Mes: abril 2015

Diferencia entre dos

LA DIFERENCIA ENTRE DIOS Y EL JUEZ INJUSTO

“También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar” (Lu. 18:1).

La tentación en la oración es la de desmayar. Es dejarlo por imposible; es dejar de orar porque creemos ya no hay nada que hacer. Es creer que no tiene solución y asumir derrota. ¿Tú piensas que tus problemas no tienen solución? ¿Piensas que en tu caso ya no hay nada que hacer? Esto es lo que pensaban los amigos de Jairo cuando su hija murió: “Estaba hablando aun, cuando vino uno de casa del principal de la sinagoga a decirle: Tu hija ha muerto; no molestes más al Maestro” (Lucas 8:49). ¿Y qué dijo Jesús? “Oyéndolo Jesús, le respondió: No temas; cree solamente, y será salva” (v. 50). Jesús obra cuando ya no hay esperanza: levantó a la niña de entre los muertos.

Volviendo a la parábola del juez injusto, Jesús nos da varios puntos de contraste entre él y Dios. El juez “ni temía a Dios, ni le importaban los hombres” (Lu. 18: 4). Dios respeta a sí mismo y es fiel a su propio carácter. No hace nada que no esté de acuerdo con su santidad. ¡Y le importan los hombres! Mucho.

El juez atendió a la mujer porque venía con la misma historia tantas veces que se cansó de ella e hizo lo que pedía. Dios no espera hasta que hayamos venido infinidad de veces para por fin atendernos: “Os digo que pronto les hará justicia” (v. 8). Nos oye la primera vez que pedimos. Tampoco nos considera pesados sino “sus escogidos” (v. 7), un término que encierra mucho cariño. No nos va a ir dando largas. ¡Tú pensabas que sí!, pero no es el caso. Dios no espera hasta que nos hemos cansado de venir para por fin defendernos. Esta es la interpretación del diablo del pasaje para darnos una imagen equivocada de Dios y disuadirnos de orar. Los elegidos de Dios “le clamen de día y de noche” porque ellos necesitan expresar su angustia y sacarla orando, no porque Dios necesita oír una oración veinte mil veces para contestarla.

La persona angustiada podría tener paz y esperar el momento de la respuesta, si creyese la promesa dada en 1 Juan 5:14, 15: “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho”. Ya tenemos lo que le hemos pedido. Entonces podríamos dar gracias que Dios nos ha oído mientras esperamos la respuesta, y así comprobar que tenemos fe: “Pero cuando venga el Hijo del Hombre; ¿hallará fe en la tierra?” (Lu. 18:8). La fe descansa en la sabiduría de Dios en elegir el momento de entregar lo que le hemos encargado. Las demoras forman parte de su plan perfecto, ¡no son debido a que no le importan los hombres! Le importamos, y el Calvario es la medida de cuánto. Si estaba dispuesto a morir por nosotros, ¡cuánto más va a atender a nuestras oraciones!

En contraste con este juez, Dios obrará justicia para nosotros, nos defenderá pronto de nuestro adversario; no nos dejará a la merced del enemigo de nuestras almas. “Jehová es nuestro juez, Jehová es nuestro legislador, Jehová es nuestro Rey; él mismo nos salvará” (Is. 33:22). “Él juzgará a tu pueblo con justicia, y a tus afligidos con juicio. Juzgará a los afligidos del pueblo, salvará a los hijos del menesteroso, y aplastará al opresor” (Salmo 72:2, 4).DiosEsJusto

Por D. Burt

Preciosa…

Todo peso del pecado recayó sobre la persona de Jesús

quien voluntariamente tomó nuestro lugar

que por imperfectos llenos de pecados no podíamos salvarnos por nosotros mismos

El puro sin pecado y perfecto Hijo de Dios

derramó su preciosa sangre para purificarme y darme su Paz

por ella me redime, me hace libre y limpio de pecado

quiero vivir por siempre amando, obedeciendo y sirviendo

a quien por mí su preciosa sangre dió

…Encarnación

ENCARNACIÓN (2)

“En el principio era el Verbo… y aquel Verbo fue hecho carne” (Juan 1:1, 14)

Jesús es la sabiduría de Dios. Nadie jamás ha hablado como Él. Todo lo que hizo fue informado por la sabiduría. Su vida fue una demostración viva de la mente brillante y la sabiduría infinita del Dios cuyos caminos no son nuestros caminos. Como la altura de los cielos sobre la tierra es la divina sabiduría de Dios elaborando y llevando a cabo su plan de Redención por medio de Jesucristo.

Jesús es la misericordia de Dios hacia personas indignas, débiles, rechazadas, perdidas o condenadas. La mostró mezclada con compasión hacia los que sufrían, los leprosos, ciegos, cojos, mendigos; hacia los marginados de la sociedad: las prostitutas, los publicanos y pecadores. Nunca mejor lo mostró que cuando murió en el madero en misericordia hacia el pecador. Jesús es el regalo de la gracia de Dios para la humanidad. Vino lleno de gracia. Derramó gracia por donde quiera que fuese. La mostró con sus semejantes durante su vida en la tierra y sigue mostrándonos su sublime gracia en su trato con nosotros desde el Cielo.

Jesús es el perfecto Hijo obediente de Dios, el cumplimiento de todo lo que Israel tenía que ser y no fue. De Egipto Dios llamó a su hijo Israel, e Israel se rebeló cuando fue tentando en el desierto. De Egipto llamó a su Hijo Jesús, y Jesús superó las tentaciones en el desierto y fue obediente hasta la muerte de Cruz. Jesús es sacerdote, profeta y rey. Es el perfecto sumo sacerdote, él es la victima para el pecado, él es el intercesor, y la propiciación para nuestros pecados. Jesús es el cumplimiento de lo que eran todos los profetas. Habló la palabra de Dios con poder y denuedo. Fue rechazado y perseguido como los profetas. Jesús es el cumplimiento perfecto de lo que eran los reyes: conquistador, legislador justo, real y glorioso en su esplendor como persona.

