con nosotros. No veo aquello que clama al cielo. Voy a campamentos, conferencias, retiros, asistimos a cultos, y nunca me enfrento con mi mismo. ¿Qué hay de mí que ofende a otros, a familia, al marido, a compañeros de trabajo, a los de mi iglesia?

Es más fácil participar en el equipo de alabanza que venir a la cruz y confesar lagunas en mi carácter. Servir es fácil; cambiar es difícil. ¿Llevo años en la iglesia y todavía soy la misma que siempre? ¿He oído lo que la gente está intentando decirme: que no pueden contar conmigo, que siempre tengo que ser el centro de atención, que siempre insisto en hacer las cosas de mí manera, que siempre estoy hablando de mí misma, que nunca ofrezco hacer los trabajos humildes como limpiar, ir a recoger a los que no tienen coche, hacer el café, barrer? ¿Me ofendo fácilmente? ¿Tengo un pronto? ¿Paso de los demás? ¿Soy básicamente egoísta? ¿Hablo mal de otros? ¿Tengo resentimiento?    

Es muy fácil ir a la iglesia, pero muy difícil cambiar. Lo que a Dios realmente le interesa es que me parezca a Cristo, o sea, que vaya formando un carácter cristiano con el fruto del Espíritu, que ame a otros, que sea gozosa, buena de corazón, que traiga paz cuando hay conflicto, que sea humilde, paciente, y que me controle. Si llevo años asistiendo a reuniones, sirviendo en la escuela dominical, predicando, participando en varios ministerios, y todavía soy hipersensible, problemática, interesada, celosa, mandona, criticona, rencorosa, quejica y egoísta, he perdido el tiempo. Es muy fácil practicar una religión, pero muy difícil afrontar lo que está mal conmigo misma y cambiar para ser más como Jesús, pero de esto se trata, de reflejar la santidad del carácter de Cristo. Esto es lo que glorifica a Dios.

Dios me salvó y me dejó en este mundo no solo para evangelizar, sino para llegar a ser como Jesús. Debería poder notar una diferencia enorme entre cómo soy ahora y cómo era antes, si no, he perdido el propósito de Dios para mí. “Padre amado, abre mis oídos para oír lo que la gente está intentando decirme. Quiero oírlo. Quiero glorificar a Cristo. Quiero que Él se forme en mí. Amén”. 

Enviado Hno. Mario

Debilidad

DEBILIDAD

 

“Sed fortalecidos en el Señor, y en el poder de su fuerza” (Ef. 6:10; BTX).

            Otra versión reza: “Sed fuertes en el Señor”. Es un mandato. El que no recoge la fuerza del Señor peca. “La debilidad es un crimen” (Oswald Chambers). Es la inacción, o actuar en nuestra propia fuerza carnal, o en nuestra debilidad carnal. Es no apreciar el poder de Dios y no abastecernos de él, y quedarnos parados delante de un desafío. La debilidad es no liderar, no disciplinar, no actuar, no tomar una postura, no estar firme.

Este rasgo de carácter procede de nuestra personalidad humana y no del Espíritu Santo: “No nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder” (2 Tim. 1:7). La debilidad tiene su origen en las heridas emocionales, en una falta de identidad en Cristo. Procede de nuestro carácter  antes de conocer a Cristo, de lo que hemos heredado de nuestros padres. Viene de complejos, de mirarnos a nosotros mismos o a otros, y no al Señor. Cuando un padre deja que su hijo le manipule, esto es debilidad de su parte. También lo es cuando los padres ceden ante las demandas de su hijo adolescente porque es de carácter fuerte, o cuando un profesor en el colegio no actúa ante la rebeldía de un estudiante, o cuando el maestro de la escuela dominical no puede controlar la clase, o cuando el pastor o anciano es controlado por una familia poderosa de la iglesia, o por la opinión de un sector, o cuando no pone en disciplina a un miembro de la congregación porque le tiene miedo.

Pongamos un ejemplo bíblico: los diez espías incrédulos. Ellos solo se fijaron en su debilidad ante el enemigo, y no en la fuerza de Dios: “Y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de grande estatura. También vimos allí gigantes, éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos” (Num. 13: 33). La debilidad es un gran pecado cuando Dios ha prometido dar su poder. La fe es poder y la debilidad es incredulidad. Caleb dijo: “Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos… Si Jehová se agradare de nosotros, él nos llevará a esta tierra, y nos la entregará… Por tanto, no seáis rebeldes contra Jehová no temáis al pueblo de esta tierra; nosotros los comeremos como pan; su amparo se ha apartado de ellos, y con nosotros está Jehová; no los temáis” (Num. 13:30; 14:9). Cuarenta años más tarde, el Señor recordó a Josué la lección: fe, obediencia, y poder: “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que tu vayas” (Josué 1: 9). Josué fue obediente y conquistó la tierra en el poder de Dios.

Algunos tienen que superar su debilidad por medio de la fe, mientras que otros de carácter fuerte necesitan desprenderse de su fuerza natural para poner toda su confianza en el Señor, quien dijo: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad”. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Cr. 12:9, 10).        

El Cielo es para los valientes (Mat. 11:12), para los que reciben poder mediante su fe en Dios.

La auténtica actitud cristiana

 

LA AUTÉNTICA ACTITUD CRISTIANA

 

“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Fil 2:5).

            El apóstol nos está instando a tener la misma actitud que tuvo el Señor Jesús. ¿Qué actitud fue este? El pasaje lo sabemos de memoria. En algunas iglesias se lee casi cada domingo. Las palabras son familiares, pero, sin mirar al texto, ¿sabemos a qué actitud se refiere? El resto del pasaje lo explica. Vamos a mirarlo:

“Se despojó a sí mismo” (v. 7). Si nosotros nos vamos a despojarnos de nosotros mismos, tenemos que renunciar nuestra reputación, fama, prestigio, lo que consideramos nuestros derechos, nuestras prerrogativas, nuestro estatus social, nuestros títulos académicos, todo aquel en el cual podríamos gloriarnos, aunque sea legítimo, y reducirnos a un mero ser humano, sin nada que recomendarnos.

“Tomando forma de siervo” (v. 7). En nuestro caso, si nosotros nos consideramos siervos, esto quiere decir que no mandamos. Dios manda y nosotros acatamos. El siervo está para ser mandado, sin derecho a nada. No se pertenece a sí mismo, ni manda sobre su propia vida. Está para hacer la voluntad de su amo. No puede protestar, ni quejarse, ni ser negligente en su deber, ni agradarse a sí mismo, ni poner las condiciones de su servicio, ni marcar los límites de su trabajo. No determina su horario, ni lo que hará ni dejará de hacer. Vive exclusivamente para servir al que le compró. Su opinión no cuenta: agacha a cabeza y obedece. 

“Se humilló a sí mismo” (v. 8). Fue un acto voluntario en el caso de Jesús, y tiene que ser lo mismo en el nuestro. Decidimos que vamos a humillarnos. Esto quiere decir que vamos a descender en el orden social. Vamos a tener aún menos prestigio que el que tuvimos antes. Jesús era siervo, y se humilló para ser un siervo de menos rango, pasar más desapercibido, tener menos importancia, ser más despreciado. En nuestro caso es ir por la vida como uno más, sin pedir atenciones especiales por considerarnos más que otros, sino, todo lo contrario, no exigir nada, ni honra, ni reconocimiento. Este es el ejemplo de Jesús. 

“Haciéndose obediente” (v. 8). En el caso de Jesús la obediencia era hasta la muerte. En el nuestro es lo mismo. Lo que Dios pida de nosotros, eso haremos. Si tenemos que pasar por sufrimiento y muerte por ser de Jesús, lo haremos. Dios puede pedir lo que sea. Si quiere, puede pedir que dejemos nuestro trabajo para servirle, que cambiamos de trabajo, que vivamos con poco dinero, que cambiemos de país, que pasemos la vida sin casarnos, que suframos una enfermedad, y sea lo que sea, haremos lo que pide de nosotros, porque le amamos debido a lo que ha hecho por nosotros en Cristo Jesús; por consiguiente le debemos todo, y lo haremos porque Él es Dios, infinito en sabiduría y su camino es perfecto.

Esta es la actitud que el apóstol nos está enseñando a adoptar, la que caracterizó a Jesús, toda su vida. Ser esta clase de persona es lo que quiere decir ser seguidor de Él, y, en última instancia, lo que significa ser cristiano.   

Pensando sin Dios

PENSANDO SIN DIOS

“Jehová se había enojado contra mí a causa de vosotros, por lo cual no me escuchó; y me dijo Jehová: Basta, no me hables más de este asunto… No pasarás el Jordán” (Deut. 3:26, 27).

            Si nos ponemos a analizar nuestra vida desde una perspectiva netamente humana, sin tener a Dios en cuenta para nada, terminamos decepcionados, cínicos y vacios; no tiene sentido. Vamos a hacer la prueba analizando la vida de Moisés desde un punto de vista humana para aprender a no hacer esto mismo con nuestras vidas. La vida solo se entiende por la fe.

Moisés: Las circunstancias de su infancia fueran traumáticas, siempre con amenaza de muerte violenta. Con meses fue abandonado por su familia y adoptado por gente de otra cultura y otro estatus social. De pequeño vería a su madre de forma regular creando en él una crisis de identidad que estalló con los cuarenta años en un acto de violencia. Tuvo que huir de su segunda cultura y adoptar una tercera. Se casó con una mujer de esta cultura, pero nunca estaban muy compenetrados. Habiendo sido formado por su familia adoptiva para gobernar el país más próspero del mundo, sus planes fueron troncados y totalmente frustrados al encontrarse fuera y sin posibilidad de regresar.

            El período siguiente de su vida como nómada en el desierto, trabajando como pastor de ovejas, no tuvo nada que ver ni con su cultura de origen ni con la adoptiva. Nada le había preparado para esto. Nunca llegó a ser uno de ellos. No tuvo intimidad, ni amistad con nadie de aquel país con la excepción de su suegro. Perdió toda ilusión de gobernar o hacer algo importante con su vida, pero en el fondo le quedaba la idea que había nacido para más que esto.