Jesús encarna el amor, el gozo y la paz de Dios. Fue lleno del Espíritu Santo y manifestó todos los frutos del Espíritu. Jesús es el amor; vivía en el amor de Dios y lo transmitió tanto al Padre como a sus discípulos, como a sus enemigos, como ahora a nosotros. Él es el amor de Dios derramado en nuestros corazones. Jesús es el gozo, el gozo exuberante de hacer la voluntad de Dios, sea cual sea. Vivía en el gozo de su Padre en medio de sufrimiento, oscuridad, pruebas y dolor. Jesús es la paz. El vivía en la paz del Padre, y estableció la paz entre Dios y el hombre. Jesús es la paciencia de Dios. Tuvo paciencia con los discípulos en sus imperfecciones y fracasos, con lo que Él tuvo que sufrir, y ahora demuestra paciencia en el Cielo esperando el día de su retorno para buscar a su Iglesia. Jesús es la perfecta benignidad, bondad, fe, mansedumbre, y templanza. Todos los frutos del Espíritu rebosaban de su vida. El es el vino nuevo en un odre nuevo lleno del Espíritu de Dios.

Jesús es la esperanza. Jesús vivía con esperanza en Dios, murió con esperanza en Dios, y resucitó para darnos esperanza a nosotros. Es nuestra esperanza en el día de hoy, para el día de mañana y nuestra esperanza de vida eterna.ElquemeavistoamiavistoalPadre

Jesús es toda la Biblia convertida en Persona. El que le ha visto a Él, ha visto al Padre.

Por D Burt

Preciosa

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La sangre preciosa de Jesús

Leer | 1 Pedro 1.17-19

¿Qué valora usted? Tal vez sea una reliquia familiar que no solamente es costosa sino que también tiene un valor sentimental. O tal vez los seres que más ama. O pueden ser su salvación, la Biblia, o su familia de la iglesia; pero si usted es realmente sincero, la sangre de Jesús probablemente no estuvo en la lista.

La cultura cristiana de hoy necesita una versión objetiva de la salvación. Hablamos de la gracia y el perdón de Dios, y cantamos de su amor por nosotros, pero rara vez mencionamos la sangre de Jesús. Sin embargo, esa es la única base para nuestra salvación. Porque el Señor es recto y justo, Él no puede amar a los pecadores de modo que alcancen el cielo, o perdonarlos, simplemente porque se lo pidan. Cada pecado cometido tiene que recibir su justo castigo, y la paga del pecado es la muerte (Ro 6.23).

El Señor tuvo solo dos disyuntivas para ocuparse de la humanidad caída. Podía dejar que la justicia llevara a la condenación a toda la humanidad, o podía proveer un sustituto para que pagara el castigo por cada persona. Pero este sustituto tenía que ser sin defecto (Dt 17.1). La única manera de salvarnos de la separación eterna en el infierno, fue enviar a su Hijo amado a la Tierra como el Dios-hombre, quien viviría sin cometer pecado y moriría en nuestro lugar.

La sangre que manó de las heridas de Cristo compró nuestra salvación. Si quiere valorar realmente lo que Él hizo, piense en Él colgando en esa cruz solo por usted. Con ese pensamiento en mente, considere cómo debería vivir. Él se entregó sin reservas por usted, ¿qué le está dando usted a Él?

Por Min En Contacto

La salvación y su desarrollo

SlvcnysuDesrrllLA SALVACIÓN Y SU DESARROLLO

“Su divino poder, al darnos el conocimiento de aquel que nos llamó por su propia gloria y potencia, nos ha concedido todas las cosas que necesitamos para vivir como Dios manda” (2 Pedro 1:3, N. V. I.).

Pedro dijo que a veces las cosas que Pablo ha escrito son difíciles de entender, ¡pero en este pasaje Pedro no se queda atrás! Los versículos 3 a 7 forman una sola oración con frases que dependen de otras frases que se van amontonando para expresar una idea simple, que tiene muchas ramificaciones y cualificaciones. Para entenderlo mejor, vamos a ir consultando cuatro versiones diferentes. La idea principal es que hemos sido salvos para vivir una vida útil y productiva, pero, para ello, hemos de poner de nuestra parte. Vamos a ir desglosando las ideas que el apóstol quiere que comprendamos:

(v. 3). Somos salvos porque Dios nos ha llamado por su gloria y excelencia. La salvación nos viene por el conocimiento de Cristo. Es una obra realizada por el poder de Dios. Incluida en esta salvación están todas las cosas que necesitamos para vivir una vida de piedad y santidad como Dios manda que vivamos. Juntamente con la salvación viene el poder de vivir conforme a la voluntad de Dios.

(v. 4). La salvación significa haber escapado de la corrupción que hay en el mundo debido a los malos deseos, para ya no ser como los del mundo, sino como Dios. Llegamos a ser “participantes de la naturaleza divina”. Fuimos salvos al creer las preciosas y grandísimas promesas de Dios. La fe en estas promesas cambia nuestros deseos carnales por deseos espirituales. Tiene el poder para darnos parte en la naturaleza divina. La Palabra de Dios es muy poderosa. Nos salva y nos transforma. Nos libra del poder de nuestra vieja naturaleza y nos conecta a la naturaleza de Dios. Como el apóstol no entra en detalle acerca de cuáles promesas tenía en mente, entendemos que son las de salvación en Cristo.

(v. 5-7). Hemos sido salvos por el divino poder de Dios, por un lado, y por la fe en las promesas de Dios por otro. La salvación le ha costado mucho a Dios, pero poco a nosotros, pero, una vez salvos, tenemos que espabilarnos y poner manos a la obra. La fe nos ha salvado, pero tenemos que añadir muchas cosas a esta fe, y aquí Pedro pone una lista de las cosas que tenemos que cultivar en nuestra vida personal. Son: virtud (la buena conducta), conocimiento (entendimiento), dominio propio, paciencia (perseverancia, constancia), piedad, (devoción a Dios), afecto fraternal y amor. ¡Tenemos que esforzarnos para adquirir estas cualidades! ¡Esta es nuestra responsabilidad!

(v. 8). Si desarrollamos estas cualidades, y si van en aumento en nosotros, nuestra vida no será inútil, ni habríamos conocido a Señor Jesucristo en vano, ¡sino todo lo contrario!: nos harán crecer en el conocimiento de Cristo y nuestras vidas serán útiles y productivas. Pues aquí tenemos el secreto de una vida provechosa: somos salvos para desarrollar las cualidades que forman parte del carácter de Dios. Con un carácter cristiano somos de utilidad para Dios y para nuestros hermanos en la fe. Qué así sea.

Por D. Burt

Resucitaré

Jesús nació vivió, murió y resucitó

a todos cuantos en Él hemos creído

a prometido la resurrección para vida eterna

la muerte no vencerá sobre nosotros

somos propiedad del bendito Hijo de Dios

y el poder que le levantó de entre los muertos

también nos hará más que vencedores en Cristo Jesús

y seremos levantados al encuentro con el Salvador

a su nombre: Gloria

La Encarnación …

LA ENCARNACIÓN (1)

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“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:1, 14).

Jesús es la encarnación de la Palabra de Dios. Él es la Palabra hecha carne. Es toda palabra que ha salido de la boca de Dios para nosotros, todo lo que Dios jamás nos ha dicho, convertido en ser humano. Dios nos ha hablado acerca de muchos temas, y Jesús es o bien el cumplimento de ello o el modelo del mismo. En él vemos cómo son la justicia, el amor, la paz, la humildad, la mansedumbre, la santidad, la pureza, la fidelidad, la bondad, la paciencia, el perdón, la misericordia, la esperanza, la obediencia, el respeto, la Ley, las profecías, la fe, la oración, la verdad, la perseverancia, el servicio, la hermosura, la vida, la gracia, el hambre y la sed de Dios, la confianza en Dios, la gloria de Dios y muchas cosas más. Jesús es la personificación de todas las virtudes, la demostración de lo que la relación con Dios debe ser; es todo lo que Dios ha deseado que el hombre fuese y todo lo que le creó para que lo fuera.

Jesús es la Palabra de Dios, el Verbo de Dios, la voluntad de Dios, la revelación perfecta de la mente de Dios y del corazón de Dios. Es la encarnación de los pensamientos de Dios, las palabras de Dios, los deseos de Dios, la voluntad de Dios, el carácter de Dios y los caminos de Dios. Todo lo que Dios jamás nos ha mandado a ser o hacer Jesús lo es y lo ha hecho.

Jesús es la revelación perfecta del carácter de Dios, del equilibrio perfecto entre el amor y la justicia de Dios, sin comprometer cualquiera de los dos. Es el amor de Dios encarnado. Ama a pesar de todo con un amor que no cambia, que no puede aumentar ni disminuir, porque es amor eterno. Jesús la justicia de Dios. Cumplió toda justicia. Su Persona es la medida de lo que Dios considera justo. Ejecutó la justicia de Dios en la Cruz donde el amor y la justicia encontraron su perfecta resolución. Allí en la Cruz, este amor resplandeció en toda su gloria contra el trasfondo negro de nuestro pecado, y Jesús hizo justicia. El es el Juez justo que juzgará a todo hombre con justicia según la medida que él marcó

Jesús es el cumplimiento de la Ley de Dios: amó a Dios con todo su corazón, mente, voluntad y fuerza y a su prójimo como a sí mismo. Obedeció a la perfección los Diez Mandamientos: sólo adoró a Dios y nunca a sí mismo, guardó el día de reposo como Dios quiso que fuese guardado, honró a sus padres terrenales sometiéndose a ellos. No cometió adulterio, todo lo contrario, dignificó a la mujer. No robó a nadie, sino que dio todo cuanto tenía, hasta su misma carne y sangre. No mató a nadie, sino que murió Él, y nos da vida. No codició nada ajeno, dio todo lo suyo, su vida, su Padre y su Reino.

Jesús es toda la revelación de Dios encarnada en una Persona.

Por D. Burt

Dia de Triunfo

¡Día de triunfo!

Cristovive

Leer | 2 Corintios 4.14-18

Hoy es un día muy especial. En todo el mundo, personas de todas las edades están asistiendo a la iglesia. Pero la Pascua Florida es mucho más que ir a la iglesia. Si hemos entendido verdaderamente lo que se logró en el Día de la Resurrección, seremos las personas más agradecidas y victoriosas que existan. ¿Cómo lo sé? Al observar a los discípulos de Cristo, los primeros testigos del milagro más asombroso de Jesús. Cuando ellos creyeron finalmente que Jesús estaba vivo, todo cambió: esos hombres llenos de dudas y descorazonados se transformaron en predicadores apasionados del evangelio.

¿No le gustaría a usted vivir con esa misma confianza y determinación? Puede hacerlo, al considerar lo que logró la resurrección de Cristo y permitir que esa realidad llegue a ser fundamental en todo lo que usted piense, diga y haga. Comience reflexionando en tres verdades extraordinarias:

Primero, Jesús está vivo y activo, no solo en el cielo, sino también en nuestras vidas. Está sentado a la diestra del Padre —nadie mejor que el Dios-hombre, que experimentó personalmente la debilidad humana, que conoce cada detalle de nuestras circunstancias, y que está presente en nuestro interior por medio de su Espíritu— para interceder por nosotros (Ro 8.34). Su poder sobrenatural (v. 11) está siempre al alcance para transformar nuestro carácter, fortalecernos, darnos discernimiento, y guiarnos a hacer la voluntad de Dios.