Este período de su vida terminó de repente cuando tuvo una experiencia religiosa que desembocó en un gran conflicto entre su cultura de origen y la adoptiva. Optó por la primera y vio la ruina total del país que le había acogido y preparado para gobernarlo. Dejando atrás esta ruina, encabezó al pueblo cuya sangre llevaba en sus venas a la libertad y a una nueva identidad como nación, pero nunca fue aceptado como su líder. Su primer intento de introducirlos en un territorio nacional propio fue frustrado y siguieron cuarenta años de tensiones con ellos marcados por su constante rechazo de su liderazgo e intentos de reemplazarle con otro. Fueron cuarenta años caracterizados por guerras, plagas y mortandad debido a su tozudez y rebeldía. Vio la muerte de todos sus contemporáneos y al final muere él sin haber conseguido su meta de proveerles con un territorio nacional.      

¡Qué desconsolador! Nunca caigas en la tentación de analizar tu vida de esta manera, sino con confianza en Dios, en su dirección y propósito, que no es el éxito, ni la prosperidad, ni la felicidad, sino nuestra santificación. El Moisés que fue violento de joven terminó siendo el hombre más manso de la tierra (Num. 12:3). ¡Como Jesús! (Mat. 11:29). Dios cumplió su propósito en él, y “Jehová cumplirá su propósito en mí” (Salmo 138:8). Solo Él sabe lo que está haciendo contigo, y no fallará.  

Enviado Hno. Mario

La bendición

LA BENDICIÓN

“Y Isaac se acercó, y le besó; y olió Isaac el olor de sus vestidos, y le bendijo, diciendo: Dios, pues, te dé del rocío del cielo, y de las grosuras de la tierra, y abundancia de trigo y de mosto; sírvante pueblos, y naciones se inclinen a ti; sé señor de tus hermanos, y se inclinen ante ti los hijos de tu madre. Malditos los que te maldijesen, y benditos los que te bendijeren” (Gen 27:27-29).

            “La bendición” no son meras palabras. Tampoco es magia. No conlleva poderes especiales, ni el poder para hacerse realidad. El poder de su cumplimiento no procedió de Isaac. La bendición era una profecía inspirada por el Espíritu Santo acerca de lo que Dios iba a ser para Jacob y sus descendentes los judíos a lo largo de la historia. Era como la bendición que Zacarías pronunció sobre su hijo Juan el Bautista en el tiempo de su nacimiento: “Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado; porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos; para dar conocimiento de salvación a su pueblo, para perdón de sus pecados, por la entrañable misericordia de nuestro Dios, con que nos visitó desde lo alto la aurora, para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; para encaminar nuestros pies por camino de paz” (Lu. 1:76-80). Es una profecía de Dios y como toda profecía, se cumple, no porque el que la escucha tiene fe, ni porque la persona que la pronunció puede hacer que ocurra, sino porque Dios lo ha dicho. Es Palabra de Dios. Lo que Él dice, hará: “Yo vigilo sobre mi palabra para que se cumpla” (Jer. 1:12; BTX).

            Lo que Dios prometió a Jacob fueron riquezas y poder (v. 28, 29). También le prometió que los judíos dominarían sobre las naciones vecinas (v. 29). Y también que aquellas que se alinearan con Israel serían bendecidas por Dios y que las que se oponían serían malditas (v. 29). Son promesas y profecías de largo alcance.

            La historia ha mostrado la veracidad de esta profecía. ¿Dónde están los amorreos, los heteos, los ferezeos, los jubuseos y los heveos hoy día?  Han desaparecido juntamente con otros pueblos, naciones e imperios. Muchas de las naciones mencionadas en el Antiguo Testamento han desaparecido, pero Israel permanece aun a pesar de feroces persecuciones desde el tiempo de la conquista de Asiria hasta el holocausto en la Alemania de Hitler y la Guerra de los Siete Días (que Israel ganó a pesar de no tener ninguna posibilidad de victoria). En 1948 Israel se restableció como nación y continuará existiendo como tal hasta el final de los tiempos.

            Jacob conocía el valor de la bendición y la buscó usando el engaño y la mentira, y la consiguió mostrando falta de respeto para su padre, defraudando a su hermano y dividiendo a la familia. ¡Y Dios se la dio!

            Pregunta: ¿Merezco yo las bendiciones que tengo en Cristo? ¿Cómo las he conseguido? ¿Sé cuáles son? ¿Las valoro? 

Enviado Hno. Mario

El linaje de Jesús

EL LINAJE DE JESÚS

 

“Salmón engendró de Rahab a Booz, Booz engendró de Rut a Obed, y Obed a Isaí. Isaí engendró al rey David” (Mateo 1: 5-6).

Aquí está el rey David ocupando su lugar en la genealogía de Jesús. Saúl, el primer rey de Israel no figura. Saúl tuvo que pecar para que David le reemplazara. La sustitución de David no fue una improvisación de parte de Dios cuando vio que Saúl le había fallado, sino que fue parte de su plan eterno, y la prueba es que David viene de “la línea”. ¿Dios ordenó el pecado de Saúl? No. ¿El pecado de Saúl formó parte de su plan eterno? Sí. Dios conoce nuestro pecado y está incorporado en su plan eterno para nuestras vidas. ¿Esto justifica nuestro pecado? En absoluto. La mente de Dios es tan vasta que nunca llegaremos a entenderla. Pero, por lo menos, podemos comprender que el pecado nuestro no le pilla de sorpresa a Dios. Ya ha calculado qué hará con él.

            Esto lo vemos en su nivel más perfecto en la elección de Cristo para ser nuestro Salvador desde antes de la fundación del mundo. Dios creó al hombre sabiendo que iba a pecar y ya tenía en mente la solución. No esperó hasta que Adán pecase y luego pensó: “¿Ahora qué hago?”. No. La muerte de Cristo no fue ninguna improvisación. Cuando Dios planeó la historia del universo, ya había tenido en cuenta nuestro pecado y lo que haría al respecto, enviando a su Hijo para redimirnos.

            Más de uno ha preguntado: “Si Dios sabía que íbamos a pecar, ¿por qué nos creó?”. Al cual contestamos: Dios escogió darse a conocer por medio de su Plan de salvación. Nunca conoceríamos el amor de Dios si no fuese por el Calvario. No conoceríamos hasta que punto ama al Hijo al Padre si no fuese por nuestro pecado. No conoceríamos el poder el Espíritu Santo para transformar vidas si no fuese por él. Ni conoceríamos que todo lo que hace Satanás es incorporado en el plan eterno de Dios, ni la victoria de Dios sobre su enemigo, ni como el Espíritu Santo puede capacitar a un débil creyente para ganar la victoria sobre el diablo… no conoceríamos nada de esto si no fuese por el pecado. Ni conoceríamos el amor de Cristo por su Iglesia y su poder para guardarla a pesar de Inquisiciones y persecuciones, ni el poder del amor de Dios en una vida que la capacitaría para poner su vida por amor al Salvador. Es la gloria de Dios vencer a Satanás; es la gloria de Jesús conquistar al enemigo en carne mortal, destruir el poder del pecado y de la muerte en el poder del Espíritu Santo. Es la gloria del Espíritu de Dios usar la Palabra de Dios para santificar al creyente. Y la gloria de la Palabra es dar vida a los muertos. La gloria de Jesús es su encarnación, la gloria del Padre es la entrega de su Hijo, y la gloria del Espíritu es capacitar al hombre Jesús para vencer para la gloria de Dios. Todo es gloria contra el trasfondo negro del pecado. ¿Gracias a Dios por el pecado? No. Gracias a Dios por su supereminente poder, su insondable sabiduría, y su inconquistable amor.

Enviado Hno. Mario

¿A quién dejas tu Tesoro?

¿A QUIÉN DEJAS TU TESORO?

 

“Después (Pablo) llegó a Derbe y a Listra; y he aquí, había allí cierto discípulo llamado Timoteo, hijo de una mujer judía creyente, pero de padre griego; y daban buen testimonio de él los hermanos que estaban en Listra y en Iconio. Quiso Pablo que este fuese con él” (Hechos 16:1-3).

            Poco sabía el apóstol Pablo de la transcendencia que tendría aquel día. Iba predicando el evangelio de pueblo en pueblo, país en país, como de costumbre, y llegó a Listra donde conoció a Timoteo, el que iba ser su sucesor. Dios tenía una relación muy hermosa preparada para él que iba a darle mucho gozo. Como su padre era griego, Timoteo no había sido circuncidado, así que, por amor a los judíos que había en aquellos lugares, Pablo lo hizo circuncidar. Timoteo había dado testimonio de su fe delante de muchos testigos y Pablo le había impuesto las manos concediéndole un don para el ministerio (1:6). No mucho más tarde se encontró en Filipos con una experiencia tremenda para iniciarle en su aprendizaje con Pablo. Pablo y Silas fueron arrestados, torturados y metidos en el calabozo dejando a Timoteo solo en la calle (tal vez no fue arrestado por su edad), sin saber si les volvería a ver con vida. Y así iba aprendiendo hasta la fecha cuando recibió esta epístola importante de Pablo dejando la obra en sus manos. 

            Vamos a suponer que tú te encuentras en una situación parecida a la de Pablo. Sabes que tu vida se acaba. Has terminado la obra que el Señor te encomendó a hacer. Ahora, ¿a quién se la dejas? El Señor nos mandó a hacer discípulos: “Por tanto, id, y haced discípulos… enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mat. 28:19, 20). ¿Lo has hecho? Pablo fue obediente. Formó a Timoteo para ser su sucesor. No sabemos por qué no eligió a Bernabé, o a Silas, o a Apolos, pero Pablo tenía claro que tenía que ser Timoteo. Fue a Timoteo a quien dejó en Efeso (1 Tim. 1:3), para poner en orden las cosas de las iglesias de la zona. Era obediente y comprometido con la obra de Pablo y cumpliría fielmente el legado.  

            Volviendo a nosotros, ¿a quién vamos a dejar el tesoro de todas las riquezas que hemos adquirido en Cristo a través de los años? Hemos amasado un tesoro incalculable: la sabiduría que hemos aprendido de nuestra experiencia con Él, la comprensión de su Palabra que hemos adquirido tras horas de estudio personal, el conocimiento de su Persona por medio de nuestra vivencia con Él, la práctica en la obra, contactos y amistades, hábitos en la vida personal. ¿Muere todo con nosotros, o lo dejamos a nuestros “Timoteos”?  Pablo le dice a su discípulo y heredero: “Las cosas que oíste de mí en medio de muchos testigos, estas encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” (1 Tim. 2:2). Formamos parte de una cadena. La verdad no puede morir con nosotros, sino que tiene que pasar de unos a otros hasta el día de Cristo.  

            Todos hemos sufrido desengaños. Personas a las cuales pensábamos que podríamos encargar “el depósito” nos han fallado. En estos días de tanta apostasía, como en los días de Pablo, ¡que el Señor nos concede un “Timoteo” fiel, al cual podemos dejar el tesoro incalculable que hemos adquirido en Cristo durante muchos años! ¡Que pase de nosotros a otros que aún pueden incrementar su valor! Así sea.      

Enviado Hno. Mario

Orad por los que os ultrajan

ORAD POR LOS QUE OS ULTRAJAN

 

“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan” (Mat. 5:44).

Si has sufrido abuso, acoso, o malos tratos de parte de una persona en autoridad sobre ti (alguien que tenía que cuidarte, instruirte y velar por ti, como un padre, o un pastor o un profesor), tienes un dolor muy intenso y personal que puede durar años y causar grandes estragos en tu vida. ¿Cómo puedes superar este sufrimiento y no arrastrarlo hasta la tumba, dejando que amargue tu vida? Vamos a dar unas sugerencias que esperamos que sean de ayuda.

El versículo que tenemos por delante nos dice que hemos de orar por ellos. No es cuestión de orar diciéndole al Señor lo malos que son. Acusar delante de Dios es obra del diablo y no queremos ser imitadores de él. No vamos a pedir a Dios que haga caer fuego del cielo sobre su cabeza. La venganza no es del Espíritu de Cristo. Tampoco vamos a orar desde la culpa. Es un viejo truco del enemigo hacernos sentir culpabilidad cuando otra persona nos ha faltado. No vamos a rogar a un abusador que nos perdone. No somos culpables, a no ser que le odiemos, y, si es así, esto lo confesamos a Dios, no a él.

Para que nuestra oración sea eficaz, tenemos que cumplir con los requisitos de la promesa de Jesús: “Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Juan 15:7). Uno no puede estar permaneciendo en Cristo si está permaneciendo en su herida. Si la herida te ocupa el pensamiento y el dolor te aparta de Cristo y te lleva a obsesionarte con el causante de tu daño, ya no estás centrado en Cristo, sino en tu mal. Si la herida te mueve a actuar, hablar y pensar, y si su desconsuelo te bloquea, pon en práctica Mat. 5:44 concienzudamente y poco a poco saldrás de tu dolor.

Cuando la palabra de Dios está permaneciendo en nosotros, oramos según la Palabra. ¿Cómo oró Jesús por sus enemigos? “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. “Habiendo él… orado por los transgresores” (Is. 53:12). No oró para que se condenasen, sino para que fuesen salvos. Llevó sus pecados, como si fuesen Suyos, en la cruz. Esta obra está hecha, nosotros no podemos llevar sus pecados, pero sí podemos hacer algo muy parecido. Podemos confesar sus pecados como si fuesen los nuestros, como hacían los profetas que intercedían por su pueblo pecaminoso. Daniel intercedió orando: “Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y tus ordenanzas” (Daniel 9:5). De igual manera puedes ponerte delante de Dios a interceder a favor de esta persona que tanto mal te ha hecho y confesar sus pecados, uno por uno, como si fuesen tuyos, y pedir que Dios le perdone.

Da gracias a Dios por todo lo bueno de esta persona. Luego bendecirle (Mat. 5:44). Pide que Dios le bendiga, que sea un instrumento útil en sus manos y que lleve mucho fruto para la gloria de Dios. ¡Verás cómo Dios contesta esta oración ofrecida en el verdadero Espíritu de Cristo!

 

Enviado Hno. Mario

Para llenar el cubo

PARA LLENAR EL CUBO

 

“Sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación”  (Is. 12:3).
Todos los que somos creyentes en el Señor Jesús recibimos el Espíritu Santo en el día de nuestra conversión, pero no todos somos llenos del Espíritu. “Todos somos miembros del cuerpo… porque en un solo Espíritu fuimos todos bautizados hacia (es decir, para formar parte de) un cuerpo… y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Cor. 12:13). Todos hemos sido bautizados en el Espíritu y todos tenemos que beber del Espíritu a continuación para mantenernos llenos del Espíritu.
El Espíritu es como un río (Ez. 47:1ss; Ap. 22:1) que sale del trono de Dios, del templo de Dios. La salvación es como bañarnos en este rió para quitar la inmundicia del pecado como Naamán se bañó en el Jordán para quitarse la lepra (2 Reyes 5:14). Pero esto no es todo. También hemos de beber del Espíritu para mantenernos llenos del Espíritu. Jesús dijo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba… y de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu” (Juan 7: 37-39).            
¿Por qué es que algunos beben mucho, pero nunca están llenos?  Si esto te ocurre, algo falla.  Puede ser una de dos cosas: que tienes pecado en tu vida que impide que te llenes, o bien que necesitas sanidad interior de lo que está impidiendo esta plenitud. Pongamos el ejemplo de un cubo. Dos cosas impiden que se llene de agua: el cubo puede estar lleno de piedras o puede tener una grieta. ¡O puede tener las dos cosas!
Vas a las fuentes de salvación para llenar tu cubo, pero el cubo ya está lleno de piedras, por lo tanto no puede llenarse de agua. Solo cabe un poco. Para que tu cubo esté lleno de agua, y solo agua, tienes que sacar las piedras. Estas piedras son pecados, o bien puntuales, o bien endémicos. Por ejemplo: puedes haber ofendido a alguien, o puedes ser una persona de mal genio que vas ofendiendo a todo el mundo. En todo caso, se tiene que confesar y eliminar este pecado. Si tienes varios pecados, uno por uno se confiesan y se quitan para poder llenar el cubo de agua pura.
La otra posibilidad es que tienes necesidad de sanidad interior. Pongamos que tienes complejos de inferioridad, o que has sido abandonado, o que has sufrido abuso, o que has tenido una pérdida importante, o que tuviste un trauma, etc. Estas cosas también impiden la plenitud del Espíritu Santo y tienen que ser sanadas. Esta clase de sanidad es más complicada, normalmente requiere más tiempo, pero es igualmente necesaria.
Entonces, con el cubo vaciado de maldad y reparado, puedes ir sacando aguas de las fuentes de salvación sin estorbo. Puedes beber del Señor y llenarte hasta rebosar.

Enviado Hno. Mario

Un mensaje

UN MENSAJE


 
La paradoja de nuestro tiempo es que tenemos edificios mas altos y temperamentos mas reducidos, carreteras mas anchas y puntos de vista mas estrechos. Gastamos mas pero tenemos menos, compramos mas pero disfrutamos menos. Tenemos casas mas grandes y familias mas chicas, mayores comodidades y menos tiempo. Tenemos mas grados académicos pero menos sentido común, mayor conocimiento pero menor capacidad de juicio, mas expertos pero mas problemas, mejor medicina pero menor bienestar.

Bebemos demasiado, fumamos demasiado, despilfarramos demasiado, reimos muy poco, manejamos muy rápido, nos enojamos demasiado, nos desvelamos demasiado, amanecemos cansados, leemos muy poco, vemos demasiada televisión y oramos muy rara vez.

Hemos multiplicado nuestras posesiones pero reducido nuestros valores. Hablamos demasiado, amamos demasiado poco y odiamos muy frecuentemente.

Hemos aprendido a ganarnos la vida, pero no a vivir. Añadimos años a nuestras vidas, no vida a nuestros años. Hemos logrado ir y volver de la luna, pero se nos dificulta cruzar la calle para conocer a un nuevo vecino. Conquistamos el espacio exterior, pero no el interior. Hemos hecho grandes cosas, pero no por ello mejores.

Hemos limpiado el aire, pero contaminamos nuestra alma. Conquistamos el átomo, pero no nuestros prejuicios. Escribimos mas pero aprendemos menos. Planeamos mas pero logramos menos. Hemos aprendido a apresurarnos, pero no a esperar. Producimos computadoras que pueden procesar mayor informacion y difundirla, pero nos comunicamos cada vez menos y menos.

Estos son tiempos de comidas rápidas y digestión lenta, de hombres de gran talla y cortedad de carácter, de enormes ganancias económicas y relaciones humanas superficiales. Hoy en día hay dos ingresos pero mas divorcios, casas mas lujosas pero hogares rotos. Son tiempos de viajes rápidos, pañales desechables, moral descartable, acostones de una noche, cuerpos obesos, y píldoras que hacen todo, desde alegrar y apaciguar, hasta matar. Son tiempos en que hay mucho en el escaparate y muy poco en la bodega. Tiempos en que la tecnología puede hacerte llegar esta carta, y en que tu puedes elegir compartir estas reflexiones o simplemente borrarlas.
 
Acuérdate de pasar algún tiempo con tus seres queridos porque ellos no estarán aqui siempre.

Acuérdate de ser amable con quien ahora te admira, porque esa personita crecerá muy pronto y se alejará de ti.

Acuérdate de abrazar a quien tienes cerca porque ese es el único tesoro que puedes dar con el corazón, sin que te cueste ni un centavo.

Acuérdate de decir te amo a tu pareja y a tus seres queridos, pero sobre todo dilo sinceramente. Un beso y un abrazo pueden reparar una herida cuando se dan con toda el alma.

Acuérdate de tomarte de la mano con tu ser querido y atesorar ese momento, porque un día esa persona ya no estará contigo.

Date tiempo para amar y para conversar, y comparte tus mas preciadas ideas.
 
Y siempre recuerda:

La vida no se mide por el número de veces que tomamos aliento, sino por los extraordinarios momentos que nos lo quitan.
 
George Carlin.

El amor al dinero

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EL AMOR AL DINERO

 

“Los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en mucha codicias necias y dañosas, que hunden a los hombre en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Tim. 6:9, 10).