Segundo, el Señor es absolutamente digno de confianza. Puesto que Jesús venció la muerte, tal como lo anunció, podemos saber que todo lo demás que dijo también es verdad —y que todas las promesas de Dios son seguras. Estas incluyen el convencimiento de que nuestros pecados han sido perdonados si ponemos la fe en el Señor como Salvador. Al levantar a su Hijo de entre los muertos, Dios proclamó que el sacrificio de Cristo fue suficiente para pagar el castigo por nuestros pecados.

Tercero, la muerte no es el final. Por el contrario, es el comienzo de la vida como Dios quiso que fuera —libre del pecado y de todas sus consecuencias, de sufrimiento, enfermedad y dolor. La resurrección de Jesús garantiza que los creyentes también resucitaremos, y que recibiremos cuerpos nuevos —fuertes, perfectos y eternos. Además, tendremos el gozo de reencontrarnos con seres queridos en Cristo, y ver a nuestro Salvador cara a cara.

Cuando una persona entiende lo que logró la resurrección de Jesús, no tiene ninguna razón para permitir que las penas y las preocupaciones del mundo le lleven a la desesperanza (v. 18). Por eso, invirtamos en nuestro futuro eterno, viviendo con la perspectiva de la resurrección, y sirviendo fielmente al Salvador resucitado.

—Charles F. Stanley

¿Te has parado a pensar?

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Te has parado a pensar?

Desde el seno del Padre vino al seno de una virgen. Adoptó nuestra humanidad para poder redimir a la Humanidad. Se hizo Hijo del Hombre para que nosotros pudiéramos ser hechos hijos de Dios. Vino del cielo, donde los ríos nunca se hielan, los vientos nunca soplan, las escarchas nunca enfrían el aire, las flores no se marchitan, y no hay enfermedades. Donde no hay pompas fúnebres ni cementerios, porque nadie jamás muere.

Se hizo pobre, siendo rico

Nació de manera contraria a las leyes de la Naturaleza. Vivió en pobreza y fue criado en humildad. Apenas cruzó las fronteras de su país, más que en su infancia. No tuvo riquezas ni influencia, ni pasó siquiera por una universidad. Sus parientes carecían por completo de distinción social o poder alguno. Él renunció a su ropaje real por el vestido de un aldeano. Era rico, mas se hizo pobre: Durmió en un pesebre. Cruzó el lago en la barca de otro. El asno que montó se lo dejaron. Y fue enterrado en un sepulcro prestado.

Bibliotecas, estudiantes y medicina

Recién nacido, turbó a un rey. Siendo muchacho, confundió a los doctores de la religión. Ya siendo un hombre, alteró el curso de la Naturaleza, anduvo sobre las olas e hizo calmar el tumultuoso mar. Sanó a multitudes sin medicamentos y nunca cobró por sus servicios… ni siquiera “la voluntad”. No escribió ningún libro; sin embargo es incontable lo que de Él se ha escrito. No compuso ni una coplilla, pero ha inspirado la más grande y sublime colección de poemas y canciones que jamás se haya escrito. No fundó ni siquiera una escuela elemental, pero todas los colegios del mundo juntos no pueden jactarse de tantos discípulos como Él ha tenido. Nunca estudió medicina, pero a lo largo de la historia Él ha sanado más corazones quebrantados que los médicos cuerpos enfermos.

Soldados, Satanás y el sepulcro

Nunca reclutó soldados, mandó ejércitos, ni disparó un arma. Sin embargo, no hay caudillo que jamás haya hecho que tantos rebeldes rindieran sus armas sin el disparo de una sola bala. Él es quien armoniza toda discordia y sana toda dolencia. Grandes hombres han surgido y han pasado, mas Él permanece. Herodes no pudo matarle, Satanás no logró seducirle, la muerte no le pudo destruir, ni el sepulcro retenerle.

Un Hombre demasiado singular

Los demás hombres nacemos sin ser consultados… Él vino desde la eternidad y nació estando en pleno acuerdo con los planes de Dios y con las profecías. Los demás hombres pasamos la vida huyendo de la muerte… Él vino exactamente con la intención de morir y, aún a tiempo de librarse de sus enemigos, anunció a los suyos que le matarían, y además predijo cómo. Los demás hombres, por nuestra rebelión contra Dios, tenemos la vida hipotecada… Él, íntegro y sin pecado, entregó su vida voluntariamente en la Cruz: No se la quitaron; la dio. Y todo porque no había otro modo de reconciliarnos con Dios. Nos era necesario un Salvador, pero no un salvador cualquiera, sino Dios mismo hecho hombre, que respondiera con su muerte ante la Ley justa de Dios por nuestros muchos pecados y rebeliones.

¿Qué crees tú?

¿Qué piensas de tal personaje? ¿Era un loco, un embaucador o era de veras el Hijo de Dios? Hoy cada cual se cree con el derecho de opinar acerca de Él. Pero los que le conocieron bien coincidieron en que no podía ser otro que el mismo Hijo de Dios; el que ha de ser tu Juez, si no llega a ser tu Salvador:

“Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y Éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él. Y nosotros somos testigos de todas las cosas que Jesús hizo en la tierra de Judea y en Jerusalén; a quien mataron, colgándole de un madero. A Éste levantó Dios al tercer día e hizo que se manifestase (…) Y nos mandó que predicásemos, y testificásemos que Él es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos. De Éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en Él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre…” (Pedro, predicando a unos romanos en los Hechos de los Apóstoles 10:38­43).

“Dios ahora manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel Varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos.” (Pablo, predicando a los atenienses en los Hechos de los Apóstoles 17:30­31).

“Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.” (Juan, al final de su evangelio; 20:30­31).