            ¿Cómo montamos la vida? ¿Lo primero es buscar el empleo que más remuneraciones económicas proporciona, o es buscar la voluntad de Dios y la forma de servirle con nuestra vida? Si la meta es ganar cuanto más dinero podemos, este aviso se aplica directamente a nuestro caso. No es malo ganar dinero, lo malo es desear ser rico. Detrás del deseo de ser rico es la codicia necia y dañosa. Es necio este deseo, porque te consume y te destruye. Algunos terminen apartándose de la fe. Se pierden y “son traspasados de muchos dolores”. Así dice nuestro texto, y así lo hemos observado. Las noticias están llenas de hombres que se han perdido yendo por este camino, políticos que han estafado al país de millones de euros, hombres sin escrúpulos que no tienen límite a lo que son capaces de hacer con tal de amontonar aún más dinero. El amor al dinero corrompe. El cristiano es advertido a evitar este lazo que puede arrastrarle a la destrucción.

            Pablo le dice a Timoteo, “Tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, y paciencia, la mansedumbre”. Nosotros también nos lo aplicamos. Vamos a huir del amor al dinero y la búsqueda de riquezas. En lugar de buscar riquezas materiales, vamos a buscar las espirituales, que son cualidades del hombre interior y forman parte de un carácter cristiano. Aquí tenemos una lista resumida de los frutos del Espíritu, y ya sabemos que para cultivarlos, tenemos que permanecer en Cristo y vivir de acuerdo con su Palabra (Juan 15:7). La persona verdaderamente rica es la que más se parece a Cristo. Es justa en su trato con otros, desarrolla su relación con el Señor, pone su fe en Dios y en su Palabra, ama, es compasiva y misericordiosa, paciente y humilde. Estas cosas tenemos que buscar con el mismo ahínco con que el hombre del mundo busca las riquezas materiales.

            ¡Qué diferencia entre la persona del mundo y el creyente! Aquella busca lo visible y este lo invisible, cosas del hombre interior. El creyente quiere ser cierta clase de persona, mientras que a su compañero del mundo le da igual qué clase de persona es, con tal de conseguir cosas materiales.  ¡Qué pena ser un rico miserable, egoísta, ruin, impío y descorazonado!  ¡Y qué hermoso ser una persona justa, amante y temerosa de Dios, paciente, humilde, compasiva y fiel! Esta es la meta del creyente.

            El Señor nos avisó contra el peligro de las riquezas: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo… Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y las riquezas” (Mat. 6:19, 20, 24). “¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!” (Lu. 18:24).  A diferencia del rico insensato, no queremos hacer para nosotros tesoro, sino ser ricos para con Dios (Lu. 12:21). En esto estamos.

Enviado Hno. Mario

Nuestra perspectiva de la vida

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NUESTRA PERSPECTIVA DE LA VIDA

“El ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera” (1 Tim. 4:8).

Se ve que: “El ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha”, fue un refrán entre los primeros cristianos. Se lo decían el uno al otro para estimular la piedad. Pablo cita el refrán y dice: “Palabra fiel es esta, digna de ser recibida por todos” (v. 9). ¡La opinión popular no podría estar más en contra! El ejercicio físico es muy valorado en nuestros días. La mayoría practica algún deporte. Pero el mantenerse en forma físicamente es importante solo para esta vida, mientras el mantenerse en forma espiritualmente tiene valor eterno. Esta fue la perspectiva de Pablo. Valoraba muy poco esta vida en comparación con la otra. ¿Nosotros lo vemos así? ¿Pensamos que esta vida no es nada en comparación con la otra? ¿Damos poca importancia al sufrimiento sabiendo que es solo por un poco de tiempo? ¿Damos mucha importancia a asegurar nuestra calidad de vida en el Reino de Dios? Esto es como pensaba Pablo. Dijo: “Por esto mismo trabajamos y sufrimos oprobio” (v. 10). Estaba dispuesto a sufrir en esta vida para salir ganando en la otra.

La piedad, el mostrar misericordia hacia otros, es provechoso en esta vida y también en la otra. Pablo se agotaba en esta vida por compasión de otros, para que ellos pudiesen tener la vida eterna. Experimentó el martirio con unos 50 años, habiendo introducido a miles en la vida eterna, y consideró que valió la pena. Vemos a Jesús quien no se aferró a su vida en este mundo; tenía la mirada puesta en la otra.

Esta es el punto de vista del creyente: aprovechar al máximo esta vida para adelantar en la otra; sufrir en esta vida para que otros pueden gozase en la otra. A Timoteo Pablo le dice: “Esto manda y enseña” (v. 11). Esto es el corazón de la piedad: vivir con la mirada puesta en la vida venidera. La iglesia primitiva cantaba: “Si somos muertos con él, también viviremos con él; si sufrimos, también reinaremos con él” y Pablo dice: “Palabra fiel es esta”. (2 Tim. 2:11, 12). Y la iglesia Española cantaba:

“Procuramos, todos, la santidad,

Sin la cual ninguno verá al Señor,

Gozo, paz y eterna felicidad

Cristo da al vencedor:

Si sufrimos aquí reinaremos allí,

En la gloria celestial;

Si llevamos la cruz, por amor de Jesús,

La corona Él nos dará”

Jim Eliot dijo: “No es necio aquel que pierde lo que no puede retener para ganar lo que no puede perder”. Al cual replicamos: “¡Amén!”

Enviado Hno. Mario

Levántate, vete a sarepta

 LEVÁNTATE, VETE A SAREPTA

> El profeta Elías fue enviado por Dios a profetizar que vendría una hambruna a
>
> la tierra. Ese no es un ministerio que te haría muy popular, pero Elías fue
>
> obediente al Señor. El Señor lo protegió y lo envió a un lugar al lado de
>
> un arroyo llamado Querit. Este es un hermoso nombre para un arroyo, aunque no
>
> sabemos si era tan hermoso como su nombre. Sin embargo, después de un tiempo
>
> el arroyo se secó (Ver 1 Reyes 17:3-7). Las personas pueden pasar una cantidad
>
> considerable de tiempo sin comer, pero después de unos pocos días sin agua, la
>
> vida no puede ser sostenida. Así que me imagino que Elías se preocupó cuando
>
> su suministro de agua se secó.
>
>
>
> La palabra del Señor vino a él, diciendo: “Levántate, vete a Sarepta…yo
>
> he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente” (Versículos 8-9).
>
> Elías, que al parecer tenía muy poca provisión, confió y obedeció a Dios,
>
> y más aún estaba siendo enviado a una viuda pobre. “Entonces él se
>
> levantó y se fue a Sarepta. Y cuando llegó a la puerta de la ciudad, he aquí
>
> una mujer viuda que estaba allí recogiendo leña” (Versículo 10).
>
>
>
> Elías le pidió un vaso de agua y un bocado de pan, y ella respondió: “Vive
>
> Jehová tu Dios, que no tengo pan cocido; solamente un puñado de harina tengo
>
> en la tinaja, y un poco de aceite en una vasija” (Versículo 12).
>
>
>
> La viuda estaba respondiendo de lo profundo de su dolor. Ella y su hijo se
>
> estaban muriendo de hambre y Elías viene y le dice: “Dios me ha enviado
>
> aquí para que me sustentes”. Ella mira sus recursos y piensa: “¡Es
>
> imposible!”, y entonces le dijo a Elías: “Ahora recogía dos leños, para
>
> entrar y prepararlo para mí y para mi hijo, para que lo comamos, y nos dejemos
>
> morir” (Versículo 12).
>
>
>
> La respuesta de Elías fue bastante extraña: “No tengas temor; ve, haz como
>
> has dicho” (Versículo 13).
>
>
>
> ¿Por qué diría eso? Porque él sabía que Dios no iba a abandonar a esta
>
> mujer y su hijo. Él sabía que mientras ella obedeciera a Dios y bendijera a
>
> otros a través de lo poco que tenía, ella misma sería bendecida. Cuanto más
>
> daba, Dios aumentaba aun más lo que tenía (Ver versículos 14-16).
>
>
>
> Obedece a Dios y verás las ventanas de los cielos abiertas. Dios no retendrá
>
> su mano, Él anhela derramar sus bendiciones sobre ti, para mostrarte Su favor.

 Gary Wilkerson

Hoy

Según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos y mayormente a la familia de la fe.

Gálatas 6:10

Andad sabiamente… redimiendo el tiempo.

Colosenses 4:5

Hoy

Vivimos en el tiempo, maravilloso regalo de Dios. Él nos da un tiempo para cada cosa, así que no debemos despilfarrarlo.
A menudo oímos decir: «Tengo prisa; la vida es demasiado corta». La gente se queja del estrés, esa enfermedad moderna.
Dios le da cada instante, cada día; es un regalo muy valioso que usted posee: hoy puede ser feliz, pero no puede hacer nada con el ayer, ni con el mañana. La mayoría de nuestros males provienen del recuerdo de los fracasos del pasado o del miedo al mañana.
Viva el “hoy”, y vívalo de verdad. Los «ayeres» Dios se los llevó, y los «mañanas» aún están en sus manos. Utilice el hoy para amar a Dios, para dialogar con él. Dios le hablará mediante la Biblia, y usted le responderá por medio de la oración. Muéstrele que le ama aprovechando cada oportunidad para servir a su prójimo, pero no tomándolo como una obligación, sino por amor, porque usted mismo es amado por su Padre celestial. Aproveche cada hora y cada minuto para hacer el bien, y por la noche no olvide decirle: ¡Gracias, Señor, por este hoy!
«Señor, ayúdame a apartar cada día un momento para estar contigo, el tiempo necesario para escuchar a los demás, para admirar, reflexionar, sonreír, sin olvidar preciosos instantes para dar las gracias, perdonar, amar y orar».
“Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Santiago 4:14). “Aprovechando bien el tiempo” (Efesios 5:16).

Enviado Hno. Mario

El método de la Gracia

El método de la gracia

“Y curan el quebrantamiento de la

hija de mi pueblo con liviandad,

diciendo, Paz, paz; y no hay paz.”

Jeremías 6.14

ASÍ COMO DIOS NO PUEDE ENVIAR A UNA NACIÓN O PUEBLO una bendición más grande que la de darle pastores fieles, sinceros y rectos, la maldición más grande que Dios puede enviar a un pueblo de este mundo, es darles guías ciegos, no regenerados, carnales, tibios y no calificados. No obstante, en todas las épocas, encontrarnos que han habido muchos ‘lobos vestidos de ovejas’, muchos que manejaban displicentemente conceptos fundamentales que no hablan asimilado en toda su profundidad, que restaban importancia a las profecías, desobedeciendo así a Dios.

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Tal como sucedía en el pasado, sucede ahora. Hay muchos que corrompen la Palabra de Dios y la manejan con engaño. Fue así de una manera especial en la época del profeta Jeremías; y él, fiel a su Señor, fiel a ese Dios que lo habla empleado, no dejó de abrir su boca para profetizar en contra de ellos, y para presentar un noble testimonio para honra de aquel Dios en cuyo nombre hablaba.

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Si lee usted sus profecías, vera que nadie ha hablado más en contra de tales ministros que Jeremías, y especialmente aquí, en el capítulo del cual ha sido tornado el texto, habla severamente contra ellos —los acusa de varios crímenes, particularmente, los acusa de avaricia: ‘Porque’ dice en el versículo 13, ‘desde el más chico de ellos hasta el más grande de ellos, cada uno sigue la avaricia; y desde el profeta hasta el sacerdote, todos son engañadores.’ Y luego, en las palabras del texto da más específicamente un ejemplo de cómo han engañado, cómo han traicionado a pobres almas. Dice: ‘Y duran el quebrantamiento de la hija de mi pueblo con liviandad, diciendo, Paz, paz; y no hay paz.’ El profeta, en el nombre de Dios, había denunciado que habría guerra contra el pueblo, les había estado diciendo que su casa quedaría desolada, y que el Señor visitarla la tierra trayendo guerra. ‘Por tanto’, dice en el versículo 11, ‘estoy lleno de saña de Jehová, trabajado he por contenerme; derramaréla sobre los niños en la calle, y sobre la reunión de los jóvenes juntamente; porque el marido también será preso con la mujer, el viejo con el lleno de días. Y sus casas serán traspasadas a otros, sus heredades y también sus mujeres: porque extenderé mi mano sobre los moradores de la tierra, dice Jehová.’

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El profeta presenta un estruendoso mensaje a fin de que se espanten y sientan algo de convicción y se arrepientan; pero parece que los falsos profetas, los falsos sacerdotes, se dedicaron a acallar las convicciones del pueblo, y cuando sufrían y sentían un poco espantados, preferían tapar la herida, diciéndoles que Jeremías no era más que un predicador entusiasta, que era imposible que hubiera guerra entre ellos, diciendo al pueblo: ‘Paz, paz’ cuando el profeta les decía que no habla paz.

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Las palabras, entonces, se refieren primordialmente a las cosas externas, pero yo creo que también se refieren al alma, y se deben aplicar a esos falsos profetas quienes, cuando el pueblo estaba convencido de su pecado, cuando el pueblo comenzaba a mirar al cielo, preferían acallar sus convicciones y decirles que ya eran lo suficientemente buenos. Y, por supuesto, a la gente por lo general le encanta que sea así; nuestros corazones son muy traicioneros y terriblemente impíos; nadie sino el Dios eterno sabe lo traicionero que son. ¡Cuántos somos los que clamamos: Paz, paz a nuestras almas, cuando no hay paz! Cuántos hay que ahora están sumergidos en sus impurezas, que creen que son cristianos, que se jactan de que se interesan en Jesucristo; pero si fuéramos a examinar sus experiencias, descubriríamos que su paz no es más que una paz proveniente del diablo –no es una paz dada por Dios— no es un paz que escapa a la comprensión humana. Por lo tanto, mis queridos oyentes, es de suma importancia saber si podemos hablar de paz a nuestro corazón. Todos anhelamos la paz; la paz es una bendición inefable; ¿cómo podemos vivir sin la paz? y, por ello, las personas de cuando en cuando tienen que comprobar lo lejos que deben ir, y qué cosas les tienen que suceder, antes de poder hablar de paz a su corazón.

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Esto es lo que anhelo ahora, poder librar mi alma, poder ser libre de la sangre de aquellos a quienes predico —no dejar de declarar todo el consejo de Dios, Procuraré, con las palabras del texto, mostrarles lo que deben sufrir y lo que debe suceder en ustedes antes de que puedan hablar de paz a su corazón.

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Pero antes de entrar directamente en esto, permítanme hacerles una o dos advertencias. La primera es que doy por sentado que ustedes creen que la religión es algo interior; que creen que es una obra en el corazón, una obra realizada en el alma por el poder del Espíritu de Dios. Si no creen esto, no creen lo que dice su Biblia. Si no creen esto, aunque tienen sus Biblias en sus manos, odian al Señor Jesucristo en sus corazones; porque en todas las Escrituras se presenta la religión como la obra de Dios en el corazón. ‘El reino de Dios está dentro de nosotros ‘dice nuestro Señor, y ‘no es cristiano el que lo es de afuera; sino que es cristiano el que lo es en su interior’. Si alguno de ustedes basa su religión en cosas externas, quizá se conforme a sí mismo esta mañana, ya no me entenderá cuando hablo de la obra de Dios en el corazón del pobre pecador, será como si les hablara en una lengua desconocida.

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Además, les recomiendo cautela, de ninguna manera voy a circunscribir a Dios a una sola manera de actuar. De ninguna manera diría que todos, antes de haber hecho las paces con Dios, están obligados a pasar por los mismos grados de convicción. No; Dios tiene diversas maneras de atraer a sus hijos; su Espíritu Santo sopla cuándo, y dónde y cómo quiere. No obstante, me atrevo a afirmar esto: que antes de que ustedes puedan hablar de paz en su corazón, ya sea por  aplazar o alargar sus convicciones, o hacerlo de un modo más agresivo o más suave, deben pasar por lo que de aquí en adelante explicaré en el siguiente discurso.

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Primero, antes de poder hablar de paz en sus corazones, deben sentirse obligados a ver, obligados a percibir, obligados a llorar, obligados a lamentar sus transgresiones contra la ley de Dios. Según el pacto de las obras: ‘el alma que pecare, esa morirá’; maldito es aquel hombre, sea quien fuere, que no sigue todas las cosas escritas en el libro de la ley para realizarlas. No sólo debemos cumplir algunas cosas, sino que debemos cumplirlas todas, y debemos perseverar en cumplirlas; de manera que la menor desviación del pacto de las obras, sea en pensamiento, palabra u obra, merece la muerte eterna en manos de Dios. Y si un pensamiento impío, si una palabra impía, si una acción impía, merece condenación eterna, ¡cuántos infiernos, mis amigos, merecemos cada uno de nosotros, cuyas vidas se han rebelado continuamente contra Dios! Por lo tanto, antes de poder hablar de paz a sus corazones, tienen que ver, tienen que creer, qué desgracia es separarse del Dios viviente.

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Y ahora, mis queridos amigos, examinen sus corazones, porque espero que hayan venido aquí con el propósito de mejorar sus almas. Permítanme preguntarles, en la presencia de Dios: ¿saben el momento?, o si no saben exactamente el momento, ¿saben que hubo un momento cuando Dios escribió cosas amargas contra ustedes, cuando las flechas del Todopoderoso estaban dentro de ustedes? ¿Sucedió alguna vez que el recuerdo de sus pecados les causó dolor? ¿Fue la carga de sus pecados demasiado intolerable como para pensar en ellos? Consideraron alguna vez que la Ira de Dios podría caer sobre ustedes con justicia, debido a sus transgresiones contra Dios? ¿Hubo algún momento en su vida cuando se arrepintieron de sus pecados? ¿Han podido decir alguna vez: Los pecados sobre mi cabeza son demasiado pesados para cargar? ¿Han sentido alguna vez algo así? ¿Sucedió alguna vez algo así entre Dios y el alma de ustedes? Si no, en nombre de Jesucristo, no se llamen cristianos; pueden hablar de paz a sus corazones, pero no tienen paz. ¡Quiera el Señor despertarlos, quiera el Señor convertirles, quiera el Señor darles paz, si es su voluntad, antes de que partan de este mundo!

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Pero además: ustedes pueden estar convencidos de sus verdaderos pecados, de manera que les hacen temblar, y aun así ser extraños para Jesucristo, no tener en sus corazones La auténtica obra de gracia. Por lo tanto, antes de poder hablar de paz a sus corazones, sus convicciones tienen que ser más profundas. No tienen que estar convencidos únicamente de sus verdaderas transgresiones contra la ley Dios, sino también del fundamento de sus transgresiones.

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¿Y cuál es? Me refiero al pecado original, esa corrupción original que cada uno de nosotros trae al mundo, que nos expone a la ira y la condenación de Dios. Existen muchas pobres almas que se creen muy razonadoras, no obstante, pretenden afirmar que no existe tal cosa como el pecado original. Acusarán de injusticia a Dios por imputarnos el pecado de Adán, aunque tenemos la marca de la bestia y del diablo sobre nosotros. Sin embargo, nos dicen que no nacimos en pecado. Dejen que miren lo que sucede en el mundo y vean Los desórdenes en él y piensen, si pueden, que este es el paraíso en que Dios puso al hombre. ¡No! todo en el mundo está desordenado. He pensado muchas veces, cuando salía de viaje, que si no hubiera otro argumento que dé prueba del pecado original, los ataques de los zorros y tigres contra el hombre, y sI, hasta el ladrido de un perro contra nosotros, es una prueba del pecado original. Los tigres y leones no se atreverían a atacarnos si no fuera por el primer pecado de Adán; porque cuando los animales se levantan contra nosotros, es como si dijeran: Han pecado ustedes contra Dios, y defendemos la causa de nuestro Señor.

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Si miramos hacia nuestro interior, veremos bastantes lascivias, y el temperamento del hombre contrario al temperamento de Dios. Hay orgullo, malicia y deseos de venganza en todos nueStros corazones; y este temperamento no puede provenir de Dios; proviene de nuestro primer padre, Adán, quien después de caer de las manos Dios, cayó en las del diablo. Algunas personas pueden negar esto, no obstante, cuando llega la convicción, todas las razones carnales son arrasadas inmediatamente y la pobre alma comienza a sentir y ver la fuente de la cual fluyen todas las corrientes contaminadas.

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Cuando el pecador despierta por primera vez, empieza a preguntarse: ¿Cómo es que llegue a ser tan malvado? El Espíritu de Dios entonces interviene, y muestra que, por naturaleza, no tiene nada de bueno en él. Entonces se que se ha apartado totalmente del camino, que es totalmente abominable, y la pobre criatura es impulsada a caer al pie del trono de Dios, y a reconocer que Dios serla justo silo condenara, silo rechazara aunque nunca hubiera cometido un pecado en su vida. ¿Han sentido y experimentado esto algunos de ustedes —para justificar que pesa sobre ustedes la condenación de Dios— que son por naturaleza hijos de ira, y que Dios puede, en su justicia rechazarlos aunque en realidad nunca lo han ofendido en toda su vida? Si alguna vez han sentido una auténtica convicción, si sus corazones fueron verdaderamente quebrantados, si el yo realmente les ha sido extirpado, habrán visto y comprendido esto.