Recibido de Hno. M. Caballero

(Folletos Cristianos)

Si hubiera estado allí

 

Tomastes mi lugar

si yo hubiera estado entre la múltitud

yo también te hubiera clavado en la cruz

por mi ignorancia e íncredulidad

también he estado allí al pié de la cruz

y no he admitido mi pecado y necesidad de tí

para perdón de Él y pasar a vida eterna

Pero, leo y como escuchar tu propia voz

diciendo: Padre, perdónale por que no sabe lo que hace

Gracias por soportar tal vituperio en mi lugar

precioso, bendito, victorioso y glorioso

Jesús

 

Ha desaparecido

EL PECADO CONFESADO HA DESAPARECIDO

SerasSalvo

“Y echara suertes Aarón sobre los dos machos cabríos; una suerte por Jehová, y otra por Azazel (significa: “para ser enviado fuera”). Y hará traer Aarón el macho cabrío sobre el cual cayere la suerte por Jehová, y lo ofrecerá en expiación. Mas el macho cabrío sobre el cual cayere la suerte para ser enviado fuera , lo presentará vivo delante de Jehová para hacer la reconciliación sobre él, para enviarlo fuera al desierto” (Lev. 16:8-10).

Hay muchas personas que todavía se sientan culpables por el pecado del pasado, pecado que ya han confesado y abandonado. El capítulo que toca este tema es Levítico 16. Allí el Señor nos habla del perdón de nuestros pecados usando un ejemplo que lo hace más fácil a entender. Emplea dos cabras para quitar el pecado del pecador (16:10, 11). El hombre que ha ofendido pondrá sus manos sobre la cabeza de uno de ellas confesando su pecado. El pecado pasará del él a la cabra, que será degollada para pagar por su pecado. El pecado es así quitado de en medio, ya no existe más. Para representar esta segunda idea la otra cabra es enviada al desierto donde desaparece. Esto declara que el pecado que ha sido expiado por la muerte de la otra cabra ha desaparecido para siempre.

Claro, hacen falta dos cabras, ¡porque la que muere por el pecado no puede ir al desierto y desaparecer! Esto nos dice que cuando Cristo murió por nuestros pecados, no solo pagó el preció por ellos, sino que también los alejó de nosotros. Han desaparecido. Ya no existen. La persona que ha puesto su pecado sobre Cristo es perdonada y el pecado ha desaparecido.

La sangre de Cristo puede pagar por pecados grandes y pequeños, porque es la sangre de Dios, y tiene infinito valor. Cubre el adulterio, la promiscuidad, el robo, el asesinato, el aborto, la difamación, y la negligencia. Cubre todo. Si pensamos que nuestro pecado es más importante que la sangre de Cristo, que la sangre de Cristo no tiene suficiente valor para perdonarnos, estamos muy equivocados. Vemos nuestro pecado como muy importante, y la sangre de Cristo de poca importancia. Pero si valoramos correctamente la sangre de Cristo, somos convencidos que tiene valor para cubrir el pecado más grande, no importa el que sea, y alabamos a Dios por su gracia y misericordia.

Damos gracias al Señor por esta sangre que nunca perderá su valor. Gracias, Señor, que has perdonado a un pecador tan vil como yo. Esto es para la alabanza de tu gracia y el valor de la sangre de tu Hijo.

Si quieres, puedes buscar a una hermana, o a un hermano, de confianza y confesar tu pecado en oración, visualizándote poniendo tus manos sobre la cabeza de la cabra que ha de ser sacrificada. Usa tu imaginación para ver cómo es degollada y muere por tu pecado para pagar por él. Luego puedes usar tu imaginación para ver cómo se suelta la otra cabra para que vaya al desierta y puedes visualizar como se va alejando de ti, cada vez más lejos, hasta desaparecer por completo. O, más directo, puedes acercarte a la cruz y poner tus manos sobre Cristo y confesar tu pecado y ver como él lo lleva consigo hasta la muerte y la tumba, ¡y el pecado no resucita! Queda en la tumba, mientras que Cristo resucita y sale a nueva vida, y tú también en él, dejando el pecado enterrado. Después, el hermano te pronunciará libre de pecado en virtud de la muerte de Cristo. Y tú darás gracias a Dios por su perdón, sabiendo que tu pecado se ha alejando de ti para siempre, porque Cristo no solo pagó por tu pecado, también lo alejo de ti.
Por D. Burt

Dios y el hombre

Dios y el hombre

Leer | Mateo 22.41-46

Los fariseos detestaban que tantas personas creyeran que el hombre que estaba frente a ellos era el Mesías. Este vulgar galileo no tenía ningún abolengo. Es verdad que podía dejar asombradas a las personas con su inexplicable sabiduría, pero sin duda no era, según ellos, el Rey que había venido.

No solo respondieron de manera equivocada, sino que también hicieron la pregunta equivocada. Pensaban que la prominencia cada vez mayor de Cristo simplemente aumentaba la posibilidad de que Él fuera el Mesías que había llegado. Pero Cristo les señaló una verdad más profunda, de la que dependía la salvación del hombre.

“¿Qué piensan ustedes acerca del Cristo”, les preguntó: “De quién es hijo?”(Mt 22.42 NVI).

Ellos sabían la respuesta, así como también tenían conocimiento de los rumores en cuanto a este lejano descendiente de David. Pero David tenía muchos descendientes. El Cristo sería —respondieron: “hijo de David”.

“¿Cómo es que David, hablando por el Espíritu, lo llama ‘Señor’ —preguntó Cristo— diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: ‘Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies?’” (vv. 43, 44 NVI).

Se refería al Salmo 110, en el que el Espíritu Santo habla por medio de David para explicar la divinidad de Cristo. Los fariseos pensaban que este debate era sobre si Cristo era el Mesías. En un instante, Cristo llevó la conversación a un nivel más alto.

Sus interlocutores eran testarudos, pero inteligentes. Reconocieron la implicación de la pregunta que les fue hecha. Por supuesto, David no habría llamado “Señor” a un descendiente suyo después de muchas generaciones. Un rey daría ese honor solamente al Dios vivo.

Cristo estaba señalándoles a ellos —y también a nosotros— la sorprendente verdad de que Él es Rey, Salvador y Dios.

Tal afirmación era exorbitante, pero también el único camino a la salvación. Dios se hizo carne, vivió sin pecar hasta la muerte, y resucitó para vida eterna, destruyendo así al pecado y a la muerte sobre la humanidad. Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera volver a Dios.