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Y si nunca han sentido el peso del pecado original, no se llamen cristianos a sí mismos. Estoy convencido de que el pecado original es la carga más grande del verdadero convertido; esto entristece siempre al alma regenerada, al alma santificada. El pecado que mora en el corazón es la carga de la persona convertida; es la carga del verdadero cristiano. Este clama continuamente; ‘¡Oh! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte’, esta corrupción que mora en mi corazón? Esto es lo que más perturba a la pobre alma. Y, por lo tanto, si nunca sintieron ustedes esta corrupción interior, si nunca pensaron que Dios podría maldecirlos justamente, entonces, mis queridos amigos, pueden hablar de paz al corazón pero, me temo que, no, estoy seguro de que no tienen verdadera paz.

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Es más: antes de poder hablar de paz a sus corazones, no solo deben estar compungidos por los peca do en su vida, los pecados de su naturaleza, sino también por los pecados de sus mejores deberes y obras. Cuando una pobre alma despierta un poco por los terrores del Señor, entonces la pobre criatura, habiendo nacido bajo el pacto de las obras, vuela otra vez a él. Y así como Adán y Eva se escondieron entre los árboles del jardín, y cosieron hojas de higuera para cubrir su desnudez, el pobre pecador, al despertar, vuela a sus deberes y sus obras, para esconderse de Dios, y trata de coserse una justicia propia. Dice: ahora seré muy bueno —me reformaré— haré todo lo que esté a mi alcance; y seguramente así Jesucristo tendrá misericordia de mí. Pero antes de poder hablar de paz a su corazón, tiene que llegar al punto de ver que Dios puede condenarlo aun por la mejor oración que haya elevado; tiene que llegar a comprender que todos sus deberes —toda su justicia— como lo expresa elegantemente el profeta— todo eso junto, dista tanto de recomendarlo a Dios, dista tanto de ser un motivo e incentivo para que Dios tenga misericordia de su pobre alma, que los vera, como trapos sucios, paños menstruales —que Dios los odia y no puede quitárselos si se los presenta como una recomendación a su favor.

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Mis queridos amigos, ¿qué puede haber en nuestras obras para recomendarnos a Dios? Nuestra persona se encuentra, por naturaleza, en un estado no justificado, merecemos ser condenados diez mil veces y más; ¿y qué son nuestras obras? Por naturaleza, no podemos hacer nada bueno; ‘Los que andan conforme a la carne no pueden agradar a Dios.’ Uno puede realizar cosas materialmente buenas, pero no puede hacer nada bueno que sea contado para justicia porque la naturaleza no puede actuar contra si misma. Es imposible que el hombre inconverso pueda actuar para la gloria de Dios; no puede hacer nada por fe, y ‘y lo que no se obra por fe es pecado.’ Después de ser renovados, en realidad somos renovados solo en parte, el pecado sigue morando en nosotros. Hay una mezcla de corrupción en cada uno de nuestros deberes de manera que después de habernos convertido, si es que Jesucristo nos aceptara por nuestras obras, nuestras obras nos condenarían, porque no podemos elevar una oración que esté dentro de la perfección que la ley moral exige. No sé que pensarán ustedes, pero yo no puedo orar sin pecar, no puedo predicarles a ustedes ni a nadie más sin pecar, no puedo hacer nada sin pecado y, como alguien lo ha expresado, mi arrepentimiento quiere arrepentirse y mis lagrimas quieren ser lavadas en la preciosa sangre de mi querido Redentor. Nuestras mejores obras no son más que pecados espléndidos.

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Antes de poder hablar de paz a sus corazones, necesitan no sólo odiar su pecado original y los que de hecho cometen, sino que deben odiar su propia justicia, todos sus deberes y obras. Tiene que haber una convicción profunda antes de que se les pueda quitar su farisaísmo; es el último ídolo que se les quita a sus corazones. El orgullo de nuestro corazón no nos deja someternos a la justicia de Jesucristo. Pero si nunca sintieron que no contaban con una justicia propia, si nunca sintieron la deficiencia de su propia justicia, no se acercarán a Jesucristo. Hay muchos que dirían: Bueno, creernos todo esto; pero hay una gran diferencia entre decir y sentir. ¿Alguna vez han sentido ustedes que quieren un amante Redentor? ¿Han sentido alguna vez la necesidad de Jesucristo, conscientes de la deficiencia de su propia justicia? ¿Y pueden decir ahora de corazón: Señor, puedes en tu justicia condenarme por las mejores obras que jamás realice? Si no dejan a un lado el yo, pueden hablarse a sí mismos de paz, pero no tienen paz.

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Pero entonces, antes de poder hablar de paz a sus almas, hay un pecado en particular por el cual deben estar muy preocupados; pero me temo que a pocos de ustedes se les puede ocurrir de cuál se trata; es el pecado reinante, maldito del mundo cristiano; no obstante, el mundo cristiano casi nunca o nunca piensa en él. ¿Y cuál es? Es aquel del cual muchos de ustedes no se sienten culpables —a saber, el pecado de la incredulidad. Antes de poder hablar de paz a sus corazones, deben estar compungidos por la incredulidad que hay en ellos. Pero, ¿se puede suponer que haya incrédulos aquí en este lugar, nacidos en Escocia, en un país reformado, que van a la iglesia todos los domingos? ¿Puede ser que alguno de ustedes que recibe el sacramento una vez por año — ¡Oh que fuera administrada con más frecuencia!— se puede suponer que ustedes que tenían ofrendas para el sacramento, que ustedes que son constantes en la oración familiar, que alguno de ustedes no crea en el Señor Jesucristo? Apelo a sus corazones, y no me crean cruel, y no piensen que dudo que algunos de ustedes crean en Cristo; aun así, me temo que bajo escrutinio, descubriríamos que la mayoría de ustedes no tiene tanta fe en el Señor Jesucristo como la tiene el diablo mismo. Estoy convencido de que el diablo cree más acerca de la Biblia que la mayoría de nosotros. Cree en la divinidad de Jesucristo; eso es más de lo que creen muchos que pretenden ser cristianos; así es, cree y tiembla, y eso es más de lo que hacemos muchos de nosotros.

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Mis amigos, confundimos una fe histórica con una fe auténtica, puesto en el corazón por el Espíritu de Dios. Ustedes piensan que creen, porque creen que existe un libro que llamamos la Biblia, porque van a la iglesia; pueden hacer todo esto y no tener una fe auténtica en Cristo. Meramente creer que existió Cristo, creer meramente que hay un libro llamado la Biblia, no les servirá de nada, como no les sirve para nada creer que existió César o Alejandro Magno. La Biblia es un depósito sagrado. Cuánto debemos agradecer a Dios por estos oráculos vivientes! No obstante, podemos tenerlos y no creer en el Señor Jesucristo. Mis queridos amigos, tiene que existir un principio puesto en el corazón por el Espíritu del Dios viviente. Si les preguntara cuánto hace que creen en Jesucristo, supongo que muchos me dirían que han creído en Jesucristo desde que tienen uso de razón —nunca hubo un momento cuando no creyeron en él. Entonces, no podrían darme mejor prueba de que nunca creyeron en Jesucristo a menos que hayan sido santificados temprano, desde antes de nacer, porque los que realmente creen en Cristo saben que hubo una época cuando no creían en él.

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Ustedes dicen que aman a Dios con todo su corazón, su alma y sus fuerzas. Si les preguntara cuánto hace que aman a Dios, dirían: Siempre, nunca odiaron a Dios, nunca hubo una época en que sus corazones estuvieron enemistados con Dios. Entonces, a menos que hubieran sido santificados muy temprano, nunca en su vida amaron a Dios.

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Queridos amigos, soy muy específico en cuanto a esto porque es una falsa ilusión en que cae mucha gente que piensa que ya cree. Por ejemplo, se cuenta que el Sr. Marshall, al relatar sus experiencias, que había trabajado toda su vida y había organizado sus pecados bajo los diez mandamientos, y luego, acercándose a un pastor, le preguntó la razón por la cual no podía obtener paz. El pastor miró su lista y dijo: ‘A ver, no encuentro en su lista ni una palabra sobre el pecado de la incredulidad.’ Es la obra singular del Espíritu de Dios convencemos de nuestra incredulidad —de que no tenemos fe. Dice Jesucristo: ‘El Consolador, el cual yo enviaré del Padre… él… redargüirá al mundo de pecado’ del pecado de la incredulidad; ‘de pecado’, dice Cristo, ‘por cuanto no creen en mí’. Ahora bien, mis queridos amigos, les mostró Dios alguna vez que no tenían fe? ¿Les impulsó alguna vez a lamentar un corazón duro de incredulidad? ¿Ha sido alguna vez el lenguaje de sus corazones, decir: Señor, dame fe; Señor, capacítame para creer en ti; Señor, capacítame para llamarte mi Señor y mi Dios? ¿Los convenció alguna vez Cristo de esta manera? ¿Los convenció alguna vez de su incapacidad de acercarse a Cristo, haciéndolos clamar a Dios que diera fe? Si no, no le hablen de paz a sus corazones. ¡Quiera el Señor despertarles y darles una paz auténtica, sólida antes de que sea demasiado tarde!

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Entonces, digámoslo una vez más: antes de poder hablar de paz a sus corazones, no solo tienen que estar convencidos de los pecados que de hecho cometen y de su pecado original, los pecados de su propia justicia, el pecado de la incredulidad, tienen que estar capacitados para apropiarse de la justicia perfecta, la justicia suficiente para todo, del Señor Jesucristo; tienen que apropiarse, por fe, de la justicia de Jesucristo y entonces, tendrán paz. ‘Venid a mí’ dice Jesús, ‘todos los que estáis trabajados y cargados, que O os haré descansar’. Esto alienta a todos los cansados y cargados; pero la promesa es para los que vienen a él y creen, haciéndolo su Dios y su todo. Antes de poder tener paz con Dios, tenemos que ser justificados por la fe por medio de nuestro Señor Jesucristo, tenemos que estar capacitados para aceptar a Cristo en nuestros corazones, debemos dar cabida a Cristo en nuestras almas, a fin de que su justicia sea nuestra justicia, para que sus méritos sean imputados a nuestras almas. Mis queridos amigos, ¿se han desposado alguna vez con Jesucristo? ¿Se entrego Jesucristo alguna vez por ustedes? ¿Se han acercado alguna vez a Cristo con una fe viva, a fin de oírle hablar de paz a sus almas? ¿Fluyó alguna vez la paz en sus corazones como un río? ¿Han sentido alguna vez esa paz de la cual Cristo habló a sus discípulos? Ruego a Dios que venga y les hable de paz.

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Tienen que experimentar estas cosas. Me refiero ahora a las realidades invisibles de otro mundo, de una religión interior, de la obra de Dios en el corazón del pobre pecador. Hablo ahora de una cuestión muy importante, mis queridos oyentes; algo que les concierne a todos, les concierne a sus almas, les concierne a su salvación. Quizá todos estén en paz, peno puede ser que el diablo los haya hecho caer en un letargo y una seguridad carnal; y procurará mantenerlos en ese estado, hasta llevarlos al infierno, donde despertarán; pero será un despertar terrible y descubrirán que se han equivocado tremendamente, cuando la gran separación ya se haya completado, cuando clamarán eternamente por una gota de agua para saciar su sed, y no la obtendrán.

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Permítanme, entonces, dirigirme a varios tipos de personas y, ¡quiera Dios, en su infinita misericordia, bendecir su aplicación! Quizá haya entre ustedes quienes pueden decir: Por la gracia, coincidimos con usted, Bendito sea Dios, nos ha convencido de nuestros propios pecados, nos ha convencido del pecado original, nos ha convencido de nuestro fariseísmo, hemos sentido la amargura de la incredulidad y, por gracia, nos hemos acercado a Jesucristo, podemos hablarle de paz a nuestro corazón porque Dios nos ha dado paz. ¿Pueden ustedes afirmarlo? Entonces, les saludo como el ángel saludó a las mujeres el primer día de la semana: ‘No temáis!, mis queridos hermanos, son ustedes almas felices; pueden acostarse y estar ciertamente en paz, porque Dios les ha dado paz; pueden tener contentamiento viviendo de acuerdo con todas las dispensaciones de la Providencia, porque ya nada puede sucederles nada que no sea el efecto del amor de Dios en sus almas; no tienen por qué temer los conflictos que puedan haber a su alrededor, porque tienen paz en su interior. ¿Se han acercado ustedes a Cristo? ¿Es Dios su amigo? ¿Es Cristo su amigo? Entonces, encaren su futuro con seguridad; todo les pertenece, y ustedes son de Cristo, y Cristo es de Dios. Todo obrará para su bien; cada cabello de su cabeza ha sido contado; el que los toca a ustedes, toca a los favoritos de Dios.

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Pero después, mis queridos amigos, tengan cuidado de detenerse en su conversión. Ustedes, que son creyentes nuevos en Cristo, ustedes deben estar buscando nuevos descubrimientos acerca del Señor Jesucristo a cada momento; no deben edificar sobre sus experiencias pasadas, no deben edificar sobre una obra en su interior, sino siempre buscar fuera de ustedes mismos la justicia de Jesucristo; deben seguir acercándose siempre como pobres pecadores para sacar agua de las fuentes de salvación; deben olvidar lo que queda atrás, y extenderse a lo que está por delante.

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Mis queridos amigos, debemos mantener un andar dócil, íntimo con el Señor Jesucristo. Muchos de nosotros perdemos nuestra paz por nuestro andar indisciplinado; alguna cosa u otra se interpone entre Cristo y nosotros, y caemos en la oscuridad; una cosa u otra nos aparta de Dios y esto entristece al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo nos deja librados a nuestros propios recursos, Permítanme, pues, exhortarles a ustedes que tienen paz con Dios, que se cuiden de no perder esta paz. Es cierto que una vez que están en Cristo, no pueden apartarse permanentemente de Dios: ‘Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús’. Pero aunque no pueden apartarse permanentemente, si pueden apartarse desastrosamente, y pueden vivir el resto de sus días con huesos rotos. Cuídense de retro ceder en nombre de Jesucristo, no entristezcan al Espíritu Santo —porque puede ser que nunca en su vida recobren su bienestar. Oh, cuídense de no andar rodando por este mundo de Dios después de haber acudido a Jesucristo. Mis queridos amigos, yo he pagado caro mi infidelidad. Nuestros corazones son tan malditamente impíos, que si no nos cuidamos, si no nos mantenemos continuamente en guardia, nuestro impío corazón nos engañará y desviará. Será triste ser objeto del azote de un Padre que corrige; recuerde los azotes de Job, David y otros santos en las Escrituras. Por lo tanto, permítanme exhortarles a ustedes que tienen paz, que anden cerca de Cristo.

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Me entristece ver el andar libertino de los que siendo cristianos, habiendo conocido a Jesucristo, se diferencian tan poco de los demás que casi ni se reconocen como verdaderos cristianos. Son cristianos que tienen miedo de hablar por Dios —se dejan llevar por la corriente; hablan del mundo como si estuvieran en su elemento; esto no lo hacen cuando recién descubren el amor de Cristo; entonces pueden hablar sin parar de la luz del Señor que brilló en su corazón. Hubo una época cuando tenían algo que decir a favor de su querido Señor; pero ahora pueden sumarse a un grupo y escuchar a otros hablar del mundo abiertamente, y tienen miedo de que se rían de ellos si hablan a favor de Jesucristo.

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Muchísimas personas se han convertido en conformistas en el peor sentido de la palabra; se quejan de las ceremonias de la iglesia, como pueden hacerlo con razón; pero después se aferran a ceremonias en su conducta; se conforman al mundo, lo cual es mucho peor. Muchos se quedarán hasta que el diablo aparezca con nuevas ideas. Cuídense, entonces de no conformarse al mundo. ¿Que tienen que ver los cristianos con el mundo? Los cristianos deben ser singularmente buenos, valientes para su Señor, de modo que todos a su alrededor noten que han estado con Jesús. Les exhorto a llegar a un acuerdo con Jesucristo, a fin de que Dios more continuamente en sus corazones. Edificamos sobre una fe basada en la unidad y perdemos así nuestra consolación; cuando deberíamos estar desarrollando una fe basada en la seguridad, saber que somos de Dios, y de esta manera andar en la consolación del Espíritu Santo y ser edificados.

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Jesucristo recibe muchas heridas en la casa de sus amigos. Discúlpenme, mis amigos, por ser específico, pero me entristece más que Jesucristo sea herido por sus amigos que por sus enemigos. No podemos esperar otra cosa de los deístas, pero el hecho de que los que han sentido su poder se aparten y no anden en la vocación a la que fueron llamados —causan, con ello, que la religión de nuestro Señor sea objeto de desprecio, que sea comidilla para los paganos. Les ruego, por Cristo, Si conocen a Cristo, que permanezcan cerca de el; si Dios les ha dado paz, oh, mantengan esa paz fijando sus ojos en Jesucristo a cada momento. Si tienen paz con Dios y sufren tribulaciones, no teman porque todas las cosas obrarán para su bien; Si sufren tentaciones, no teman, si él ha concedido paz a sus corazones, todas las cosas resultarán para bien.

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Pero, ¿qué les diré a ustedes que no tienen paz con Dios? —y estos son, quizá, la mayoría de esta congregación. El solo pensarlo me hace llorar. La mayoría de ustedes, si examinan sus corazones tienen que confesar que Dios nunca les ha dado paz; ustedes son hijos del diablo si Cristo no está en ustedes, si Dios no ha hablado de paz a sus corazones. ¡Pobres almas! ¡en qué condición de condenación se encuentran! No quisiera estar en su lugar por nada del mundo. ¿Por qué? Porque están suspendidos sobre el infierno. ¿Qué paz pueden tener cuando Dios es su enemigo, cuando la ira de Dios mora en sus pobres almas? Despierten, entonces, ustedes que duermen en una paz falsa, despierten, ustedes profesores carnales, ustedes hipócritas que asisten a la iglesia, reciben los sacramentos, leen sus Biblias y nunca han sentido el poder de Dios en sus corazones. Ustedes que son profesores formales, que son paganos bautizados, despierten, y no descansen en un fundamento falso. No me culpen por dirigirme a ustedes; lo hago por amor a sus almas. Los veo entretenidos en su Sodoma, y queriendo permanecer allí. Pero me acerco a ustedes como se cercó el ángel a Lot, para tomarles de la mano. Apártense de ese lugar, queridos hermanos —corran, corran, corran a Jesucristo para salvar sus vidas, vuelen a un Dios sangrante, corran a un trono de gracia; ruéguenle a Dios que quebrante sus corazones, ruéguenle a Dios que los convenza de su fariseísmo —ruéguenle a Dios que les dé fe, y que les dé poder para acercarse a Jesucristo. Oh ustedes que están seguros, debo series un hijo del trueno, y oh quiera Dios despertarles, aunque sea con truenos; es por amor, sí, que les hablo.

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Sé por triste experiencia, lo que es confiar demasiado en una paz falsa; por mucho tiempo estuve adormecido, por mucho tiempo me creí cristiano cuando no sabía nada del Señor Jesucristo. Quizá hice más que lo que hacen muchos de ustedes: solía ayunar dos veces por semana, solia orar a veces nueve veces al día, solía recibir el sacramento constantemente cada día del Señor; y, no obstante, nada sabía en mi corazón de Jesucristo, no sabía que tenía que ser una nueva criatura —no sabía nada de una religión interior en mi alma. Y, quizá, muchos de ustedes estén engañados como lo estaba yo, pobre criatura; y, por lo tanto les hablo por el amor que les tengo. Oh, si no se cuidan, las prácticas religiosas destruirán sus almas; confiarán en ellas, y no se acercarán para nada a Jesucristo; cuando, en realidad, estas cosas son solo el medio, no el fin de la religión. Cristo es el fin de la ley de justicia para todos los que creen. Oh, entonces, despierten, ustedes que están descansando en sus impurezas, despierten ustedes, profesores de la iglesia, ustedes que viven cuidando su reputación, que son ricos y se creen que nada necesitan, que no se consideran pobres, están ciegos y desnudos; les aconsejo que vengan y compren de Jesucristo oro, vestiduras blancas y colirio.