Esto aterrorizó a los fariseos, así que se quedaron en silencio, “y desde ese día ninguno se atrevía a hacerle más preguntas” (Mt 22.46).
Resucito
Dios nos perdona cuando estamos de igual modo en silencio. Cristo es el Dios resucitado. Cuéntele eso al mundo.
En Min En Contacto

—Tony Woodlief

El sufrimiento y …

EL SUFRIMIENTO Y LA PROVISIÓN DE DIOS

¡Ay del mundo por los tropiezos! porque es necesario que vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo! Mateo 18: 7

Miremos el ejemplo del sufrimiento de Job :

Al leer el libro de Job , sabemos de antemano lo que estaba en juego :

1º Satanás había pedido a Job para zarandearle como a trigo Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo. Lucas 22: 31

Para hacerle caer en actitud de incredulidad y hacerle blasfemar contra DIOS . sabemos que detrás de la acción humana , se estaba librando una guerra espiritual , pero Job no lo supo hasta que finalmente , después de que el patriarca hubiera dado claras evidencias de poder resistir los envistes del maligno y seguir fiel a su fe , el SEÑOR intervino para decírselo .

Nosotros, igualmente, quizás tardemos mucho en entender que propósitos persigue el SEÑOR al permitir nuestro sufrimiento. Pero como mínimo podemos saber que lo permite para ver si somos capaces de resistir firmes en la fe. Al cual resistid firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo. 1ª Pedro 5 : 9 .

EL PATRÓN BÍBLICO:

1ºprimero la salida de Egipto

2ºluego el bautismo en el mar

3ºdespues un largo periodo de pruebas en el desierto antes de llegar por fin , a la tierra prometida .

Fue establecido en el (éxodo) y ratificado por la experiencia del mismo SEÑOR JESUCRISTO.

Aquel que había de ser la cabeza de la nueva humanidad ( el nuevo Israel ) tuvo que :

1ºsalir de Egipto, porque siempre es cierto que de Egipto DIOS llama a sus hijos (y se fue a Egipto, y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: De Egipto llamé a mi Hijo. mateo 2 : 15 )

2ºtuvo que pasar las aguas del Jordán para cumplir toda justicia (Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Mateo 3 : 15 ) porque Israel había sido bautizado en el mar ( y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar. 1º corintios 10 : 2 )

3ºy tuvo que ser llevado al desierto por EL (ESPIRITU DE DIOS) para ser tentado por el diablo. (Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. Mateo 4 . 1 ).

Y ahora DIOS lleva a muchos hijos a la gloria por medio del mismo camino, el camino forjado por EL AUTOR DE LA SALVACION de ellos (y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad. Hebreos 2 : 10 ) . Todo verdadero hijo de DIOS repite su propia experiencia, este mismo patrón:

1ºredencion de Egipto

2ºpasó por las aguas del bautismo

3ºpruebas en el desierto

Si somos llamados a sufrir, es porque seguimos en las pisadas de JESUS camino a la tierra prometida.

Por D. Burt

(De su libro Llamados a sufrir)                                                        ElSufmtoylaProvdDios

Una gota …

 

Una gota de tu sangre sobre mí,  bastará para limpiar mi corazón

llévame junto a tí, por que hoy quiero cambiar este duro corazón

y una gota de tu sangre sobre mí lo hace posible;

limpiáme, házme puro y obediente para hacer la voluntad del Padre

para Gloria suya, y gozo mío

Que nada nos separe, que cada día mi corazón rebose de contentamiento

por que estás conmigo día a día y no me abandonarás

 

 

De gran utilidad

UNA VIDA DE GRAN UTILIDAD

“Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador, Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra” (2 Pedro 1:1).

Dios ha hecho una obra preciosa en Pedro. Era él que antes estaba tan seguro de sí mismo que había dicho: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré” (Mat. 26:33). Fue él quien tomó aparte al Señor para reconvenirle cuando habló de la cruz, diciendo: “Señor ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca” (Mat. 16:22). Este mismo apóstol fue quebrantado frente a su impotencia y necedad, conoció su propio fracaso, pero esto no fue suficiente para transformarle. En el día de Pentecostés fue lleno del Espíritu Santo y valentía y sabiduría, y un nuevo poder empezó a cambiar al antiguo Pedro, impulsivo y prepotente, en Pedro el humilde siervo de Jesucristo.

Este nuevo Pedro empieza su segunda epístola diciendo: “Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador, Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra”. Ahora Pedro es siervo de Cristo no consejero, y ya no es prepotente, sino un creyente entre muchos, pues dice “a los que han recibido una fe igualmente preciosa que la nuestra”. La suya no es superior; él no es más que nadie, sino uno más que ha recibido el don de la fe por medio de la justicia de nuestro Dios y Salvador, el Señor Jesucristo. (¡Tomad nota, los que pensáis que era el primer Papa!).

Pedro el humilde siervo de Jesucristo se dirige a sus lectores que han sido salvos de sus malos deseos y hechos partícipes de la naturaleza divina diciéndoles que, ya que tienen el poder de Dios, pueden ser igualmente transformados. Tienen que usar este poder para desarrollar: bondad, conocimiento, dominio propio, perseverancia, amor fraternal y amor, para no ser creyentes ineficaces y inútiles, sino productivos. Se ve que los hay que son inútiles. Pues, no queremos caer en esta categoría, sino ser eficaces y útiles en el servicio de Dios. A los que no han desarrollado estas cualidades Pedro los tacha de miopes, ciegos, olvidadizos e inconsecuentes: “Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta, es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados” (v. 9). La persona que no se acuerda de que ha sido librado de sus pecados, sino sigue en ellos, está mal.

El que cultiva estas cualidades de carácter demuestra que realmente ha sido salvo, no se apartará del Señor, y tendrá una entrada triunfante “en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (v. 11).    Unavidadegranutilidad

Si nosotros queremos vivir una vida de gran utilidad, aquí está el secreto: hemos de desarrollar las cualidades que Pedro nombra aquí: bondad, conocimiento, dominio propio, perseverancia, amor fraternal y amor. En ello estamos. Con estas cosas, nuestra vida contará para Dios.