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Pero espero que haya algunos cuyos corazones han sido tocados. Espero que Dios no me deje predicar en vano. Espero que Dios alcance algunas de sus almas preciosas y despierte a algunos de ustedes que descansan en su seguridad carnal. Espero que haya algunos dispuestos a venir a Cristo, y que comiencen a pensar que han estado edificando sobre un fundamento falso. Quizá el diablo los ataque y los incite a no confiar en que hay misericordia; pero no teman, lo que les he estado diciendo es por amor a ustedes —es sólo para despertarlos, y hacerles ver el peligro en que se encuentran. Si algunos de ustedes están dispuestos a reconciliarse con Dios, Dios el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, está dispuesto a reconciliarse con usted. Oh, entonces, aunque todavía no tienen paz, acérquense a Jesucristo; es nuestra paz, nuestro pacificador —él ha hecho las paces entre Dios y el hombre que lo ofendió. ¿Anhelan tener paz con Dios? Entonces, acérquense ya a Dios por medio de Jesucristo, quien ha comprado la paz; el Señor Jesús ha derramado su sangre por esto. Murió por esto; resucitó por esto; ascendió al más alto de los cielos e intercede ahora a la diestra de Dios.

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Quizá creen que no hay paz para ustedes. ¿Por qué? ¿Porque son pecadores? ¿Porque han crucificado a Cristo —lo han avergonzado publicamente— han pisoteado la sangre del Hijo de Dios? ¿Qué importa? A pesar de todo eso, hay paz para ustedes. ¿Qué les dijo Jesucristo a sus discípulos cuando se les apareció el primer día de la semana? La primera palabra que dijo fue: ‘Paz a vosotros’; les mostró sus manos y su costado, y dijo: ‘Paz a vosotros’. Es como si hubiera dicho: No teman, mis discípulos; vean mis manos y mis pies, cOmo han sido traspasados por ustedes; por lo tanto, no teman. ¿Qué le dijo Cristo a sus discípulos? ‘Id y decid a mis hermanos y a Pedro en particular, quien está desconsolado, que Cristo resucitó y ha ascendido a su Padre y a tu Padre, a su Dios y tu Dios’. Y después de que Cristo se levantó de los muertos, vino predicando paz, con una rama de olivo, como la paloma de Noé: Mi paz os dejo.’ ¿Quiénes eran ellos? Eran enemigos de Cristo al igual que nosotros, habla negado a Cristo en el pasado, tal como lo hicimos nosotros.

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Quizá algunos de ustedes hayan retrocedido y perdido su paz, y creen que no merecen paz, y es la verdad. Pero, entonces, Dios curará sus faltas, él los amará libremente. En cuanto a ustedes que están heridos, si están dispuestos a acercarse a Cristo, vengan ya. Quizá algunos de ustedes quieran vestirse de sus obras, pero no son más que trapos podridos. No, es mejor que vengan desnudos como están porque deben descartar sus trapos y venir en su inmundicia. Algunos de ustedes quizá digan: Vendríamos, pero tenemos un corazón duro. Pero no se les ablandará hasta que hayan venido a Cristo; él tomará el corazón de piedra y les dará un corazón de carne; él dará paz a sus almas; él será la paz de ustedes, aunque lo hayan traicionado.

¿Puedo convencer a algunos de ustedes esta mañana de que vengan a Jesucristo? Hay aquí una gran multitud de almas; ¡qué pronto morirán todos ustedes y serán juzgados! Aun antes de esta noche, o mañana a la noche, algunos de ustedes estarán rumbo a este cementerio. ¿Y cómo les ira si no han hecho las paces con Dios —si el Señor Jesucristo no les ha dado paz a sus corazones? Si Dios no les da paz aquí, serán condenados para siempre. No puedo adularlos, mis queridos amigos; les hablaré sinceramente acerca de sus almas. Quizá algunos de ustedes piensen que exagero. Pero, ciertamente, ante el juicio descubrirán que lo que digo es cierto, ya sea para su eterna condenación o salvación. ¡Quiera Dios influenciar sus corazones para que vengan a él!

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No quiero retirarme sin convencerlos. Yo no puedo hacerlo, pero quizá Dios me use como el medio para convencer a algunos de ustedes que vengan al Señor Jesucristo. ¡Oh, que sintieran la paz que tienen los que aman al Señor Jesucristo! ‘Mucha paz’ dice el salmista, ‘tienen los que aman tu ley; y no hay para ellos tropiezo.’ Pero no hay paz para los impíos. Se lo que es vivir una vida de pecado; yo tenía que pecar a fin de acallar la convicción que sentía. Y estoy seguro de que éste es el camino que muchos de ustedes toman; al juntarse con sus amigos, ahogan la convicción. Pero deben ir al fondo de las cosas inmediatamente; tienen que hacerlo —la herida tiene que ser escarbada o serán condenados. Si fuera una cuestión sin importancia, no diría ni una palabra acerca de ello. Pero serán condenados Sin Cristo. El es el camino, la verdad y la vida. No quiero aceptar que se vayan al infierno sin Cristo. ¿Cómo habrán de aguantar el fuego eterno? ¿Cómo pueden aguantar el pensamiento de vivir para siempre con el diablo? ¿No es mejor tener algunas luchas con el alma aquí que ser enviado al infierno por Jesucristo en la vida venidera? ¿Qué es el infierno, más que estar ausente de Cristo? Si no hubiera ningún otro infierno, eso sería infierno suficiente. Será un infierno ser atormentado por el diablo por siempre jamás. Entonces, amíguense con Dios y estén en paz. Les ruego, como un pobre e inútil embajador de Jesucristo, que se reconcilien con Dios.

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Mi propósito esta mañana, el primer día de la Semana es contarles que Cristo está dispuesto a reconciliarse con ustedes. ¿Se reconciliarán algunos de ustedes con Jesucristo? Entonces, él les perdonará todos sus pecados, borrará todas sus transgresiones. Pero si continúan rebelándose contra Cristo, y lo apuñalan diariamente —si siguen maltratando a Jesucristo, tengan por seguro que la ira de Dios caerá sobre ustedes. Dios no puede ser burlado: todo lo que el hombre sembrare, eso también segará; y si no quieren estar ustedes en paz con Dios, Dios no estará en paz con ustedes. ¿Quien puede permanecer de pie ante un Dios airado? Es espantoso caer en las manos de un Dios lleno de ira. Cuando la gente se acercó para aprehender a Cristo, cayeron al suelo cuando éste dijo: ‘Yo soy’.

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Y si no podían resistir la presencia de Cristo cuando estaba vestido de los trapos de mortalidad, ¿cómo podrán resistir su presencia cuando está en el trono de su Padre? Me parece ver a los pobres desgraciados arrastrados de sus tumbas por el diablo; me parece verlos temblando, clamando a los montes y las rocas para que los cubran. Pero el diablo dirá: Vengan, yo los llevaré; y comparecerán temblando ante el tribunal de Cristo. Aparecerán ante él para verlo una vez, para escucharle pronunciar la sentencia irrevocable: ‘Apartaos de mí, obradores de maldad.’ Me parece oír a las pobres criaturas decir: Señor, si he de ser condenado, deja que un ángel pronuncie la sentencia.’ No, el Dios de amor, Jesucristo, la pronunciará.

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¿No quieren creer esto? No crean que estoy diciendo cualquier cosa, hablo de acuerdo con las Escrituras de verdad. Si lo creen, muestren su valentía y retírense esta mañana totalmente resueltos, con el poder de Dios, de aferrarse a Cristo. ¡Y que sus almas no descansen hasta descansar en Jesucristo! Podría seguir, porque mis palabras son palabras dulces de Cristo. ¿No anhelan el momento cuando tendrán cuerpos nuevos —cuando serán inmortales, a semejanza del glorioso cuerpo de Cristo? Entonces hablarán de Jesucristo para siempre. Pero es hora, quizá, de que se retiren a fin de prepararse para sus respectivos cultos, y no quiero impedirles esto. Mi propósito es llevar a pobres pecadores a Jesucristo. ¡Oh, quiera el Señor atraer a si a algunos de ustedes! ¡Quiera el Señor Jesús despedirlos ahora con su bendición, y quiera el amado Redentor convencerles a ustedes, los que no han despertado, a los impíos, para que se aparten de la maldad de sus caminos! Y quiera el amor de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, llenar sus corazones. Concede esto, Oh Padre, en nombre de Cristo; para quien, junto contigo y el bendito Espíritu, será toda honra y gloria, ahora y para siempre. Amen.  

Por  – George Withefield

Enviado Hno. Mario

Progreso técnico y progreso moral

Progreso técnico y progreso moral

«Hemos perfeccionado nuestras armas, pero no hemos perfeccionado a los hombres que las utilizan», dijo alguien.
La historia nos enseña que las guerras, al igual que el intento de explorar el espacio, estimularon los avances técnicos. No obstante, los hombres siguen siendo iguales, pues las mismas pasiones, el egoísmo, el orgullo y la crueldad continúan agitando nuestra humanidad. Durante mucho tiempo ella trató de persuadirse de que se dirigía hacia un mundo mejor. Hoy en día duda de ello y más bien teme el futuro.
Entonces, ¿no hay una salida? Mediante las tecnologías, por supuesto que no. El mejor uso de éstas provoca la envidia y no impide que las desigualdades aumenten; y sus peores aplicaciones provocan amenazas de muerte. A pesar de sus brillantes éxitos, la ciencia demostró su incapacidad para mejorar al hombre, pues no puede actuar en el pecado que está en cada uno de nosotros.
Jesucristo vino, no para mejorar la humanidad perdida, sino para salvar a los que reconocen su incapacidad para cambiarse a sí mismos y depositan su confianza en él. La salvación que Jesús da no hace que los creyentes sean mejores, sino que les da una vida nueva con el poder del Espíritu Santo. Así, su vida no está más dominada por el pecado, sino que tiene como modelo la vida de Jesús cuando estaba en la tierra.
Respondamos al llamado de Aquel que, como nos ama, murió por nuestros pecados y nos invita a seguirle. “En ningún otro hay salvación” (Hechos 4:12). 


Enviado Hno. Mario

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