Por D. Burt

Quiero verte

QUEREMOS VERTE

“Y dio a luz a su primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre” (Lu. 2:7).

SufridoparaSalvar

Jesús no quiso nada del prestigio humano que viene de proceder de un linaje de renombre. No quiso tener una casa preciosa, una educación destacada, deslumbrantes títulos académicos, amigos importantes, ropa elegante, un coche llamativo, un trabajo prestigioso o un cuerpo atractivo, todas las cosas que hacen destacar a los grandes de este mundo, la medida empleada para determinar el valor de una persona.

Él nació en un establo, de padres humildes. Estudió como los demás de su época. Sus amigos eran gente corriente. Se vestía como los demás de familia pobre. Trabajaba como carpintero, un trabajo honesto pero cansino. No iba con escolta, montado en un caballo blanco, sino andando, soportando el calor y el polvo de los caminos de Palestina. Cuando se declaró Rey, iba subido en un burro, acompañado por unos humildes discípulos. Y de su cuerpo no nos dice nada, hasta que no entregó para ser torturado.

Todo su valor residía en su persona. Si alguien no tuviera ojo para la excelencia de carácter, Jesús le pasaría desapercibido. Su valor estaba en su respuestas brillantes cuando estaba bajo el fuego del enemigo, en su penetrante veracidad, su compasión para los enfermos y los que sufrían, su increíble autodisciplina, su singularidad de propósito, su gentileza, su afabilidad, su cariño con los niños y las viudas, su toque físico, símbolo de solidaridad, a leprosos, ciegos, desfigurados y marginados. Su furia contra el tráfico de la religión, su repudio de la falsedad religiosa, y su fuerte desaprobación de todas las formas de maldad.

Nunca intentó impresionar a nadie, pero no puede dejar de impresionar a todos los que no han sido cegados por los valores falsos de este mundo. No le rodeó una aureola de superespiritualidad. Los pájaros no venían a posar sobre sus hombros y los árboles no florecían cuando él pasaba. La única luz que le acompañaba era la luz penetrante de sus ojos que descubría lo que estaba en el corazón humano. Los que lo admitían, veían en él la gloria de Dios y los que no querían saber la verdad le crucificaron.

Amado Jesús, te adoro hoy por la hermosura absoluta de tu carácter. Eres mi Señor y mi Dios. Amén.

Por D. Burb

El sermón Supremo

Las Siete Palabras» en la cruz, el sermón supremo de Jesús

Uno de los pasajes bíblicos más leídos en la Semana Santa es, obviamente, el relato de la crucifixión. Recordamos los sufrimientos de Jesús -su pasión-, celebramos su victoria sobre el pecado -nuestra salvación-, y todo ello nos mueve a la adoración. Así cantamos, emocionados y llenos de gratitud, «La cruz sangrienta al contemplar», «Cabeza ensangrentada» y otro himnos de gran riqueza espiritual y teológica.

Durante las horas que estuvo clavado en la cruz, el Señor exclamó siete frases memorables que se han venido en llamar «Las Siete Palabras». Fueron sus últimas palabras. Con estas breves frases Jesús pronuncia el mensaje más profundo que se haya predicado jamás, una verdadera síntesis del Evangelio. Allí encontramos resumido lo más extraordinario del carácter de nuestro Señor y del plan divino para con el ser humano. El «Sermón de las Siete Palabras» ha inspirado innumerables predicaciones y escritos a lo largo de los siglos. J.S. Bach recoge en su emocionante Pasión según San Mateo el espíritu inigualable de este texto bíblico. También J. Haydn en el siglo XVIII compuso, por encargo, una obra muy apreciada sobre Las Siete Palabras en la que pone música a este memorable pasaje.

En esta reflexión al filo de la Semana Santa quiero compartir sólo un aspecto de «Las Siete Palabras» que, cuando lo descubrí, me impresionó y dejó en mí una huella indeleble. Se trata por supuesto de su contenido, pero en especial del orden en que Jesús pronuncia estas frases; a simple vista parece algo casual, pero un análisis detallado nos muestra cómo este orden es profundamente significativo porque refleja las prioridades del Señor y es un reflejo formidable de su carácter y de su corazón pastoral. Para mí, es en la cruz donde la belleza del carácter de Cristo alcanza su máximo esplendor. En la hora de la mayor oscuridad, sus palabras brillan como oro refulgente. Profundizar en estas «Siete Palabras» de Jesús me ha ayudado a amarle más a él y ha moldeado mi acercamiento hacia las personas, en especial las que sufren, a lo largo de mi vida.

El corazón pastoral de Jesús en la cruz

La sensibilidad de Jesús hacia su prójimo, su amor y preocupación por los que estaban a su lado, alcanzan en estas frases un clímax apoteósico. Lo más natural en las horas previas a una muerte por condena es que la persona se concentre en sí misma, en sus pensamientos y emociones, alejándose de su entorno en un proceso de ensimismamiento tan lógico como comprensible. Incluso cuando esta muerte es por enfermedad, todos entendemos que el centro no son los demás, los que le acompañan, sino aquel que está a punto de partir. En la cruz ocurre exactamente lo contrario: Jesús se olvida de sí mismo y de sus necesidades (que expresará más tarde) y se concentra en los que están con él, no importa que sean sus enemigos -los que le estaban torturando- , unos simples desconocidos -los malhechores- o un ser tan amado como su madre. Para todos tiene las palabras justas que necesitaban. A cada uno de ellos el Señor le habla conforme a su necesidad tal como se profetizó 400 años antes: «El Señor me dio lengua de sabios para saber hablar palabras…» (Is. 50:4).

Nunca nadie ha tenido una demostración tan grande de amor en la hora de la muerte, un corazón pastoral tan genuino. Pero el Buen Pastor (Jn. 10:7-21), el Príncipe de los Pastores (1 P. 5:4) murió pastoreando. Las palabras de Jesús en la cruz contienen como un tesoro comprimido la esencia del carácter divino y del Evangelio: su profundo amor hacia todos sin excepción, su sensibilidad exquisita hacia los que sufren, su sabiduría para hablar a cada uno según su necesidad. En las tres primeras frases -«palabras»- Jesús muestra una preocupación intensa por los que estaban cerca de él, todos aquellos que en aquella hora de angustia y dolor supremo eran su prójimo. A cada uno de ellos le da la palabra que más necesitaba:

Palabras de perdón a sus enemigos

«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc. 23:34).

Jesús muere perdonando. Todo el acto salvífico en la cruz simbolizaba el perdón divino (Jn. 3:14-15). Pero era conveniente hacer explícito este perdón con palabras claras, audibles, contundentes, con una fuerza emocional arrolladora y una autoridad espiritual definitiva. Al exclamar «Padre, perdónalos…», Jesús verbaliza el sentido de su venida a este mundo. De hecho el nombre Jesús significa precisamente «él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt. 1:21). La petición de perdón no se refería solamente a los que de forma directa le estaban humillando -los soldados y autoridades religiosas-, sino a todo ser humano (como nos describe con detalle el impresionante cántico de Isaías 53).

En la cruz, Jesús nos enseña que el perdón puede ser unilateral, no requiere dos partes a diferencia de la reconciliación. Yo puedo -y debo- perdonar aunque mi ofensor no me haya pedido perdón. Esteban, bajo la furia de las piedras que lo estaban matando, fue el primero en imitar de forma modélica a su Maestro y Señor (Hch. 7:60). Nosotros somos llamados a hacer lo mismo.

Palabras de salvación a unos malhechores

«De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc. 23:43).

Jesús murió acompañado de dos desconocidos. Probablemente nunca antes estos dos malhechores habían cruzado palabras con el Señor. La historia es conocida: a las puertas de la muerte, uno de ellos tiene temor de Dios y le ruega a Jesús: «Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino» (Lc. 23:42). La respuesta es tan inmediata como clara. Jesús le da aquello que más necesitaba en aquel momento: esperanza, la esperanza que nace de la salvación en Cristo y que sería para él «un fortísimo consuelo» (Heb. 6:18) en las interminables horas de martirio que iban a seguir.

Por cierto, la actitud de Jesús, llena de misericordia, nos recuerda que es posible ser salvo in extremis si de veras se invoca al Señor de todo corazón, desde lo profundo del alma y con humildad, tal como hizo el ladrón en la cruz.

Palabras de protección a su madre

«Cuando Jesús vio a su madre… dijo al discípulo (Juan): He aquí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa» (Jn. 19:26-27).

Es bien significativo que las últimas palabras de preocupación y cuidado por un ser humano que Jesús pronuncia en esta tierra sean para su madre. Es la rúbrica final a una vida pensando siempre en los demás y en cómo servirles. Jesús no podía olvidar a su madre en esta hora de dolor lacerante para ella; el corazón de María estaba destrozado por la agonía de su hijo, desolada por un final tan trágico. Además, María casi con toda seguridad era viuda ahora, por lo que quedaba en una situación de desamparo. Pero el Señor, el pastor por excelencia, no podía descuidar su deber de «honrar a padre y madre» (Mt. 19:19).

¡Cuán divino y cuán humano al mismo tiempo! La espiritualidad expresada en una profunda preocupación por lo humano. Este último acto amoroso de Jesús nos recuerda que la verdadera espiritualidad nos hace siempre más humanos. La primera evidencia de que amamos a Dios (nos recuerda el mismo Juan en su primera epístola) es amar al hermano que tenemos al lado Y el pastor debe empezar su pastoreo en su propia casa. Por ello Jesús encomienda el cuidado de su madre a su amigo y discípulo amado, el sensible y tierno Juan, aquel que «estaba recostado al lado de Jesús» (Jn. 13:23). Juan cumplió de forma inmediata la petición y «desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa» (Jn. 19:27).

Las necesidades propias, al final. «Después de esto, Jesús dijo…»:

«Tengo sed» (Jn. 19:28)
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mt. 27:46)

¡Cuán significativa la expresión con que Juan prosigue el relato: «Después de esto….» (Jn. 19:28). Hasta aquí hemos visto cómo aún en la hora misma de la agonía, Jesús se dio y sirvió, pensó antes en los demás que en sí mismo, buscó colmar las necesidades de su prójimo, tanto espirituales (la salvación y el perdón) como humanas y terrenales (la protección de su madre viuda). Sólo «después de esto», es decir, tras esta genuina manifestación de su corazón pastoral Jesús expresa sus propias necesidades:
•físicas: «tengo sed».
•emocionales y espirituales: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». La soledad y el sentimiento de lejanía del Padre marcan el máximo dolor de Jesús. No hay mayor infierno que la separación de Dios. Jesús sabía que este momento era inevitable (profetizado ya en el Salmo 22) porque el Padre no podía tener contacto con el pecado que el Hijo estaba llevando en aquel acto vicario.

El más grande sermón que se haya predicado nunca termina con una frase llena de serenidad, de confianza y de esperanza:

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc. 23:46)

Todo hijo de Dios puede tener esta misma actitud en la hora de la muerte, la certeza de que nuestro espíritu pasa a las manos del Padre amante que nos recibirá con gozo en su gloria. Ello es posible porque Jesucristo en la cruz pudo concluir su sermón con la séptima y última palabra, la que lo sellaba todo: «Consumado es» (Jn. 19:30).

Los que amamos a este precioso Jesús, modelo supremo de corazón pastoral, nos unimos al gran coro de los redimidos en el cielo y exclamamos: «¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina» (Ap. 19:6). Este es el verdadero gozo de la Semana Santa.

Por Dr. Pablo Martínez Vila                                                                                                                     SemStavsVidaSta

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